5 de Junio
Viernes IX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 5 junio 2026
Lectio
Querido hermano, 10 tú has seguido atentamente mis enseñanzas, mi conducta, mis planes, mi fe, mi paciencia, mi amor, mi constancia, 11 mis persecuciones y pruebas, como las que tuve que soportar en Antioquía, en Iconio, en Listra. ¡Cuántas persecuciones he sufrido, y de todas me ha librado el Señor! 12 Todos los que quieran llevar una vida digna de Jesucristo sufrirán persecuciones. 13 Los malvados y los impostores, en cambio, irán de mal en peor, extraviando a otros y extraviándose ellos mismos. 14 Tú, por tu parte, permanece fiel a lo que aprendiste y aceptaste, sabiendo de quién lo has aprendido. 15 Desde la infancia conoces las Sagradas Escrituras, y ellas te guiarán a la salvación por medio de la fe en Jesucristo. 16 Toda Escritura ha sido inspirada por Dios, y es útil para enseñar, persuadir, reprender y educar en la rectitud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer el bien (2Tm 3,10-16).
En los primeros versículos del cap. 3, Pablo recuerda a Timoteo los dolorosos acontecimientos de su 1º viaje misionero (Hch 13,50; 14,5-6.19; 2Cor 11,23-33), de los que el mismo Timoteo (oriundo de Listra) fue testigo y, probablemente, un testigo fuertemente impresionado.
Pablo quiere recordar que el discípulo de Cristo debe saber ya desde el principio que, a ejemplo y según las palabras de su Maestro, tiene que sufrir persecuciones (v.12) y reconocer la fidelidad del Señor, que lo ha liberado de todas las adversidades. Por eso no debe temer Timoteo, sino permanecer fiel a lo que ha aprendido y le ha sido transmitido.
Pablo subraya aquí 2 dimensiones vitales de la fe: que la fe es avalada por las Escrituras (del AT, que introduce a la fe en Jesucristo), y que el testimonio de otros creyentes (su madre y su abuela, en el caso de Timoteo) y testigos (Pablo, sobre todo) ha de ser sometido a un proceso de convicción personal (v.14). Esto es, a la fe como sabiduría cristiana, síntesis de conocimiento orante y de praxis coherente, que para hacerse vida probada ha de pasar por la prueba.
En esta lógica, la Escritura desempeña un papel decisivo para "enseñar, persuadir, reprender y educar en la rectitud" al "hombre de Dios" (v.16), para hacerlo creyente y maestro de la fe. La Escritura, en efecto, "ha sido inspirada por Dios" y tiene su origen en Aquel que, sirviéndose de la inteligencia humana, se ha revelado al hombre y continúa comunicándosele (Vaticano II, Dei Verbum, 11), sosteniéndole en la prueba de la vida.
En aquel tiempo, 35 Jesús tomó la palabra y enseñó en el templo diciendo: "¿Cómo dicen los maestros de la ley que el mesías es hijo de David? 36 David mismo dijo, inspirado por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. 37 Si el mismo David le llama Señor, ¿cómo es posible que el mesías sea hijo suyo?". La multitud le escuchaba con agrado (Mc 12,35-37).
La sección precedente había terminado con la observación de que "nadie se atrevía ya a seguir preguntándole" (v.34), y ahora es el mismo Jesús quien toma aquí la iniciativa, encaminada a brindar una enseñanza de la máxima importancia sobre el misterio de su persona y hacer más sutil el velo de su secreto mesiánico.
Según la tradición judía común, basada en la promesa de Natán (2Sm 7,14) y confirmada por los grandes profetas de la esperanza mesiánica, el mesías debía ser un descendiente de David. Ahora bien, en el Salmo 110 (Sal 110,1) David llama Señor al mesías. ¿Cómo es posible que el mesías sea hijo suyo? (v.37).
Con esta pregunta, dejada en suspenso, rompe Jesús ciertos esquemas previos (dados por supuestos), que parecen eliminar la fatiga del creer o dar por descontada la experiencia espiritual. Invita también Jesús a todos los oyentes a no dejar de reflexionar, a dejarnos escrutar por el misterio, a no presumir de saberlo ya todo y a interrogarnos por la calidad de nuestra presunta experiencia de Dios. Eso es lo que exige la fe.
En realidad, Jesús no rechaza en absoluto la ascendencia davídica del mesías, sino que provoca a sus oyentes para que superen la lógica limitada de la continuidad histórica dinástica, puesto que la promesa de Dios va más allá de los criterios de la sucesión hereditaria.
Jesús nos invita a no encerrarnos en una interpretación literal del dato bíblico, porque el don del Padre en el Hijo va mucho más allá de lo que nuestra mente puede comprender, y será siempre un don sorprendente e inédito. Por eso, si antes "nadie se atrevía ya a seguir preguntándole", ahora "la multitud le escuchaba con agrado" (v.37).
Meditatio
Anunciar el evangelio de Jesús significa, de manera inevitable, dirigirse al encuentro del rechazo, cuando no a la persecución. El Maestro no sólo lo había dicho, sino que incluso ligó una bienaventuranza a la persecución, cuando dijo: "Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía" (Mt 5,11).
Pablo, y con él otros muchos testigos a lo largo de la historia, han experimentado esta bienaventuranza, han vivido la persecución como experiencia de la fuerza y de la presencia de Dios prometidas al apóstol fiel. Podríamos decir que esta bienaventuranza es el distintivo del auténtico cristiano, de aquel que "permanece fiel" en la prueba y a la Palabra que ha escuchado y continúa anunciando en cada ocasión.
El cristiano permanece firme en su certeza de que ésa es su vocación y su misión, por la que vale la pena gastar la vida y arriesgarse a la impopularidad. Firme en la búsqueda de Dios a la luz de la palabra que él nos ha revelado, que trasciende toda pretensión humana y está envuelta por el misterio.
El cristiano permanece firme en la esperanza de que la semilla de la Palabra dará fruto a su tiempo, tal vez gracias a su sacrificio y aunque él no lo vea. Firme en unir la vida a la Palabra, para que no sólo las acciones, sino también los gustos y los deseos, los sentimientos y los proyectos queden plasmados por ella.
El cristiano permanece firme en el valor de provocar y plantear las palabras justas, las que obligan (a él, al creyente y maestro de la fe) a interrogarse sobre su misma experiencia espiritual, y se muestra tenaz en la fuerza de anunciar una palabra perennemente contra corriente, a un mesías que no se presenta según las expectativas de la mayoría, un evangelio que no confirma las previsiones y pide a todos la honestidad de convertirse.
Si el apóstol permanece firme en la Palabra, puede sucederle también algo que, con frecuencia, parece inesperado y le sucedió al mismo Jesús: que más allá del rechazo inicial (y a veces, sólo aparente), la gente "le escuchaba con agrado".
Oratio
Te doy gracias, Señor, por tu palabra, que cada día ilumina mi vida y da sentido a lo que hago, me enseña y convence, me corrige y va formando en mí el hombre nuevo. Te doy gracias porque tu palabra me da fuerza y me sostiene en las pruebas, y en ella resplandece la verdad como el sol y es dulce como la miel.
Te doy gracias también, Señor, por aquellas veces en las que tu palabra es oscura y misteriosa, dura y amarga y penetra en mí como "espada de doble filo", poniendo al desnudo mis miedos y heridas, los monstruos y demonios que hay dentro de mí, o me provoca a buscar donde no quisiera, allí donde no me lleva el corazón, más allá de mis gustos.
Perdóname, Verbo del Padre, por todas las veces que he renunciado a la búsqueda y a dejarme guiar por tu palabra. Perdóname porque otras veces he anunciado sin pasión tu palabra y la he olvidado y confundido con otras palabras, y luego incluso la he hecho callar por miedo o engorro, por vil complacencia o respeto humano, o porque sentía en mí su reproche antes que nada. Perdóname si he buscado en otra parte la roca donde construir mi casa.
Te ruego, Señor, que me concedas el valor de Pablo en las pruebas. Haz que aprenda, como Timoteo, a "permanecer fiel" a la Palabra y a lo que la Iglesia me ha enseñado, para que mi fe sea una fe recibida de la Escritura y probada por la vida.
Concédeme, Jesús, tu arte de saber plantear las preguntas justas, aquellas que no dejan vías de escape, a fin de que tu palabra me conduzca cada día más al umbral del misterio, de tu misterio, y tenga la fuerza necesaria para anunciarlo.
Contemplatio
Prueba también tú, hermano, a tener tu propio pozo y tu propia fuente, a fin de que también tú, cuando cojas en tus manos el libro de las Escrituras, puedas empezar a expresar por tu propia inteligencia una cierta comprensión. Según lo que has aprendido en la Iglesia, prueba tú también a beber de la fuente de tu espíritu, dentro de ti está la fuente de agua viva.
Así pues, purifica tu espíritu para beber de tus fuentes y sacar agua viva de tus pozos. Si has acogido en ti la palabra de Dios, y si has recibido de Jesús el agua viva y la has recibido con fe, ésta se convertirá en ti en fuente de agua que brota para la vida eterna en el mismo Jesucristo nuestro Señor (cf. Orígenes, Homilías del Génesis, XII, 5).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Permanece fiel a lo que aprendiste y aceptaste" (2Tm 3,14).
Conclusio
Preguntémonos con valor: ¿Hemos experimentado alguna vez el elemento espiritual en la vida del hombre? ¿Dónde habita, en qué consiste la experiencia real de lo espiritual? Veámoslo en concreto con algunos ejemplos tornados de nuestra vida cotidiana.
¿Hemos decidido alguna vez permanecer en calma, como cuando queríamos defendernos por haber sido tratados de manera injusta? ¿Hemos perdonado alguna vez a alguien sin que nadie nos diera las gracias por un perdón que se daba por descontado?
¿Hemos obedecido alguna vez no porque estuviéramos obligados a hacerlo, o porque de no haberlo hecho se hubieran puesto las cosas mal para nosotros, sino simplemente en virtud del misterioso, silencioso e incomprensible ser que nosotros llamamos Dios y por su voluntad? ¿Hemos sacrificado alguna vez cualquier cosa sin recibir ningún agradecimiento por ello, e incluso sin ningún sentimiento de satisfacción interior? ¿Hemos estado alguna vez absolutamente solos?
¿Hemos decidido hacer en alguna ocasión algo a partir exclusivamente del juicio de nuestra conciencia, por razones difíciles de explicar a los otros y evaluadas en la soledad personal más absoluta, con la conciencia de no poder delegar en nadie una decisión por la que deberemos responder durante toda la eternidad?
¿Hemos intentado amar a Dios alguna vez incluso cuando no sentíamos el apoyo de grandes entusiasmos espirituales, y él parecía ausente y distante de nosotros, y sentíamos estar con él tristes como la muerte y la aniquilación absoluta?
¿Hemos intentado en alguna ocasión amar a Dios incluso cuando nos parecía estar perdidos en el vacío, llamar a alguien que se obstina en permanecer sordo, o ser echados en un abismo aterrador sin fondo, donde todo parecía incomprensible y carente de sentido?
¿Hemos realizado alguna vez un trabajo que, para ser ejecutado, nos pedía el coraje de olvidarnos de nosotros mismos e ignorarnos, casi traicionarnos, o con la sensación de pasar por estúpidos o de hacer algo terriblemente estúpido?
¿Nos hemos mostrado alguna vez buenos y cordiales con alguien que ni nos ha mostrado ni nos muestra, sin embargo, el menor signo de gratitud y comprensión, e incluso cuando ni siquiera hemos tenido el consuelo interior de sentirnos buenos, desinteresados, generosos?
Busquemos dentro de nosotros experiencias como éstas. Si las encontramos, podremos decir que hemos tenido experiencias espirituales y que hemos acogido la acción del Espíritu de Dios que obra en nosotros. Sólo entonces podremos decir que hemos experimentado lo sobrenatural, que hemos hecho la experiencia de Dios (cf. Rahner, R; Teología de Vida Espiritual, Londres 1974, pp. 86-90).
Act:
05/06/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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