22 de Febrero
Domingo I Cuaresma
Equipo de Liturgia
Mercabá, 22 febrero 2026
Lectio
El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente. El Señor Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y en él puso al hombre que había formado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos para comer, así como el árbol de la vida en medio del huerto y el árbol del conocimiento del bien y del mal. La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que había hecho el Señor Dios. Fue y dijo a la mujer: "¿Así que Dios os ha dicho que no comáis de ninguno de los árboles del huerto?". La mujer respondió a la serpiente: "¡No! Podemos comer del fruto de los árboles del huerto. Sólo nos ha prohibido, bajo pena de muerte, comer o tocar el fruto del árbol que está en medio del huerto". Replicó la serpiente a la mujer: "¡No moriréis! Lo que pasa es que Dios sabe que en el momento en que comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal". La mujer se dio cuenta entonces de que el árbol era bueno para comer, hermoso de ver y deseable para adquirir sabiduría. Así que tomó de su fruto y comió. Se lo dio también a su marido, que estaba junto a ella, y él también comió. Entonces se les abrieron los ojos, se dieron cuenta de que estaban desnudos, entrelazaron hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores (Gn 2,7-9; 3,1-7).
El plan de Dios y el problema del mal constituyen, en síntesis, los temas propuestos por la liturgia en este fragmento. De la tierra (damah), de la materia, Dios plasma al hombre (adam), pero insufla en él su misma respiración; lo rodea de bien y de belleza (v.9), le coloca en un ambiente preparado con esmero y le confía una tarea, una misión (v.15); le da amplia libertad para determinar y transformar la realidad que le rodea mediante el trabajo y la autoridad personal (v.9).
Con todo, el hombre no es quien para establecer la norma del bien y el mal, sino que esta norma la impone Dios. Por ello, no debe conocer por experiencia el mal, so pena de llevarle a la ruina (v.16). El conocimiento es para los semitas un hecho de experiencia más, antes que algo intelectual o moral. Dios da, pues, su mandamiento para la vida y la felicidad. Al hombre se le propone la elección de una libre obediencia, reconociendo la relación particular que el Creador le ofrece de vivir con él.
Allí está el árbol, en medio del jardín, guardado únicamente por la advertencia de Dios. En este punto se insinúa la presencia del mal. El texto bíblico nos dice que el mal no es primariamente una opción errónea, sino más bien una entidad creatural que induce a esa opción astutamente.
El término para indicar la serpiente significa adivinación, dejando entrever los cultos idolátricos, en los que el símbolo de la serpiente tenía mucho que ver y que no dejaban de atraer a Israel. En efecto, la serpiente trata de que parezca una mentira el mandato de Dios por una especie de falso oráculo (v.4).
La narración de la trasgresión es una obra maestra de psicología, una secuencia de sensaciones perfectamente estudiadas (v.6) en un deseo creciente. Pero el éxito del pecado consiste en comprobar la propia desnudez (es decir, nuestra fragilidad, el estar inermes, derrotados), que lleva a avergonzarse de sí mismo y a no poder soportar la mirada de Dios.
Así pues, por un hombre entró el pecado en el mundo y, con el pecado, la muerte. Y como todos los hombres pecaron, a todos alcanzó la muerte. Cierto que ya antes de la ley había pecado en el mundo; ahora bien, el pecado no se imputa al no haber ley. Sin embargo, la muerte reinó sobre todos desde Adán hasta Moisés incluso sobre los que no habían pecado con una trasgresión semejante a la de Adán, que es figura del que había de venir. Pero no hay comparación entre el delito y el don. Porque si por el delito de uno todos murieron, mucho más la gracia de Dios, hecha don gratuito en otro hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos. Hay también otra diferencia entre el pecado del uno y el don del otro, pues mientras el proceso a partir de un solo delito terminó en condenación, el don, a partir de muchos delitos, terminó en absolución. Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado universal, mucho más por obra de uno solo, Jesucristo, vivirán y reinarán los que acogen la sobreabundancia de la gracia y del don de la salvación. Por tanto, así como por el delito de uno solo la condenación alcanzó a todos los hombres, así también la fidelidad de uno solo es para todos los hombres fuente de salvación y de vida. Por la desobediencia de uno solo todos fueron hechos pecadores, mas por la obediencia de uno solo todos alcanzarán la salvación (Rm 5,12-19).
Nos encontramos con un texto un tanto difícil por su gran densidad teológica, pero de capital importancia para comprender cómo Cristo es el punto central de la historia de la salvación. Por el paralelo entre Adán y Cristo (los dos prototipos de la historia humana), tenemos una nueva explicación del misterio de la cruz.
El 1º padre de la humanidad, el viejo Adán, con un solo pecado ha arrastrado a todos al pecado y a la muerte (v.12). Cristo, nuevo Adán, con un solo acto de justicia, o sea, con su muerte en cruz por amor, abre a todos el camino de la justicia, del amor y de la vida sobreabundante.
Esta visión nos permite intuir que los acontecimientos de la historia no son casuales o independientes unos de otros, sino que están íntimamente vinculados, sea para el bien o para el mal. Todo lo que hacemos tiene una repercusión fuera de nosotros, repercute en todos los demás. Se trata del tema del pecado social.
La trasgresión del 1º hombre introduce a toda la humanidad en una deformidad respecto a la imagen de Cristo. Desde entonces, todo hombre llevará grabada en su corazón, como una tara hereditaria, la culpa de los orígenes. Creado para vivir en comunión con Dios en santidad perfecta, sentirá siempre la tentación de hacer el mal.
La ley viene a ser como una terapia de urgencia ofrecida por Dios al hombre herido, y en ella se indica lo que debe cumplir y lo que hay que evitar para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios (vv.13-14.20).
Pero la ley por sí sola es insuficiente para restablecer la comunión con Dios, pues el hombre por sí mismo no puede levantarse de la caída. Por esta razón, Pablo, comparando el alcance de la acción de Adán y la eficacia de la obra de Cristo, muestra la sobreabundancia del don de Dios.
El paralelo entre Adán y Cristo lleva a un superávit de gracia, fruto de la obediencia del Hijo amado. Cumpliendo la voluntad del Padre hasta la muerte de cruz, Jesús nos ha obtenido el retorno a Dios, el acceso a la vida eterna (v.21).
El Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo pusiera a prueba. Y después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre. El tentador se acercó entonces y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes". Jesús le respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hambre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Después el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te lleven en brazos, de modo que tu pie no tropiece en piedra alguna". Jesús le dijo: "También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios". De nuevo le llevó el diablo consigo a un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo con su gloria y le dijo: "Todo esto te daré si te postras y me adoras". Jesús le dijo: "Márchate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él le darás culto". Entonces el diablo se alejó de él, y unos ángeles se acercaron y le servían (Mt 4,1-11).
Jesús, proclamado por el Padre Hijo de sus complacencias, inmediatamente después del bautismo es conducido al desierto "por el Espíritu" para ser "tentado por el diablo". Por consiguiente, esta prueba es querida por Dios.
Jesús, que vino para recapitular toda la humanidad dando al Padre esa total adhesión que debía haber ofrecido Israel, es sometido a las mismas tentaciones del pueblo del Exodo, como indican las citas del Deuteronomio con las que responde a Satanás (Dt 8,3; 6,16; 6,13). Pero donde Israel falló, Jesús vence.
La insidia diabólica comienza presentando a Jesús las esperanzas mesiánicas y pidiéndole que demuestre si es verdad que, como había afirmado la voz del cielo, es Hijo de Dios. A la propuesta de un mesianismo que satisfaga con facilidad las necesidades materiales del hombre, Jesús responde contraponiendo al alimento material el alimento espiritual de la palabra vivificante de Dios (v.3).
A la imagen de una misión milagrera y espectacular que le propone el diablo, Jesús opone una sumisión incondicional a los designios de Dios (vv.5-7). A la tentación del éxito sigue finalmente la del dominio (convertirse en señor de la tierra, ceder a la idolatría del poder), pero el camino mesiánico que Cristo intuyó en el desierto es muy distinto. Con la autoridad que le viene de su dedicación plena a Dios, él, el perfecto adorador del Padre, expulsa al demonio (vv.8-11).
Mateo nos presenta a Jesús no sólo como el verdadero Israel, sino también como el nuevo Moisés, al citar el ayuno (de 40 días y 40 noches) y el "monte altísimo" (desde donde el diablo le muestra todos los reinos de la tierra), aludiendo a Dt 34,1-4. Estos 40 días en el desierto preparan a Jesús para que asuma la guía del nuevo pueblo de Dios, a quien ofrece la ley nueva.
El hombre engañado por el Maligno buscó una gloria que pensaba que un Dios envidioso le negaba: ser como Dios, y autodeterminar lo que es el bien y el mal (la insidia de siempre). Adán se encontró desnudo, desterrado del jardín original, errante en una tierra que exige fatigas para producir pan. Jesús, por eso, bajó al abismo de la caída del primer hombre del orgullo y la autosuficiencia de cada uno de nosotros.
Como cualquier hombre, Adán oyó la atractiva voz del que en la soledad absoluta se le acerca y le incita a probar sus propias posibilidades. En concreto, a someter a su servicio las leyes de la materia, instrumentalizar la protección divina, y dominar el mundo comprometiéndose con el "príncipe de este mundo". ¿Acaso no son los medios más adecuados para llevar a cabo con éxito la misión confiada? Son tentaciones que cada uno conoce bien, aunque nos limitemos al ámbito del propio trabajo.
Meditatio
El Señor Dios prepara para el hombre un jardín delicioso y fértil, tierra de encuentro (entre el Creador y el adán) y de libertad (donde el amor es la consciente adhesión a la voluntad de Dios, con la certeza confiada de que quiere el bien de sus criaturas).
Aunque queda abierta la posibilidad del rechazo, aunque la serpiente puede hacerse notar en el jardín, el Espíritu de Dios conduce a Jesús al desierto, tierra de soledad (donde todo calla, y el silencio amplifica las voces que percibe el corazón) y de libertad (donde Dios puede hablar o callar). También el diablo, el divisor, puede encontrarnos en el desierto. Por eso fue conducido al desierto por el Espíritu.
Oratio
Oh Padre, tú que has ofrecido al hombre vivir en comunión contigo y que, cuando Adán, el progenitor soberbio, pecó no lo abandonaste en el abismo de su caída, mírame también a mí... sácame de la angustia en la que me precipita el deseo de ser un dios que encuentra en sí mismo la norma del bien y el mal.
Oh Cristo, tú que nos has rescatado del pecado de Adán y has seguido el camino de la obediencia indicado por tu Padre hasta la cruz... sálvame también a mí, que deseo saciarme de cosas, de gloria y de poder, aunque quedo desilusionado y hambriento porque la Vida está en otra parte.
Oh Espíritu, tú que condujiste a Jesús al desierto para que, victorioso del mal, pudiese restituir al Padre la sumisión amorosa que cada uno de nosotros le hemos negado... ilúminame y fortalece mi corazón, para que aprenda a discernir tu voluntad y la cumpla sin temer fracasos o burlas, con humildad obediente, en la libertad del amor.
Contemplatio
El Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto. Cristo ciertamente fue tentado por el diablo, pero en él eras tentado tú. Pues tuya era la carne que Cristo asumió para que recibieses de él la salvación. Asumió la muerte, que era tuya, para darte la vida; tomó de ti las humillaciones para que tu recibieses de él la gloria.
He puesto en Cristo mi torre y fortaleza. Él por nosotros se ha hecho torre frente al enemigo, él es también piedra sobre la que está edificada la Iglesia.
¿Buscas remedio para no ser herido por el diablo? ¡Refúgiate en la torre! Tienes ante ti la torre. Acuérdate de Cristo y habrás entrado en la torre. ¿Cómo te acordarás de Cristo? Cuando tengas algo por lo que sufrir, piensa que él ha sufrido antes y reflexiona por quién ha sufrido. Él murió para resucitar. Espera tú también lograr la meta en la que nos ha precedido y habrás entrado en la torre sin ceder ante el enemigo (cf. Agustín de Hipona, Comentario del Salmo 60).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Estemos firmes en la prueba: nuestra fuerza es el amor de Cristo" (de la liturgia).
Conclusio
La tentación más grave es la de la desesperación, porque nos hace dudar de poder ser todavía perdonados y amados por el Padre. Pues bien, ahí es donde nos quiere llevar la astucia del diablo: a la desesperación.
Si desconfiamos de Dios, nosotros mismos nos separamos de él. Es tremenda esta tentación. La tentación de la desconfianza está en el origen de la trágica caída de los primeros padres y aparece a lo largo de todas las etapas de la historia de salvación.
La tentación aparece ya desde el 1º libro de la Biblia (Gn 3), donde la serpiente tentadora induce a Adán y Eva a desconfiar de Dios, hasta el último (Ap 3 y 12), donde el dragón se encona contra la Iglesia, dispuesto a devorar a los santos, los hijos engendrados en la gracia.
La envidia empuja continuamente al Maligno, aunque ya vencido por Cristo, a la tentativa desesperada de hacer caer a los hijos de Dios. Por eso el cristiano debe estar siempre alerta, dispuesto al combate que tiene que mantener con la armadura que Dios le procura (Ef 6,12-18).
La Iglesia está sometida a la tentación lo mismo que todo cristiano. Pero si perseveramos en la fe y en la oración, el Señor nos promete el auxilio para que no sucumbamos a la tentación (Ap 3,10-12).
La tentación es necesaria porque, después de la primera caída, todos deben someterse a la prueba. Nuestro corazón adolece de inconstancia y necesita robustecerse mediante una terapia intensiva y estimulante. Así, la tentación libera nuevas y prodigiosas energías espirituales. El amor, en la prueba, se purifica y fortalece.
El Señor nos promete su ayuda, así que no seremos tentados por encima de nuestras fuerzas. En este sentido, el apóstol dice: "Dios es fiel, y no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas. Al contrario, junto con la prueba os proporcionará fuerzas suficientes para superarla" (1Cor 10,13).
El ancla de la salvación es la cruz, a la que debemos estar fuertemente abrazados. Cristo padeció por nosotros la tentación y ha vencido (cf. Canopi, A. M; Meditación sobre el Padrenuestro, Milán 1999, pp. 114-116).
Act:
22/02/26
@tiempo
de cuaresma
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R C A B A
M U R C I A
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