26 de Febrero

Jueves I de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 26 febrero 2026

Lectio

La reina Ester, angustiada porque la muerte se le echaba encima, recurrió al Señor. Y oró así al Señor, Dios de Israel: "Señor mío, tú eres nuestro único rey; ayúdame, porque estoy sola, no tengo más protector que a ti y el peligro me amenaza. Desde niña he oído en mi familia que tú, Señor, escogiste a Israel entre todas las naciones, y a nuestros padres entre todos sus antepasados, como heredad perpetua, cumpliendo todas tus promesas. Ahora, nosotros hemos pecado contra ti, y nos has entregado a nuestros enemigos, porque hemos adorado a sus dioses. ¡Eres justo, Señor! Acuérdate de nosotros, Señor, y hazte presente en medio de nuestra tribulación. Dame valor, Rey de los dioses y dominador de todo poder, y pon en mi boca palabras oportunas cuando tenga que hablar al león. Cambia su corazón, y haz que aborrezca a nuestro adversario, para que muera con sus cómplices. Líbrame, Señor, con tu poder, y ayúdame a mí, que estoy sola y no tengo a nadie más que a ti, Señor. Tú lo sabes todo" (Est 4,1-5.12-14).

         Ester, joven hebrea, esposa del rey persa, llega a saber que, por intrigas palaciegas, se ha decretado el exterminio de todos los hebreos deportados en el reino de Persia. Entonces, la reina decide exponerse al peligro y afrontar al esposo para interceder a favor de su pueblo. Antes de acudir a la presencia del rey, suplica en su angustia al Señor, acompañando la oración con la penitencia.

         Firme en su fe, la reina reconoce que el verdadero rey es Dios, y profesa que él es el Único, y que sólo de él puede venir la salvación. Invocando su ayuda manifiesta la propia soledad (v.17). La inaccesible trascendencia de Dios parece mayor en contraste con la pequeñez y debilidad de una mujer.

         La realidad, sin embargo, es otra: que el Solo es el único auxilio de quien está sola. De manera muy significativa, el texto griego utiliza el mismo adjetivo aplicado primero a Dios y luego a la reina (monos, mone). La lejanía se convierte en máxima cercanía.

         En su súplica, Ester recuerda al Señor la elección de Israel, las promesas hechas a los padres y su cumplimiento (v.17). Por otra parte, confiesa el pecado del pueblo. Por el favor manifestado en el pasado y el arrepentimiento presente, la reina osa pedir al Señor, que lo sabe todo (v.17), la salvación para su pueblo. Para ella pide valentía, sabiduría y auxilio, para poder desempeñar eficazmente su misión de intercesora.

Dijo Jesús: "Pedid, y se os dará; buscad, y encontraréis; llamad, y os abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren.  ¿Acaso si a alguno de vosotros su hijo le pide pan, le da una piedra? O si le pide un pez ¿le da una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! Así pues, tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros, porque en esto consisten la ley y los profetas" (Mt 7,7-12).

         Con una argumentación formal, que se asemeja a la de los rabinos de su tiempo, Jesús enseña la necesidad de la oración de petición, declarando la certeza de ser escuchada. ¿Se da una contradicción con lo indicado poco antes (Mt 6,7)?

         Ciertamente, no, pues en la oración no es preciso ser palabrero, porque el Padre conoce. Con todo, es necesario asumir la actitud interior del mendigo, ubicándose en la verdad de la propia condición humana.

         Dios mismo da al que pide y abre al que llama. De hecho, los verbos usados ("se os dará", "se os abrirá") tienen la forma de lo que se llama "pasivo divino", expresión semántica para evocar el nombre de Dios (impronunciable) sin nombrarlo de modo explícito (v.7).

         Si un padre al que su hijo le pide alimento, no le da cualquier cosa que se le parezca (en su aspecto externo, aunque en sustancia sea muy diferente; v.9), mucho más lo hace Dios, el único bueno, el padre más solícito. En este caso, dará "cosas buenas" a todos los que le piden.

         Dios Padre escucha siempre las súplicas de sus hijos, y da lo que realmente es mejor al que le invoca. El v. 12 recuerda un dicho rabínico: "Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo. En esto está toda la ley, y el resto sólo es una explicación".

         Jesús relata ese dicho en forma positiva, e incrementa su exigencia. Así, no se trata de un "no hacer", sino de algo concreto que nos exige estar siempre atentos por el bien de los demás. Por esta razón, cambia completamente la vida del que lo toma en serio, y eso le lleva a la verdadera conversión, descentrándose de sí mismo para que su centro sean los demás.

Meditatio

         Jesús nos enseña a orar con perseverancia confiada, revelando al mismo tiempo cómo es el corazón de Dios y cómo debe ser el corazón del orante. Se nos va conduciendo así a la verdad más sencilla y más profunda: que Dios es nuestro Padre, y que nos ama con amor eterno, sin echarse atrás ni mostrar reservas.

         Quizás no creemos de veras en este amor, o tal vez estemos ya tan acostumbrados a decir y oír que Dios nos ama, que apenas prestamos atención a esta realidad desconcertante.

         Jesús nos invita a entrar en comunión viva con Dios Padre, y ésta es una experiencia que nos puede cambiar interiormente. De ahí que diga "pedid, buscad, llamad", porque no quedaréis defraudados. El Padre, fuente inagotable de bondad, dará sólo cosas buenas a los que le pidan.

         ¿Hemos orado ya de veras, dirigiéndonos a él? ¿O tal vez hemos manifestado nuestros deseos en voz alta, girando en torno a nosotros mismos? Además, ¿eran de verdad "cosas buenas" las que hemos pedido?

         La oración humilde y sencilla, propia de un corazón amante, comienza con un acto de contemplación gratuita, teniendo fija la mirada en el rostro del Padre bueno. Olvidemos nuestras muchas peticiones y, poco a poco, sentiremos nacer en nosotros una única súplica que brota de una exigencia realmente necesaria.

         Después de haber contemplado en la fe el rostro de Dios, ya no podremos dudar ni ignorar que somos hijos de Padre, impulsados por su amor a todo ser humano (nuestro hermano) para brindarle esa bondad que, sin cesar, mana de la fuente y viene a saciar nuestra indigencia, para que rebose hacia todos y llegue a cada uno.

Oratio

         Oh Padre, tú que eres el único bueno y das cosas buenas a los que te piden, escucha nuestra oración. Antes de nada, danos un corazón sencillo, humilde y confiado, que sepa abandonarse sin pretensiones y sin reservas a tu amor.

         Haznos pobres de espíritu y ven, tú que eres el Rey, a ensanchar en nosotros tu reino de paz. Ayúdanos a suplicarte incesantemente para que, siendo portavoces de toda criatura, podamos llevar a todos el auxilio de tu amor.

         Tú das al que pide, así que danos tu Espíritu bueno. Tú concedes que encuentre el que busca, así que haz que busquemos siempre tu rostro. Tú abres al que llama, así que ábrenos la puerta de tu corazón a nosotros y a todos los hombres. Estrechados en tu eterno abrazo, no pediremos más. Oh Padre, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Contemplatio

         El evangelio nos asegura que son muchas las causas por las que somos escuchados por Dios, como que dos almas se unen en oración, la fe firme, la limosna, la enmienda de vida... Convencido estoy de mis miserias, y quiero admitir que estamos completamente desprovistos de las virtudes de las que hemos hablado antes.

         Sin embargo, el Señor promete concedernos los bienes celestiales y eternos, y nos exhorta a una dulce violencia con nuestra insistencia. Nada más lejos de él, por tanto, que el desprecio a los inoportunos, porque él los invita, los alaba y les promete concederles con gusto todo.

         Que nos anime a esto la insistencia de los inoportunos. Sin exigirles un gran mérito, ni grandes fatigas, eso es algo que está en nuestra mano. No dudemos de la palabra del Señor, que dice: "Todo lo que pidáis con fe, lo obtendréis" (cf. Juan Casiano, Colaciones, IX, 34).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él le escucha" (Sal 33,6).

Conclusio

         Antes de saber cómo hay que orar, importa mucho más saber cómo "no cansarse nunca", o no desanimarse nunca, ni deponer las armas ante el silencio aparente de Dios. De hecho, Jesús "les puso una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer" (Lc 18,1).

         Que la intrepidez se adueñe de ti como de la viuda ante el juez. Ve a buscar a Dios en plena noche, llama a la puerta, grita, suplica e intercede. Y si la puerta parece cerrada, vuelve a la carga, y pide hasta romperle los dinteles. Él será sensible a tu llamada desmesurada, y sabrá que tu grito es de confianza total en él.

         Déjate llevar por la fuerza de tu angustia y el asalto de tu impetuosidad. En algunos momentos, el Espíritu Santo formulará él mismo las peticiones en lo más íntimo de tu corazón con gemidos inefables. ¿Has oído gemir a un enfermo presa de un intenso sufrimiento? Nadie puede permanecer insensible a esta queja, a menos que tenga un corazón de piedra.

         En la oración, Dios espera que pongas esta nota de gemido, de violencia, de vehemencia y de súplica. Él se volcará sobre ti, y escuchará tu petición. En el fondo, no haces más que dar alcance al amor infinito y comprimido en su corazón, que espera tu oración para desencadenarse en respuesta de ternura y misericordia.

         Si supieses lo atento que está Dios al menor de tus clamores, no dejarías de suplicarle por tus hermanos y por ti. Él se levantaría entonces y colmaría tu espera mucho más allá de tu oración. Se puede esperar todo de una persona que ora sin cansarse, y que ama a sus hermanos con la ternura misma de Dios (cf. Lafrance, L; Ora a tu Padre, Madrid 1981, pp. 173-174).

 Act: 26/02/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A