8 de Abril
Miércoles I de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 8 abril 2026
Lectio
En aquellos días, 1 Pedro y Juan subieron al templo a la hora de la oración, hacia las tres de la tarde. 2 Había allí un hombre paralítico de nacimiento, a quien todos los días llevaban y colocaban junto a la puerta Hermosa del templo para pedir limosna a los que entraban. 3 Al ver que Pedro y Juan iban a entrar en el templo, les pidió limosna. 4 Pedro y Juan lo miraron fijamente y le dijeron: "Míranos". 5 Él los miró esperando recibir algo de ellos. 6 Pedro le dijo: "No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar". 7 Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó. En el acto sus pies y sus tobillos se fortalecieron, 8 se puso en pie de un salto y comenzó a andar. Luego entró con ellos en el templo por su propio pie, saltando y alabando a Dios. 9 Todo el pueblo lo vio andar y alabar a Dios. 10 Al darse cuenta de que era el mismo que solía estar sentado junto a la puerta Hermosa para pedir limosna, se llenaron de admiración y pasmo por lo que le había sucedido (Hch 3,1-10).
Pedro continúa la práctica liberadora de Jesús, y no sólo con el anuncio sino también con las obras milagrosas. Estas últimas manifiestan que ha llegado la salvación al mundo, y dan ocasión a un nuevo discurso de explicación y de anuncio. También Pedro, gracias al nombre de Jesús, aparece "acreditado por Dios mediante milagros, prodigios y signos", sobre todo para anunciar la novedad cristiana.
El relato es vivaz, y el templo todavía figura en el centro de la 1ª comunidad cristiana, que todavía no ha roto con las costumbres judías. Pedro, ante una de las puertas más famosas del edificio, encuentra a un mendigo paralítico de nacimiento y, como no tiene "ni oro ni plata", le ordena que se levante y camine. En nombre de Jesucristo Nazareno, le dice Pedro, "echa a andar".
Lo que sigue es un relato de resurrección. El paralítico entra en el templo (del que había sido excluido por su enfermedad) "saltando y alabando a Dios". Se trata de un hombre reconstruido física y espiritualmente, y Pedro ha logrado restituirle la vida.
La resonancia que tuvo esta curación fue enorme. La gente, llena de "admiración y pasmo", acudió en gran cantidad junto al Pórtico de Salomón, donde Jesús discutía con los judíos y donde se reunían los cristianos de Jerusalén para escuchar las enseñanzas de los apóstoles (Hch 5,12). Aquí se dispone Pedro a dar la explicación del acontecimiento.
13 Aquel mismo día, dos de los discípulos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que dista de Jerusalén unos once kilómetros. 14 Iban hablando de todos estos sucesos. 15 Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. 16 Pero sus ojos estaban ofuscados, y no eran capaces de reconocerlo. 17 Él les dijo: "¿De qué hablabais por el camino?". Ellos se detuvieron entristecidos, 18 y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?". 19 Él les preguntó: "¿Qué ha pasado?". Ellos contestaron: "Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. 20 ¿No sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron? 21 Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Y sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto. 22 Bien es verdad que algunas de nuestras mujeres nos han sobresaltado, porque fueron temprano al sepulcro 23 y no encontraron su cuerpo. Hablaban incluso de que se les habían aparecido unos ángeles que decían que está vivo. 24 Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo hallaron todo como las mujeres decían, pero a él no lo vieron". 25 Entonces Jesús les dijo: "¡Qué torpes sois para comprender y qué cerrados estáis para creer lo que dijeron los profetas! 26 ¿No era preciso que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria?". 27 Y empezando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que decían de él las Escrituras. 28 Al llegar a la aldea adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. 29 Pero ellos le insistieron diciendo: "Quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo". Y entró para quedarse con ellos. 30 Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. 31 Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado. 32 Y se dijeron uno a otro: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?". 33 En aquel mismo instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a todos los demás, 34 que les dijeron: "Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón". 35 Por su parte, ellos contaron lo que les había ocurrido cuando iban de camino, y cómo lo habían reconocido al partir el pan (Lc 24,13-35).
El episodio de la aparición de Jesús resucitado a los 2 discípulos de Emaús presenta el camino de fe de la vida cristiana, basado en el doble fundamento de la palabra de Dios y de la eucaristía.
Esta experiencia del Señor aparece descrita a lo largo de 2 momentos decisivos: el alejamiento de los discípulos de Jerusalén (y de Jesús, para volver a su viejo mundo; vv.13-29), y la vuelta a Jerusalén (con la recuperación de la alegría y la fe, por parte de la comunidad de los discípulos; vv.30-35).
En el 1º momento de desconcierto, Jesús se acerca (con aspecto de viajero) a los discípulos desalentados y tristes, conversa con ellos y les ayuda a leer el plan de Dios, así como a recuperar la esperanza perdida. De hecho, "empezando por Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les explicó todo lo que decían de él las Escrituras" (v.27).
Cuando el corazón de los discípulos estaba ya ardiendo, Jesús se dejó invitar a la mesa, y es entonces cuando les ofrece su eucaristía. En aquel momento, los discípulos reconocen al Señor, pues "entonces se les abrieron los ojos, y lo reconocieron" (v.31).
La catequesis de Lucas está muy clara, y viene a decir que, cuando una comunidad se muestra disponible a la escucha de la palabra de Dios, que está presente en las Escrituras, y pone la eucaristía en el centro de su propia vida, se llega gradualmente a la fe, y se tiene experiencia del Señor resucitado.
La Palabra y la eucaristía constituyen la única gran mesa de la que se alimenta la Iglesia en su peregrinación hacia la casa del Padre. Los discípulos de Emaús, a través de la experiencia que tuvieron con Jesús, comprendieron que el Resucitado está allí donde se encuentran reunidos los hermanos en torno a Simón Pedro.
Meditatio
En nuestros días hay hambre y sed de milagros. La gente no sonríe ya lo suficiente, como hace algunos años, con respecto a los presuntos prodigios, sino que los busca y acude a los lugares donde tienen lugar. Los medios de comunicación social los hacen más espectaculares, y los obradores de prodigios hasta buscan ser idolatrados.
Tanto Pedro y Juan, como Pablo y Bernabé (Hch 14,14), corrigen al pueblo en este asunto, y dicen de manera clara que no debe buscarse el milagro, sino a Jesús. Quien tenga fe en su nombre, y lo invoque, también podrá obtener sus prodigiosos beneficios.
Lo que Dios quiere es que tengamos un espíritu de oración y de fe. Efectivamente hay situaciones tan dolorosas y penosas que nos hacen invocar el milagro, y nos impulsan a dirigirnos a personas particularmente próximas a Dios. Pero estas personas, la mayoría de las veces, no tienen "ni plata ni oro", y viven en medio de la humildad y de la oración.
Nosotros, alejados tanto del escepticismo de quienes excluyen la posibilidad del milagro, como del papanatismo más o menos supersticioso, confiamos en la oración y en la fe, a la hora de ponernos bajo la mano extraordinaria de Dios y dejarle a él la decisión final.
Dios no abandona a su pueblo, y lo socorre incluso con intervenciones extraordinarias, especialmente cuando se vive en un clima de oración seria y se carece de oro y de plata.
Oratio
Concédeme, Señor, la actitud justa respecto a tu acción en el mundo, y suprime en mí la búsqueda de "signos y prodigios" para creer ti. Extirpa en mí también el corazón cerrado, a la hora de admitir que tú puedes intervenir, incluso de forma extraordinaria, cuando y como quieras.
Concédeme, Señor, el espíritu de discernimiento, para que sepa reconocer tu presencia y la distinga de la superstición. Concédeme, una fe sencilla, la de quien no busca prodigios ni se enoja cuando no los concedes.
Hazme comprender, Señor, que no debo poner mi confianza en los medios humanos para la implantación del reino de Dios, y mantenme alejado del oro y de la plata. El milagro más grande que tú nos brindas, Señor, es la existencia de personas que confían en ti y viven pobres y humildes. Es a ellas a quienes concedes, normalmente, la obtención de milagros, para alivio y alegría de tu pueblo.
Contemplatio
A través del desprendimiento y la pobreza es como podremos volver a encontrar nuestro lugar en el corazón de los pueblos. Cuanto más pobres y desinteresados seamos, más amigos seremos del pueblo y más fácil nos resultará hacer el bien.
La pobreza es hoy más necesaria que nunca para luchar contra el mundo, contra el lujo y contra el bienestar por bienestar. Si el cristiano se hace como uno más mundo, ¿cómo podrá guiarlo e instruirlo? Cuanto más grande es el desprendimiento interior y exterior en un alma, más abunda la gracia en ella, más abundan la luz y el Espíritu de Dios en ella.
La conformidad exterior con nuestro Señor es un medio para llegar a la conformidad interior. A través de la pobreza y de la muerte es como Jesucristo engendró a su Iglesia, y de ese mismo modo es como la engendraremos nosotros. Toda obra de Dios debe llevar, por encima de todo, el sello de la pobreza y del sufrimiento.
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "No tengo plata ni oro, pero en nombre de Jesús ¡echa a andar!" (Hch 3,6).
Conclusio
¿Cómo podremos abrazar la pobreza como camino que lleva a Dios cuando todos a nuestro alrededor quieren hacerse ricos? La pobreza tiene muchas modalidades, así que debemos preguntarnos: ¿Cuál es mi pobreza? ¿Es la falta de dinero, de estabilidad emotiva, de alguien que me ame? ¿O tal vez falta de garantías, de seguridad, de confianza en mí mismo?
Cada persona tiene un ámbito de pobreza. Pues bien, ése es el lugar donde Dios quiere habitar. "Bienaventurados los pobres", dice Jesús (Mt 5,3). Eso significa que nuestra bendición está escondida en la pobreza.
Estamos tan inclinados a esconder nuestra pobreza, y a ignorarla, que perdemos a menudo la ocasión de descubrir a Dios. Él mora en ella, y por eso debemos ver nuestra pobreza como la tierra en la que está escondido nuestro tesoro (cf. Nouwen, H; Pan para el Viaje, Brescia 1997, p. 249).
Act:
08/04/26
@tiempo
de pascua
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M U R C I A
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