28 de Febrero

Sábado I de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 28 febrero 2026

Lectio

Moisés habló al pueblo y dijo: "Hoy te manda el Señor tu Dios poner en práctica estas leyes y preceptos. Guárdalos y ponlos en práctica con todo tu corazón y toda tu alma. Hoy has aceptado lo que el Señor te propone: que él será tu Dios, y que tú seguirás sus caminos, cumplirás sus leyes, mandamientos y preceptos, y escucharás su voz. El Señor ha aceptado lo que tú le propones: que tú serás el pueblo de su propiedad, y que cumplirás todos sus mandamientos. Él te encumbrará por encima de todas las naciones que él ha creado, dándote gloria, fama y honor, para que seas un pueblo consagrado al Señor tu Dios, como él te ha prometido" (Dt 26,16-19).

         En el contexto del Deuteronomio, el presente fragmento revela un carácter jurídico, en forma de tratado y ratificación formal de una alianza. De hecho, es significativa su ubicación, tras el cuerpo legislativo (Dt 11-26) y las bendiciones y maldiciones consecuentes a la observancia o trasgresión de los decretos pactados.

         En el plano jurídico, en el antiguo Israel, el paceto representaba la forma más radical para construir una comunión entre personas. Consistía en crear una situación en la que los contrayentes se intercambiaban lo que tenían de más personal y propio (1Sm 18,3; 20,8; 23,18). Con presencia de testigos (y con un documento público), cada una de las partes proponía y aceptaba un doble compromiso recíproco.

         El fragmento que nos propone hoy la liturgia presenta un particularísimo tipo de pacto. No de un pacto entre dos hombres, sino entre un Dios y un pueblo, entre el Dios fiel e Israel. Se trata, pues, de un pacto teológico, en el que los contrayentes están en distinto plano.

         En su sencillez, la perícopa tiene un claro significado didáctico, y manifiesta la experiencia que Israel tiene de Dios. Dios no es un ser absoluto, lejano o inaccesible, sino que es un Dios de comunión, con voluntad salvífica respecto del pueblo que él ha elegido.

         Dios es quien toma la iniciativa de este pacto o elección, por puro amor gratuito con el pueblo (Dt 4,37). Es él quien da a Israel leyes y mandatos como camino de vida justa y modelo de sabiduría para los individuos (Bar 4,1-4). Acoger esta gracia de Dios, y corresponder por medio de la obediencia, es la respuesta fiel que Dios pide a Israel.

Jesús dijo: "Habéis oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. De este modo seréis dignos hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen también eso los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen lo mismo los paganos? Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,43-48).

         Nos encontramos ante la última antítesis en la que Jesús, con su enseñanza de la ley, indica su cumplimiento. En este caso, el libro del Levítico mandaba el amor al prójimo, y prohibía la venganza y el rencor "contra los hijos de tu pueblo" (Lv 19,18). Por prójimo, probablemente, habría que entender a aquel que estaba próximo, o con el que los judíos vivían en la tribu y etnia.

         Lo añadido por Jesús ("odiarás a tu enemigo") no proviene del AT ni de las enseñanzas rabínicas, pero expresa el modo concreto con que el judío de a pie recibía el mandato. De hecho, incluso los esenios, y no sólo los zelotas, aceptaban esta interpretación.

         Jesús, por el contrario, pide una caridad sin restricciones, y una oración que abarque a todos (incluso a los que nos hacen sufrir). ¿Cómo puede exigir tanto? Por esto mismo: porque el fundamento de todo es el amor gratuito e incondicionado, que nosotros recibimos de un Dios que nos quiere y nos asemeja a él en el obrar y gozar (v.44).

         "Todos los demás" no alude a una universalidad ideal, sino muy concreta, porque propone amar a aquel que no nos ama, y saludar al que nos niega el saludo. Eso es lo que distingue al discípulo de Cristo de los paganos (v.46), y lo que supera la tendencia natural humana, y lo que nos hace tender a la perfección con la misma medida inconmesurable del Padre, que es amor (v.48).

         Llegados a este punto, carece de sentido pedir una recompensa a Dios por la observancia tan minuciosa y estricta de las normas de justicia,  pues la gratuidad del amor se convierte en ley reguladora de las relaciones con Dios. En esto consiste la "justicia superior" que Jesús pone como condición para entrar en el Reino de los Cielos (Mt5,20).

Meditatio

         Dios ha sellado con su pueblo un pacto de alianza recíproca, pidiéndole observar sus leyes y normas con todo el corazón. Jesús nos muestra la meta de esta obediencia: llegar a ser hijos semejantes al Padre, perfectos como él es perfecto. Pero la perfección de Dios no es una inalterable serenidad, o una pureza aséptica.

         Cristo nos revela que la perfección que Dios quiere es tener misericordia con todos, gratuidad universal, bondad que supera cualquier medida humana. Por consiguiente, tender a la perfección significa conformar nuestro corazón con el del Padre, que derrama bienes sobre todos sin hacer distinción entre buenos y malos, justos e injustos, agradecidos e ingratos.

         Jesús nos manifiesta un amor similar con todos, pero no de una manera genérica (como una benevolencia seráfica con la humanidad) sino así: "Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen". Es decir, actuando con caridad con el que nos está haciendo el mal. Esto es amar de modo perfecto, ofreciendo el don más grande, el perdón. Así nos ha amado Cristo desde la cruz, dejándonos un ejemplo y la gracia necesaria para conformarnos a él.

         No nos limitemos, por tanto, a lo que nos es connatural, siendo benevolentes con los que nos manifiestan benevolencia, porque esto lo hacen también de modo natural quienes todavía no conocen el rostro del Padre.

         A nosotros se nos ha manifestado, y se nos ha concedido, una gracia sobreabundante. No nos quedemos, por tanto, en cuestiones de mérito, ni busquemos recompensas. El amor de Dios derramado sobre nuestros corazones es la más espléndida e inmerecida recompensa.

Oratio

         Jesús, Hijo de Dios vivo, tú nos has mostrado en tu rostro el rostro del Padre. Haz que, mirándote a ti, que no te avergüenzas de llamarnos hermanos, aprendamos a vivir como verdaderos hijos, obedientes a la voluntad de Dios.

         Señor, tú nos has revelado que el Padre derrama su amor a todos. Haz que, llegando a la fuente de toda bondad, podamos llevar al mundo el agua viva del Espíritu, que todo lo renueva.

         Oh Cristo, tú pediste desde la cruz perdón para todos nosotros. Haz que, acogiendo la gracia divina, aprendamos a amar con corazón gratuito a todos los hombres, y más que a nadie al hermano que nos ha hecho mal. Entonces, al mirarnos, el Padre nos podrá reconocer verdaderamente como hijos suyos.

         Sea éste nuestro único deseo: tender a la comunión plena, forjando un solo corazón y una sola alma.

Contemplatio

         Quien ama a todos se salvará, sin duda, y quien es amado por todos no se salvará por eso. ¿Por qué? Porque "Dios es amor", y quien se relaciona con alguien sin amor vende a Dios. Así pues, ¿cuál es la belleza natural del alma? Amar a Dios. ¿Y cuánto? Así mismo: "Con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas" (Lc 10,27).

         En el mismo orden de belleza hay que poner el amor al prójimo. ¿Cuánto? Hasta la muerte. Si no lo haces, ¿quién sufrirá el daño? No Dios, un poco el prójimo, y tú un daño enorme. De hecho, el ser privado de una belleza o perfección natural no es igualmente dañino a las criaturas.

         Si la rosa deja de tener su color natural, o la azucena su aroma, el daño que yo recibiría sería de menor importancia aunque me gusten estas sensaciones. Mas para la rosa y la azucena sería un daño terrible, porque se ven privadas de su propia y natural belleza (cf. Guigo, I; Meditaciones, vol. II, nn. 23.89.465).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6,36).

Conclusio

         Seas bendito, oh eterno Dios. Que cesen toda venganza, la incitación al castigo o a la recompensa. Los delitos han superado toda medida, todo entendimiento. Ya hay demasiados mártires. No peses sus sufrimientos en la balanza de tu justicia, Señor, y no dejes que estos carniceros se ceben con nosotros. Que se venguen de otro modo.

         Señor, da a los verdugos, a los delatores, a los traidores y a todos los hombres malvados el valor, la fuerza espiritual de los otros, su humildad, su dignidad, su continua lucha interior y su esperanza invencible, la sonrisa capaz de borrar las lágrimas, su amor, sus corazones destrozados pero firmes y confiados ante la muerte. Sí, hasta el momento de la más extrema debilidad.

         Que todo esto se deposite ante ti, Señor, para el perdón de los pecados y como rescate, para que triunfe la justicia. Que se lleve cuenta del bien y no del mal. Que permanezcamos en el recuerdo de nuestros enemigos no como sus víctimas, ni como una pesadilla, ni como espectros que siguen sus pasos, sino como apoyo en su lucha por destruir el furor de sus pasiones criminales. No les pediremos nada más.

         Cuando todo esto acabe, concédenos vivir como hombres entre los hombres, y que la paz reine sobre nuestra pobre tierra. Paz para los hombres de buena voluntad y para todos los demás (cf. Ducruet, B; La Paz del Corazón, Milán 1998, p. 42).

 Act: 28/02/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A