29 de Mayo

Viernes VIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 29 mayo 2026

Lectio

Queridos, 7 se aproxima el fin de todas las cosas. Sed, pues, moderados, vivid sobriamente y dedicaros a la oración. 8 Ante todo, amaos intensamente unos a otros, pues el amor alcanza el perdón de muchos pecados. 9 Practicad de buen grado la hospitalidad unos con otros. 10 Cada uno ha recibido su don, así que ponedlo al servicio de los demás como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. 11 El que habla, que lo haga conforme al mensaje de Dios. El que presta un servicio, hágalo con la fuerza que Dios le ha dispensado, a fin de que en todo Dios sea glorificado por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por siempre. 12 Queridos, que no os extrañe esta prueba de fuego que se os ha venido encima, como si de algo insospechado se tratara. 13 Más bien alegraos, porque si compartís los padecimientos de Cristo también os regocijaréis cuando se manifieste su gloria (1Pe 4,7-13).

         Dando un salto notable, se nos envía desde 1Pe 2,12 a la sección conclusiva de la carta. La acreditación de la verdadera gracia de Dios, en la que el apóstol pide que permanezcamos firmes (1Pe 5,12), culmina en la petición de permanecer en Cristo. Con su resurrección ha entrado la historia en su fase última, y está encaminada a su cumplimiento.

         Esta condición desemboca en un nuevo modo de existir, que se refleja en todas las expresiones de la existencia. Moderación, oración, caridad, hospitalidad recíproca, valoración de los carismas para la construcción del pueblo, glorificación del Padre en Jesús... todo ello constituyen expresiones armónicas de esta vida regenerada. Ésta es, al mismo tiempo, filial, fraterna, partícipe de los sufrimientos de Cristo, y está entretejida con la esperanza de la revelación de su gloria.

         El fundamento de todo es la moderación (1Pe 1,13; 4,7; 5,8) de los deseos (1Pe 1,14; 2,11; 4,2), marco de la rectitud del vivir y del obrar. Los deseos, abandonados a sí mismos, obstaculizan la oración (1Pe 3,7; 4,7) y nos impiden dedicarnos a la misma.

         La oración, alimenta la caridad, y cuando ésta es entendida como recíproca, sincera y cordial, constituye el antídoto contra la malicia, el fraude, la hipocresía, la envidia, la maledicencia y resto de pecados que acechan la paz comunitaria. El amor a los hermanos (1Pe 1,2; 3,8) y la fraternidad (1Pe 2,17; 5,9) son, por lo demás, centrales en la visión del apóstol.

         La caridad se manifiesta en el estilo de la acogida recíproca. Cuando ésta reina, disipa el clima de chismorreo y de murmuración, de sospecha y de juicio, y la falta de confianza que corroe como la carcoma las relaciones comunitarias. La solicitud por los débiles es una clara prerrogativa ulterior de comunidades vivas, potenciadas por estilos de vida en los que las personas se abren unas a otras y valoran la multiforme gracia de Dios de la que están dotadas.

         Aparecen mencionadas de manera concreta 2 expresiones vinculadas de forma particular con el crecimiento de la comunidad: el servicio de la palabra de Dios (para la transmisión y la defensa del evangelio) y las diferentes modalidades de la participación en las responsabilidades comunes (el servicio litúrgico, el ejercicio caritativo...).

         La doxología final, caso único en el NT, está dirigida al Padre por medio de Jesús y a Jesús mismo, "a fin de que en todo Dios sea glorificado por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por siempre" (v.11).

Después que la muchedumbre lo hubo aclamado, 11 Jesús entró en Jerusalén, fue al templo y lo observó todo, mas como ya era tarde volvió a Betania con los Doce. 12 Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. 13 Al ver de lejos una higuera se acercó a ver si encontraba algo en ella. No encontró más que hojas (pues no era tiempo de higos) 14, y entonces le dijo: "Que nunca jamás coma nadie fruto de ti". Sus discípulos lo oyeron. 15 Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban. Volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían las palomas, 16 y no consentía que nadie pasase por el templo llevando cosas. 17 Luego se puso a decir: "¿No está escrito que mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Vosotros, sin embargo, la habéis convertido en una cueva de ladrones". 18 Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley se enteraron, y buscaban el modo de acabar con Jesús. No obstante, le temían, ya que toda la gente estaba asombrada de su enseñanza. 19 Cuando se hizo de noche, salieron de la ciudad. 20 Cuando a la mañana siguiente pasaron por allí, vieron que la higuera se había secado de raíz. 21 Pedro se acordó y dijo a Jesús: "Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado". 22 Jesús les dijo: "Tened fe en Dios. 23 Os aseguro que si uno le dice a este monte quítate de ahí y arrójate al mar, y lo hace sin titubeos en su interior, y creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. 24 Por eso os digo: Todo lo que pidáis en vuestra oración, lo obtendréis si tenéis fe en que vais a recibirlo" (Mc 11,11-24).

         El episodio de la maldición de la higuera se inserta en la sección en la que se describe el ministerio de Jesús en Jerusalén. En este caso, Marcos sigue una cronología de los acontecimientos diferente a la de Mateo y Lucas, poniendo de relieve la finalidad específica que persigue en la narración de los hechos.

         Marcos inserta en el acercamiento a la liturgia 3 hechos seguidos: la higuera sin fruto (vv.12-14), los profanadores del templo (vv.15-19) y la exhortación a la fe (vv.22-25). Y nos invita a captar su conexión.

         Jesús tiene hambre y busca algún fruto en la higuera, pero no lo encuentra. Marcos, para subrayar el hecho, señala que "no era tiempo de higos". Por tanto, el acontecimiento tiene que ser encuadrado en el marco de la revelación atemporal que está llevando a cabo Jesús.

         El tiempo de la fe, en efecto, es salvífico y no cronológico. Jesús revela que el Padre, en él, tiene hambre, y no de alimento sino de amor, justicia, rectitud y respeto a ese templo santo que somos nosotros.

         Para saciar esta hambre, es bueno todo tiempo y todo lugar. Dios tiene hambre de nuestra fe, de nuestra confianza sincera y no calculadora, de nuestra misericordia que perdona y cultiva la esperanza. Estas prerrogativas insensibilizan cuando no se entregan, cuando lo más profundo de nosotros no es ya casa de oración, cuando nos hemos convertido en sede de tráficos ilícitos, trueques y compromisos ajenos.

         No podemos decir que algo es imposible, sobre todo si estamos con Jesús. Él conoce nuestros recursos, y su demanda nos revela nuestro propio ser a nosotros mismos.

Meditatio

         Tu petición, Señor, es palabra de vida. Tú no pides cosas imposibles, tú revelas las posibilidades que tu palabra suscita y la vitalidad que desarrolla. Resulta arduo entrar en esta lógica de esta palabra que hace nueva la creación e inserta en ella la posibilidad de la docilidad y del consenso.

         Cada vez que siento a mi alrededor la petición de saciar el hambre física y moral, y me eximo de escucharla porque me considero separado de ti, Señor, no me doy cuenta de que la petición que me llega del que tiene hambre procede de ti, y de que tú tienes hambre de aquello que tú mismo pones en mí como germen y cuyo fruto quieres recoger.

         Pedro había pescado en vano toda una noche, pero tuvo el coraje de no desobedecerte y su red recogió un número misterioso de peces.

         Cada vez que me aíslo de ti me empobrezco, Señor, y experimento una pobreza que me perjudica a mí más que a los otros. El único efecto seguro es que yo no concurro al bien de los otros. En ocasiones, éstos obtienen por otros caminos lo que piden, y no lo reciben de mí porque estoy estéril, seco, árido, e intento recoger bienes sirviéndome de prerrogativas y posibilidades que me han sido dadas para ser tu templo santo y tu gloria.

Oratio

         Me parece, Señor, que no tengo alternativa. Si dejo de ser templo de oración, me convierto en cueva de ladrones. Si no administro contigo los talentos que me has dado para ser hospitalario (dispensador de tu multiforme gracia), me encuentro malvendiéndolos (aunque sea para satisfacer la necesidad cultual de tus fieles). Si no trabajo para que en todo sea glorificado el Padre por medio de ti, busco mi gloria.

         Para trabajar por mi bien, Señor, debo ocuparme de las cosas del Padre, a la par que caminar por tus caminos. Ésta es la luminosa verdad que el Espíritu hace resplandecer cada vez con mayor claridad en mí. Revelar al Padre es revelar la humanidad a sí misma, y cooperar en favor del Reino es trabajar de verdad por nosotros mismos. Tú y nosotros formamos una sola persona mística.

         Concédeme aprender a hablar entre nosotros, Señor, con las palabras de Dios, para llevar a cabo el ministerio que me confiaste con la energía que procede de ti, para que sea glorificado en todo el Padre por medio de tu humanidad.

Contemplatio

         Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por su modo de vida. Ellos no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado ni es fruto del talento y la especulación, ni profesa una enseñanza basada en autoridad de hombres.

         Los cristianos viven en ciudades griegas y bárbaras (según les cupo en suerte) y siguen las costumbres de los habitantes del país (tanto en el vestir como en todo su estilo de vida). Sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable. Habitan en su propia patria, pero como forasteros. Toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros.

         Toda tierra extraña es patria para los cristianos, pero ellos están en ella como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.

         Los cristianos viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, pero superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se les condena sin conocerlos, se les da muerte y con ello ellos reciben la vida. Son pobres y enriquecen a muchos, carecen de todo y abundan en todo.

         Los cristianos sufren la deshonra, mas esto les sirve de gloria. Sufren detrimento en su fama, mas esto atestigua su justicia. Son maldecidos y bendicen. Son tratados con ignominia, mas ellos devuelven honor. Hacen el bien y son castigados como malhechores, y al ser castigados a muerte se alegran como si se les diera la vida.

         Los judíos combaten a los cristianos como a extraños, y los gentiles los persiguen a muerte. Sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. Para decirlo en pocas palabras, los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo (cf. Carta a Diogneto, V-VI).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Exultemos juntos en el Señor, que nos salva".

Conclusio

         Decir que Cristo fue amor no es un pretexto que pretenda cubrir alguna imperfección en él, pues él "no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca" (1Pe 2,22). El amor es lo único que llenaba su corazón, cada una de sus palabras y acciones, toda su vida e incluso su muerte, hasta el final.

         Sin embargo, Cristo no tenía necesidad de amor. Prueba a imaginar que Cristo no hubiera sido amor, y que se hubiera limitado a ser un santo más. Imagina que, en vez de venir a salvar al mundo, y de perdonar los pecados, hubiera venido a juzgar. Imagina todo esto y persuádete, con tanta mayor firmeza, que sólo a Cristo se le aplican estas palabras: "Su amor cubrió la multitud de los pecados".

         Piensa tan sólo que Cristo era el amor. Piensa que "sólo Dios es bueno" (Mc 10,18). Piensa que él fue el único que, por amor, cubrió la multitud de los pecados, y no los de algunos sino los del mundo entero. Meditemos un momento estas palabras: "El amor cubre la multitud de los pecados" (cf. Kierkegaard, K; Pecado, Perdón, Misericordia, Turín 1973).

 Act: 29/05/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A