16 de Febrero

Lunes VI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 16 enero 2026

Lectio

1 Santiago, siervo de Dios y de Jesucristo el Señor, saluda a todos los miembros del pueblo de Dios dispersos por el mundo. 2 Considerad como gozo colmado, hermanos míos, el estar rodeados de pruebas de todo género. 3 Tened en cuenta que, al pasar por el crisol de la prueba, vuestra fe produce paciencia, 4 y la paciencia alcanzará su objetivo, de manera que seáis perfectos y cabales, sin deficiencia alguna. 5 Si alguno de vosotros carece de sabiduría, pídasela a Dios, y Dios, que da a todos generosamente y sin echarlo en cara, se la concederá. 6 Ahora bien, que pida con fe y sin dudar, pues el que duda se parece a una ola del mar agitada por el viento y zarandeada con fuerza. 7 Un hombre así no recibirá nada del Señor, 8 pues es un hombre de doble vida y un inconstante en todo cuanto hace. 9 Que el hermano de humilde condición se sienta orgulloso de su dignidad 10 y que el rico se haga humilde, porque pasará como flor de heno: salió el sol con su ardor y secó el heno, y su flor cayó y se desvaneció su bella apariencia. 11 Así también se marchitarán los proyectos del rico (Sant 1,1-11).

         Empieza hoy la proclamación de la Carta de Santiago, conjunto de exhortaciones dominadas por dos preocupaciones principales. Por una parte, revelar a los pobres el valor que tiene la angustia por la que están pasando, y a los acomodados el peligro que se encuentra en sus riquezas. Por otra parte, poner en guardia a todos contra una fe que no se traduzca en obras prácticas de misericordia.

         El clima de sabiduría veterotestamentaria y las perspectivas típicamente judías están iluminados, aunque no de un modo demasiado directo, por la luz proyectada por Cristo. Este género literario encuentra dificultades para plegarse al estilo epistolar, aunque comienza con el encabezamiento clásico de las cartas apostólicas. Por ello, la Carta de Santiago se comprende mejor como una homilía de estilo sinagogal, típica de las asambleas judeocristianas del siglo I.

         El pasaje de hoy recoge el encabezamiento (v.1) y el comienzo de la exhortación introductoria (vv.2-18), que será retomada de distintos modos en el cuerpo de la carta. Los temas señalados son el carácter providencial de la prueba (vv.2-4), la necesidad de la oración para alcanzar la sabiduría y saber moverse entre las dificultades de la vida (vv.5-8), y el carácter ilusorio de la riqueza (vv.9-11).

En aquel tiempo, 11 se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con la intención de tenderle una trampa. 12 Jesús, dando un profundo suspiro, dijo: "¿Por qué pide esta generación una señal? Os aseguro que a esta generación no se le dará señal alguna". 13 Y dejándolos, embarcó de nuevo y se dirigió a la otra orilla (Mc 8,11-13).

         El contexto más general en el que se inserta esta breve perícopa es el constituido por la Sección de los Panes (Mc 6,30-8,26) y, más en particular, el marco de la reacción a la revelación cristológica de todo el conjunto por parte de los fariseos (vv.11-13) y de los discípulos (vv.14-21).

         La petición de "una señal del cielo", situada en este contexto, tiene el significado provocador de no reconocer el valor del milagro del maná renovado por Jesús. La intención de los fariseos, destacada por el autor sagrado, es también la de "tenderle una trampa". Eso permite comprender la respuesta categórica de Jesús, con la que se niega a conceder señal alguna.

         Marcos emplea generalmente el término dynamis (lit. prodigio) para designar el milagro. No obstante, aquí emplea el término semeion (lit. señal). Por eso podemos situar la petición de una señal en el contexto más amplio de los portentos prodigiosos de Marcos, que llevan a percibir el poder de Jesús y a invadir la problemática de los criterios de credibilidad, nunca suficientes para quienes no quieren creer.

         "Esta generación" (v.12) es una expresión que va acompañada, a veces, por adjetivos como "adúltera y pecadora" (Mc 8,38) o "infiel y perversa" (Mc 9,19), y designa en la literatura profética al pueblo de Israel infiel a la alianza, que pone continuamente a prueba a su Dios y reclama siempre nuevas manifestaciones de su poder (Dt 32,5-20; Is 1,2; Sal 78,8; 95,10). En este caso, parece dirigirse no sólo a los fariseos con los que habla Jesús, sino también a todos aquellos que nunca encuentran suficientes signos de credibilidad.

Meditatio

         Cualquier tipo de prueba o de dificultad pone en juego nuestra fe, manifestando de una manera evidente de quién nos fiamos de verdad: de Dios o de nosotros mismos. Para considerar la prueba como perfecta alegría se requiere la sabiduría, la sabiduría que viene de Dios, la sabiduría de la cruz, que es necedad para el mundo.

         Se trata de una sabiduría que tan sólo podemos pedir a Dios (a él, que "da a todos generosamente y sin echarlo en cara"), con la seguridad de que nos será concedida (la seguridad basada en la fe, que no vacila y se traduce en obras).

         La sabiduría nos es concedida para que podamos ver en las pruebas la mano paterna de Dios (que "os trata como a hijos, y os hace soportar todo esto para que aprendáis, pues ¿qué hijo hay a quien su padre no corrija?"; Hb 12,7), y para que pasemos nuestra vida cotidiana, con sus opciones y valoraciones, a través de este filtro.

         Quien busca la sabiduría, en el AT, lo hace por lo general bajo el nombre de Salomón, pero "aquí hay uno que es más que Salomón" (Mt 12,42). Es decir, Jesús, sabiduría encarnada.

         A Jesús, que acaba de realizar la multiplicación de los panes, se dirigen en tono polémico los fariseos para pedirle "una señal del cielo". Se trata de una petición en apariencia inocua, pero Jesús ve aquí algo que plantea problemas.

         El problema en cuestión es la incredulidad y dureza de corazón, reprochada por los profetas en todo el AT al pueblo de Israel, nunca saciado de señales y de pruebas del amor de Dios. Es posible que tampoco nosotros andemos lejos de esta miopía religiosa que pide una señal del cielo, sin percibir que Jesús mismo es la señal dada a los hombres para que crean.

Oratio

         Señor, reconozco que ante las pruebas, aunque no sean grandes ni requieran un particular heroísmo, mi fe se muestra como una llama temblorosa que amenaza con apagarse a cada ráfaga de viento. Con todo, aunque me descubro débil, y eso es algo que no me sorprende, deseo estar estrechamente unido a ti, como la llama que no se despega de la mecha de la candela.

         No me quites nunca esta conciencia, y concédeme la sabiduría para que, en todos los momentos de mi vida, me acuerde de en quién he puesto mi confianza.

Contemplatio

         Al hombre no le llega nunca un gran sufrimiento sin que sea, naturalmente, contrario a Dios. Con todo, el hombre debe de saber sacar de él una mayor fecundidad. El sufrimiento, en cuanto tal, no agrada a Dios, excepto por el gran bien que ha preordenado para el hombre.

         Puesto que Dios lleva el peso del hombre, a través de él el sufrimiento se vuelve divino, y la amargura más dulce. Estas cosas, en efecto, toman todo su sabor de Dios, y se vuelven deiformes y divinas.

         Si el hombre se abandona en Dios, le será grato todo lo que le acaece, y lo aceptará de mejor grado. Si el hombre ama a Dios, y no busca otra cosa que no sea Dios, lo encontrará tanto en la amargura y contrariedad como en la mayor dulzura.

         Aquí brilla la luz en las tinieblas, y se ve. Es imposible que alguien pueda sufrir por la gloria de Dios, y no saborar también a Dios en ese sufrimiento (cf. Juan Tauler, Obras, Milán 1977, p. 727).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "La paciencia alcanzará su objetivo, de manera que seáis perfectos y cabales, sin deficiencia alguna" (Sant 1,4).

Conclusio

         Es ya un don de la sabiduría conocer que todo viene de Dios. De ahí que, conociendo que todo viene, y no puede venir más que de Dios, no nos quede más que abrirnos a Dios.

         La vida religiosa nace de la oración. Es cierto que la misma oración supone la gracia, pero esta última aparece ante la conciencia de la miseria y de la impotencia absoluta, a fin de que pidamos orar. Por consiguiente, el hombre debe vivir con la sabiduría para poseer todo bien, para tener capacidad de trabajar, ejercitar la virtud y contemplar a Dios. Y debe saber también que, antes que nada, se le impone la oración.

         La oración es una exigencia fundamental e insustituible, porque todo depende de Dios y Dios no interviene si no se le invoca. La oración está en el origen de todos los bienes espirituales. Es ésta también una de las verdades más formalmente afirmadas, y más solemnemente establecidas por el libro inspirado.

         El hombre sólo vive una relación personal con Dios si lo invoca y lo espera. Ahora bien, el hombre no puede orar si no siente que le espera algo, si no siente que le falta Dios en lo alto de la sabiduría, en su unión y convivencia (cf. Barsotti, D; Meditaciones sobre la Sabiduría, Brescia 1992, p. 135).

 Act: 16/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A