17 de Febrero

Martes VI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 17 febrero 2026

Lectio

12 Dichoso el hombre que aguanta en la prueba, porque una vez acrisolado recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman. 13 Que ninguno, al verse incitado a pecar, diga que "es Dios quien me está incitando a pecar", pues nadie puede incitar a Dios para que haga el mal, y él no incita a nadie a pecar. 14 Cada uno es incitado a pecar por su propia pasión, que lo arrastra y lo seduce. 15 La propia pasión concibe y da a luz al pecado, y el pecado, una vez consumado, origina la muerte. 16 No os engañéis, mis queridos hermanos. 17 Toda dádiva buena y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces, en quien no hay cambios ni períodos de sombra. 18 Por su libre voluntad nos engendró, mediante la palabra de la verdad, para que seamos los primeros frutos entre sus criaturas (Sant 1,12-18).

         La perícopa presente es la parte final de la exhortación introductoria de Santiago, que entronca con un tema en el que insistirá en el cuerpo siguiente: "Dichoso el hombre que aguanta en la prueba" (v.12).

         El tema de la prueba o tentación está recogido en este v. 12 con el mismo carácter positivo de los versículos precedentes (vv.1-2), donde se subrayaba la necesidad de que las cosas preciosas sean probadas y la oportunidad de ser incitados a alcanzar la perfección de la obra.

         La proclamación de un macarismo o bienaventuranza está destinada a los que entran en un camino que, al comienzo, requiere esfuerzo y paciencia, y sólo en un 2º momento conduce a algo grande.

         No carece de finura psicológica la descripción de la labor lenta y continua de la concupiscencia, que lleva adelante la prueba mediante el halago y la seducción. El mal, que ha conseguido entrar en el hombre a través de la seducción y el halago, da a luz el pecado, y éste, a su vez, engendra la muerte.

         La finalidad de Santiago no parece ser llevar a cabo una meditación sobre la naturaleza de Dios, sino más bien una revelación de lo que la pureza divina engendra en nosotros. En efecto, como es propio de la fuente luminosa comunicarse, nosotros somos partícipes de la irrigación divina, rica no sólo de luz iluminadora sino de voluntad, capaz de engendrar "mediante la palabra de la verdad" (que es el evangelio, según Col 1,5).

En aquel tiempo, 14 los discípulos se habían olvidado de llevar pan, y sólo tenían un pan en la barca. 15 Jesús, entonces, se puso a decirles: "Abrid los ojos y tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la levadura de Herodes". 16 Ellos comentaban que les había dicho aquello porque no tenían pan. 17 Jesús se dio cuenta y les dijo: "¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Es que tenéis embotada vuestra mente? 18 Tenéis ojos y no veis, tenéis oídos y no oís. ¿Es que ya no os acordáis? 19 ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis cuando repartí cinco panes entre los cinco mil?". Le contestaron: "Doce". 20 Jesús insistió: "¿Y cuántos cestos llenos de trozos recogisteis cuando repartí siete entre los cuatro mil?". Le respondieron: "Siete". 21 Jesús añadió: "¿Y aún no entendéis?" (Mc 8,14-21).

         El marco literario de esta perícopa es el de la Sección de los Panes (Mc 6,30-8,26). Más en concreto, la reacción a la revelación cristológica por parte de los fariseos (vv.11-13) y, ahora, de los discípulos (vv.14-21).

         El endurecimiento del corazón es un tema profético y veterotestamentario, dramático y complejo. Aparece en los evangelios a propósito de la aceptación del misterio del Reino propuesto en parábolas (Mc 4,10-12; Mt 13,10-14; Lc 8,9; Jn 12,37-41).

         La insistencia en el tema, por parte de Marcos, pretende subrayar la novedad y la profundidad del mensaje propuesto. Los fariseos lo han intuido, pero han preferido provocar al Mesías a tomar una opción diferente. La dificultad para entrar en él, en el caso de los discípulos, indica la opción radical a la que está llamada su fe.

         Esa dificultad, para decirlo con los términos de nuestro pasaje, consiste en no alinearse con la levadura de los fariseos y en alinearse con la lógica de la multiplicación repetida de los panes.

         Esta alineación es un misterio de reparto. El pan que se parte para ser multiplicado, o la carne que debe ser masticada a fin de que se convierta en fuente de vida eterna (para los que participan en el banquete), trae a colación el misterio de la necesidad de pasar a través de la muerte, para ser fuente de vida.

         Esto es por lo que respecta a Jesús. Por lo que respecta a la cristología en sí misma, y también por lo que se refiere a los discípulos, se requiere una virtud: la lógica eclesial, conforme con la enseñanza del Maestro.

Meditatio

         En el pasaje de ayer, Santiago nos hacía pedir a Dios la sabiduría, a fin de ver las pruebas desde su justa perspectiva. El libro de Proverbios se refiere al valor de la sabiduría cuando recuerda que "la necedad del hombre tuerce su camino e irrita su corazón contra el Señor" (Prov 19,3). Santiago, en cambio, se muestra categórico, pues "nadie puede incitar a Dios para que haga el mal, y él no incita a nadie a pecar" (St 1,13).

         En consecuencia, nuestra atención debe detenerse en otro punto: en el hombre como criatura. En él está presente la concupiscencia, y si el hombre sigue su sendero se encamina a la muerte.

         El hombre dispone de la posibilidad de ser "el primero fruto entre las criaturas de Dios" (St 1,18), engendrado por su voluntad "mediante la palabra de la verdad".

         Ante la fijación de los discípulos en preocupaciones superficiales y materiales, Jesús no sólo los amonesta, sino que les hace practicar una anamnesis por medio de una percuciente serie de preguntas ("¿aún no entendéis ni comprendéis?, ¿es que tenéis embotada vuestra mente?, ¿tenéis ojos y no veis, tenéis oídos y no oís?"), y los lleva a releer la señal de la multiplicación de los panes.

         Jesús se muestra provocador en el empleo que hace de la terminología de los antiguos profetas. De este modo revela también que "la levadura de los fariseos y de Herodes" (esto es, la falta de disponibilidad para acoger lo que han visto) está presente asimismo en sus discípulos, que permanecen ligados al pan y no llegan a él, la "palabra de la verdad".

         En nuestro caso, tampoco nos hará daño una anamnesis de este tipo, puesto que abriendo los ojos y los oídos también llegaremos nosotros a reconocer que "todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces".

Oratio

         Piadosísimo Dios mío, te ruego que me libres del embarazo excesivo de las preocupaciones de esta vida. Que las necesidades corporales no me hagan prisionero de los placeres, que los impedimentos del alma no quebranten mi ánimo con sus molestias y llegue a desmayar.

         No quiero decir que me libres, Señor, de esas cosas que la mundanal vanidad ambiciona con toda su alma. No, sino de esas miserias que al alma de tu siervo molestan y embarazan, por castigo, por la maldición común a todos los mortales, por no poseer la libertad de espíritu siempre que quieren (cf. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, 26).

Contemplatio

         Nuestro Señor se alegra de la tribulación de los suyos con piedad y compasión, y a toda persona que quiere llevar con amor a su felicidad le envía algo que, a sus ojos, no constituye un defecto. Por esa causa esas personas son humilladas y despreciadas en este mundo, ultrajadas, sometidas a burlas y puestas aparte.

         Nuestro Señor hace esto para impedir el daño que les produciría el fasto, el orgullo y la vanagloria de esta mísera vida, y hacer más expedito el camino que les llevará al cielo. Por eso dice: "Yo os arrancaré por completo de vuestros afectos vanos y de vuestro orgullo malvado, y os reuniré después y os haré humildes y apacibles, puros y santos, uniéndoos a mí".

         Toda compasión natural que tiene el hombre por sus hermanos cristianos, unida a la caridad, es Cristo en él. Por otra parte, todo tipo de anonadamiento mostrado por Jesús en su pasión revela dos aspectos de la intención de nuestro Señor: la felicidad a la que seremos llevados y el consuelo en nuestro dolor.

         Jesús quiere que sepamos que todo se transformará en gloria y ganancia para nosotros (en virtud de su pasión), y que sepamos que nosotros no sufrimos solos, sino con él, y que lo veamos como nuestro apoyo. Jesús desea que veamos que todos sus sufrimientos y tribulaciones superan con mucho todo cuanto nosotros podamos sufrir, hasta tal punto que no podemos tener una comprensión cabal del mismo.

         Si consideramos bien esta voluntad suya nos salvaremos de lamentarnos, y de la desesperación cuando experimentemos dolor. Si pensamos correctamente que nuestro pecado nos merece las penas, su amor nos excusa aún. Por su gran cortesía, él elimina todo reproche, y nos mira con compasión y piedad, como niños inocentes y sin culpa (cf. Juliana de Norwich, Revelaciones, Milán 1984, p. 168).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Toda dádiva buena, todo don perfecto, viene de arriba, del Padre de las luces" (Sant 1,17).

Conclusio

         La historia de la salvación no está marcada sólo por las repetidas llamadas de Dios, sino también por los repetidos rechazos por parte del hombre a tomar el camino de la vida. El mismo Verbo de Dios, nos recuerda el evangelista Juan, "vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron" (Jn 1,11).

         Jesús, en el evangelio de Juan, nos indica la raíz profunda del rechazo e incredulidad, y lo hace empleando un lenguaje duro, que requiere ser descifrado: "Yo hablo de lo que he visto estando unido a mi Padre, y vuestras acciones manifiestan lo que habéis oído a vuestro padre. El que es de Dios acepta las palabras de Dios, pero vosotros no sois de Dios, y por eso no las aceptáis" (Jn 8,38-47).

         La raíz de la fe bíblica está en la escucha, una actividad vital y exigente. Escuchar significa dejarse transformar, hasta ser conducidos por caminos a menudo diferentes de aquellos que hubiéramos podido imaginar encerrándonos en nosotros mismos.

         Los caminos que nos indica Jesús están marcados por la belleza (porque la vida de comunión es bella, y bello el intercambio de dones y de misericordia), pero son caminos que comprometen. De ahí la tentación de no abrirle la puerta, o dejarlo fuera de nuestra existencia real. La historia del pecado, en efecto, echa siempre sus raíces en la historia de la falta de escucha.

         No obstante, hay que decirlo con fuerza, ninguno de nosotros puede juzgar la escucha de los otros, y ni siquiera la de los que se declaran alejados de la fe (cf. Comunicar el Evangelio, XIII, Roma 2001).

 Act: 17/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A