24 de Marzo

Martes V de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 24 marzo 2026

Lectio

Los israelitas partieron del monte Hor camino del mar de las cañas, rodeando el territorio de Edom. En el camino, el pueblo comenzó a impacientarse y a murmurar contra el Señor y contra Moisés, diciendo: "¿Por qué nos habéis sacado de Egipto para hacernos morir en este desierto? No hay pan ni agua, y estamos ya hartos de este pan tan liviano". El Señor envió entonces contra el pueblo serpientes muy venenosas que les mordían. Murió mucha gente de Israel, y el pueblo fue a decir a Moisés: "Hemos pecado al murmurar contra el Señor y contra ti. Pide al Señor que aleje de nosotros las serpientes". Moisés intercedió por el pueblo, y el Señor le respondió: "Haz una serpiente de bronce, ponla en un asta, y todos los que hayan sido mordidos y la miren quedarán curados". Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un asta. Cuando alguno era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado (Nm 21,4-9).

         El fragmento de hoy presenta otro episodio de protesta del pueblo durante el Éxodo. Los israelitas, agotados por el viaje, y nunca satisfechos con los signos de poder y providencia que el Señor les manifiesta, murmuran contra Dios y contra su mediador Moisés. Y de ahí el castigo de Dios (las picaduras de serpientes venenosas, o ardientes), que pronto pronto se transformará en misericordia.

         El recurso a la "serpiente de bronce alzada en un estandarte", a la que los hebreos miraban para curarse de las mordeduras letales, si no estuviese en el contexto de este episodio, sería ciertamente un gesto idolátrico. De hecho, la tradición yahvista vincula este objeto de culto, que luego destruirá el rey Ezequías (2Re 18,4), a la sabia pedagogía de Yahveh.

         Por mediación de Moisés, Dios ofreció a su pueblo la posibilidad de evitar los cultos paganos vecinos, que veneraban de un modo particular a las serpientes. Gracias a tal legitimación, la "serpiente elevada en el estandarte" se convierte en un signo que se prolonga y cumple en el evangelio (Jn 3,14).

         Si para el pueblo en el desierto el sino que expresaba la misericordia de Dios fue poner remedio al castigo, en el evangelio mostrará Cristo a la vez el castigo y la misericordia. Jesús, el cordero inmolado en la cruz, es el castigo de Dios por nuestro pecado y, a la vez, la mayor manifestación del poder divino que sana del pecado.

De nuevo, dijo Jesús a los judíos: "Yo me voy, y vosotros me buscaréis, pero moriréis en vuestro pecado. Vosotros no podéis venir a donde yo voy". Los judíos comentaban entre sí: "¿Pensará suicidarse y por eso dice: Vosotros no podéis venir a donde yo voy?". Entonces, Jesús declaró: "Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros pertenecéis a este mundo, yo no. Por eso os dije que moriríais en vuestros pecados. Porque si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados". Ellos le preguntaron: "Pero ¿quién eres tú?". Jesús les respondió: "Lo que os estoy diciendo desde el principio. Tengo muchas cosas que decir y condenar de vosotros. Pero lo que yo digo al mundo es lo que oí de aquel que me envió y él dice la verdad". Ellos no cayeron en la cuenta de que les estaba hablando del Padre, y por eso Jesús añadió: "Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, entonces reconoceréis que yo soy. Yo no hago nada por mi propia cuenta, solamente enseño lo que aprendí del Padre. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada". Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él (Jn 8,21-30).

         El nuevo conflicto de Jesús con los judíos se sitúa en el área del Templo de Jerusalén, y está escalonado por la revelación de la divinidad de Jesús ("yo soy"), repetida en los vv. 24 y 28.

         De nuevo brinda Jesús a los judíos la posibilidad de aclarar el misterio del Hijo del hombre (Dn 7,13). Pero ellos lo rechazan obstinadamente, entendiendo mal las afirmaciones sobre su inminente partida (vv.21-24) y las afirmaciones sobre su identidad (vv.25-29) como enviado de Dios y su revelador definitivo (Jn 5,30; Jn 6,38).

         ¿Cómo es posible una incomprensión tan grande? Lo explica Jesús: porque ellos son "de aquí abajo" y "de este mundo" (v.23), mientras que él es "de allá arriba". Así pues, un abismo media entre ellos. Sólo la fe puede llenar ese abismo, porque hace que elevemos las miras. Y eso es precisamente a lo que nos invita Jesús. A pesar de todo, continuaron los malentendidos, pues "ellos no comprendieron".

         Jesús es signo de contradicción, y lo será sobre todo cuando sea elevado en la cruz, cuando tenga que dar cumplimiento al designio de salvación, revelar los pensamientos secretos del corazón y manifestar plenamente su identidad de Hijo del Padre.

         Mientras se va profundizando el distanciamiento de Jesús con los adversarios, la perícopa evangélica concluye con una inesperada nota de esperanza: "Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él" (v.30).

Meditatio

         Al leer atentamente los grandes textos del evangelio de Juan, nos sentimos un poco perdidos, sobre todo porque se condensan muchas ideas que a veces parecen casi contradictorias. Por ejemplo, Jesús dice "donde voy yo, vosotros no podéis venir". ¿Y por qué? Porque no creemos suficientemente.

         La fe nos permite ir donde va él. De hecho, ¿no dijo Jesús a sus discípulos "donde yo voy, me seguiréis más tarde" (Jn 13,36)? ¿Sólo le podremos seguir después de nuestra muerte corporal? En parte sí, aunque creer y esperar con amor es ir ya donde Jesús se encuentra siempre (es decir, junto al Padre).

         En el contexto presente, Jesús alude a la salvación por medio de la cruz. Y sabemos que los medios de gracia derivados de la cruz nos permiten encaminar nuestros pasos por el sendero justo. Es cierto que no podemos ir donde Jesús se encuentra físicamente, así como no podemos ser artífices de nuestra propia salvación.

         Si nuestros ojos, oscurecidos por el pecado, se elevan al que "se hizo pecado por nosotros", en este intercambio de miradas (porque él también nos mira desde lo alto de la cruz) descubriremos no sólo que estamos en el buen camino, sino también que ya ha comenzado nuestra felicidad eterna.

         Cuando adoremos la cruz el Viernes Santo, podremos recordar 2 expresiones de la lectura de hoy: "el que miraba a la serpiente quedaba curado" (Nm 21,9)  y "sabréis que yo soy" (Jn 8,28). Contemplada ya desde lejos, la cruz revela quién es Jesús. Él es el camino, la verdad, la vida.

Oratio

         Oh Padre, Dios de amor y de piedad, tú te has compadecido del hombre y no le has dejado perecer encerrado en la dureza de su pecado y de sus rebeliones. Ya en el Antiguo Testamento quisiste que la serpiente, portadora de muerte, se transformase, por tu gracia, en medio de curación.

         Más aún, has permitido que tu Hijo amado asumiese en su cuerpo todo el horror del pecado, para que el que lo contemple no vea ya en el duro suplicio de la cruz (culmen y síntesis de la crueldad humana) la ignominia del desprecio, sino el misterio de un amor sin medida.

         Enséñanos a creer siempre que tú eres Padre, y que no hay una experiencia desoladora de muerte ni horror que no pueda convertirse, por el misterio de tu compasión omnipotente, en lugar de manifestación de tu misericordia, signo de vida y de esperanza.

Contemplatio

         Sí, aquí estamos para contemplar. Por muy atroz que sea la imagen de Jesús crucificado, nos sentimos atraídos por este varón de dolores. Estamos persuadidos de estar ante una revelación que trasciende la imagen sensible, la revelación intencional de un símbolo, de un tipo, de una personificación extrema del sufrimiento humano.

         Jesús, el Cristo, quiso presentarse así. Así, el dolor aparece consciente, la terrible pasión estaba prevista, y la vejación y deshonra de la cruz se sabía de antemano.

         Jesús es el que conoce la enfermedad en toda su extensión, en toda su profundidad e intensidad. Esto basta para que Jesús sea hermano del hombre que gime y sufre, el hermano mayor, nuestro hermano. Jesús detenta un primado que concentra la simpatía, la solidaridad, la comunión del hombre que padece.

         Jesús murió inocente porque quiso. ¿Por qué quiso? Aquí está la clave de toda esta tragedia, porque él ha querido asumir la expiación de toda la humanidad. Se ofreció como víctima en sustitución nuestra. Sí, él es "el cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Él se sacrificó por nosotros, se entregó por nosotros, y así es nuestra salvación. Por eso el Crucificado fija nuestra atención (cf. Pablo VI, Meditaciones sobre la Pasión, Roma 1993, p. 31).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Nuestros ojos están fijos en el Señor" (Sal 122,2).

Conclusio

         Una de las verdades del cristianismo, hoy olvidada por todos, es que lo que salva es la mirada. La serpiente de bronce "ha sido elevada" a fin de que los hombres, que yacen mutilados en el fondo de la degradación, la miren y se salven.

         Es en los momentos en que uno se encuentra (como suele decirse) mal dispuesto, o incapaz de la elevación espiritual en las cosas sagradas, cuando la mirada dirigida a la pureza perfecta es más eficaz. ¿Por qué? Porque es entonces cuando el mal, o más bien la mediocridad, aflora a la superficie del alma en las mejores condiciones, para ser quemada al contacto con el fuego.

         El esfuerzo por el que el alma se salva se asemeja al esfuerzo por el que se mira, por el que se escucha, por el que una novia dice . Es un acto de atención y de consentimiento. Por el contrario, lo que suele llamarse voluntad es algo análogo al esfuerzo muscular.

         La voluntad corresponde al nivel de la parte natural del alma. El correcto ejercicio de la voluntad es una condición necesaria de salvación, sin duda, pero lejana, inferior, muy subordinada y puramente negativa. El esfuerzo muscular realizado por el campesino sirve para arrancar las malas hierbas, pero sólo el sol y el agua hacen crecer el trigo. La voluntad no opera en el alma ningún bien.

         Los esfuerzos de la voluntad sólo ocupan un lugar en el cumplimiento de las obligaciones estrictas. Allí donde no hay obligación estricta, hay que seguir la inclinación natural o la vocación. Es decir, el mandato de Dios.

         En los actos de obediencia a Dios se es pasivo, y cualesquiera que sean las fatigas que los acompañen, o cualquiera que sea el despliegue aparente de actividad, no se produce en el alma nada análogo al esfuerzo muscular. Hay solamente espera, atención, silencio e inmovilidad, a través del sufrimiento y la alegría.

         La crucifixión de Cristo es el modelo de todos los actos de obediencia (cf. Weil, S; Espera de Dios, Madrid 1993, p. 159).

 Act: 24/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A