10 de Febrero
Martes V Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 enero 2026
Lectio
En aquellos días, 22 Salomón se colocó ante el altar del Señor, a la vista de toda la asamblea de Israel. Levantando sus manos al cielo, 23 exclamó: "Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú ni en los cielos ni en la tierra. Tú guardas fielmente la alianza hecha con tus siervos, si caminan en tu presencia de todo corazón. 27 Pero ¿acaso puede habitar Dios en la tierra? Si el universo en toda su inmensidad no te puede contener, ¡cuánto menos este templo construido por mí! 28 Atiende, Señor Dios mío, la oración y la súplica que tu siervo te dirige hoy. 29 Ten tus ojos abiertos noche y día sobre este templo, al que te referiste diciendo: Aquí se invocará mi nombre. Escucha la plegaria que tu siervo te hace en este lugar. 30 Escucha las súplicas que tu siervo y tu pueblo Israel te hagan en este lugar. Escúchalas desde el cielo, lugar de tu morada, atiéndelas y perdona" (1Re 8,22-23.27-30).
Una vez que la construcción del templo de Jerusalén ha terminado, y la gloria del Señor ha tomado posesión del mismo, presenta Salomón su plegaria. En el corazón de la misma, como la chispa de fuego de donde brotan la alabanza y la invocación, está el estupor que experimenta el hombre ante el Dios presente, que quiere habitar en la tierra.
Salomón pregunta a Dios: "¿Acaso puede habitar Dios en la tierra?" (v.27). En efecto, la realidad más preciosa que custodia el templo (más que el oro con el que Salomón ha hecho revestir el altar y las puertas, o más que las columnas de bronce y todos los adornos sagrados) es la presencia de Dios, y la alianza con la que el Señor ha elegido unirse a su pueblo. De esta Alianza, el templo es memoria estable, así como silencioso y elocuente relato.
A continuación, la plegaria, tal como se presenta, descubre el fondo de la realidad: la casa que Salomón ha hecho construir para el Señor, que no es una morada que pueda contenerlo ni capturarlo. La presencia de Dios no está condicionada a ningún lugar ni momento, y Dios está presente allí donde se vive la Alianza.
1 Los fariseos y algunos maestros de la ley, procedentes de Jerusalén, se acercaron a Jesús 2 y observaron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras (es decir, sin lavárselas). 3 Es de saber que los fariseos y los judíos, en general, no comen sin antes haberse lavado las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de sus antepasados. 4 Al volver de la plaza no comen si no se lavan, y observan por tradición otras muchas costumbres, como la purificación de vasos, jarros y bandejas. 5 Así pues, los fariseos y los maestros de la ley le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?". 6 Jesús les contestó: "Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí 7 y en vano me dan culto, enseñando doctrinas meramente humanas. 8 Vosotros dejáis a un lado el mandamiento de Dios, y os aferráis a la tradición de los hombres". 9 Y añadió: "Vosotros anuláis el mandamiento de Dios para conservar vuestra tradición. 10 Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y: El que maldiga a su padre o a su madre será reo de muerte. 11 Vosotros, en cambio, decís a vuestro padre y vuestra madre: Declaro ofrenda sagrada los bienes con los que te podía ayudar. 12 Con eso, ya no socorréis a vuestro padre y vuestra madre, 13 anulando así el mandamiento de Dios con esa tradición vuestra que os habéis transmitido. Muchas cosas semejantes a ésta hacéis vosotros, en muchos otros asuntos" (Mc 7,1-13).
La progresiva revelación de la identidad de Jesús, en la que nos va introduciendo Marcos, incluye también la revelación de una relación nueva entre los discípulos del Nazareno y las reglas que observan los hombres, a fin de estar preparados para el encuentro con Dios (jud. "ser puros").
¿Por qué sus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados? (v.5). Antes incluso de que Jesús pronuncie una respuesta a quienes preguntan esto (los fariseos), él mismo, su persona, se pone frente a nosotros como respuesta. El porqué, en efecto, es precisamente Jesús.
Jesús, al revelarse como Hijo de Dios, y mediador entre Dios y los hombres, relativiza de un golpe todas las reglas y preceptos humanos. No los anula, sino que nos muestra que sólo son válidos si están en relación con él. Él es, por tanto, la norma, la encarnación del mandamiento de Dios, la Palabra viva.
Aquí está en juego el contenido de la tradición, a saber: lo que se ha de transmitir de la fe. Lo que cuenta y resulta indispensable es la comunión con Dios, y en mucho menor medida (o relativamente) lo que pueda ser también bueno. Los preceptos de los fariseos son "tradición de los antiguos", "tradición de los hombres" y "tradición vuestra", a forma de decir: Vosotros os transmitís a vosotros mismos.
Meditatio
Los humanos solemos ser presa del estupor cuando nos sobreviene algo que desgraciadamente no esperábamos, o nos encontramos frente a algo mucho más bello e importante que lo que considerábamos importante y bello.
Lo que mayor estupor puede despertar en la vida es darse cuenta que Dios está con nosotros, en nuestra casa, y que yo estoy viviendo dentro de esa historia, en el corazón de su Alianza. Sí, el vínculo con Dios fundamenta el sentido y la dignidad de mi persona, incluso antes de que yo pueda hacer algo sensato y digno.
La oración nace aquí, de este encuentro y mezcla entre Dios y yo. Nace del impacto que recibe quien se descubre amado antes y gratis por Dios, y de la inconsciencia de quien por esto se encuentra libre. A quien se pregunte cómo se ha llevado a cabo este vínculo, o cómo se vive dicha Alianza, el evangelio de hoy le presenta la palabra que va al corazón y desenmascara las poses de fachada.
El tipo de relación que Dios nos ofrece en Jesucristo es de vida a vida, hasta tal punto que la acostumbrada pretensión humana, de fijarla en rígidos esquemas, se convierte en uno de los mayores obstáculos para que se lleve a cabo el encuentro. En tiempos de desorientación puede sorprendernos la tentación de ir a la caza de seguridades, y de adherirnos a prácticas, ceremonias y costumbres antiguas, a lo nuestro.
Los fariseos y maestros de la ley creían (o querían creer) que la fidelidad a Dios consistía enteramente en eso. Según Jesucristo, la palabra de Dios no secunda este tipo de necesidades, sino que urge a asumir el riesgo de entablar nuevas relaciones, y totales, entre Dios y nosotros.
Oratio
Concédenos, Padre, asombrarnos siempre ante al misterio que llevas a cabo para nosotros en Jesús, tu Hijo. Haz que siempre sepamos reconocer el carácter provisorio de todo lo que es menos que tú, para cantar en nuestra vida la invencible alegría de quien ha creído en la palabra de tu promesa. Amén. Aleluya (Bruno Forte).
Contemplatio
No es demasiado pequeño el corazón del creyente para Aquel a quien no le bastó el templo de Salomón. Nosotros, en cambio, somos el templo del Dios vivo, y Dios nos ha dicho: "Habitaré en medio de ellos".
Si un personaje importante te dijera "voy a habitar en tu casa", tú ¿qué harías? Si tu casa es pequeña, no hay duda que te quedarías espantado, y preferirías que el encuentro no tuviera lugar justo en ese momento. Hermano, no temas la venida de Dios. Al venir, él no te reduce el espacio. Cuando venga, él será quien te dilate (cf. San Agustín, Homilías, XXIII, 7).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "¿A acaso puede habitar Dios en la tierra?" (1Re 8,27).
Conclusio
Los cristianos estamos todavía en los bajos fondos, en los sótanos de la vida espiritual, y debemos ascender a la planta superior. "Subir a la planta superior" significa superar la frialdad de un derecho sin caridad, de un silogismo sin fantasía y sin inspiración, de un cálculo sin pasión.
Ascender a la vida espiritual significa superar la frialdad de un logos sin sophia, de un discurso sin corazón. Significa no contentarnos con el acopio de nuestras pequeñas virtudes humanas, cuando sabemos que es el Señor quien nos da la fuerza para ser buenos y humildes. En efecto, el Señor no nos ama porque seamos buenos, sino que nos hace ser buenos porque nos ama.
María, inquilina acostumbrada a la planta superior, nos alivia de un estilo de vida atareado e insípido, de una experiencia de oración requerida sólo por el guión, de una vida espiritual achatada por las trivialidades, del afán de las cosas por hacer que nos impiden elevarnos a Dios (cf. Bello, A; Cireneos de Alegría, Milán 1995, p. 44).
Act:
10/02/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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