25 de Marzo
Miércoles V de Cuaresma
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 25 marzo 2026
Lectio
Nabucodonosor preguntó a los jóvenes hebreos: "¿Es cierto, Sidrac, Misac y Abdénago, que no veneráis a mis dioses ni adoráis la estatua de oro que yo he erigido? ¿Estáis o no dispuestos, en cuanto oigáis el sonido del cuerno, del caramillo, de la cítara, de la sambuca, del salterio, de la zampoña y demás instrumentos musicales, a postraros y adorar la estatua que he erigido? Si no la adoráis, seréis inmediatamente arrojados a un horno de fuego ardiente, y ¿qué dios podrá libraros de mi furor?". Respondieron Sidrac, Misac y Abdénago a Nabucodonosor, diciendo: "Majestad, no tenemos necesidad de responderte sobre este particular. Si nuestro Dios, a quien servimos, puede librarnos del horno de fuego abrasador y de tu ira, nos librará. Y aunque no lo hiciera, has de saber, oh rey, que no serviremos a tu dios ni nos postraremos ante la estatua de oro que has erigido". Entonces Nabucodonosor, lleno de ira y visiblemente enfurecido contra Sidrac, Misac y Abdénago, mandó que se encendiese el horno con una intensidad siete voces mayor de la acostumbrada y ordenó a algunos de los hombres más vigorosos de su ejército que ataran a Sidrac, Misac y Abdénago y los arrojaran al horno de fuego abrasador. El rey Nabucodonosor se quedó estupefacto; se levantó rápidamente y dijo a sus ministros: "¿No arrojamos nosotros al fuego a estos tres hombres atados?". Ellos respondieron: "Sí, majestad". El rey les dijo: "Pues yo veo cuatro hombres desatados que caminan en medio del fuego, sin sufrir daño, y el cuarto tiene el aspecto de un dios". Entonces, Nabucodonosor exclamó: "Bendito sea el Dios de Sidrac, Misac y Abdénago, que ha mandado a su ángel y ha salvado a sus siervos! Pusieron su confianza en él y, desobedeciendo la orden del rey, prefirieron arriesgar su vida antes de servir y adorar a otro dios fuera del suyo" (Dn 3,14-20.91-95).
El conocido episodio de los tres jóvenes hebreos, ilesos en el horno ardiente, contrapone la fe en el único Dios, Yahveh, a los ídolos del politeísmo, ya sea en época del rey Nabucodonosor II de Babilonia o durante la persecución de Antíoco IV de Siria, que había erigido una estatua a Zeus Olimpo en el altar del Templo de Jerusalén.
El v. 17 constituye el punto culminante de la narración, y fue escrito para edificar y consolar a los perseguidos por el nombre de Dios, lo cual es válido para todas las épocas. Yahveh es el Dios de la vida, y servirle es optar por la verdadera vida, aun cuando ello conlleve sufrimiento o incluso el martirio.
Este testimonio hace perfectamente válida la fe de los que ponen toda su confianza en Dios, y es el mejor modo de hacerlo conocer y reconocer por los mismos perseguidores (v.95).
La narración discurre con profusión de detalles pintorescos, a pesar de ser trágica. Con ellos, se confiere solemnidad al relato, y se exalta todavía más la superioridad de Yahveh. Aun cuando falte totalmente el culto, Yahveh es y será indiscutiblemente el único Dios (v.96), ante el cual es vanidad aun la más grandiosa pompa de los cultos idolátricos.
En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: "Si os mantenéis fieles a mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos. Así conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres". Ellos le replicaron: "Nosotros somos descendientes de Abraham, y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Qué significa eso de que seremos libres?". Jesús les contestó: "Yo os aseguro que todo el que comete pecado es esclavo del pecado. El esclavo no permanece para siempre en la casa, mientras que el Hijo sí. Por eso, si el Hijo os da la libertad, seréis verdaderamente libres. Ya sé que sois descendientes de Abraham. Sin embargo, intentáis matarme porque no aceptáis mi enseñanza. Yo hablo de lo que he visto estando junto a mi Padre. En cambio, vuestras acciones manifiestan lo que habéis oído a vuestro padre". Ellos le replicaron: "Nuestro padre es Abraham". Jesús les dijo: "Si fueseis de verdad hijos de Abraham, haríais lo que él hizo. Vosotros queréis matarme a mí, que os he dicho la verdad que aprendí de Dios mismo. Abraham no hizo nada semejante. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre". Ellos le contestaron: "Nosotros no somos hijos ilegítimos. Dios es nuestro único padre". Entonces, Jesús les dijo: "Si Dios fuera de verdad vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he venido de Dios y estoy aquí enviado por él. No he venido por mi propia cuenta, sino que él me ha enviado" (Jn 8,31-42).
Hablando a los judíos que se vanagloriaban de ser descendencia de Abraham (v.33), y por consiguiente libres, Jesús hace una serie de puntualizaciones sobre la fe del discípulo (v.31), la libertad y gozo de la intimidad familiar (vv.32-36), y la filiación y paternidad (vv.37-42).
En un in crescendo altamente dramático, la revelación de Jesús culmina proclamando su divinidad ("yo soy"; v.58), mientras la terquedad de sus adversarios desemboca en una tentativa de lapidarle (v.59). Esta es la evidente confirmación de su esclavitud al pecado (v.34), porque son hijos "del que era homicida desde el principio" (v.44). Abraham, en cambio, se fió de la Palabra que liberaba de la esclavitud del pecado (v. 32).
La fe en Jesucristo debe llevar a los discípulos a permanecer en él (v.31), Hijo de Padre, como hijos libres que permanecen siempre en la casa paterna (v.35). Quien obra de otro modo manifiesta inequívocamente tener otro origen (v.41), intenciones perversas (v.37) y esclavitud (v.34), aunque lo ignore o no quiera admitirlo.
Meditatio
Cuando el Señor ya no es una idea abstracta, sino que se ha convertido en vida de nuestra vida, entonces se experimenta la libertad cristiana. ¿Es por ello la vida más fácil? Ni hablar.
Como esencia de esa pertenencia a Cristo, en relación personal con él (en la fe y el amor), aparecen exigencias (hasta entonces insospechadas) que crean nuevos vínculos que dilatan el corazón para correr por el camino de los divinos mandamientos, una vez liberados de las esclavitudes.
Nosotros nos llamamos cristianos, como los judíos se vanagloriaban de ser hijos de Abraham, por ser fieles a ciertas observancias. Pero esto no basta para los hijos de Dios e hijos de la Iglesia. Ser hijos significa ante todo ser libres. Sólo Jesús, el Hijo, nos revela lo que es la verdadera libertad: una total renuncia a sí mismos para afirmar al Otro y a los otros.
El pecado, por el contrario, es el polo opuesto, que todo lo refiere a uno mismo y a poner el propio yo como centro del universo. Esta es la esclavitud de la que nos habla Jesús. Se puede ser esclavos y querer seguir siéndolo aunque se tengan siempre en la boca las palabras libertad y liberación. Y es que no podemos liberarnos solos, sino que es preciso ser liberados.
Esto acontece cuando abrimos el corazón a la presencia de Cristo en nosotros, y a su poder salvador. Él puede convertirnos, y apartarnos de la idolatría y de nosotros mismos, para guiarnos a la libertad del amor.
Oratio
Señor Jesús, tú sabes cuánto nos gusta no perder nuestra libertad, y cómo la malgastamos tontamente, sin darnos cuenta y plegándonos a los ídolos de moda.
Ten piedad de nosotros, Señor. Y haznos comprender que sólo tú puedes y quieres arrancarnos de toda esclavitud, con el don de esa palabra de salvación que nos hace habitar en ti. Suelta las cadenas de los compromisos y pecados del egoísmo que nos ata.
Que tu cuerpo despedazado y tu sangre derramada, Señor, sean para nosotros prenda y fuente de una vida continuamente renovada por el amor, dilatada en don incansable de nosotros mismos a ti y a los hermanos. Haz que comencemos a gustar el gozo de aquella libertad que llegará a su plenitud cuando tú, libertad infinita, seas todo en todos.
Contemplatio
El deseado de nuestra alma (Sal 41,1), y "el más hermoso entre los hijos de los hombres" (Sal 44,3), se nos presenta bajo dos aspectos bien diferentes. Bajo un primer aspecto aparece sublime, y en otro humilde; en el primero glorioso, en el segundo cubierto de oprobios; en uno venerable y en otro miserable.
En efecto, era totalmente necesario que Cristo, al pasar por el sendero de esta vida, dejara trazada una senda para sus seguidores. Al ser ensalzado y humillado, nos quiso enseñar que hemos de conducirnos con humildad en medio de los honores, y con paciencia en las afrentas y sufrimientos.
Cristo fue ensalzado, pero de ninguna manera se ensoberbeció. Él quiso ser despreciado, pero estuvo lejos de él la poquedad de ánimo o el arrebato de la ira.
Por lo tanto, hermanos, para poder seguir a nuestro jefe sin tropiezo alguno, tanto en las cosas prósperas como en las adversas, contemplémoslo cubierto de honor y de afrentas. En medio de tan gran cambio de circunstancias, él jamás experimentó ningún cambio de ánimo.
Tened fija la mirada, hermanos, en el rostro de Jesús, y que él inspire el gozo de las conciencias que están en paz, y el remedio de arrepentimiento a las heridas por el pecado. Que en todos infunda él la segura esperanza de la salvación (cf. Guerico de Igny, Homilías de Ramos, III, 1-2.4-5).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Para que seamos libres nos ha liberado Cristo" (Gál 5,1).
Conclusio
La libertad consiste en la capacidad de darse. La existencia humana, en su originalidad, es un don, y la libertad se lleva a cabo en el encuentro con el otro. La grandeza del hombre está dentro de nosotros, porque sólo el hombre puede tomar la iniciativa del don al que está llamado.
Dios no puede violar esta libertad, porque es él mismo quien la suscita y la hace inviolable. Jesús, el Hijo de Dios, y de rodillas ante sus apóstoles, es la tentativa suprema para avivar la fuente que debe brotar para la vida eterna.
En su muerte atroz, Jesús revela el precio de nuestra libertad: la cruz. Esto quiere decir que nuestra libertad, a los ojos de Jesús, tiene un valor infinito. Él muere para que la libertad nazca en el diálogo de amor, y llegue a plenitud. Nadie como Jesús ha tenido tanta pasión por el hombre, y nadie como él ha puesto al hombre tan alto, ni ha pagado el precio de la dignidad humana.
Cristo introduce una nueva escala de valores. Esta transformación de valores se inaugura con el lavatorio de los pies, y el mundo cristiano ¡todavía no se ha dado cuenta! Jesús nos da una lección de grandeza, porque la grandeza ha cambiado de aspecto. No consiste ya en dominar, sino en servir (cf. Zundel, M; Asombro y Pobreza, Padua 1990, p. 19).
Act:
25/03/26
@tiempo
de cuaresma
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M U R C I A
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