11 de Febrero
Miércoles V Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 11 febrero 2026
Lectio
En aquellos días, 1 la reina de Saba, al oír la fama de Salomón, vino para ponerle a prueba con enigmas. 2 Hizo su entrada en Jerusalén con un gran séquito y con camellos cargados de perfumes, oro y piedras preciosas en cantidad fabulosa. Se presentó a Salomón y le manifestó todo lo que tenía pensado decirle. 3 Salomón contestó a todas sus preguntas, y no hubo ninguna cuestión tan oscura que el rey no pudiera resolver. 4 Cuando la reina de Saba vio toda la sabiduría de Salomón, el palacio que se había construido, 5 los manjares de su mesa, las casas de sus cortesanos, el porte de sus servidores y sus uniformes, sus provisiones de bebidas y los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó maravillada, 6 y dijo al rey: "Era verdad lo que yo había oído en mi país acerca de ti y de tu sabiduría. 7 Yo no quería creerlo, hasta que he venido y lo he visto con mis propios ojos. Ahora veo que no me habían dicho ni la mitad. Tu sabiduría y tus riquezas superan la fama que había llegado a mis oídos. 8 ¡Feliz tu gente, felices tus servidores, que están siempre a tu lado y escuchan tu sabiduría! 9 ¡Bendito el Señor tu Dios, que ha tenido a bien sentarte en el trono de Israel! Por su amor eterno a Israel, él te ha constituido su rey, para administrar el derecho y la justicia". 10 La reina obsequió al rey con 4.000 kilos de oro, perfumes y piedras preciosas en cantidad fabulosa. Jamás se vio tanta cantidad de perfumes como la ofrecida al rey Salomón por la reina de Saba (1Re 10,1-10).
El fragmento actual nos presenta el marco conclusivo de la primera parte del libro I de Reyes, donde se narra la historia del rey Salomón. Se trata de la descripción del esplendor, de la riqueza y de la estabilidad que alcanzó el reino con Salomón, tal como se nos había anticipado algunos capítulos antes ("Salomón sucedió a su padre David en el trono, y su reino se consolidó firmemente"; 1Re 2,12).
En estos versículos se pone de relieve la floreciente actividad comercial entre Israel y los pueblos del Oriente Próximo, y por eso resulta significativo que sea precisamente una desconocida reina de Saba (probablemente la regente de alguna de las lejanas tribus sabeas que se habían establecido en el norte de Arabia), la que emprendiera un viaje tan largo, hasta Jerusalén, para conocer a Salomón.
La sabiduría de la que habla el texto, según la mentalidad de todo el Oriente Antiguo, es la del buen gobierno, de acuerdo al cual la 1ª cualidad que debe tener un rey: ser justo. Salomón la ha pedido y Dios se la ha concedido (1Re 3,5-15; 5,9-14), de suerte que la reina de Saba puede exclamar: "Feliz tu gente, felices tus servidores, que están siempre a tu lado y escuchan tu sabiduría" (v.8).
La imagen del gran movimiento de las tribus sabeas hacia Jerusalén vuelve en los libros de los profetas (Is 60,6). Por su parte, Saba representa a los pueblos que se convierten y vienen al verdadero Dios, tal como canta también el salmista: "Que los reyes de Tarsis y de los pueblos lejanos le traigan presentes, que los monarcas de Arabia y de Saba le hagan regalos" (Sal 72,10).
En el NT, Mateo utiliza esta referencia como llamada a la fe en Jesucristo. Se trata de una llamada dirigida a todos, a las jóvenes comunidades cristianas y a los judíos. Estos últimos, al revés que los paganos, rechazan la salvación traída por Jesús, y no reconocen que "aquí hay uno que es más importante que Salomón" (Mt 12,42).
En aquel tiempo, 14 llamando Jesús de nuevo a la gente, les dijo: "Escuchadme todos y entended esto: 15 Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre. 16 Quien tenga oídos para oír que oiga". 17 Cuando dejó a la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de la comparación. 18 Jesús les dijo: "¿De modo que tampoco vosotros entendéis? ¿No comprendéis que nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo, 19 puesto que no entra en su corazón, sino en el vientre, y va a parar al estercolero?". Así declaraba puros todos los alimentos. 20 Y añadió: "Lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre. 21 Porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, 22 adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. 23 Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre" (Mc 7,14-23).
Estamos en plena discusión de Jesús con los fariseos, acerca de "la tradición de los antiguos". La palabra y la atención se dirige ahora de nuevo al común del pueblo, y volvemos a encontrar a Jesús adoctrinando a la gente y, en un 2º momento y en privado, a los discípulos.
Toda la argumentación gira en torno a cuestiones legales muy delicadas para la mentalidad del piadoso judío observante. El tema está relacionado con la cuestión de lo puro y de lo impuro, con una referencia particular a los alimentos. Se trata de una cuestión central para la tradición judía, hasta el punto que constituye uno de los problemas más candentes por los que habían pasado las primeras comunidades de los creyentes.
Podemos subdividir el texto en 2 escenas: la enseñanza de Jesús a la gente (vv.14-16) y la enseñanza a los discípulos (vv.17-23). Y todo ello en torno a la verdadera impureza, el corazón y el catálogo de vicios.
El tema central de toda la perícopa es el comportamiento de los hombres respecto a las exigencias del reino de Dios. Los fariseos reclaman la pureza a propósito de las abluciones, y Jesús responde tomando en consideración el problema más general de la impureza atribuida por la ley a ciertos alimentos. Traslada así Jesús el problema y lo sitúa en su centro: el corazón del hombre.
Los últimos versículos constituyen un catálogo de vicios que podemos encontrar, ampliamente documentados, en toda la literatura paulina, como nos recuerda San Pablo: "No os acomodéis a los criterios de este mundo, sino al contrario" (Rm 12,2), y: "Renunciad a vuestra conducta anterior y al hombre viejo, corrompido por apetencias engañosas. De este modo, os revestís del hombre nuevo" (Ef 4,22-24).
Meditatio
"Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre". Estamos aquí, pues, a un nuevo principio de la moral cristiana: que todo lo que hago es puro, en la medida en que está en relación con la persona del Señor Jesús. San Pablo dirá más adelante: "Lo que hagáis, hacedlo buscando agradar al Señor y no a los hombres" (Col 3,23). Se trata de una invitación explícita, que recalca Jesús: "Escuchadme todos y entended esto".
El hombre, de una manera casi subversiva, queda puesto frente a sí mismo, frente a las actitudes y deseos de su corazón. En una palabra, frente a las intenciones profundas que motivan sus opciones y sus decisiones queda colocado de nuevo en la posición justa: bajo la mirada de Dios. Frente a su Señor no puede esconderse, aunque puede no conocerse a fondo.
La invitación a comprender que tiene que ver con el conocimiento de nosotros mismos. Es una invitación a recibir como don de Dios una comprensión más profunda de la realidad. Es la invitación a derribar la pretensión farisaica presente en nosotros y que nos lleva a intentar poseer y administrar el misterio de Dios. Es la invitación a dejarnos más bien investir y transformar por la desconcertante novedad que es Dios cuanto entra en nuestra vida.
La palabra de Dios nos sitúa en un principio nuevo de obediencia ("escuchadme todos"), poniendo así el principio de la escucha como criterio de juicio y de discernimiento. Sí, escucha de la historia contemporánea, escucha de los más débiles, escucha de las verdaderas necesidades.
La verdadera escucha ha de ser de la palabra de Dios que es Cristo, presencia resucitada y viva en medio de nosotros. Ha de ser escucha como raíz del seguimiento de Cristo, que supera los esquemas que cada uno de nosotros es muy capaz de construir y justificar, y que nos llama a ser sus verdaderos discípulos en la escuela de la verdad por el camino de la interioridad.
Oratio
¡Oh verdad, lumbre de mi corazón, que no me hablen más mis tinieblas! Me incliné a éstas y me quedé a oscuras, pero desde ellas, sí, desde ellas te amé con pasión.
Erré y me acordé de ti. Oí tu voz detrás de mí a que volviese, pero apenas la oí por el tumulto de los impacientes. Mas he aquí que ahora, abrasado y anhelante, vuelvo a tu fuente. Que nadie me lo prohíba, que beba de ella y viva de ella.
Que no sea yo mi vida, pues mal viví de mí y muerte fui para mí. En ti comienzo a vivir, así que háblame tú, sermonéame tú. He dado fe a tus libros, pero sus palabras son arcanos profundos (cf. San Agustín, Confesiones, XII, 10).
Contemplatio
No salgas fuera de ti, sino vuelve a ti mismo, pues la verdad habita en el hombre interior. Y si encontraras que tu naturaleza es mutable, pasa también por encima de ti mismo.
Obremos de manera que nuestra religión no consista en vacías representaciones, pues cualquier cosa, con tal de que sea verdadera, es mejor que todo lo que pueda ser imaginado por el albedrío.
Obremos de suerte que nuestra religión no consista en el culto a las obras humanas, ni en el culto a los animales o a los muertos, ni a los demonios ni a los cuerpos etéreos, ni siquiera a la misma perfecta y sabia alma racional.
La religión, por consiguiente, nos une al Dios único y omnipotente. Él es el principio al que volvemos, la forma que seguimos y la gracia por la que somos reconciliados.
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Escuchadme» (Mc 7,14).
Conclusio
Desde que el Señor insertó en el mundo como fermento incomodador el principio del amor fraterno, se introdujo en las estructuras sociales una levadura de permanente revolución.
Ahora, en cambio, sucede esto: que hasta los cristianos nos adherimos a los valores relativos como si fueran absolutos, y no nos damos cuenta de que esos valores, que eran considerados como absolutos antes de Cristo, no pueden ser considerados ya como tales después de la venida de Cristo.
Bajo la acción fermentadora del amor, han sido purificados los valores de una manera gradual. Bajo el amor se ha resquebrajado la corteza que esconde su núcleo sustancial. De un modo lento, aunque indefectible, el amor ha sido colocados en su verdadero sitio toda la jerarquía de valores.
Para muchos resultará incómodo el precepto del amor fraterno, pues según éste esclavos y libres son iguales. Sí, el orden está subordinado al amor, la patria está ordenada a la amplia familia humana, la potestad familiar ha de ser transformada en su raíz, la personalidad de cada uno ha de ser respetada como sagrada, como reflejo de la misma personalidad divina.
Todo se desbarajusta, todo se revoluciona y todo se tambalea con el amor. Los perezosos y los temerosos hacen sonar la alarma, pero el amor procede de manera inexorable en su obra corrosiva, pues donde es posible se corrige, y donde no lo es se abate. ¡Qué extraño es este amor de Cristo!
¿Cuáles son los límites de la autoridad? ¿Cuáles los del amor familiar y los del amor patrio? ¿Cuáles los del orden? ¿Cuál es la única dirección en la que es lícito decir que alguien puede inmolarse por un ideal? ¿Cuándo puede decirse de verdad que una acción es heroica y virtuosa? ¿Entre qué límites tiene fundamento la propiedad?
La respuesta de Cristo es inflexiblemente sencilla: que todo se define y califica por el amor al otro. Al otro en cuanto tal, prescindiendo de cualquier esquema en el que este pueda encontrarse encasillado (cf. La Pira, G; "El Optimismo Cristiano", en L'Osservatore Romano, 1941).
Act:
11/02/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()