2 de Julio
Jueves XIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 2 julio 2026
Lectio
10 Amasías, sacerdote de Betel, mandó decir a Jeroboán, rey de Israel: "Amós está conspirando contra ti en medio de Israel, y el país no puede ya soportar todas sus palabras. 11 Amós anda diciendo: Jeroboán morirá a espada, e Israel será deportado lejos de su tierra". 12 Amasías dijo a Amós: "Vete a Judá, vidente, y gánate la vida profetizando allí. 13 No sigas profetizando en Betel, porque es el santuario real y el templo del reino". 14 Amós le respondió: "Yo no soy un profeta profesional, sino que cuidaba bueyes y cultivaba higueras. 15 Pero el Señor me agarró y me hizo dejar el rebaño, diciendo: Ve a profetizar a mi pueblo Israel. 16 Tú dices: No profetices contra Israel, no pronuncies oráculos contra la estirpe de Isaac. 17 Pues bien, así dice el Señor: Tu mujer será deshonrada en la ciudad, tus hijos y tus hijas caerán a espada, tu tierra será repartida a cordel, tú mismo morirás en tierra impura, e Israel será deportado lejos de su tierra" (Am 7,10-17).
La persuasión de tener a Dios de su parte comporta inmediatamente, en el caso de Israel, una gran dificultad para tomar en serio las palabras del profeta.
El choque entre el sacerdote Amasías y el profeta Amós, que alcanza con gran probabilidad a la dura experiencia histórica de Amós, documenta también la reducción de la función profética de Amós en el dossier que Amasías presenta a Jeroboán.
El profeta aparece en él como alguien que atenta contra la casa real y la instalación del pueblo, en su propia tierra. Es más, Amasías no dedica ni siquiera una palabra al verdadero fundamento de las amenazas, a saber: la denuncia del pecado y la exigencia de conversión.
Frente a esta acción de deslegitimación y de intento de proscripción, Amós responde con el testimonio de una identidad transformada y querida por Dios. De boyero y cultivador de higueras, Dios quiso convertirlo en profeta y portavoz de su palabra. Por eso lo tomó y le "hizo dejar el rebaño" para que profetizara, del mismo modo que había hecho con David, "de detrás de las ovejas" (2Sm 7,8).
La identidad del profeta deriva, por tanto, del señorío absoluto de Dios, y de un poder divino que ha transformado su vida e impuesto una tarea. Lo que el sacerdote había referido al rey, como cargos contra el profeta, lo repite éste como castigo de Dios y afirmación del señorío de Dios.
En aquel tiempo 1 subió Jesús a la barca, cruzó el lago y fue a su ciudad. 2 Entonces le trajeron un paralítico tendido en una camilla. Jesús, viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: "Ánimo, hijo, tus pecados te quedan perdonados". 3 Algunos maestros de la ley decían para sí: "Éste blasfema". 4 Jesús, dándose cuenta de lo que pensaban, les dijo: "¿Por qué pensáis mal? 5 ¿Qué es más fácil decir, tus pecados quedan perdonados, o decir levántate y anda? 6 Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados, yo te digo: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa". 7 El paralítico se levantó y se fue a su casa. 8 Al verlo, la gente se llenó de temor y daba gloria a Dios por haber dado tal poder a los hombres (Mt 9,1-8).
La admiración de la muchedumbre, que da gloria a Dios por haber "dado tal poder a los hombres", cierra de manera significativa este episodio de la curación del paralítico. En él, la acción de Jesús tiene que vérselas de modo radical con el pecado y con la curación del hombre, y en esta dimensión se encuentra la Iglesia a sí misma.
La tensión entre la autoridad de Jesús y la reacción de los hombres sigue siendo muy aguda. Es más, la incomprensión y el rechazo se van volviendo más obtusos a medida que se presenta la divergencia entre Jesús y los hombres investidos de autoridad.
La acusación de blasfemia, que empieza a filtrarse explícitamente en las reacciones de los maestros de la ley, anticipa el juicio inapelable que llevará a Jesús a la cruz. La reconciliación y el perdón, en el choque entre el poder del pecado y la vida recuperada en su plenitud, son gloria de Dios y piedra de tropiezo para el hombre.
Meditatio
Las palabras juicio y reconciliación suenan hoy de una manera sorprendentemente disonante. Con todo, existe una incontestable continuidad entre la terrible profecía de Amós sobre Jeroboán y lo que dice Jesús al paralítico.
En la lectura del libro de Amós se intercambian duras palabras el sacerdote, el rey y el profeta. Ahora bien, detrás de esas palabras se vislumbra el duro camino por el que se puede filtrar la palabra de Dios. La reconciliación de Dios con su pueblo está asegurada por una palabra que, como una espada de doble filo, divide y purifica.
En Jesús, sacerdote, profeta y rey, se lleva a cabo la reconciliación de Israel, una reconciliación que se extiende a todos los hombres. El perdón del pecado, realizado de una manera plástica por el levantamiento del paralítico, expresa el poder del Hijo del hombre en la tierra, así como inaugura una nueva criatura, un nuevo pueblo, unos cielos nuevos y una nueva tierra.
Oratio
Tal vez, Señor, tu palabra sea demasiado fuerte y pura para que nuestro corazón pueda resistir frente a ella. Tal vez tu amor por el hombre sea demasiado grande para que podamos hacernos verdaderamente capaces de él. Tal vez, tu misericordia siga pareciéndonos sólo debilidad, y tu juicio se presente a nuestros ojos como demasiado duro.
Oh Dios, envía tu Espíritu para que asista a nuestra escucha, a fin de que seamos capaces de darnos cuenta de la responsabilidad que tenemos en tu juicio y de nuestra fragilidad. Así encontraremos siempre las palabras con las que darte gracias y alabarte, por las bendiciones que continuamente nos reservas.
Contemplatio
Alma mía, bendice al Señor y dite a ti misma: Aún estás en esta vida, aún llevas sobre ti una carne frágil y un cuerpo corruptible que la trae hacia el suelo, aún recibes la medicina de la oración, aún son curadas tus debilidades.
Dite a ti misma, oh alma y valle humilde, no collado erguido: Bendice al Señor y no quieras olvidar ninguno de sus favores. ¿Qué favores? Dilos, enuméralos y agradécelos. Él perdona todos tus pecados en el bautismo, y ahora sana todas tus enfermedades (cf. San Agustín, Homilías, CXXIV, 4).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Ánimo, hijo, tus pecados te quedan perdonados" (Mt 9,2).
Conclusio
El tiempo de Dios no es el nuestro. Tú no puedes contarle a Dios los años y los días, y a lo mucho puedes escrutar los signos de este día como los centinelas apostados durante la noche acechan los signos de la aurora.
Esta gracia tiene un precio muy elevado, y no es una gracia barata. Requiere vaciamientos y abandonos, requiere la renuncia a sí mismo, requiere que respondamos de modo franco a la pregunta que ha emergido en la cultura más reciente: ¿No seré tal vez, por el hecho de ser, un asesino?
Si me aíslo en mi yo, si convierto mi propio ser en el bien absoluto y en el centro de todas las cosas, ¿no suscito así el resentimiento del otro, que se planta ante mí como enemigo? Pensad en lo que dice fray Cristóbal a Lorenzo frente al jergón de don Rodrigo, que está muriendo en la leprosería: "Tal vez la salvación de este hombre y la tuya dependan ahora de ti, y de un sentimiento tuyo de compasión". ¿Comprendéis? Amar al que le había arruinado la vida (cf. Mancini, I; Tres Locuras, Milán 1986, p. 24).
Act:
02/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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