30 de Junio

Martes XIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 30 junio 2026

Lectio

1 Escuchad esta palabra que el Señor pronuncia contra vosotros, hijos de Israel, contra toda la familia que él sacó de Egipto: 2 "De todas las familias de la tierra sólo a vosotros os elegí. Por eso os castigaré, por todas vuestras maldades. 3 ¿Van juntos de camino dos que no se conocen? 4 ¿Ruge el león en la selva sin haber hallado presa? ¿Gruñe el leoncillo desde su guarida sin haber cazado nada? 5 ¿Cae el pájaro en tierra si no le han tendido una trampa? ¿Salta la trampa del suelo sin haber cazado nada? 6 ¿Suena la trompeta en la ciudad sin que el pueblo se alarme? ¿Sobreviene una desgracia a la ciudad sin que la envíe el Señor? 7 Nada hago yo sin revelárselo a mis siervos los profetas. 8 Ruge el león, ¿quién no temblará? Hablo yo, ¿quién no profetizará? 11 Os desbaraté como hice con Sodoma y Gomorra. Vosotros erais como un tizón sacado de un incendio, pero no habéis vuelto a mí. 12 Por eso os voy a tratar así, Israel. Prepárate, Israel, a comparecer ante mí" (Am 3,1-8; 4,11-12).

         La alianza entre el Señor e Israel, que es salida y liberación de Egipto, no puede ser motivo de exoneración de su compromiso para el pueblo de Israel, ni éste puede sentirse asegurado a ultranza por un Dios indiferente o cómplice.

         El Dios de Israel se preocupa de su pueblo, y lo libera para que se vuelva semejante a él. Lo hace a fin de que le imite y le siga. Es Padre, no padrino; es aliado, no protector; es madre, no suplente.

         Las 7 preguntas retóricas del texto preparan la clarificación de la necesidad que tiene Dios de hablar, y el profeta de profetizar. Lo que sale a flote es, sin embargo, la verdad de la relación de alianza entre el Señor y su pueblo.

         Israel está subordinado a la elección, y no viceversa. Dios es fiel a sí mismo, se corresponde a sí mismo y, eligiendo a Israel, lo compromete a asumir una responsabilidad superior.

         Por todo ello, el encuentro con su propio Señor es para Israel (tanto para el antiguo como para el nuevo Israel) siempre maravilloso y siempre terrible, al mismo tiempo turbador y apasionante.

En aquel tiempo, 23 Jesús subió a una barca, y sus discípulos lo siguieron. 24 De pronto, el lago se alborotó de tal manera que las olas cubrían la barca, mientras Jesús dormía. 25 Los discípulos se acercaron y lo despertaron, diciéndole: "Señor, sálvanos, que perecemos". 26 Él les dijo: "¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?". Entonces se levantó, increpó a los vientos y al lago, y sobrevino una gran calma. 27 Aquellos hombres, maravillados, se preguntaban: "¿Qué clase de hombre es éste, que hasta los vientos y el lago le obedecen?" (Mt 8,23-27).

         La Iglesia es una barca en medio de la tempestad, y Jesús duerme. La experiencia del abandono del Señor (de la Iglesia que abandona a su Jesús, y de Jesús que deja a su Iglesia) marca hasta el fondo esta página evangélica.

         Rogar al Señor, acercarse a él y despertarlo (a forma de "despiértate, Señor, ¿por qué duermes?"; Sal 44,24), e implorarle (a forma de "Señor, sálvanos, que perecemos"; v.25), significa volver a encontrarnos a nosotros mismos como creyentes, y encontrar a Jesús como Señor.

         La tempestad de la pasión, o triunfo de la muerte, quedan dispersados por la presencia de quien recompone con autoridad el orden de la gracia.

         De modo diferente a los paralelos de Marcos y de Lucas, aquí Jesús reprocha a los discípulos su poca fe antes de calmar las olas. El señorío de Jesús y la fe de los discípulos se reclaman recíprocamente, aunque no puede haber entre ellos una perfecta reciprocidad.

         El hecho de que Jesús duerma indica el drama de la muerte del Hijo del hombre (que es un desafío para la fe de la Iglesia) y la serena confianza en el Padre (por parte de Aquel que "se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz"; Flp 2,8).

Meditatio

         Las espléndidas preguntas con que está tejido el pasaje del libro de Amós conducen de la sabiduría a la profecía, de la observación atenta de la realidad natural a la irrupción de una palabra y de una acción que expresan su sentido y verdad. Al final, la profecía, o necesidad de profetizar, aparece como una nueva evidencia y una impelente necesidad para Israel: 

         "Habla el Señor, y ¿quién no profetizará?". La palabra de Dios y la del hombre, la del Señor del cielo y la del profeta terreno, llegan de inmediato a un acuerdo, el mismo que se ha vuelto accesible a cada hombre en Jesús.

         El nuevo Israel, o Iglesia engendrada por el Espíritu de Cristo, no puede dormir, pero tampoco puede morir. Está confusa y desconcertada por el silencio profundo de su Señor, pero éste hace subir su palabra autorizada y su gesto resolutorio. La fe que falta a la Iglesia es la confianza en su Señor, la misma confianza que el sueño de Jesús anuncia dramática y serenamente.

Oratio

         Oh Señor, tú fuiste capaz de dormir y capaz de morir. Enséñanos a descubrir en tu obediencia el secreto de nuestra libertad, en tu muerte el secreto de nuestra vida, en tu sueño el misterio de nuestra vigilancia.

         Oh Espíritu del Resucitado, ayúdanos a prestar oído a la voz de la profecía que se eleva desde los lugares más inesperados de la tierra, el mar o el cielo. Estos lugares repiten inconscientes las notas más profundas de tu indefectible solicitud.

         Oh Padre de todos nosotros, concédenos una palabra firme en las incertidumbres, y una mirada clarividente entre las olas, a fin de que la autoridad de tu Hijo pueda hacerse presente en ese Espíritu que visita y anima siempre a tu Iglesia.

Contemplatio

         El sueño de Cristo es signo del misterio, los navegantes son las almas que pasan por este mundo, la nave figura a la Iglesia.

         Cada uno es templo de Dios, y cada uno navega en su corazón. Si sus pensamientos son rectos, no naufragará. Oyó una afrenta, luego he ahí el viento. Se airó, luego he ahí el oleaje. Soplando el viento y encrespándose el oleaje, la nave se halla en peligro, y peligran fluctuantes los corazones. Oída la afrenta, ¿deseas vengarte? Hazlo, y cediendo a la injuria ajena naufragarás.

         ¿Cuál es la causa? Esta misma: que "duerme Cristo" en ti. ¿Qué significa esto? Esto mismo: que te olvidaste de Cristo. Despierta a Cristo, pues, y acuérdate de él, y que esté despierto en ti (cf. San Agustín, Homilías, LXIII, 1).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Habla el Señor, y ¿quién no profetizará?" (Am 3,8).

Conclusio

         El insomnio se caracteriza por la conciencia de que esta situación no acabará nunca. Esto es, que no existe ya ningún medio para salir de la vigilancia a la que estamos obligados. Es decir, que se trata de una vigilancia sin objeto.

         Ante esta situación, es preciso que nos preguntemos si la conciencia se deja definir por la vigilancia, y si la conciencia no es, más bien, la posibilidad de sustraernos a la vigilancia.

         Si el sentido de la conciencia no consiste en vigilar al abrigo de una posibilidad de dormir, y si el particular modo de ser del yo no consiste en el poder de salir de la situación de la vigilancia impersonal... la conciencia participa ya, de facto, en la vigilancia.

         Lo que caracteriza a la conciencia es el hecho de reservarse siempre la posibilidad de echarse atrás, para dormir. La conciencia es el poder de dormir. En esta fuga plena consiste, en cierto sentido, la paradoja misma de la conciencia (cf. Lévinas, E; El Tiempo y el Otro, Génova 1997, pp. 22-25).

 Act: 30/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A