4 de Julio

Sábado XIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 4 julio 2026

Lectio

11 Aquel día levantaré la choza caída de David, repararé sus brechas, levantaré sus ruinas y la reconstruiré como en los tiempos antiguos, 12 para que conquisten el resto de Edom y todas las naciones en las que se invoca mi nombre. 13 Vienen días en los cuales el que ara pisará los talones al segador, y el que vendimia al sembrador. Los montes harán correr el mosto, y destilarán todos los collados. 14 Yo cambiaré la suerte de mi pueblo Israel. Reconstruirán las ciudades devastadas y vivirán en ellas, plantarán viñas y beberán su vino, cultivarán huertas y comerán sus frutos. 15 Yo los plantaré en su tierra, y nunca más serán arrancados de la tierra que yo les di (Am 9,11-15).

         El libro de Amós se cierra con estos versículos cargados de esperanza y de promesas, muy diferentes del tono áspero y severo que atraviesa el resto del libro. Dios agracia, perdona y rescata a Israel, así como prepara un día que será de plena reconciliación, de verdadera paz, de profunda armonía.

         La restauración de Israel asume rasgos indudablemente mesiánicos, con imágenes del mundo agrícola, de arraigo en la tierra y de permanente residencia en ella. Comer y beber en paz en la propia tierra, ésa es la imagen del futuro reconciliado de Israel. La idea del retorno, y de la imposibilidad de cualquier desarraigo ulterior, reafirman la gracia, la fidelidad y la misericordia infinita de Dios.

En aquel tiempo, 14 se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le preguntaron: "¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?". 15 Jesús les contestó: "¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras él está con ellos? Llegará un día en que les quitarán al novio, y entonces ayunarán. 16 Nadie pone un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo, porque lo añadido tirará del vestido y el rasgón se hace mayor. 17 Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y se pierden los odres. El vino nuevo se echa en odres nuevos, y así se conservan los dos" (Mt 9,14-17).

         También en este fragmento evangélico trata Mateo la relación de Jesús con el pecado y con la reconciliación. En el centro, como en el fragmento precedente, se encuentra el acto de la comida, no ya considerado como ámbito de relación en cuanto tal, sino como posible acto de renuncia, de sacrificio y de tristeza.

         En realidad, el eje del evangelio de hoy es la relación entre lo nuevo y lo viejo, que había caracterizado ya al evangelio de Mateo en el extenso Sermón de la Montaña.

         El ayuno no cuadra con la presencia del esposo en medio de la comunidad. Jesús es el esposo, el resucitado y el que está presente en medio de la Iglesia "hasta el fin del mundo". El ayuno experimenta así, gracias también a estas expresiones, una gran transformación. En concreto, de expresión de luto se convierte en "manifestación de la expectativa confiada" por el retorno del Señor.

         El cristiano celebra realmente la muerte del propio Señor resucitado cada vez que come y bebe el pan y el vino. No es el ayuno, pues, sino la comida, lo que permite y simboliza la memoria de la cruz, la victoria sobre el pecado y el don de la salvación.

Meditatio

         La restauración de Israel y las bodas de Cristo con la Iglesia están estrechamente relacionadas con la eucaristía, como contexto en que es proclamada la lectura de hoy: el misterio pascual del Hijo de Dios.

         El ayuno, como tensión hacia el banquete del final de los tiempos, es ya plenamente posible, aunque sólo como memoria de la muerte del Señor. El Crucificado ha resucitado, así como el Resucitado sigue siendo el Crucificado, con sus llagas.

         El ámbito para el ayuno no es ya el de la expectativa de un acontecimiento absolutamente nuevo, sino el de un acontecimiento insertado ya dentro de la historia. Por ello, el ayuno orienta a la vigilancia, a la paciencia, a la reserva histórica, al "todavía no" de aquel ya que fue afirmado, de una vez por todas, en la cruz de Cristo.

Oratio

         Oh Dios, si con la pasión de tu Hijo asumiste todo nuestro sufrimiento, y si en la resurrección de Jesús rescataste todo nuestro morir, condúcenos a cada uno de tus hijos al encuentro con el Esposo, siempre presente en su Iglesia, templo de su Espíritu y esposa de aquel que es "ayer, hoy y siempre".

         Oh Señor, enséñanos el ayuno festivo, muéstranos la alegría en el luto, guíanos a la vida a través de la muerte. Te lo pedimos sin descanso: "Ven, Señor Jesús".

Contemplatio

         Los discípulos de Juan tenían, qué duda cabe, un buen maestro. Tenían un maestro que había sido el precursor destinado a preparar los caminos del Señor. Ahora bien, puesto que ignoraban el misterio de la encarnación del Señor, también ignoraban la razón por la que no era oportuno que ayunaran los apóstoles.

         El ayuno es un uso devoto, pero no puede servirle al hombre para su salvación sin el conocimiento de la verdad. Esto es, sin la fe en el nombre de Cristo. Por eso ayunaban los discípulos de Juan de cuerpo pero sin alma, porque no conocían el pan celeste que había venido a alimentar los corazones de los creyentes (cf. Cromacio de Aquileya, Comentario de Mateo, XLVI, 1).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras él está con ellos?" (Mt 9,15).

Conclusio

         Ven de noche, Señor. Pero en nuestro corazón siempre es de noche, luego ven siempre, Señor. Ven en silencio. Pero nosotros no sabemos ya qué decirte, luego ven siempre, Señor. Ven en soledad. Pero cada uno de nosotros se encuentra cada vez más solo, luego ven siempre, Señor.

         Ven, Hijo de la paz. Pero nosotros ignoramos qué es la paz, luego ven siempre, Señor. Ven a liberarnos. Pero nosotros seguimos siendo cada vez más esclavos, luego ven siempre, Señor. Ven a consolarnos. Pero nosotros estamos cada vez más tristes, luego ven siempre, Señor. Ven a buscarnos. Pero nosotros andamos cada vez más perdidos, luego ven siempre, Señor.

         Ven, Señor, ya que nos amas. Pero nadie está en comunión con su hermano si antes no lo está contigo. Es más, todos estamos perdidos y no sabemos quiénes somos ni qué queremos, luego ven siempre, Señor (cf. Turoldo, D. M; Los Salmos, Milán 1987, p. 7).

 Act: 04/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A