6 de Julio

Lunes XIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 6 julio 2026

Lectio

16 La seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón. 17 Le devolveré sus viñedos, haré del valle de Acor una puerta de esperanza, y ella me responderá como en los días de su juventud, como el día en que salió de Egipto. 18 Aquel día me llamará "mi marido", y no me llamará "mi baal". 21 La desposaré conmigo para siempre, la desposaré en justicia y en derecho, en amor y en ternura. 22 La desposaré en fidelidad y conocerás a su Señor (Os 2,16-18.21-22).

         El profeta Oseas escribió en tiempos de Jeroboán II de Israel (753 a.C), en un período bastante florido desde el punto de vista social.

         Israel se había prostituido dando culto a los baales (ídolos fenicio de la fecundidad sexual). De hecho, la propia mujer de Oseas había abandonado a su marido y se había convertido en prostituta sagrada en un templo de Baal. Oseas, con la pena del corazón traicionado, es introducido en un significado más amplio de ese adulterio. Así, no sólo su mujer, sino todo Israel, es adúltero respecto a Dios.

         El hecho de que Oseas, por voluntad del Señor, vuelva a tomar consigo a su mujer infiel, hace comprender el drama de un Dios que atrae a Israel de nuevo hacia sí, para renovarlo en un encuentro de profunda intimidad.

         Los viñedos, o bienes perdidos por Israel cuando abandonó al Señor, es algo que el Esposo tiene capacidad para devolver, si su amada se convierte a él.

         El Valle de Acor, un estrecho y oscuro desfiladero, evocaba atroces recuerdos de estragos (Jos 7,24ss), y es el que ahora se convierte en "puerta de esperanza".

         Los tiempos de la liberación de Egipto fueron los tiempos de los cantos del amor a Dios, por parte de un Israel que apasionadamente se alió con él y se llevó la creación consigo, renovándola con sus dones nupciales.

         El principal don de esta alianza ha de ser la justicia (por parte de Israel) y la fidelidad (por parte de Dios). Éste se comprometería a defenderla del mal, con un amor tiernísimo (lit. rahamfm). Israel, por su parte, se habría de comprometer a conocer a convertirse y conocer su Dios desde lo hondo del corazón.

18 Mientras Jesús decía esto, llegó un personaje importante y se postró ante él diciendo: "Mi hija acaba de morir. Si vienes y pones tu mano sobre ella, vivirá". 19 Jesús se levantó y, acompañado de sus discípulos, le siguió. 20 Mientras esto sucedía, una mujer que tenía hemorragias desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto, 21 pues pensaba: "Con sólo tocar su vestido quedaré curada". 22 Jesús se volvió y, al verla, dijo: "Ánimo, hija, tu fe te ha salvado". Desde aquel momento, la mujer quedó curada. 23 Al llegar a casa del personaje y ver a los flautistas y a la gente alborotando, 24 Jesús dijo: "Marchaos, que la niña no ha muerto. Está dormida". Ellos se burlaban de él. 25 Cuando echaron a la gente, Jesús entró, tomó de la mano a la niña y ella se levantó. 26 La noticia se divulgó por toda aquella comarca (Mt 9,18-26).

         El relato de hoy presenta la típica estructura de encaje, de dos episodios tan insertados entre sí que se revelan como dos aspectos de una única realidad. Así, la fe en Jesús, si es auténtica, hace pasar de la muerte a la vida.

         Jairo, jefe de la sinagoga de Cafarnaum, se postra ante Jesús en casa de Mateo, precisamente cuando estaba hablando de bodas, de ropa nueva y de vino nuevo (Mt 9,16). En medio de este Discurso de Vida se inserta, pues, la pena de quien acaba de ver morir a su hija de 12 años (Lc 8,42), la edad de las nupcias para los judíos.

         Cuando Jesús se dirige hacia la casa de la difunta, una mujer (que sufría hemorragias desde hacía 12 años) le toca la orla de su manto, persuadida de que tocarle significa salvarse. Efectivamente, eso es lo que le oye decir al Señor, cuando le dice: "Ánimo, hija, tu fe te ha salvado" (v.22).

         Si "sufrir flujos de sangre" simboliza la amenaza de la muerte, la curación es preludio de la victoria sobre la muerte, que es lo que precisamente llevará a cabo Jesús en casa de Jairo. De hecho, Jesús dice: "La niña no ha muerto, sino que está dormida" (v.24).

         Allí donde se hace sitio a Jesús, que vivió la muerte por nosotros, y la engulló con su resurrección (1Cor 15,55), la muerte se convierte en dormición, y "dejarse tocar" por Jesús se convierte en certeza de resurrección.

         La vida encuentra en esta página una interpretación ejemplar. Vivir es caminar en la fe, en esa fe que, en concreto, es tocar y dejarse tocar por Cristo.

Meditatio

         Los baales, o ídolos de muerte denunciados por Oseas, también nos seducen hoy. Son el dinero, la ropa, el culto a la imagen, el sexo y el hedonismo. También lo es ese sutil y obstinado ego, mediante el cual, incluso cuando hacemos el bien, nos buscamos más a nosotros mismos, y nuestras propias gratificaciones, que la gloria del Señor y la venida del Reino.

         Sin embargo, ese ego nos deja profundamente insatisfechos y vacíos. Es preciso escuchar esta desolación y este vacío, y ese adulterio que supone vender a Dios por el torbellino del activismo. Es preciso dejarnos conducir por el Señor, yendo a su encuentro "al desierto".

         La idolatría del vivir con las lógicas de este mundo no sólo es un insulto al Señor de la vida, sino también una progresiva pérdida de vida. Según esta lógica, poco a poco se pierde el gusto por la oración, la alegría de hacer el bien, la sensibilidad de hacerse próximo. A la larga, se va apagando la vida espiritual, y surgen los muertos ambulantes con mucho activismo por dentro y mucha apariencia también.

         Con todo, es posible la salvación. Esa salvación se llama Jesús, que sólo pide que le conozcamos en lo profundo del corazón, y que nos dejemos tocar por él. Es lo que hizo la anciana hemorroísa (que le tocó el manto) y la niña de 12 años (a la cual Jesús "cogió de la mano"). Jesús es el Esposo que libera de las tinieblas (del vacío) y de las sombras de muerte (de la prostitución a los ídolos). Es preciso, por tanto, entrar en contacto con él.

Oratio

         Señor Jesús, me reconozco idólatra y adúltero. Así pues, derrama tu espíritu para que me deje coger y conducir a ese desierto interior que, de lugar de horrible vacío y de muerte, se puede convertir en lugar de intimidad nupcial contigo. Sobre todo, si busco momentos de silencio y de retirada al corazón habitado por ti. Aumenta en mí la fe, para que con todo el corazón pueda tocarte y dejarme tocar por ti.

         Señor, a ti se te puede tocar en la eucaristía y en la caridad con el prójimo. Entra en contacto contigo, y vence en mí esta pérdida de energías espirituales, pues ya advierto que la muerte me acecha.

Contemplatio

         ¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo por fuera te buscaba, y me lanzaba sobre las cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían.

         Tú llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera. Brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera. Exhalaste tu perfume y yo respiré, y suspiré por ti, y gusté de ti. Ahora siento hambre y sed. Tócame y ábreme a tu paz (cf. San Agustín, Confesiones, X, XXVII, 38).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Aumenta mi fe y sálvame, Señor".

Conclusio

         ¡Cómo quisiera, amigo de Dios, que estuvieras siempre lleno del Espíritu Santo en esta vida! "Os juzgaré en la condición en que os encuentre", dice el Señor (Mt 24,42; Mc 13,33-37; Lc 19,12ss). ¡Ay de nosotros si nos encuentra cargados de preocupaciones y fatigas terrestres!

         Toda buena acción, hecha en nombre de Cristo, confiere la gracia del Espíritu Santo. No obstante, la oración lo hace más que cualquier otra cosa, ya que siempre está a nuestra disposición.

         Podrías sentir el deseo de ir a la iglesia, pero la iglesia está lejos o bien han acabado los oficios. Podrías sentir deseos de hacer limosna, pero no encontrarás a ningún pobre o bien no tienes monedas en el bolsillo. Es posible que quisieras encontrar alguna otra buena acción para hacerla en nombre de Cristo, pero a lo mejor no se te presenta la ocasión. Nada de todo esto, sin embargo, afecta a la oración, pues todo el mundo tiene siempre la posibilidad de orar.

         Para valorar la eficacia de la oración, sepamos que es eficaz hasta cuando la hace un pecador. Eso sí, si la hace con un corazón sincero y tal como aconseja la santa tradición.

         Cierto día, una madre desgraciada, una prostituta, acababa de perder a su único hijo, y se atrevió a gritar: "Resucítalo, Señor". Y el Señor lo resucitó. Amigo de Dios, éste es el poder de la oración (cf. Garainof, I; Serafín de Sarov, Milán 1995, p. 161).

 Act: 06/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A