7 de Julio
Martes XIV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 7 julio 2026
Lectio
4 Han puesto reyes sin mi aprobación, han establecido príncipes sin saberlo yo. Con su plata y su oro se han hecho ídolos, para su propia ruina. 5 Me repugna tu becerro, Samaría, y mi cólera se enciende contra ti. ¿Hasta cuándo estarás sin purificarte? 6 Viene de Israel, lo ha hecho un artesano, y por eso yo lo haré astillas. ¡Eso no soy yo! 7 Siembras viento y cosechas tempestades. Tu grano no dará mies, ni la espiga harina. Si la diera, los extranjeros la devorarían. 11 Efraín ha multiplicado los altares, pero sólo para pecar. 12 Aunque les escriba miles de leyes, las considerarán como de un extraño. 13 Les gusta ofrecerme sacrificios y comer la carne inmolada, pero yo no acepto eso, sino que le recordaré su iniquidad. Les tomaré cuenta de sus pecados y tendrán que volver a Egipto (Os 8,4-7.11-13).
El profeta Oseas manifiesta el amor de un Dios que es grande en fidelidad y rico en misericordia. Sin embargo, también proclama la plena desaprobación de Dios respecto a la conducta de un Israel corrupto, cuyo corazón ya no está con el Señor.
Estamos en tiempos de Jeroboán II de Israel (ca. 753 a.C), y de las intrigas que siguieron a su muerte. Estamos en tiempos de egoísmos desencadenados y de una religiosidad insincera. Se trata de la alienación del querer gobernarse por sí mismos, volviendo a elegir jefes no designados por Dios.
El mismo culto, al exteriorizarse cada vez más, se había contaminado hasta construir, en tierra de Samaria, un becerro. En un principio, tal becerro no era un ídolo, sino la expresión de la presencia invisible de Yahveh. No obstante, con el tiempo se deslizó hacia la idolatría.
Oseas alude al estallido de la cólera de Dios, una categoría bíblica que hemos de comprender de manera adecuada. De hecho, Dios no es colérico ni vengador, sino amor en todos los sentidos del término. Es lo que se ve cuando creó al hombre libre y responsable de sus decisiones, o lo deja a merced de las consecuencias de la idolatría.
El viento tempestuoso que destruye el grano, un tallo sin espiga, una cosecha presa de los extranjeros... esos son los castigos (la cólera) de Dios. Como se ve, todos ellos son consecuencia del propio pecado, y no un juicio externo y arbitrario de Dios. Cuando la vida no está en sintonía con el culto, multiplicar los altares es sinónimo de pecado. Se trata de una clara alusión a la Ley del Sinaí.
La alianza nupcial (brith) es la relación de fondo establecida por Dios con su pueblo, en las condiciones precisas expresadas por la ley. Por consiguiente, sacrificar a Dios, olvidando lo que él quiere, es la insinceridad que condena Oseas en nombre del Señor. Precisamente, esta insinceridad de vida será la que conduzca a Israel a la esclavitud del exilio babilónico, o nuevo Egipto.
32 Mientras los ciegos se iban, le presentaron a Jesús un hombre mudo que estaba poseído por un demonio. 33 Jesús expulsó al demonio, y el mudo recobró el habla. La gente decía maravillada: "Jamás se vio cosa igual en Israel". 34 En cambio, los fariseos decían: "Expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios". 35 Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando la buena noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. 36 Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor. 37 Entonces dijo a sus discípulos: "La mies es abundante, pero los obreros son pocos. 38 Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9,32-38).
En la 1ª parte de la perícopa presente, tras el milagro de volver a dar la vista a dos ciegos (Mt 9,27-31), Jesús libera a un mudo del demonio y le restituye el uso de la palabra. La reacción es doble, pues la gente está maravillada e inclinada a reconocer las maravillas de Dios, mientras los fariseos insinúan que la obra de Jesús es una acción satánica.
En la 2ª parte de la perícopa, Mateo introduce el tema de la misión, presentando el carácter itinerante de la predicación del Señor. Jesús no es uno de los maestros al uso, que disponían de una morada fija a la que acudían los discípulos. Al contrario, Jesús recorre toda la Galilea (Mt 4,23), y se abre a una dimensión universal. Jesús va por todos los pueblos y ciudades proclamando el evangelio y curando todas las enfermedades (v.35).
El punto focal del pasaje se encuentra allí donde el evangelista capta el corazón compadecido de Cristo hacia la gente cansada, oprimida y sin pastor (v.36). Para comprender toda la intensidad que aquí se encierra, basta con referirnos al texto original griego, donde la expresión "sintió compasión" traduce el verbo splanchnízomai, reservado sólo al sentir del Padre.
El término correspondiente en hebreo es raham, que significa útero. Se trata, por consiguiente, de la cualidad materna del amor de Jesús por nosotros. Nuestro mal le conmueve hasta el punto de hacerle compadecerse (con-sufrir) y hacerse cargo de nosotros en su misterio de muerte y resurrección.
A continuación, compromete Jesús a los discípulos a que pidan al Padre que suscite más evangelizadores, ante la fatiga del trabajo de la siembra. La imagen de la mies se mantiene en pie, pues, como una oración litúrgica que nos asimila a Jesús y nos hace orar así: "Oh Dios, mira la magnitud de tu mies y envía obreros para que se anuncie el evangelio a toda criatura".
Meditatio
Lo que seca el corazón y la vida es no estar centrados y unificados en Dios. Es más, cualquier práctica religiosa vivida al margen de la vida cotidiana se convierte en idolatría, si llega a hacerse costumbre.
"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí", dice Jesús (Mc 7,6). Todas las crisis de fe e identidad parten de esta separación entre interioridad y vida exterior. Por otra parte, ¿cómo eludir este peligro?
Lo que salva no es el voluntarismo, sino la conciencia del misterio. Este misterio se basa en que el Señor se compadece de nuestras situaciones escabrosas y difíciles, de nuestra sed y pobres fuerzas.
Es muy necesario que el corazón entre en contacto con el tierno amor de Dios, expresado por Jesús en su "sentir compasión" y conmoverse con entrañas de misericordia respecto a nosotros. El verdadero camino espiritual parte de la Palabra revelada, fulcro luminoso de nuestro creer, esperar y amar. Es más, el amor "no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros primero" (1Jn 4,10).
En los momentos de desilusión o fracaso, o cuando entra en efervescencia la carrera del activismo y del aplauso, el amor de Dios y la presencia de Jesús entrará en escena y nos sostendrá. Todo eso sucederá, pero siempre que nuestra unión con el Señor sea cierta y salvífica.
Oratio
Señor, derrama tu Espíritu en mí, para que mi triturada e idólatra vida llegue a verse libre y unificada en ti. Crea en mí un corazón sincero, para que me relacione contigo con toda la conciencia de que "tú eres mi dueño, mi único bien, y nada hay comparable a ti" (Sal 16,2).
Concédeme vivir la certeza de que tú eres la revelación del infinito amor del Padre, que se inclina hacia mí hasta compadecer conmigo y abrirme al poder de la resurrección. Señor Jesús, hazme partícipe de este ritmo de vida pascual, y haz que ansíe tu salvación.
Señor, envíame a tantos otros hermanos mejores que yo. Envíalos al campo del Padre, donde ya se dora la mies del Reino.
Contemplatio
El alma, del mismo modo que se reúnen los hijos desviados, es capaz de reunir sus pensamientos perversos. Lo que es de esperar es que, cuando eso suceda, los vuelva a llevar a la casa del corazón.
Si el alma hace esta operación, y espera sin tregua, en sobriedad y amor, el Señor vendrá a visitarla. De este modo, el pecado no hará daño alguno a los que viven en medio de la esperanza y la fe, esperando al Redentor.
Cuando él viene, transforma los pensamientos del corazón, nos enseña la verdadera oración y nos hace permanecer estables e inquebrantables. Como dice la Escritura, "caminaré delante de ti, derribaré las fortalezas, romperé las puertas de bronce, quebraré los barrotes de hierro" (cf. Pseudo-Macario, Homilías, XXXI,1).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Confío en ti, Señor. Hazme alegre anuncio de tu salvación".
Conclusio
Estos días he meditado con atención la Carta de Santiago, un resumen admirable de vida cristiana. He meditado su doctrina sobre el ejercicio de la caridad (Sant 1,27), el uso de la lengua (Sant 1,19-26), la dinámica del hombre de fe (Sant 2), la colaboración en la paz (Sant 4), el respeto al prójimo, las amenazas al rico injusto y avaro, y la invitación a la confianza, al optimismo y a la oración (Sant 5).
Todo esto constituye un tesoro incomparable de signos y exhortaciones, para los eclesiásticos y para los laicos, según la necesidad de todos los tiempos. Convendría aprenderlos todos de memoria, y regustar punto por punto la doctrina celestial.
Metido ya en los 68 años, no me queda más que envejecer. Ahora bien, la sensatez, que siempre es joven, está ahí, en el libro divino (cf. Juan XXIII, Mal del Alma, Turín 1991, p. 98).
Act:
07/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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