11 de Julio

Sábado XIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 11 julio 2026

Lectio

1 El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado en un trono alto y excelso. La orla de su manto llenaba el templo. 2 De pie, junto a él, había serafines con 6 alas cada uno, dos para cubrirse el rostro, dos para ocultar su desnudez y dos para volar. 3 Se gritaban el uno al otro: "Santo, santo, santo es el Señor todopoderoso, y toda la tierra está llena de su gloria". 4 Los quicios y dinteles temblaban a su voz, y el templo estaba lleno de humo. 5 Yo dije: "Ay de mí, estoy perdido. Yo, hombre de labios impuros, que habito en un pueblo de labios impuros, he visto con mis propios ojos al Rey y Señor todopoderoso". 6 Uno de los serafines voló hacia mí, trayendo un ascua que había tomado del altar con las tenazas. 7 Me lo aplicó en la boca y me dijo: "Al tocar esto tus labios, desaparece tu culpa y se perdona tu pecado". 8 Entonces oí la voz del Señor, que decía: "¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?". Yo respondí: "Aquí estoy yo, envíame" (Is 6,1-8).

         La presente perícopa del profeta Isaías es importantísima para comprender su mensaje. Fue escrita en torno al 724 a.C, año de la muerte del rey Ozías. Marca la conclusión de un período de prosperidad y autonomía para Israel, y sirve al profeta para destacar un tema que le es propio: la santidad y la gloria eterna de un Dios que trasciende con mucho toda grandeza humana y es "el Santo de Israel" por excelencia. Es por este Dios por quien se siente llamado Isaías.

         El escenario es el templo de Jerusalén. La antropomórfica descripción del Señor sobre el trono, rodeado por los serafines (criaturas con semejanza humana, pero dotadas de 6 alas), refleja las representaciones del Oriente Próximo, si bien la solemnidad y el arrebato de Isaías dicen mucho más.

         La triple repetición del "santo, santo, santo" intenta expresar la infinita santidad de Dios, su trascendencia y su absoluta diferencia respecto a todo lo terreno, que se corrompe y es limitado. La presencia de Dios la proporciona tanto el temblor de las puertas del templo como el humo (v.4), semejante a la nube que cubría el tabernáculo del Exodo.

         En este punto queda Isaías como turbado, abrumado por el sentido de su indignidad (ligada a su pecado y al del pueblo) y la infinita pureza y santidad de Dios. Nos viene a la mente lo que Dios le dijo a Moisés: "No podrás ver mi cara, porque quien la ve no sigue vivo" (Ex 33,20). Sin embargo, Dios no quiere la muerte del hombre, e interviene a través de un acto simbólico de purificación, con el que expresa que se trata siempre de una iniciativa de Dios y no del hombre (vv.7-8).

         El Señor se dirige a la asamblea de los serafines, que son consultados sobre el gobierno del mundo (v.8). De manera indirecta, la voz del Señor interpela y llama a Isaías para que, investido por la gloria y santidad de Dios, vaya a profetizar en su nombre. Isaías contesta: "Aquí estoy yo, envíame" (v.8). Es la plena disponibilidad de quien se deja invadir por un Dios que salva.

En aquel tiempo, 24 Jesús dijo a sus discípulos: "El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. 25 Basta con que el discípulo sea como su maestro, y el siervo como su señor. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebú, ¡cuánto más a los suyos! 26 Así pues, no les tengáis miedo, porque no hay nada oculto que no haya de manifestarse, ni nada secreto que no haya de saberse. 27 Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; lo que escucháis al oído, proclamadlo desde las azoteas. 28 No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden quitar la vida. Temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno. 29 ¿No se vende un par de pájaros por muy poco dinero? Sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre. 30 En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. 31 No temáis, pues, porque vosotros valéis más que los pájaros. 32 Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres, yo también me declararé a su favor delante de mi Padre celestial. 33 A quien me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre celestial" (Mt 10,24-33).

         Lo que leímos ayer nos ponía frente a las exigencias de la misión, incluidas sus extremas consecuencias de la persecución y la muerte. Hoy introduce Jesús en su discurso el tema típicamente bíblico del "no tener miedo", que aparece en la Sagrada Escritura 366 veces.

         El pasaje está estructurado por la repetición, a modo de imperativo, de la invitación a "no tener miedo" (vv.26.28.31), en cada ocasión seguidos por los motivos por los que la confianza debe poner en jaque mate al temor. El 1º motivo es éste: aunque el bien está ahora velado, y la virulencia del mal parece ocultarlo, se producirá una inversión total y veremos, en el triunfo de Cristo, el triunfo de todos los que han elegido el bien.

         Ésa es la razón de que se anime a los discípulos a la audacia del anuncio. Lo que se nos entrega es pequeño (como un pábilo en las tinieblas, como un susurro al oído), pero ha de ser entregado a plena luz del día, gritado con todos los medios (incluidas las antenas y repetidores) e incluso desde los techos.

         Aunque el precio de tal osadía sea la muerte, hay que saber que la muerte será siempre un hecho natural que ocurrirá con o sin osadía, y ha de ser afrontado con paz. Sobre todo, hay que saber que nadie podrá matar la vida en nosotros, y que el único que podría hacerlo es el pecado.

         La argumentación de Jesús a "no tener miedo" se une a 2 imágenes tiernísimas: la de los pájaros (de precio irrisorio, pero objeto de complacencia del Padre) y la de los cabellos (contados todos ellos). En definitiva, es preciso que no dejemos que el miedo ocupe lugar alguno en nosotros, y nos decidamos a llevar una vida consagrada a dar testimonio.

Meditatio

         La sociedad del "tener más" margina cada vez más a Dios mediante una serie de mecanismos que tienen que ver con el placer a cualquier precio, por cualquier medio. Ropa, dinero, servicios, experiencias... todo se ofrece en el gran supermercado del mundo.

         Sin embargo, con todo ello el hombre experimenta un gran vacío, amplificado precisamente por estar abrumado por bienes de fortuna. Si no quiere morir de asfixia espiritual, ha llegado el tiempo de invertir por completo su marcha. "Buscad a Dios y viviréis", advierte el profeta Amós, así como los ángeles de la natividad cantan: "Paz a los hombres de buena voluntad".

         Lo que el corazón debe comprender es que, si busca la gloria del Señor en el obrar, y si su ojo interior se abre y decide obrar por amor a él, alcanzará la paz. Si busca la paz adhiriéndose a este mercado de propuestas consumistas apoyadas por el psicologismo, dicho corazón se perderá en callejones sin salida, entrando en una cueva de miedos cada vez más insurrectos.

         Para buscar la gloria del Señor y saber descubrirla por doquier es necesario purificarse. El Señor sabe de quién y de qué servirse para que el corazón no esté bajo el dominio del egoísmo, sino de la gloria de Dios. El otro elemento fundamental es que escuche bien y asuma lo dicho: "No tengáis miedo".

         En un mundo profundamente turbado, absorber el "no tengáis miedo" en los ámbitos más profundos del ser hace adquirir confianza, solidez, soltura, incluso en orden al apostolado. Como decía Isaías, "aquí estoy yo, envíame".

Oratio

         Señor, sabes que me atrae el placer, y que tiendo a cambiarlo por la alegría y por la paz que necesito. Te suplico que, en medio de la corrupción del gran mercado en que vivo, me hagas dejarme purificar por ti, y no sólo los labios (como Isaías) sino en lo profundo del corazón.

         Ayúdame a aceptar aquello, Señor, de que tú has venido a servir. Espabílame en el combate espiritual contra las pasiones, para que desee y anhele tu gloria y no las mezquinas satisfacciones de mi egoísmo.

         Persuádame, Señor, a buscar tu gloria y saber qué significa eso de obtener la paz del corazón. Así viviré mejor mis breves días y los viviré en plenitud. No replegado en mí mismo, sino entregado al anuncio de esta paz, de esta alegría, también a mis hermanos. Purifícame, Señor, fortifícame y, después "aquí estoy yo, envíame".

Contemplatio

         Ahora sólo te amo a ti, Señor, y sólo a ti te sigo, y sólo a ti te busco, y estoy dispuesto a pertenecerte del todo, para que sólo tú ejerzas la soberanía. Señor mío, sólo deseo ser tuyo. Manda y ordena lo que quieras, te lo ruego.

         Cura y abre mis oídos, Señor, a fin de que pueda oír tu voz. Cura y abre mis ojos, a fin de que pueda ver tus señas. Aleja de mí lo que me impide reconocerte, muéstrame el camino y dame lo que necesito para el viaje (cf. San Agustín, Soliloquios, I).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Toda la tierra está llena de tu gloria" (Is 6,3).

Conclusio

         Nuestra carne está hecha para morar en Dios y convertirse en templo de Dios. La carne de Jesús es el templo de Dios, y de este templo correrán "ríos de agua viva" para alimentar, curar, revelar el amor y la compasión.

         Nuestra carne, transfigurada por el Verbo encarnado, es instrumento para difundir el amor de Dios. Igual que para María, también para nosotros la carne de Cristo es el medio a través del cual, y en el cual, nos encontramos con Dios.

         No podemos desentendernos de la humanidad de Cristo, si lo que queremos es ir al encuentro de Dios. Al contrario, debemos vivir la carne de Jesús como carne de Dios, y su cuerpo como un sacramento que nos revela el amor eterno de la Trinidad donde el Padre y el Hijo, en la unidad del Espíritu Santo, se aman desde toda la eternidad.

         Nuestros cuerpos han sido concebidos en el silencio y en el amor. Nuestra primera relación, con nuestra madre, ha sido una relación de comunión, a través del tacto y de la fragilidad de la carne.

         Hemos sido llamados a crecer, a desarrollarnos, a volvernos competentes y a luchar por la justicia y por la paz. En definitiva, todo está destinado a la entrega de nosotros mismos, al reposo y a la celebración de la comunión.

         Todo empieza en la comunión, todo culmina en la comunión. Todo empieza en la fiesta de las bodas y todo se consuma en la fiesta de las bodas, en la que nos entregaremos con amor (cf. Vanier, J; Jesús, el don del Amor, Bolonia 1995, p. 173).

 Act: 11/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A