13 de Agosto

Jueves XIX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 13 agosto 2026

Lectio

1 Recibí la palabra del Señor, 2 que me decía: "Hijo de hombre, tú vives en medio de un pueblo rebelde. Tienen ojos para ver, y no ven; oídos para oír, y no oyen. 3 Ahora, hijo de hombre, prepara tu equipaje para el destierro y ponte en marcha, en pleno día y a la vista de ellos. Sal de donde vives y ve a otro sitio. Tal vez así comprendan que son un pueblo rebelde. 4 Sacarás tu equipaje de deportado en pleno día, a la vista de todos. Partirás por la tarde, como si fueras un deportado. 5 Harás un boquete en la pared y saldrás por él. 6 Te cargarás a la espalda tu equipaje ante ellos, y partirás de noche con la cara cubierta para no ver la tierra, pues serás un símbolo para el pueblo de Israel". 7 Yo hice todo lo que se me había ordenado. Preparé mi equipaje de deportado en pleno día. Por la tarde hice un boquete en la pared con las manos, y salí de noche con el equipaje a mis espaldas, a la vista de todos. 8 Por la mañana recibí la palabra del Señor, 9 que me decía: "Hijo de hombre, cuando el pueblo de Israel, ese pueblo rebelde, te pregunte qué es lo que haces, 10 contéstales: Este oráculo se refiere al rey de Jerusalén, y a todos los israelitas que viven en ella. 11 Diles: Yo soy un símbolo para vosotros, y vosotros tendréis que hacer lo que yo he hecho. Seréis deportados, iréis al destierro. 12 Hasta el rey que los gobierna se cargará a las espaldas el equipaje de deportado, saldrá en la oscuridad por una brecha que abrirán en el muro para que salga, y se tapará la cara para no ver su tierra con sus propios ojos" (Ez 12,1-12).

         El profeta Ezequiel, por medio de una acción simbólica, anuncia de nuevo al pueblo el fin próximo de Jerusalén y la deportación a Mesopotamia. Realiza sus gestos "a la vista de ellos", pero éstos "tienen ojos para ver, y no ven; oídos para oír, y no oyen", porque "son un pueblo rebelde" (v.2).

         En los israelitas se cumple lo que dice el salmo de cuantos siguen a los dioses: "Los ídolos de los paganos son plata y oro, y han sido fabricados por manos humanas. Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen, no hay vida en ellos. Sean como ellos quienes los fabrican, los que confían en ellos" (Sal 135,15-18).

         El profeta se carga el equipaje de deportado y, en medio de la oscuridad, y con el rostro cubierto hasta el punto de no poder ver nada, sale de la ciudad a través de un boquete hecho en la pared. Se trata de un mensaje destinado al rey y a sus conciudadanos. Los últimos versículos (vv.11-12, tal vez añadidos más tarde) aluden de un modo más claro a los hechos históricos.

         En efecto, en tiempos del II Asedio a Jerusalén (ca. 589 a.C), por parte de Nabucodonosor II de Babilonia, el rey Sedecías I de Israel intentó una fuga de noche por un boquete de las murallas, junto con un grupo de combatientes, pero fue detenido y, tras haber asistido al exterminio de sus hijos, fue cegado, deportado a Babilonia y encarcelado allí (2Re 25,4-7).

         El rey judío acabó prisionero y ciego, no pudiendo caer más bajo. A este final, repite el profeta, conduce la ceguera religiosa, la presunción humana (frente a los mensajes de Dios) y la rebelión social (contra su señorío). Lo que ha hecho el pueblo de Dios ha sido denunciado sin remisión, y la maldad le ha conducido a un final vergonzoso.

         Las palabras van dirigidas a los judíos que se encuentran en el exilio, convencida de un próximo retorno a Jerusalén. No obstante, Ezequiel acaba con todas las ilusiones, e invita a pasar de la confianza en los dioses humanos a la fe en el Dios vivo. Yo, Ezequiel, "soy un símbolo para vosotros" (v.1 ). Sí, quiere serlo a cualquier precio, trabajando y sufriendo. Ésa fue su vocación, y en esto representa un ideal y un programa.

En aquel tiempo, 21 Pedro se acercó y le preguntó: "Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano? ¿Siete veces?". 22 Jesús le respondió: "No te digo siete veces, sino setenta veces siete. 23 Con el reino de los cielos sucede lo que con aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. 24 Al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. 25 Como no podía pagar, el señor mandó que le vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para pagar la deuda. 26 El siervo se echó a sus pies, suplicando: ¡Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo! 27 El señor tuvo compasión de aquel siervo, lo dejó libre y le perdonó la deuda. 28 Nada más salir, aquel siervo encontró a un compañero que le debía 100 denarios. Lo agarró y le apretó el cuello, diciendo: ¡Paga lo que debes! 29 El compañero se echó a sus pies, suplicándole: ¡Ten paciencia conmigo, y te pagaré! 30 Pero él no accedió, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda. 31 Al verlo, sus compañeros se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor todo lo ocurrido. 32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: Siervo malvado, yo te perdoné aquella deuda entera porque me lo suplicaste. 33 ¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti? 34 Entonces su señor, muy enfadado, lo entregó para que lo castigaran hasta que pagase toda la deuda. 35 Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no os perdonáis de corazón unos a otros". 1 Cuando terminó Jesús este discurso, se marchó de Galilea y se dirigió a la región de Judea, a la otra orilla del Jordán (Mt 18,21-19,1).

         Jesús ha hablado ya de la actitud que debemos adoptar con los pecadores, de la necesidad de volver a ganar al hermano que ha pecado (Mt 18,15-22) y de la oración común (Mt 18,19). En el pasaje de hoy, pasa al problema de cómo debe comportarse quien ha sido ofendido personalmente.

         El judaísmo conocía ya la obligación del perdón de las ofensas, pero había elaborado una especie de tarifa que variaba de una escuela a otra. Se comprende así que Pedro preguntara a Jesús cuál era su tarifa, preocupado por saber si era tan severa como la de esa escuela que exigía el perdón del propio hermano hasta 7 veces (v.21).

         Jesús responde a Pedro con una parábola que libera el perdón de toda tarifa, para convertirlo en el signo del perdón recibido de Dios, del Reino que se está instaurando en la tierra, porque "con el reino de los cielos sucede que" (v.23).

         La parábola comienza con las figuras de un rey y de alguien que le debe 10.000 talentos. De este modo, subraya la inconmensurable debilidad del pecador frente a Dios. La acentuación de algunos rasgos (presencia del rey, caer a los pies del rey, postrarse, tener piedad...; v.26) evoca la escena del juicio final.

         La desproporción entre los 10.000 talentos (5.000 millones €, hoy en día) y los 100 denarios (5.000 €, hoy en día) permite comprender la diferencia radical entre las concepciones humanas y las divinas de la deuda y de la justicia. Por último, también el castigo infligido al siervo ("hasta que haya pagado toda la deuda"; v.34) hace pensar en un suplicio eterno.

         La clave de lectura nos la proporciona el último versículo: "Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no os perdonáis de corazón unos a otros" (v.35). El perdón de Dios, del que todos tenemos necesidad, se otorga con la condición de que nosotros también seamos capaces de perdonar.

         Si se lee con atención la parábola, se ve que el perdón que otorgamos a los otros no equivale ciertamente al perdón que Dios nos concede a nosotros. Nuestra misericordia es siempre limitada, aunque sea total; la de Dios es infinita. La nuestra, además, nace de la bondad infinita de Dios, y es un pálido esfuerzo destinado a intentar imitar al Padre (Mt 5,48).

Meditatio

         Dios es alguien que perdona inmensamente. Con la venida de Jesús, el perdón se vuelve inmediatamente perceptible. Para el evangelista, toda la obra de Jesús está caracterizada por la remisión de los pecados, como se ve desde la curación del paralítico (Mt 9,2-7) hasta la intercesión en la cruz por los que le están crucificando ("Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen"; Lc 23,34).

         El perdón de Dios, otorgado con generosidad y misericordia, se vuelve normativo para las relaciones entre los discípulos. De ahí la expresión de hoy: "¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?". Nuestra relación con el otro debe reflejar la relación de Dios con nosotros, y lo que él ha hecho por nosotros ha de ser el paradigma de lo que nosotros debemos hacer a los otros.

         En la enseñanza de Jesús, hay algunos como sobre los que no reflexionamos bastante. Por ejemplo, cuando nos enseña el amor al prójimo, establece unos cuantos como en progresión inexcusable, tales como "ama a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 22,39), "como yo os he amado" (Jn 15,12) y "como yo amo al Padre" (Jn 14,31).

         En el Padrenuestro nos hace decir Jesús otro como, cuando se dice: "Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Con este como no nos enseña Jesús que el precio para ser perdonados por Dios sea perdonar a nuestros hermanos. Tampoco nos enseña que lo único que debemos hacer para ser perdonados por él es perdonar; ni tampoco que si nosotros perdonamos imponemos al Dios omnipotente la obligación de perdonamos.

         El perdón de Dios no es simplemente el eco de nuestro espíritu de perdón, sino más bien lo contrario. La grandeza del perdón de Dios está en que nos amonesta a ablandar nuestro corazón, hasta el punto de hacernos desear a nosotros perdonar a los demás.

Oratio

         Padre, míranos en tu inmensa bondad, mira a estos siervos de la parábola que deben una suma enorme a su patrón y ven perdonada toda su deuda. Padre, no olvides que, apenas recibido este favor, cogemos por la garganta a los que no nos deben casi nada, y les ordenamos que nos devuelvan todo y de inmediato.

         Padre, nos olvidamos enseguida de que tú nos lo has perdonado todo. Somos deudores con memoria corta, que nos convertimos en un instante en acreedores despiadados, que exigen ser pagados hasta el último céntimo. Guárdanos de semejante arrogancia, Padre, y de un olvido como éste, porque tú nos has perdonado (cf. Danneels, G; Padre del Cielo, Milán 1992).

Contemplatio

         Tu perdón es total porque, cuando perdonas, lo haces con todo el corazón y nos abres tus brazos, feliz de estrecharnos en tu inmenso amor.

         Tu perdón es total porque, cuando te lo pedimos, nos lo concedes de inmediato, sin espera alguna, sin hacernos reproches, sin guardar rencor, sin importarte lo que haya pasado.

         Tu perdón es total porque cancela la culpa en lo más profundo de nosotros, así como purifica el corazón haciéndonos pasar del estado de pecado al estado de inocencia.

         Tu perdón es total, y también restablece en nosotros la santidad perdida, nos da la fuerza necesaria para complacerte de nuevo y no permite vivir de acuerdo con tu voluntad.

         Tu perdón es total, Padre, porque nos toma enteramente en la nueva alianza establecida en tu Hijo, nos concede la alegría de experimentar tu bondad y nos da tu ternura (Jean Galot).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Perdona, Señor, la infidelidad de tu pueblo".

Conclusio

         La pregunta por la remisión de los pecados está ligada al perdón fraterno que dice: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Sí, Jesús habla de perdonar "hasta setenta veces siete".

         ¿A quién hemos de perdonar? A todos aquellos de quienes pensamos haber recibido algún perjuicio o trato injusto. A todos aquellos que nos han decepcionado porque no nos han dado aquel amor, aquella atención y aquella escucha que esperábamos.

         Hay dentro de nosotros un montón de pequeñas heridas y amarguras, que es necesario tratar con el aceite y el bálsamo de un continuo y sincero perdón. Todo eso nos hará estar mejor, incluso de salud, por todo lo que hemos negado a Dios y él podía esperar de nosotros en materia de confianza y de amor (cf. Martini, C; Retorno al Padre, Estella 1999).

 Act: 13/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A