11 de Agosto
Martes XIX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 11 agosto 2026
Lectio
8 Así me dijo el Señor: "Hijo de hombre, escucha lo que te digo, y no seas rebelde como este pueblo. Abre la boca y come lo que yo te dé". 9 Entonces vi una mano extendida hacia mí, con un libro enrollado. 10 La mano lo desenrolló ante mí, y estaba escrito por el anverso y el reverso, y contenía lamentaciones, gemidos y amenazas. 1 El Señor me dijo: "Hijo de hombre, come este libro y ve luego a hablar al pueblo de Israel". 2 Yo abrí la boca, y él me hizo comer el libro, 3 diciéndome: "Hijo de hombre, alimenta tu vientre y llena tus entrañas con este libro que te doy". Yo lo comí, y me supo dulce como la miel. 4 Entonces me dijo: "Hijo de hombre, ve al pueblo de Israel y comunícales mis palabras" (Ez 2,8-3,4).
La Visión del Libro pertenece al 1º cuaderno de las profecías de Ezequiel, donde relata la llamada a la misión profética. A Ezequiel se le llama repetidamente "hijo de hombre" (vv.8.1.3.4), título cargado de un trascendencia divina que Ezequiel siente con una extrema agudeza.
El profeta es una nulidad, como todos los hombres. Es como uno de tantos, frágil y caduco. Es más, el carisma profético le ha sido dado sólo porque Dios lo ha querido así por un don gratuito, y el título de "hijo del hombre" también. Jesús hará suyo este título para indicar su modo de ser con nosotros y su modo de ser ante el Padre.
La vocación de Ezequiel, como la de los grandes profetas, se sitúa en una acción simbólica, tratando de mostrar que la palabra de Dios se encuentra en los labios humanos.
Un ángel purificó los labios de Isaías con fuego (Is 6,3-7), Dios mismo introdujo sus palabras en la garganta de Jeremías (Jer 1,9), pero Ezequiel no recibe de Dios una palabra, sino un libro. Desde cierto punto de vista, Ezequiel era el representante de los escribas y de los rabinos. No obstante, Jeremías e Isaías reciben pasivamente la palabra de Dios, y Ezequiel "come, digiere y asimila" la voluntad divina.
Esta voluntad divina no se manifestará más que a través de su visión de las cosas. Es decir, no habrá palabra de Dios sino allí donde haya al mismo tiempo palabra de hombre. Por ello, Ezequiel deberá alimentarse de la palabra de Dios (v.3). Sólo de este modo es posible comunicar a los otros el pensamiento de Dios, y hablar de él.
Con Ezequiel se da un paso adelante en el profetismo. Él no ha sido llamado a repetir la palabra de Dios, sino a volver a proponer lo que ha recibido, repensando y traduciendo a su propia palabra la palabra de Dios, puesto que Dios quiere que su mensaje llegue a los hombres en su lenguaje común.
Dios no dispone de un super-lenguaje reservado para unos pocos iniciados, sino que se inserta en el lenguaje del hombre y en las comunicaciones que este lenguaje establece entre los hombres. En la cima de este proceso encontraremos a Jesús, "hombre enviado a los hombres, que habla palabras de Dios" (Vaticano II, Dei Verbum, 4).
El anuncio que Ezequiel está llamado a llevar de parte de Dios no sólo es amplísimo (el rollo "estaba escrito por ambas partes"; v.10a), sino que también es bastante doloroso (pues habla de "lamentaciones, gemidos y amenazas"; v.10b). Acaba con las últimas ilusiones de los que aún confiaban en que Jerusalén, aunque debilitada por las primeras derrotas y deportaciones, habría de resistir al invasor caldeo.
Se trata, en definitiva, de un mensaje de esperanza. Más allá de la cólera de Dios, se manifestará su inmensa misericordia. Por terrible que sea, se trata, en último extremo, de una fuente de auténtica esperanza.
1 En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: "¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?". 2 Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos 3 y dijo: "Os aseguro que si no cambiáis, y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos. 4 El que se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. 5 Además, el que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge. 10 Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles contemplan sin cesar en el cielo el rostro de mi Padre celestial. 12 ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una de ellas, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve e irá a buscar la descarriada? 13 Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se extraviaron. 14 Del mismo modo, vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños" (Mt 18,1-5.10.12-14).
Nos encontramos en pleno Discurso Eclesiológico de Jesús (Mt 18), en que éste traza las características fundamentales de la misma.
Los discípulos dan muestras de participar en la mentalidad corriente, la del hombre que ve en la sociedad un continuo progresar, imponerse y codiciar los puestos preeminentes. En este contexto, plantean a Jesús una pregunta: "¿Quién es el más importante?" (v.1).
Jesús invierte las posiciones, muestra lo que tiene más valor ante Dios, y con ello enseña un nuevo camino de convivencia comunitaria. Lo hace al modo de los antiguos profetas, llevando a cabo primero un gesto ("poniendo a un niño en el centro"; v.2) y revelando después el sentido.
Recogiendo y dando mayor profundidad a una idea madurada ya en el rabinismo, la de la inversión de la suerte en el Reino futuro, Jesús pone en el centro no a un adulto o a una persona considerada importante, sino a un niño. El niño es lo desprovisto y olvidado por los mayores, alguien necesitado de todo. Es la "oveja perdida" que busca el pastor y de la que se ocupa más que de "las noventa y nueve que no se extraviaron" (v.13).
En cuanto a las consecuencias de este gesto, el discípulo debe hacerse como los niños. Este hacerse no es un retorno a la condición infantil, sino un cambio de ruta. No se trata tanto de "hacerse como niño" en el sentido de la simplicidad, candor o ingenuidad, sino de ver los puestos de mando dentro de la Iglesia de una manera totalmente distinta: desde la humildad, siempre preferible al de una vida basada en la búsqueda de los primeros puestos (Mt 20,20-28).
El discípulo debe acoger y no despreciar a los pequeños, así como descubrir que tienen la dignidad del Señor y son un sacramento de él (v.5). El discípulo se pone en estado de búsqueda para que no se pierda ninguno de los pequeños.
Meditatio
Jesús no buscó nunca para sí cargos públicos ni puestos de prestigio. Tampoco se dejó impresionar por los títulos honoríficos de la gente que tenía delante, ni por su experiencia, años o canas. Él miraba a cada hombre a los ojos sin ninguna timidez, y leía hasta el fondo sus pensamientos e intenciones.
Para liberamos de todo desvarío de grandeza, y permitirnos construir verdaderas comunidades, Jesús nos indicó el camino del hacemos niños. Lo que une a la Iglesia no es la habilidad real o presunta, sino la pequeñez. Lo que mantiene la unión no es el acuerdo impecable y perfecto, sino el perdón recibido y otorgado de manera constante.
Hacerse como niños no es poner en marcha un proceso de involución, sino llevar a cabo un cambio radical, una conversión radical, en nuestro modo de ser ante Dios y ante los otros. Hacerse como niños es olvidar lo que hemos hecho y lo que hemos sufrido, no encerramos en nosotros mismos con resentimiento o malhumorados por las amarguras que hemos pasado.
Hacerse como un niño es hacer sitio a la confianza que el pequeño muestra frente a sus padres, a la serenidad y al optimismo con que mira al futuro. Hacerse como niño significa estar abiertos cada día, con una disponibilidad siempre fresca, a las nuevas experiencias. Hacerse como un niño es fiarse, no temer enredos, no hacer cálculos, no preguntarse si y cuánto ganaremos.
Conseguir el corazón, la mente y los ojos de un niño se convierte realmente en una conquista, que vive de un modo más consciente y pleno quien más se ha entregado y sufrido.
La Iglesia se construye sobre todo cuando tiene en su centro, como valor absoluto, a aquel que se hizo el último y siervo de todos: Jesucristo crucificado, revelación del Dios amor que se hizo pequeño para acoger a los pequeños. Llegar a ser niños es una espiritualidad que puede crecer con los años.
Oratio
Señor, ¿cómo voy a hacerme yo ahora como un niño? ¿Es que no sabes que me gusta mandar, y hacer que los otros se plieguen a mi voluntad? ¿Yo, que deseo ser el más grande? ¿Yo, que deseo tener siempre razón, y obligar a los otros a callar para hacerme escuchar el primero? ¿Yo, que estallo de cólera para conseguir imponer mis caprichos? ¿Precisamente yo, Señor?
Tómame, Señor, como aprendiz, para llegar a ser el niño del evangelio. Enséñame a servir al prójimo, llévame lejos del orgullo y de la mentira, instruye mi espíritu para que pueda buscarte y seguirte con todo el corazón. ¡Oh Señor, me gustaría tanto llegar a ser el niño del evangelio! (cf. Singer, C; Hari, A; Encontrar hoy a Jesucristo, Estella 1993).
Contemplatio
Oh Dios Padre, gracias por habernos revelado lo más profundo de tu ser, por habernos dicho que en ti no hay sólo potencia, soberanía, ciencia y majestad, sino que también cuentas con la inocencia, infancia y ternura infinitas. Sí, porque eres Padre, infinitamente Padre.
Nosotros no lo sabíamos antes, ni podíamos saberlo. Ha sido necesario que nos enviases a tu Hijo para que lo descubriéramos. Él se hizo niño y así pudo decirnos que nos hiciéramos como niños para formar parte de tu Reino.
Jesucristo, que era Dios, con su grandeza infinita, se hizo tan pequeño que sólo los ojos de la fe y de los profundos lo pueden reconocer. Él vino como niño para hacer desaparecer todos nuestros miedos, y poner dentro de nosotros tanto amor y confianza que pudiéramos abandonarnos felices como niños en tus manos.
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón" (salmo responsorial).
Conclusio
Creo cada vez más en el evangelio, y comprendo la preocupación con que Jesús dijo a sus íntimos: "Si no os hacéis como los niños no entraréis en el reino de los cielos". Hacerse niños no es fácil para hombres minados por el orgullo, como nosotros, y por eso nos advirtió Jesús que "no entraréis". El comienzo en serio de la vida espiritual tiene lugar cuando el hombre lleva a cabo un auténtico acto de humildad.
Mediante la humildad, la propedéutica de la fe en unos, o la maduración de la misma en otros, queda bloqueada, envenenada, torturada y prolongada al infinito ante la incapacidad para llegar a ser niños ante el misterio de Dios. Sí, hacerse pequeños, o más pequeños aún, es el gran secreto de la vida mística.
Cuando quedamos reducidos a un punto, sin más consistencia que la del alma que mira, o la del corazón que ama, entonces hemos de acostumbrarnos a invertir la posición, y la eterna posición del orgullo, y la difícil posición del yo que se cree siempre el centro del universo (cf. Carretto, C; Más Allá de las Cosas, Madrid 1995).
Act:
11/08/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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