14 de Agosto

Viernes XIX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 14 agosto 2026

Lectio

3 Esto dice el Señor a Jerusalén: "Por tu origen y nacimiento eres cananea, pues tu padre fue amorreo y tu madre hitita. 4 El día en que naciste no te cortaron el cordón, no te lavaron con agua, no te hicieron las fricciones de sal ni te envolvieron en pañales. 5 Nadie se apiadó de ti ni se compadeció por esto, sino que te arrojaron al campo como un ser despreciable el día que naciste. 6 Yo pasé junto a ti, te vi revolviéndote en tu sangre y te dije: Sigue viviendo 7 y crece como la hierba de los campos. Tú creciste, te hiciste mayor y llegaste a la flor de tu juventud. Se formaron tus senos y te brotó el vello, pero seguías desnuda. 8 Yo pasé junto a ti y te vi. Estabas ya en la edad del amor, así que extendí mi manto sobre ti y cubrí tu desnudez. Me uní a ti con juramento, hice alianza contigo y tú fuiste mía. 9 Te lavé con agua, te limpié la sangre y te ungí con aceite. 10 Te vestí con bordados, te puse zapatos de cuero fino, te ceñí de lino y te cubrí de seda. 11 Te adorné con joyas, coloqué pulseras en tus brazos, un collar en tu cuello, 12 un anillo en tu nariz, pendientes en tus orejas y una magnífica corona en tu cabeza. 13 Estabas adornada de oro y plata, vestida de lino fino, de seda y bordado, y comías flor de harina, miel y aceite. Te hiciste cada vez más hermosa, y llegaste a ser como una reina. 14 La fama de tu belleza se difundió entre las naciones paganas, porque era perfecta la hermosura que yo te había dado. 15 Tú, confiada en tu belleza, y valiéndote de tu fama, te prostituiste y te ofreciste a todo el que pasaba, entregándote a él. 60 Yo me acordaré de la alianza que hice contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo una alianza eterna. 63 Lo haré para que te acuerdes, te avergüences y no te atrevas a abrir más la boca, cuando te haya perdonado todo lo que has hecho" (Ez 16,3-15.60.63).

         El profeta Ezequiel, a través de un procedimiento midrásico, nos ofrece una profunda y sintética meditación sobre la historia de Jerusalén y la instauración del reino de Dios. Para hacerlo recurre al simbolismo matrimonial, un simbolismo bastante difundido entre los profetas para expresar la relación entre Dios e Israel.

         En su origen, Jerusalén fue como una niña abandonada por sus padres y privada de todo. Su ancestral Melquisedec de Salem (s. XX a.C) no tiene ni padre ni madre (Hb 7,3), y años después el general Putifar escribía al faraón para lamentarse de su aislamiento (s. XVIII a.C). Eso sí, Jerusalén pasó sin daño a través de la historia de Canaán, quizás por verse excluida de la confederación cananea (vv.3-5).

         Cuando los hebreos ocupan la región (s. XIII a.C) no se preocupan de Jerusalén, y la dejan vivir por su cuenta. Sólo con David entraron los judíos en relación con la ciudad (s. X a.C), y Dios la convirtió en su esposa (vv. 8-13) y la hizo beneficiaria de la gloria inaudita del reinado de Salomón. "Era perfecta la hermosura que yo te había dado", dijo el Señor (v.14).

         Prendada de sí misma, Jerusalén incumplió el pacto con Dios y se prostituyó, ofreciendo sus favores "a todo el que pasaba" y a todos los dioses de la región (v.15). Su infidelidad fue particularmente grave. Las otras ciudades del Oriente habían sido condenadas por el Señor, y eso que no habían conocido su amor. No obstante, no habían sido tan adúlteras (infieles a su Dios) como Jerusalén.

         En consecuencia, cabe esperar que el Señor juzgue a Jerusalén y la condene como se hace con una joven adúltera, con un castigo mucho más duro que el padecido por Sodoma, por Samaria y por las otras ciudades paganas (vv.35-52, no recogidos por la liturgia).

         Con todo, el misterioso amor del Señor, gratuito y fiel, no disminuirá. Dios sigue amando a la esposa infiel, y prepara su conversión y retorno a él. Los últimos versículos anuncian el establecimiento de una alianza eterna con Jerusalén.

En aquel tiempo, 3 se acercaron a Jesús unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron: "¿Puede uno separarse de su mujer por cualquier motivo?". 4 Jesús respondió: "¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y hembra, 5 y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos uno sólo? 6 De manera que ya no son dos, sino uno sólo. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". 7 Los fariseos le replicaron: "Entonces, ¿por qué mandó Moisés que el marido diera un acta de divorcio a su mujer, para separarse de ella?". 8 Jesús les dijo: "Moisés os permitió separaros de vuestras mujeres por vuestra terquedad, pero al principio no era así. 9 Ahora yo os digo: El que se separa de su mujer, excepto en caso de adulterio, y se casa con otra, comete adulterio". 10 Los discípulos le dijeron: "Si tal es la situación del hombre con respecto a su mujer, no tiene cuenta casarse". 11 Jesús les dijo: "No todos pueden comprender esto, sino sólo aquellos a quienes Dios se lo concede. 12 Algunos no se casan porque nacieron incapacitados para ello, otros porque los hombres los incapacitaron, y otros eligen no casarse por causa del reino de los cielos. Quien pueda comprender, que lo haga" (Mt 19,3-12).

         En la 1ª parte del pasaje (vv.3-9) ocupan la escena Jesús y los fariseos. Jesús no está de acuerdo con la sociedad permisiva de su tiempo, y remite al designio original del Creador, en que Dios creó al hombre y a la mujer para un matrimonio indisoluble.

         La ley judía permitía al hombre repudiar a la esposa "por cualquier motivo". Las escuelas rabínicas no estaban muy de acuerdo en la interpretación de este pasaje. Los laxistas, por ejemplo, eran del parecer de que, si un hombre encontraba una mujer más atractiva que la suya, podía repudiar a la suya válidamente. Los rigoristas, en cambio, veían en esto un adulterio, y la expresión de costumbres particularmente ligeras.

         La cuestión planteada por los fariseos a Jesús es una trampa, pues quieren obligarle a tomar posición entre las dos corrientes. Jesús evita la asechanza, se declara contrario al divorcio (sea cual sea el motivo) y se apoya en 2 pasajes de la Escritura: Gn 1,27 y Gn 2,24. Dios quiere que el marido y la mujer estén unidos como "uno solo" (v.5), y lo que Dios ha unido no puede separarlo el hombre, aunque se trate del mismo Moisés (v.6).

         El matrimonio, en efecto, no es sólo un contrato entre 2 personas humanas, sino que en él está implicada también la voluntad de Dios, inscrita en la complementariedad de los sexos. La voluntad de los esposos, por tanto, no basta para explicar el matrimonio, y la voluntad de Dios ha de formar parte inherente del mismo. El divorcio ignora el designio de una de las partes del matrimonio: la del Creador.

         En la 2ª parte del pasaje (vv.10-12) ocupan la escena Jesús y los discípulos. A éstos, que manifiestan su perplejidad y las dificultades que les plantea asumir una responsabilidad tan grave en el matrimonio, les responde Jesús poniéndolos en guardia. Sólo una responsabilidad mayor, la urgencia de difundir el Reino de los Cielos, hace laudable la renuncia al matrimonio.

         Lo que dice Jesús no lo comprenderán todos. No obstante, Jesús no dice "no todos pueden poner en práctica esto", sino "no todos pueden comprender esto" (v.11). Por eso, "quien pueda comprender, que lo haga" (v.12), sobre todo "aquellos a quienes Dios se lo concede" (v.11). Se trata de una inspiración interior concedida a los apóstoles y a aquellos que creen (Mt 11,25; 16,17).

Meditatio

         Dios tiene un proyecto respecto al hombre y la mujer: el proyecto del matrimonio. Es más, "¿no habéis leído que el Creador, desde el principio...?" y que "lo que Dios ha unido...".

         No nos unimos en matrimonio por instinto o elección personal, sino obedeciendo la voluntad de Dios. No somos nosotros quienes escogemos o nos unimos, sino que es él quien escoge, llama y nos une, y nosotros respondemos libremente a su llamada. Es difícil explicar cómo sucede esto, pero Dios se sirve de muchos factores o causas (los del cuerpo, los de las pulsiones interiores, los de los acontecimientos cotidianos...).

         Así las cosas, tanto el matrimonio como el celibato han de ser comprendidos como realidades cristianas, y tanto el uno como el otro sólo pueden ser comprendidos por aquellos a quienes se les ha concedido. Es difícil comprender el celibato, pues "no todos pueden comprender esto", sino "sólo aquellos a quienes Dios se lo concede". En definitiva, "quien pueda comprender, que lo haga".

         Los discípulos no comprenden las palabras de Jesús sobre el matrimonio, y ante su proyecto (que es el proyecto original de Dios) dicen: "Si tal es la situación, no tiene cuenta". En consecuencia, el matrimonio (y no sólo el celibato) es algo que hemos de comprender, como un abandono a la acción misteriosa del amor del Padre y del Hijo.

         El hombre y la mujer, para llevar a cabo su vocación, deben dejar ("a su padre y a su madre"; Gn 2,24) y realizar un éxodo. Dejan su soledad (pues "no es bueno que el hombre esté solo"; Gn 2,18) y su tierra de esclavitud, y al final de su camino encuentran a aquel o aquella que Dios les ha dispuesto como "ayuda adecuada" (Gn 2,18) para él.

         Ambos dejan y, de extraños como eran, y de solos como estaban, son conducidos a formar una intimidad más grande que cualquier otro vínculo. Se une a su pareja, y "los dos se hacen uno solo" (Gn 2,24). La unidad, la indisolubilidad, la fidelidad que sustancia esta unión, no son ley judía sino evangelio de Jesús.

         En este punto parece necesario intuir que Jesús quiere afirmar dos cosas. En 1º lugar, que el matrimonio está al servicio del Reino, el cual está tan por encima de todo y debe ser la única preocupación. En 2º lugar, que para ponerse al servicio del Reino es justo no sólo construir un matrimonio indisoluble, sino también abrazar el celibato.

Oratio

         Resultó difícil entonces, Señor, comprender lo que significaba casarse o vivir célibe. Lo fue para aquellos que estaban familiarizados con la Escritura y para tus mismos discípulos. Lo es para nosotros, que vivimos entre mil propuestas, bombardeados por tantos proyectos, apremiados por tantos expertos que pretenden tener la última palabra. Ahora, por fin, nos queda clara una cosa: que todo está bajo el signo de tu gracia, y tenemos necesidad de tu Espíritu.

         Envíalo sobre nuestras soledades y nuestros aislamientos, sobre nuestras clausuras y nuestros arraigos, sobre nuestros egoísmos. Envíalo como Espíritu de unidad y de fidelidad para que el yo se abra al , y cada uno se encuentre con el otro hasta hospedarse y recrearse recíprocamente en el amor. Envíalo a nuestras confusiones y oscuridades, a nuestro andar a tientas y a nuestro errar.

         Envíalo como Espíritu de luz para que introduzca la claridad en nuestros corazones y en nuestros sentimientos, en nuestras mentes y en nuestras fantasías, en nuestros pequeños y en nuestros grandes proyectos. Envíalo sobre nuestras perezas y sobre nuestras debilidades, sobre nuestros titubeos y sobre nuestros cambios de opinión.

         Envíalo como Espíritu de fortaleza que nos invita a partir, a arriesgar, a fiarnos los unos de los otros, a creer firmemente que tú eres el único que puede llevar a puerto un proyecto que es tuyo antes de ser nuestro.

Contemplatio

         Te alabamos y te damos gracias con todas nuestras fuerzas, oh Dios, por haber creado al hombre y a la mujer con dones diferentes, y por haber dispuesto que todos vivieran el pacto de amor contigo (algunos en el matrimonio, otros en el celibato).

         A cada uno le das una gracia según la medida del don de Cristo. Por eso, tanto casados como célibes, todos estamos dentro de un único y mismo amor, todos formamos una sola y misma humanidad, todos llevamos dones diferentes, todos estamos llamados a vivir en el amor y a dar testimonio del mismo.

         Gracias a tu don de amor, y siguiendo tu voluntad, oh Dios, el hombre y la mujer se unen hasta formar un solo cuerpo y una sola alma, obedeciendo al precepto del amor y viviendo en una fidelidad recíproca, dando testimonio del amor de Cristo por la Iglesia. De este modo, se convierten en evangelio para el mundo y en colaboradores del crecimiento de tu Reino en nuestros días.

         Por tu don de amor y según tu voluntad, oh Dios, hombres y mujeres aceptan vivir en el celibato para ser testigos de que tú eres el único amor que invita a servir a los hermanos en las mil formas que sólo tú sabes inventar. A través de ellos, tú anuncias que tu Reino viene ya y debe venir aún. Por tu don de amor y según tu voluntad, todos vivimos en la expectativa de la patria futura, cuando todos estaremos ante ti como ángeles del cielo.

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Estableceré contigo, esposa mía, una alianza eterna" (Ez 16,60).

Conclusio

         Oh esposos, que vuestra casa no sea nunca un apartamento, ese triste reino del egoísmo y de la soledad, reino de lo mío y de lo tuyo, cuando no una trinchera de lo mío contra lo tuyo. Que sea, más bien, principio de una vida universal, de una fraternidad y de esa amistad que hizo decir a los primeros discípulos: "Saludad a la Iglesia que está en la casa de María, madre de Marco".

         Intentad, pues, ser uno y ser como Dios. Repítase al infinito que no soy yo la imagen de Dios, ni tampoco lo eres tú, sino que lo somos tú y yo juntos, si nos amamos. La imagen de Dios es la pareja, esa entidad nueva que se asoma sobre la creación. No el hombre o la mujer, sino el hombre y la mujer.

         En ellos es donde Dios es la misma cópula de conjunción y de fusión. De hecho, la palabra juntos es la palabra más religiosa del mundo. No el hombre que domina a la mujer, no la mujer que se contrapone al hombre, sino que funden juntos la armonía libre y necesaria para marcar el comienzo de un mundo armonioso y pacífico.

         Amar procede sólo de Dios. Por eso, los hombres no conseguirán amarse nunca, si Dios no se convierte en la fuente de su amor. El amor es un milagro, un don que trasciende las mismas vidas. Nada vale más que la vida, pero una vida sólo puede ser arriesgada, ofrecida, y vivida, por amor. Sólo el amor es más grande que la vida. Se puede morir sólo por amor (cf. Turoldo, D; Amar, Milán 1995).

 Act: 14/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A