16 de Junio

Martes XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 16 junio 2026

Lectio

17 Después que Nabot hubo muerto, el Señor dirigió su palabra a Elías, el tesbita, diciendo: 18 "Ve al encuentro de Ajab, rey de Israel, en Samaria. Está en la viña de Nabot, y ha bajado para tomar posesión de ella. Le dirás: Has asesinado, y encima expropias. 19 Y añadirás: En el mismo lugar en el que los perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán también la tuya". 20 Ajab dijo a Elías: "¿Otra vez me has sorprendido, enemigo mío?". Elías respondió: "Te he sorprendido porque te has vendido y has ofendido con tu conducta al Señor. 21 Haré venir sobre ti la desgracia, barreré tu posteridad y no quedará un varón, ni esclavo ni libre, en Israel. 22 Trataré a tu familia como a la familia de Jeroboán (hijo de Nabat) y de Basá (hijo de Ajías), por haberme irritado y haber arrastrado a Israel a pecar. 23 También contra Jezabel dice el Señor: Los perros comerán a Jezabel en la heredad de Jezrael. 24 Cualquier pariente de Ajab que muera en la ciudad será devorado por los perros, y el que muera en el campo será comido por las aves del cielo". 25 Ciertamente, no hubo nadie que se vendiera como Ajab para ofender al Señor con su conducta, impulsado por su esposa Jezabel. 26 Se comportó de manera abominable, yendo tras los ídolos, como los amorreos que el Señor había expulsado de delante de los israelitas. 27 Cuando Ajab oyó esto, rasgó sus vestiduras, se vistió de sayal y ayunó. Dormía con el sayal y andaba abatido. 28 El Señor dijo a Elías, el tesbita: "¿Has visto cómo Ajab se ha humillado ante mí? 29 Por haberse humillado ante mí, no lo castigaré mientras viva, sino que castigaré a su familia en vida de su hijo" (1Re 21,17-29).

         Elías desarrolla con Ajab I de Israel, por encargo del Señor, el mismo papel de Natán con David. Dios venga (y lo hace a través de los profetas) la injusticia y defiende al oprimido. El orden quebrantado tiene que ser reparado, y Jezabel será la primera en pagar las consecuencias (2Re 9,30).

         Por muy férreo que pueda ser, el Principio de Retribución admite atenuantes en virtud del arrepentimiento del culpable y de la misericordia divina. Con todo, eso no es obstáculo para que, siguiendo la lógica del AT, se imponga de todos modos la reparación (2Re 9).

         El libro I de Reyes dedica los dos últimos capítulos a ilustrar las nuevas y desdichadas empresas bélicas de Ajab (a pesar de la opinión contraria del profeta Miqueas), así como la sórdida muerte del desventurado soberano (cuyas llagas fueron lamidas por los perros).

En aquel tiempo, 43 dijo Jesús a sus discípulos: "Habéis oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. 44 Pues bien, yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen. 45 De este modo seréis dignos hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos. 46 Si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen también eso los publicanos? 47 Y si saludáis sólo a vuestros hermanos ¿qué hacéis de más? ¿No hacen lo mismo los paganos? 48 Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,43-48).

         La 6ª antítesis de Jesús, respecto a la ley mosaica, tiene que ver con el mandamiento principal: el amor al prójimo (Lv 19,18). Cristo habla también del odio a los enemigos. Esta expresión no aparece en la Biblia, aunque sí en los últimos flecos del judaísmo: en Qumram, donde se mandaba "odiar a todos los hijos de las tinieblas" para "extender también a ellos el amor y la oración".

         Esto ("amar a los enemigos") es algo que hay que hacer a imitación del Padre celestial, de quien son hijos todos los hombres y todos deben reconocerse como hermanos. De este modo se convertirán en imitadores del Padre, imitando su perfección y su santidad (Lv 19,2).

         El pasaje paralelo de Lucas (Lc 6,36) nos dice en qué consiste la naturaleza de la perfección divina: en la misericordia. También aquí es preciso rebasar la medida (Mt 5,20), que esta vez hace referencia a los publicanos, los recaudadores de las tasas romanas (Mt 18,17; 21,32) y los paganos, ligados también ellos a un código absolutamente formal e interesado.

         En cuanto al saludo, sabemos que, en el mundo oriental, el saludo comporta mucho más que un simple intercambio de cumplidos, y es considerado como intercambio de paz.

         Mateo recupera los términos recompensa y mérito (Mt 5,12), que aparecen más veces en el capítulo siguiente (Mt 6,1.2.5.16), donde se afirma que el Padre mismo nos premiará abiertamente (Mt 6,4).

         Como es evidente, el comportamiento moral no va ligado a una visión retributiva, ni tiene que ver con ese "hago el bien para tener un premio por ello". Esta visión queda desmentida por el hecho de que el verbo está en presente ("¿qué recompensa merecéis?").

         El comportamiento del cristiano no es otra cosa que la libre respuesta a un don de la gracia, y en esa respuesta está incluido ya el premio, el don de la salvación.

Meditatio

         Afirma San Jerónimo que los preceptos del Sermón de la Montaña "han de ser juzgados con la inteligencia de los santos, y no con nuestra estupidez". Pues bien, si esto vale para todo el Sermón de la Montaña, con mayor razón se aplica al mandamiento del amor, que ha de ser un amor a ultranza. Como decía Tertuliano, "si amar a los amigos es cosa de todos, amar a los enemigos es cosa sólo de los cristianos".

         Jesús hubiera vivido y muerto en vano, sostiene Gandhi, "si no hubiéramos aprendido de él a regular nuestras vidas por la ley eterna del amor". Él nos quiere perfectos en un amor (en perfección moral, no metafísica) que debemos practicar con Dios y con el prójimo, aunque sea enemigo nuestro o nos persiga, tal como nos enseñó Jesús cuando perdonó a los mismos que le estaban crucificando.

         Pablo escribió a sus fieles lo siguiente: "Sobre el amor fraterno no tenéis necesidad de que os diga nada por escrito, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios a amaros los unos a los otros" (1 Tes 4,9). Según eso, ¿en qué medida se manifiesta en mi amor el amor de Dios? ¿Realizo un acto de amor hacia algún enemigo mío, depositando en su corazón el bálsamo de mi oración?

Oratio

         Señor Jesucristo, dulcísimo maestro de humildad y de paciencia, concédeme a mí, que soy el último de tus siervos, arraigarme en la humildad, considerarme inferior a los otros y merecedor de desprecio. Concédeme soportar con paciencia las aflicciones físicas y las dificultades materiales. Que esté dispuesto a afrontar males todavía mayores, y que sea capaz de salir al encuentro de quien me pide ayuda, ya sea para el cuerpo o para el alma.

         Concédeme amar, Señor, con el corazón, los labios y las obras, y no sólo a los amigos y a los enemigos, sino también a todos los que me persiguen. De este modo, por tu gracia, podré ser incluido entre tus hijos y figurar entre los elegidos.

         Señor Jesucristo, mientras que a los antiguos les prometiste bienes materiales, a nosotros nos aseguras bienes eternos, para que sobreabunde nuestra justicia. Concédeme irradiar en tu presencia y en la de los otros la luz de la palabra y de las obras, así como no abolir sino cumplir de manera sobreabundante tu ley.

         Guárdame de la ira y de ofender al prójimo, Señor, de modo que sea agradable ante ti la ofrenda del corazón, de los labios y de las buenas obras. Concédeme huir de la concupiscencia y de la mirada mala, y evitar todo juramento. Que al abstenerme de injuriar al prójimo, no tenga que provocar tus castigos, sino que siempre pueda complacerte en todo.

Contemplatio

         "Amad a vuestros enemigos". ¡He aquí dónde pone el Señor el coronamiento de todos los bienes! En efecto, él nos enseña a sufrir pacientemente una bofetada, a volver la otra mejilla, a soltar el manto, a añadir la túnica, a andar la milla a que nos fuerzan, y otra más por nuestra cuenta... y todo ello porque quiere que recibamos algo muy superior a todo eso. ¿Y qué hay superior a eso? Veámoslo.

         Superior a eso es que, a quien cometa desafueros contra nosotros, no le tengamos por enemigo. Superior a eso es que le amemos (y no sólo no le aborrezcamos). Superior a eso es que le hagamos el bien (y no sólo no le hagamos daño).

         Si atentamente examinamos las palabras del Señor, aún descubriremos algo más subido que todo lo dicho. En concreto, no nos mandó Cristo amar a quienes nos aborrecen, sino también rogar por ellos. ¡Mirad por cuántos escalones ha ido subiendo y cómo termina por colocarnos en la cúspide de la virtud! Contémoslos de abajo arriba.

         El 1º escalón es que no hagamos por nuestra cuenta mal a nadie. El 2º es que, si a nosotros se nos hace, no volvamos mal por mal. El 3º es no hacer a quien nos haya perjudicado lo mismo que a nosotros se nos hizo. El 4º es ofrecerse uno mismo para sufrir. El 5º es dar más de lo que el ofensor pide de nosotros. El 6º es no aborrecer a quien todo eso hace. El 7º es amarle. El 8º es hacerle beneficios. El 9º es rogar a Dios por él. ¡He aquí una cima filosófica! De ahí también el espléndido premio que se le promete.

         Como el precepto es tan grande, y pide un alma tan generosa y un esfuerzo tan levantado, también el galardón es tal como a ninguno de sus anteriores mandatos lo propuso el Señor. Aquí ya no habla él de poseer la tierra (como se promete a los mansos), ni de alcanzar consuelo y misericordia (como los que lloran y los misericordiosos), ni del reino de los cielos, sino de algo más sublime que todo eso y que bien puede hacernos estremecer.

         En concreto, se nos promete ser semejantes a Dios, que es cuanto cabe que sean los hombres. Estas son sus palabras: "A fin de que seáis semejantes a vuestro Padre, que está en los cielos" (cf. San Juan Crisóstomo, Comentario de Mateo, XVIII, 3).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Sed perfectos en el amor, como vuestro Padre celestial" (Mt 5,48).

Conclusio

         Para amar a los que nos aman, para saludar a los que nos saludan, no tenemos necesidad de creer en ninguna religión, ni tenemos necesidad de poner a Dios en medio, pues es algo humano que hacen todos.

         Dado que el amor a los enemigos es tan poco humano, y supera la medida del hombre normal, precisamente por eso muestra Jesús, como ninguna otra exigencia del NT, que aquí tenemos delante algo no humano, sino divino.

         Se trata de algo que se encuentra también en las restantes antítesis del Sermón de la Montaña, pero que aquí (en la antítesis del amor al enemigo) podemos captar del mejor modo posible: la soberanía de Dios. No es que con el amor a los enemigos consigamos realizar el reino de Dios.

         Con nuestras fuerzas no somos capaces de amar al enemigo, sino que esto es un regalo de la soberanía de Dios antes de cualquier iniciativa nuestra, y esto nos libera y nos hace capaces de amar al enemigo.

         Si la soberanía de Dios nos libera para que amemos al enemigo, para que le amemos de verdad (con todo lo que esto significa y comporta), entonces resulta verdaderamente claro que la soberanía de Dios ha irrumpido entre nosotros, y lo que significa de verdad la soberanía de Dios, y qué comporta ser hijos de aquél a quien llamamos, y es, nuestro Padre celestial.

         Amad a vuestros enemigos, jugaos el todo por el todo, amadlos con corazón indiviso, tratadlos con amor creativo (cf. Venetz, H. J; El Discurso de la Montaña, Brescia 1990, p. 90).

 Act: 16/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A