20 de Junio

Sábado XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 20 junio 2026

Lectio

17 Muerto Yoyadá, los jefes de Judá vinieron a rendir homenaje al rey, y éste siguió sus consejos. 18 Abandonaron el templo del Señor, Dios de sus antepasados, y se pasaron al culto idolátrico. Esto provocó la ira divina sobre Judá y Jerusalén. 19 El Señor les envió profetas para ver si se volvían a él, pero no hicieron caso a sus advertencias. 20 El sacerdote Zacarías, hijo de Yoyadá, movido por el espíritu de Dios, se presentó al pueblo y le dijo: "¿Por qué transgredís los mandamientos del Señor? Nada conseguiréis. Habéis abandonado al Señor, y él os abandonará a vosotros". 21 Ellos se conjuraron contra Zacarías y, por orden del rey, le apedrearon en el atrio del templo del Señor. 22 El rey Joás olvidó la lealtad de Yoyadá, padre de Zacarías, y mandó matar a su hijo, que dijo al morir: "Que el Señor lo vea y te pida cuentas". 23 Pasado un año, el ejército de Siria atacó a Joás, penetró en Judá y Jerusalén, mató a todos los jefes del pueblo y llevó todo su botín al rey de Damasco. 24 El ejército invasor era poco numeroso, pero el Señor entregó en sus manos un ejército mucho mayor, porque habían abandonado al Señor, el Dios de sus antepasados. Así dieron su merecido a un Joás que, 25 al retirarse el ejército sirio, quedó gravemente herido. Sus súbditos conspiraron contra él para vengar la muerte del hijo del sacerdote Yoyadá, y lo mataron en su lecho. Murió y lo enterraron en la ciudad de David, pero no en el panteón real (2Cro 24,17-25).

         Las vicisitudes de los dos reinos hebreos, el Reino del Norte y el Reino del Sur, hasta la caída de Samaría (ca. 721 a.C), preludio de la caída de Jerusalén (ca. 587 a.C), son recuperadas en clave teológica por el libro II de Crónicas, y completan los relatos del libro II de Reyes (2Re 12-16).

         Muerto el sumo sacerdote Yoyadá, vengador del yahvismo, el rey Joás, consagrado por él, cede a las tendencias sincretistas de los "jefes de Judá", de suerte que recae en la idolatría.

         La requisitoria del profeta Zacarías fue en vano, y lo mataron para vengarse. Esto trajo consigo el castigo divino, siempre siguiendo el riguroso Principio de Retribución, que se expresa en la invasión siria y en la muerte del rey.

En aquel tiempo, 24 Jesús dijo a sus discípulos: "Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y al otro no le hará caso. No podéis servir a Dios y al dinero. 25 Por eso os digo: No andéis preocupados pensando qué vais a comer o a beber para sustentaros, o con qué vestido vais a cubrir vuestro cuerpo. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? 26 Fijaos en las aves del cielo. Ni siembran ni siegan ni recogen en graneros, y sin embargo vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? 27 ¿Quién de vosotros, por más que se preocupe, puede añadir una sola hora a su vida? 28 Y del vestido, ¿por qué os preocupáis? Fijaos cómo crecen los lirios del campo. No se afanan ni hilan, 29 y sin embargo os digo que ni Salomón, en todo su esplendor, se vistió como uno de ellos. 30 Si a la hierba que hoy está en el campo, y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿qué no hará con vosotros, hombres de poca fe? 31 Así pues, no os inquietéis diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? 32 Ésas son las cosas por las que se preocupan los paganos. Ya sabe vuestro Padre celestial que las necesitáis. 33 Buscad el reino de Dios y su justicia, y Dios os dará lo demás. 34 No andéis preocupados por el día de mañana, porque el mañana ya traerá su propia preocupación. A cada día le basta su propio afán" (Mt 6,24-34).

         La última sección del cap. 6 de Mateo pone de relieve la alternativa frente a la que se encuentra el cristiano ante su propio amo: Dios o el dinero (el original cita la palabra aramea mammón). La palabra mammón incluye la idea de ganancia, dinero y los bienes del hombre, aunque también "la codicia con la que el hombre los busca y los posee", según San Ireneo de Lyon.

         Afanarse o "andar preocupado" (término que se repite 6 veces en el original griego) por los bienes materiales es señal de "poca fe", una denuncia que se repite con frecuencia en la pluma de Mateo (Mt 8,26; 14,31; 16,8; 17,20) para indicar la escasa confianza en el poder y en la providencia divina.

         La martilleante invitación a que no andemos preocupados es justificada con una serie de alusiones a las criaturas animales y vegetales. A este respecto, "debemos entender estas palabras en su sentido más sencillo", observa San Jerónimo, que apostilla: "Si las aves del cielo, que hoy son y mañana dejan de existir, son alimentadas por la providencia de Dios, con mayor razón lo son los hombres, a quienes ha sido prometida la eternidad".

         La expresión "reino y su justicia" constituye un endíadis, y ambos términos están al servicio del cumplimiento de la voluntad divina (el fundamento del Reino). El "buscad ante todo" parece sugerir el Principio de Jerarquización de las necesidades y bienes. En él, en el 1º puesto deben estar los espirituales, que dan el sentido y su justo valor a los materiales (los cuales vendrán por añadidura).

         Esta promesa se cumple en la comunidad de los hermanos, que multiplica los bienes (milagro moral bosquejado en la multiplicación de los panes), puesto que todos renuncian a todo y no les falta nada. Más aún, los bienes están puestos como algo conforme a la voluntad del Padre, y anticipan el tiempo en el que se extenderá el reino de Dios sobre toda la tierra.

         Ésa es la perspectiva del evangelio. Por ello, el tiempo presente y la victoria del Reino no es algo virtual, sino lo que posibilita que muchos busquen apasionadamente el reino y la justicia de Dios, aún siendo mártires (Mc 10,30). Por tanto, esta perspectiva no debe proyectar sombra sobre la magna y confiada verdad aquí anunciada: "Dios os dará lo demás".

Meditatio

         "Una cosa es poseer riquezas y otra ser siervo de las mismas", señala San Juan Crisóstomo. En efecto, "quien es siervo de las riquezas queda prisionero de ellas, y quien se ha sacudido el yugo de esta servidumbre las distribuye como hace un dueño", apostilla San Jerónimo.

         El Señor quiere que nos abandonemos confiados a su providencia, y "si bien nos prohíbe pensar en el futuro al precio del afán, nos permite pensar en el presente", y "si nos promete los grandes bienes, no dejará de asegurarnos los inferiores". Son palabras de San Jerónimo. Más aún, Jesús nos garantiza que estos últimos nos serán dados por añadidura, con tal que dediquemos todas nuestras fuerzas a la consecución del Reino. Por eso se nos ha dicho que lo busquemos ante todo.

         El reino de Dios es el mismo Cristo, a quien acogemos en la eucaristía, en la que "se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia" (cf. Vaticano II, Presbyterorum Ordinis, 5). Desde el mismo momento en que se dice "Dios os dará lo demás", se distingue entre lo que se da y lo que se añade.

         Nuestra aspiración debe dirigirse, en efecto, hacia las realidades eternas, mientras que las temporales nos son dadas para nuestras necesidades. Estas últimas nos son dadas, mientras que las primeras serán añadidas de manera sobreabundante. Sin embargo, se da con frecuencia que "los hombres piden bienes temporales y no buscan los premios eternos. Piden muchas cosas añadidas, pero no las buscan allí donde nos serán dadas", como recuerda San Gregorio Magno.

         Hagamos emerger los afanes y solicitudes que se agitan en nuestro ánimo. ¿Cuáles son sus motivaciones? ¿Cuáles resultan devastadoras para mí y para los otros?

Oratio

         Señor Jesucristo, concédeme no atesorar en la tierra recompensas terrenas, sino hazme buscar en el cielo los merecidos premios. Puesto que nadie puede servir a dos amos, y dado que ambos servicios se excluirían recíprocamente, libérame del dominio y de la servidumbre del mundo, de la carne y del demonio, de suerte que pueda dirigir la mirada a la contemplación de las cosas celestiales.

         Añade a mi estatura natural un codo de gracia (en la vida presente) y de gloria (en la vida futura). Haz que atienda a los lirios del campo (los fieles de la Iglesia revestidos con el candor de las virtudes), en vez de mirar a la maleza (de los ricos del mundo) que será echada al horno de la gehena. Concédeme buscar ante todo el reino de Dios y su justicia, de modo que, a través de una práctica virtuosa en el mundo presente, alcance el reino celestial (cf. Landulfo de Sajonia).

Contemplatio

         Según el pasaje presente, no nos daña la riqueza porque Dios arme a los ladrones contra nosotros, sino porque entenebrece nuestra inteligencia, nos aparta del servicio de Dios y nos hace esclavos de las cosas insensibles.

         De doble manera nos perjudica: haciéndonos esclavos (de lo que debiéramos ser señores) y apartándonos del servicio de Dios (a quien por encima de todo servir). Ya nos había indicado el Señor un doble daño: el poner nuestros tesoros donde la polilla los destruye, y no ponerlos donde la custodia sería inviolable. En el caso presente, señala el doble perjuicio que de la riqueza nos viene: apartarnos de Dios y someternos al dinero.

         Despreciar la riqueza no es sólo una salvaguarda para el alma, o la adquisición de la filosofía, o seguridad para la piedad, sino que es conveniente y posible. Por eso prosigue el Señor diciendo: "No os preocupéis" (cf. Juan Crisóstomo, Comentario de Mateo, XXI, 1).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Buscad ante todo el reino de Dios" (Mt 6,33).

Conclusio

         La inquietud es cosa de los paganos que no creen, confían en su fuerza y no en Dios. Todo el que se preocupa es pagano, porque no sabe que el Padre lo conoce todo y quiere hacer por sí mismo lo que no espera de Dios. En cambio, para el que sigue a Jesús la frase válida es: "Buscad primero el reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura".

         La inquietud por el alimento y el vestido está lejos de ser inquietud por el reino de Dios, como si el cumplimiento de nuestro trabajo por nosotros y nuestra familia, o como si nuestra inquietud por el pan y la vivienda, constituyesen la búsqueda del reino de Dios, y esta búsqueda sólo se realizase en medio de tales inquietudes.

         El seguidor de Jesús, después de una larga vida de discípulo, responderá a la pregunta: "¿Os ha faltado algo alguna vez?", diciendo: "Nunca, Señor". ¿Cómo podría faltarle algo a quien, en el hambre y la desnudez, la persecución y el peligro, está seguro de la comunión con Jesucristo? (cf. Bonhoeffer, D; El Precio de la Gracia, Salamanca 1999, pp. 117-118).

 Act: 20/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A