3 de Agosto
Lunes XVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 3 agosto 2026
Lectio
1 Al comienzo del reinado del rey Sedecías de Judá, el mes 5 del año 4 de su reinado, 2 el profeta Jananías, hijo de Azur, natural de Gabaón, dijo en el templo del Señor, en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo: "Así dice el Señor todopoderoso: Yo he roto el yugo del rey de Babilonia. 3 Dentro de dos años haré volver a este lugar todos los enseres del templo del Señor que Nabucodonosor, rey de Babilonia, se llevó a Babilonia. 4 También haré volver a Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, y a todos los judíos que fueron deportados a Babilonia. Sí, yo romperé el yugo del rey de Babilonia". 5 En respuesta, el profeta Jeremías dijo al profeta Jananías, en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo que estaba en el templo del Señor: "¡Así sea! 6 ¡Ojalá cumpla el Señor tu oráculo y haga volver desde Babilonia a este lugar todos los enseres del templo del Señor y a todos los desterrados! 7 Sin embargo, escucha bien la palabra que pronuncio ante ti y ante todo el pueblo. 8 Los profetas auténticos profetizaron ya desde antiguo, a muchos países y a reinos poderosos, la guerra, el hambre y la peste. 9 El profeta que anuncia la paz sólo será reconocido como profeta verdadero, y enviado por el Señor, cuando se cumpla su palabra". 10 Entonces Jananías quitó el yugo del cuello de Jeremías y lo rompió, 11 y dijo en presencia de todo el pueblo: "Así dice el Señor: Así romperé yo dentro de dos años el yugo de Nabucodonosor, rey de Babilonia, quitándolo del cuello de todas las naciones". El profeta Jeremías se fue. 12 Algún tiempo después de que Jananías rompiera el yugo, 13 el Señor habló así a Jeremías: "Ve a decir a Jananías: Así dice el Señor: Has roto un yugo de madera, pero yo lo sustituiré por uno de hierro. 14 Pues bien, yo voy a poner un yugo de hierro al cuello de todas estas naciones para someterlas a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y quedarán sometidas a él. También le entrego las bestias del campo". 15 Tras esto, el profeta Jeremías dijo al profeta Jananías: "Jananías, el Señor no te ha enviado, y tú has hecho que este pueblo se apoye en la mentira. 16 Por eso, así dice el Señor: Te haré desaparecer de la faz de la tierra, y este mismo año morirás por haber predicado la rebelión contra el Señor". 17 Aquel año, en el mes 7, murió el profeta Jananías (Jer 28,1-17).
El episodio que se narra en este fragmento tomado de Jeremías, que probablemente tengamos que situar hacia el año 593 a.C, plantea la cuestión del discernimiento entre la verdadera y la falsa profecía. Nabucodonosor II de Babilonia había exiliado a Babilonia a un grupo de judíos, junto con su rey Jeconías (Joaquín), y había saqueado el templo de Jerusalén (2Re 24,10).
El falso profeta Jananías predice la liberación de los deportados, y también la restitución de los enseres del templo. Para apoyar su oráculo, lleva a cabo una acción simbólica: romper el yugo que Jeremías se había puesto en el cuello como signo de la pesada dominación a la que Babilonia había sometido a Judá (v.10; Jer 27).
Jeremías recuerda a Jananías y a los presentes que una profecía sólo es auténtica cuando se cumple (vv.7-9; Dt 18,21). Y por su parte, espera que Dios le hable. A pesar de que también él desea un futuro de libertad y de paz (v.6), no puede dejar de ser fiel a aquella palabra que le ha seducido, que le hace arder por dentro con una fuerza irresistible y que anuncia desventuras y castigos (Jer 20,7-9).
Jeremías, dócil instrumento en manos de Dios, proclama la verdadera palabra de Dios, aunque resulte impopular. En concreto, anuncia que Babilonia aumentará su dominio, sin que Judá tenga la posibilidad de sustraerse del mismo (vv.12-14). El castigo que le espera al falso profeta Jananías será inexorable e inminente (v.15; Dt 18,20). Su muerte atestiguará la autenticidad de la profecía de Jeremías (v.17).
13 Al enterarse de lo sucedido, Jesús se retiró de allí en una barca a un lugar tranquilo, para estar a solas. La gente se dio cuenta y lo siguió a pie desde los pueblos. 14 Cuando Jesús desembarcó, y vio aquel gran gentío, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos que traían. 15 Al anochecer, sus discípulos se acercaron a decirle: "El lugar está despoblado y es ya tarde. Despide a la gente para que vayan a las aldeas y se compren comida". 16 Jesús les dijo: "No necesitan marcharse. Dadles vosotros de comer". 17 Le dijeron: "No tenemos aquí más que 5 panes y 2 peces". 18 Él les dijo: "Traédmelos aquí". 19 Después de mandar que la gente se sentase en la hierba, tomó los 5 panes y los 2 peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, se los dio a los discípulos y éstos a la gente. 20 Comieron todos hasta hartarse, y recogieron 12 canastos llenos de los trozos sobrantes. 21 Los que comieron eran unos 5.000 hombres, sin contar mujeres y niños (Mt 14,13-21).
La noticia de la decapitación de Juan el Bautista sugiere a Jesús alejarse de la gente (v.13) y huir del presumible intento de matarle también a él, pues ya también él era objeto de conjura por parte de los fariseos (Mt 12,14). Sin embargo, Jesús no abandona la misión que el Padre le ha confiado (Jn 10,10), y atiende amorosamente la petición de gestos de salvación por parte de la muchedumbre (vv.13-14).
El amor de Jesús cura la enfermedad y sacia el hambre. Con todo, quiere tener necesidad de la disponibilidad de los discípulos, a la hora de entregarse a sí mismos y todo lo que poseen (v.16).
El relato de los 5 panes que, después de haber sido bendecidos y partidos, calma el hambre de 5.000 personas (v.21), anticipa la institución de la eucaristía (Mt 26,26). Los discípulos serán sus ministros, y distribuirán a los otros el pan que Jesús les ha dado a ellos (v.19).
Por la oración de Eliseo, con 20 panes fue saciada el hambre de 100 personas, y aún sobró (2Re 4,42-44). Del mismo modo, y aún más significativamente, aparecen aquí 12 cestas repletas con las sobras de la comida milagrosa (v.20).
Meditatio
Jeremías habla de verdaderos y falsos profetas. Dado que todos debemos ser profetas verdaderos, y puesto que todos pertenecemos a un pueblo profético, ¿cómo hemos de proceder para llegar a ser verdaderos profetas?
No resulta fácil ser profetas verdaderos, porque es preciso decir palabras que desagradan y al mismo tiempo salvan. Las palabras que salvan pueden molestar, o ser consideradas anacrónicas, apocalípticas, inoportunas, exageradas e incluso descalificadas, en virtud de un mecanismo instintivo de defensa.
El verdadero profeta es una persona libre, interiormente libre. Es una persona a la que no le preocupan las audiencias, sino la fidelidad a Dios. Es una persona que se construye a diario sobre Dios, que se compara de manera prioritaria con su palabra y está preocupado por no traicionarla.
El profeta se va construyendo lentamente, porque él mismo debe pasar de los condicionamientos de este mundo a la fidelidad a Dios. Debe realizar en sí mismo ese trabajoso camino que le lleva a ver las cosas con los ojos de Dios. Ha de hacerlo "con gran temor y temblor", y su manera de pensar ha de sobreponerse o hacer de pantalla al modo de pensar de Dios.
Dios necesita un pueblo profético para hacer oír su palabra en la historia complicada de este mundo, atareado en perderse por senderos que no llevan a ninguna parte.
Oratio
¡Cuántas palabras, Dios mío! Me quedo trastornado en medio de tanto rebote de voces que me alcanzan e intentan imponerse. A veces ni siquiera consigo distinguir las palabras llenas de significado de las que están vacías, envueltas en la nada. ¿Cómo reconocer las palabras que engendran vida, y cómo distinguirlas con claridad de aquellas que la extinguen?
Dentro de mí mismo, Señor, tu palabra se me presenta como una entre tantas, y la confundo, y no capto su sonido y su eco profundo. ¿Qué palabras digo, entonces, Dios mío? ¿Jirones de cosas ya oídas? Así es como me encuentro, como un repetidor de cosas que se dan por descontado, de frases hechas o que estén de moda.
Tú te hiciste palabra por nosotros, Señor, y yo estoy llamado a hacerme palabra por los demás. Por eso no quiero ser un conjunto de sonidos, sino una palabra que entrega a sí misma. Que yo obtenga de ti el coraje de ser para mis hermanos esa palabra que los alimenta, que sacia el deseo de verdad y da sentido.
Contemplatio
¡Oh Dios mío, dulzura inefable, convierte en amargura todo consuelo carnal que me aparte del amor de las cosas eternas, lisonjeándome torpemente con la vista de bienes temporales que deleitan!
Que no me venza, Dios mío, la carne y la sangre. Que no me engañe el mundo y su breve gloria. Que no me derribe el demonio y su astucia. Dame fortaleza para resistir, paciencia para sufrir, constancia para perseverar. No me des las consolaciones del mundo, sino la suavísima unción de tu espíritu. En lugar del amor carnal, infúndeme el amor de tu nombre.
Tú me dices: Hijo, conviene que lo des todo por el todo, y no dejes nada para ti mismo. Entiende que el amor de ti mismo te daña más que ninguna cosa del mundo. Según fuere el amor y afición que tienes a las cosas, estarás más o menos ligado a ellas. Si tu amor fuere sencillo y bien ordenado, no serás esclavo de ninguna. No codicies lo que no te conviene tener, no quieras tener lo que te puede impedir y quitar la libertad interior (cf. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, XXVI,3-XXVII,1).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Habla, Señor, y yo anunciaré tu palabra" (Jer 28,12).
Conclusio
La experiencia gradual de Dios fue, para la Iglesia de los orígenes, el camino de una libertad cada vez mayor. Para mí, la vía de la mística es el auténtico camino hacia la libertad.
Por el camino místico nos tropezamos, en primer lugar, con nuestra verdad personal. Y sólo la verdad nos hará libres. Descubrimos aquí los modelos de vida de los que somos prisioneros, esos modelos ilusorios que distorsionan la realidad y a causa de los cuales nos hacemos mal. Cuanto más nos acercamos a Dios, con mayor claridad reconocemos la verdad y libres nos veremos de ellos.
Todos anhelamos la libertad, pero la verdadera libertad no consiste en liberarse de una soberanía externa sino en la libertad interior, el dominio del mundo, la ausencia de constricciones interiores y exteriores.
La libertad constituye un aspecto esencial del mensaje cristiano, y todo camino espiritual auténtico debe conducir a la libertad interior. Esto es así, porque la experiencia de Dios y la experiencia de la libertad están intrínsecamente conectadas (cf. Grun, A; Portarse Bien con Uno Mismo, Salamanca 1999, p. 9).
Act:
03/08/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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