4 de Agosto

Martes XVIII ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 4 agosto 2026

Lectio

12 El Señor dirigió esta palabra a Jeremías: "Tu herida es incurable, y no puede sanar tu llaga. 13 Nadie se ocupa de ti, ni busca un remedio para tus úlceras. 14 Todos tus amantes te han olvidado, y ya no se preocupan de ti. Te olvidan porque yo te he herido como si fueras un enemigo. El castigo ha sido cruel, a causa de tu gran maldad y de tus muchos pecados. 15 ¿Por qué te quejas de tus heridas? Tu dolor es incurable, pero con él te he curado de tu gran maldad y de tus muchos pecados. 18 Yo restauraré las tiendas de Jacod, y tendré piedad de sus moradas. La ciudad será reconstruida en su colina, y el palacio se asentará en el lugar que le corresponde. 19 Saldrán de ellos cantos de alabanza y gritos de alborozo. Multiplicaré este pueblo y lo ensalzaré, no menguará y no será humillado. 20 Sus hijos serán tan poderosos como antaño, su asamblea será estable ante mí y yo castigaré a todos sus opresores. 21 De entre ellos surgirá su jefe, de en medio de ellos saldrá su soberano. Le mandaré venir, y él se acercará a mí, pues ¿quién arriesgaría su vida acercándose a mí? 22 Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios" (Jer 30,12-15.18-22).

         El pasaje presente está tomado del Libro de la Consolación, compuesto por los cap. 30-31 del libro de Jeremías. Se trata de una colección de oráculos que se remontan al 1º período de la actividad del profeta, que estuvieron dirigidos al Reino de Israel y que más tarde fueron conocidos en el Reino de Judá.

         Jeremías muestra el valor educativo del sufrimiento que aflige al pueblo (vv.12-15), obligado al exilio y a la dominación extranjera durante 100 años. Y explica que la aplicación de la Ley del Talión, al pueblo infiel, y según la doctrina de la retribución temporal, tendrá un efecto purificador.

         Jeremías explica a Israel que no son las naciones extranjeras donde encontrará el favor (v.14), sino en ese Dios que cuida de él y le asegura la restauración. Ésta última aparece descrita en los vv. 18-21, como efecto de la compasión de Dios (v.18).

         Las imágenes a las que recurre el profeta evocan una ciudad en fiesta. Los edificios, antes arrasados, son reconstruidos (v.18), y sus numerosos habitantes son honrados por Dios y temidos por los otros pueblos (v.19). A la cabeza de la nación habrá un rey israelita adepto a Dios ( Dt 17,15). 

         En este oráculo puede entreverse la esperanza de Jeremías en la reunificación del pueblo elegido y en su recuperación de la plena soberanía. La fórmula de la Alianza (v.22) sella la recobrada libertad, en la fidelidad a Dios auspiciada por el profeta.

Después de haber saciado a la gente, 22 Jesús mandó a sus discípulos que subieran a la barca y que fueran delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. 23 Después de despedirla, subió al monte para orar a solas. Al llegar la noche estaba allí solo. 24 La barca, que estaba ya muy lejos de la orilla, era sacudida por las olas, porque el viento era contrario. 25 Al final ya de la noche, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago. 26 Los discípulos, al verlo caminar sobre el lago, se asustaron y decían: "Es un fantasma". Se pusieron a gritar de miedo, 27 pero Jesús les dijo en seguida: "¡Ánimo, soy yo, no temáis!". 28 Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas". 29 Jesús le dijo: "Ven". Pedro saltó de la barca y, andando sobre las aguas, iba hacia Jesús. 30 Al ver la violencia del viento, Pedro se asustó, y cuando empezaba a hundirse gritó: "¡Señor, sálvame!". 31 Jesús le tendió la mano, lo agarró y le dijo: "Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?". 32 Subieron a la barca, y el viento se calmó. 33 Los que estaban en ella se postraron ante Jesús, diciendo: "Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios". 34 Terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret. 35 Al reconocerlo los hombres del lugar, propagaron la noticia por toda aquella comarca y le trajeron todos los enfermos. 36 Le suplicaban que les dejara tocar siquiera la orla de su manto, y todos los que la tocaban quedaban sanos (Mt 14,22-36).

         El relato de la tempestad calmada por Jesús ha sido colocado por Mateo en el contexto de unos episodios orientados específicamente a la formación del grupo de los discípulos (Mt 14,13-16,20), que preceden al magno Discurso Eclesiológico (Mt 18). De ahí que haya que apreciar en él un peculiar carácter eclesiológico.

         Mateo había narrado ya una tempestad calmada (Mt 8,23-27), que había sorprendido a los discípulos mientras dormía el Maestro. De aquel relato se había desprendido el carácter excepcional de la autoridad de Jesús, la pregunta por su identidad y la necesidad de la fe para poder seguirle.

         En el caso presente, la tempestad se desencadena cuando la barca se encuentra en medio del lago, y mientras Jesús está separado de los discípulos y orando en soledad (v.22). Su llegada milagrosa engendra en ellos turbación y miedo (v.26). Sin embargo, sus palabras de ánimo les tranquilizan (v.27) y animan a Pedro a imitar a su Maestro caminando sobre las olas (v.28).

         Con en la 1ª tempestad calmada, también en esta 2ª se hace necesaria otra intervención de Jesús, a fin de que la fe vacilante del discípulo pueda apoyarse totalmente en Aquel que es el único que da la salvación (v.30). Por la misma experiencia de salvación han de pasar todos aquellos que entren en contacto con Jesús (vv.34-36).

         Esta experiencia manifiesta la verdadera identidad del Salvador ("verdaderamente, tú eres Hijo de Dios"; v.32), al igual que sucedió en la 1ª tempestad calmada.

Meditatio

         Yehoshúa (nombre hebreo de Jesús, en arameo simplificado Yeshúa) significa "Yahveh salva" o Dios Salvador. Él, el Hijo de Dios, proclama y realiza la voluntad del Padre: que todos los hombres se salven.

         La salvación que Dios nos ofrece es una salvación concreta e histórica, comienzo de la vida eterna y la comunión con él, en una experiencia inexpresable de amor, alegría y fiesta sin fin. Esto nos hace invulnerables contra los distintos tipos de sufrimientos que marcan la vida humana, en virtud de su naturaleza limitada, frágil, herida por el pecado y amenazada por la angustia.

         En nuestro acontecer terreno suele ser más frecuente para nosotros la ausencia que la presencia de Dios, y en el mejor de los casos lo dejamos en una presencia ineficaz. Es más, a él recurrimos como si se tratara de un mercader de soluciones fáciles e inmediatas para salir de la angustia. A veces, incluso, con ritos convencionales y ciertos usos de las antiguas religiones mistéricas.

         Estamos tan acostumbrados a los sucedáneos de Dios, que ya no sabemos reconocerle a él mismo. Más aún, Dios nos desorienta porque no le conocemos como él se da a conocer. Nos espanta porque fácilmente queremos verlo según nuestra imaginación y no tal como él se muestra a nosotros.

         En medio del remolino que supone la imposibilidad de encontrar vías de conocimiento, podemos hacer nuestro el grito de Pedro ("Señor, sálvame"), y tener la esperanza cierta de oírnos repetir lo que somos: "gente de poca fe", siempre dispuesta a dudar. Reconozcamos, por lo menos, que Jesús es el salvador, y nadie más. Ya habrá mejores momentos para un encuentro decisivo con él, en lo íntimo y profundo de nuestro ser.

Oratio

         ¿Por qué dudo? Porque tu presencia, Jesús, me resulta incomprensible, tu venida no pasa por los senderos de mis lógicas y no te veo allí donde tú estás. Te quisiera a mi medida, quisiera que fueras alguien que resuelve mis desgracias, un antídoto contra los infortunios y las posibles calamidades.

         ¿Por qué dudo, Señor? Porque tu salvación abarca mi humanidad, y la transfigura a tu semejanza divina, y me produce vértigo. Si sigues apoyándome, Señor, también yo podré confiarme a tu mano. Que pase junto a ti, a través de las oleadas del tiempo, a la dulcísima quietud de la eternidad.

Contemplatio

         El justo "está en manos de Dios", y milagrosamente hasta sus mismos pecados le ayudan a hacerse mejor. ¿Acaso no nos ayudan a mejorar nuestras caídas, y nos disponen a ser más humildes y atentos? ¿No sucede acaso como si la mano de Dios fuera la que levanta a los que tropiezan?

         En este sentido, el alma de quien tiene fe puede repetir: "Tú eres mi apoyo". Dios se muestra dispuesto a socorrer a quien está cayendo, y no cesa de ayudar a cada individuo que lo ha invocado (cf. San Bernardo, Comentario del Salmo 90, XLIX).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Tú te compadeces de tu pueblo, Señor" (Jer 30,18).

Conclusio

         Sé que dependo de un ser trascendente cuyo nombre no conozco. Lo llamo Dios, pero en realidad es para mí lo insondable e inigualable. Las férreas leyes de la naturaleza, o la belleza del cosmos, no pueden ser explicadas por las cualidades de la materia, y numerosas realidades se sustraen a nuestra experiencia. Esto es lo desconocido, que tan sólo podemos imaginar a través del modelo de lo que ya conocemos, generando así más dudas e incredulidad.

         Sólo si nos insertamos en un orden superior, o si nos inclinamos frente a aquello que no sabemos explicar, y reconocemos que no estamos en condiciones de descifrarlo, comprendemos la lógica del Creador y podremos configurar nuestra vida sin amarguras, resignación ni nihilismo (cf. Raudive, Z. M; Migajas de Vida y Esperanza, Milán 1992, p. 86).

 Act: 04/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A