27 de Julio
Lunes XVII Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 27 julio 2026
Lectio
1 El Señor me dijo: "Vete a comprar una faja de lino y póntela en la cintura, pero no la laves". 2 Yo compré la faja, como me había dicho el Señor, y me la puse en la cintura. 4 De nuevo el Señor me dijo: "Toma la faja que has comprado y que llevas puesta, vete al Eúfrates y escóndela allí en la grieta de una roca". 5 Yo fui y la escondí junto al Éufrates, como el Señor me había mandado. 6 Mucho tiempo después, el Señor me dijo: "Vete al Eúfrates a buscar la faja que yo te mandé esconder allí". 7 Yo fui al Eúfrates, y tomé la faja del lugar donde la había escondido. La faja estaba ya podrida y no servía para nada. 9 Entonces el Señor me habló así: "De la misma manera, yo voy a deshacer el orgullo de Judá y la gran soberbia de Jerusalén. 10 Este pueblo malvado, que se niega a obedecer mis mandatos, que hace caso a su corazón obstinado, y que va tras otros dioses para darles culto y postrarse ante ellos, quedará como esa faja que ya no sirve para nada. 11 Como la faja se ciñe a la cintura del hombre, así me había ceñido yo a Israel y a Judá. Me lo ceñí para que fuese mi pueblo, mi renombre, mi alabanza y mi adorno, pero no me han hecho caso" (Jer 13,1-2.4-7.9-11).
La palabra del Señor conduce hoy a Jeremías a realizar una acción simbólica. Las acciones del profeta, típicas del profetismo, e incluso su misma vida, se convierten en mensaje dirigido a los presentes, a cada uno en particular e incluso, en ocasiones, al mismo profeta.
La reacción que tales acciones suscitan son, por lo general, de escarnio, desprecio e incomprensión. El profeta interviene entonces explicitando el mensaje o interpretando el acontecimiento, que según los casos contiene un aviso, una amenaza o un deseo.
En este pasaje se le pide a Jeremías que compre una faja de lino, que se la ponga varios días y la esconda después en la grieta de una roca del río (vv.1-5). El mensaje queda ilustrado por la siguiente comparación. Así como la faja se ciñe al cuerpo de quien se la pone, así también Israel estaba llamado a adherirse al Señor, respondiendo de manera positiva a la alianza con la que el Señor se había ligado antes a él.
Puesto que el pueblo ha contravenido la Alianza, no escuchando la Palabra del Señor, siguiendo sus propias ideas y hasta dedicándose a la idolatría, ha faltado a su vocación, ha dejado de cumplir el servicio para el que Dios lo había elegido y se ha convertido, como una faja podrida, en algo que ya no sirve para nada (vv.10-11).
En aquel tiempo, 31 Jesús les propuso una parábola: "Se parece el reino de los cielos a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. 32 Es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece se hace mayor que las hortalizas y que un árbol, hasta el punto de que las aves del cielo pueden anidar en sus ramas". 33 Les dijo también otra parábola: "Se parece el reino de los cielos a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta". 34 Jesús expuso todas estas cosas a la gente por medio de parábolas, y nada les decía sin utilizar parábolas, 35 para que se cumpliera lo anunciado por el profeta: "Hablaré por medio de parábolas, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo" (Mt 13,31-35).
Con las parábolas del grano de mostaza y de la levadura pretende añadir Jesús otros elementos a la comprensión del misterio del reino de Dios. Ya ha hablado de la oposición que encuentra este Reino (Mt 13,3-7), y puesto en guardia contra la impaciencia de los que pretendan eliminar de inmediato los obstáculos (Mt 13,27-30). En el caso presente, pone de relieve el contraste entre sus inicios (bien modestos) y desarrollo (extraordinariamente grande).
Así como la semilla pequeña tiene en sí una energía capaz de hacerla germinar hasta convertirla en un árbol de notables proporciones (vv.31-32), así también se dilatará el reino de Dios, aunque en sus inicios parezca destinado a la derrota.
Así como la fuerza irresistible de un poco de levadura hace fermentar una gran cantidad de harina (v.33), así también la palabra de Dios, recibida en el corazón del hombre, le abre a la verdad. De esta manera, y escondidos entre la gente, los cristianos de todos los tiempos se convierten en portadores del alegre anuncio y en testigos del amor de Dios por todo el mundo.
Con las palabras del salmista, Mateo da una respuesta ulterior a la pregunta del porqué de las parábolas. Con ellas no se pretende ocultar, sino ayudar a penetrar, de manera profunda, el misterio de Dios y de su Reino (vv.34-35).
Meditatio
Nuestro tiempo, que contempla el predominio del hombre económico, está escandido por el ritmo frenético e implacable de la eficiencia, de una productividad que debe ser eficaz a cualquier precio. Parece imposible sustraerse a esta lógica.
La palabra del Señor nos propone una lógica diferente, para leer al hombre y su vida terrena. Dios está presente en el corazón de la realidad, puesto que es su Creador. San Pablo dirá que ni quien planta ni quien riega es determinante para el resultado final, y que sólo lo es Dios, que es quien da el crecimiento a la semilla y más tarde a la planta (1Cor 3,7).
Dios, lejos de invitarnos a una inactividad fatalista, nos proporciona el criterio del compromiso, exhortándonos a la confianza en él y a la esperanza. El hombre es verdaderamente tal si se adhiere a Dios, si responde con todo su ser al amor de Dios.
La dignidad, el valor del hombre para Dios, se basa en el ser y no en el tener o hacer. ¿Y para nosotros? ¿No nos arriesgamos muchas veces a dejarnos deslumbrar por las luces del éxito mundano y la publicidad sistemática, por la que nos dejamos arrastrar tras aquel que hace más ruido?
La palabra de Dios, y su incidencia en la historia, parece destinada al fracaso. De hecho, a veces parece que el testimonio de los cristianos se presenta como un fenómeno de una minoría ilusa. Cuando eso sucede, es el momento de renovar nuestra fe en el poder del Espíritu Santo y nuestro compromiso en la adhesión a su inspiración.
Oratio
La fiebre del protagonismo hace presa en todos, oh Señor. Tampoco yo, en mi pequeñez, me siento inmune a ella. Te agradezco que me hagas comprender que soy necesario pero no indispensable. A veces, las mismas circunstancias de la vida me obligan a rebelarme, cuando no veo reconocido mi valor, ése que, a menudo, yo considero superior al de los otros.
Te doy gracias por repetirme que sólo en comunión contigo, oh fuerza mía, lo puedo todo (Flp 4,13) y participo en el milagro de producir resultados grandiosos, diferentes a los que podemos leer en los balances industriales de final de ejercicio, pero cuyos frutos nutren el ser de manera profunda. Necesito que me lo recuerden, para aprender esa verdadera sabiduría que me hace vivir como si todo dependiera de ti.
Contemplatio
Por nosotros mismos, somos ramas secas, inútiles, infructuosas e incapaces de pensar cosa alguna por nosotros mismos. Toda nuestra capacidad viene de Dios, que nos ha hecho idóneos para el servicio y capaces de cumplir su voluntad.
Nuestras obras, como un pequeño grano de mostaza, no son en modo alguno comparables al árbol de la gloria que producen. Sin embargo, tienen la fuerza y la virtud para producirlo, porque proceden del Espíritu Santo y su admirable infusión de gracia en nuestros corazones.
Dios nos deja a nosotros todo el mérito, y nosotros le dejamos a él todo el honor y alabanza, reconociendo que el inicio, el progreso y el remate de todo bien que llevemos a cabo depende de su misericordia. Nosotros le damos la gloria de nuestras alabanzas, y él nos da la gloria de su alegría (cf. San Francisco de Sales, Tratado del Amor de Dios, Milán 1989, p. 788).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Dios escoge lo que es pequeño" (Mt 13,31).
Conclusio
Hace algún tiempo me sucedió un episodio que me afectó en lo profundo del alma. Estaba en Roma, esperaba el autobús en la parada que se encuentra frente a la Iglesia San Juan de Letrán, y mi madre estaba conmigo.
Se me acercó una señora muy anciana, vestida con un pequeño abrigo negro y ya lustroso, por el uso inveterado al que había sido sometido. Caminaba a pequeños pasos, con la típica rigidez senil del tronco, de la cabeza y de las manos. Me preguntó si quería comprar una protección de hilo de algodón rojo de ganchillo, de esas que sirven para coger ollas y cazuelas sin quemarse.
Cogido así, de improviso, dije que no me interesaba. Entonces la viejecita se alejó sin insistir y sin dirigirse a nadie más. Me arrepentí de inmediato, porque comprendí que lo importante no era que yo tuviera necesidad de esa protección, sino que ella tuviera necesidad de venderlas a fin de poder ganar algo.
Intercambié una mirada con mi madre, que la alcanzó enseguida y le preguntó a cuánto las vendía. "A mil liras la pieza", respondió, añadiendo: "Las he hecho yo misma a mano, con 92 años". Mi madre le dijo: "Le compro las cinco que lleva", y abrió el monedero. La viejecita miró a mi madre con una sonrisa cansada, y sin decir nada se alejó con su andar tranquilo.
Esta escena la he repensado dentro de mí muchas veces. La viejecita ya se había alejado, y ¿qué otra cosa nos convenció, sino su pequeñez? Esta es la cuestión: que hay fuerza en el ser pequeño, una fuerza que no le es propia y que le viene por añadido. Alguien se la ha puesto dentro, alguien que la posee.
No es cuestión de perderse en muchas averiguaciones, Señor, porque sólo hay uno que pueda poseer tal fuerza: tú. Tú la pusiste en la humildad de aquella viejecita, y en el corazón de quien la vio y sintió. Esta es la única fuerza que ha existido siempre, que existe y que existirá siempre: la fuerza de tu amor (cf. Marchesini, A; Pequeño como una Semilla, Bolonia 1993).
Act:
27/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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