1 de Agosto

Sábado XVII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 1 agosto 2026

Lectio

En aquellos días, 11 los sacerdotes y los profetas dijeron a los jefes y a todo el pueblo: "Este hombre es reo de muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como habéis escuchado con vuestros propios oídos". 12 Jeremías dijo a todos los jefes y al pueblo: "El Señor me ha enviado a profetizar contra este templo y contra esta ciudad todo lo que habéis oído. 13 Así que enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, obedeced al Señor y el Señor se arrepentirá del castigo con el que os ha amenazado. 14 En cuanto a mí, estoy en vuestras manos. Haced de mí lo que os parezca bueno y justo, 15 pero sabed que, si me matáis, seréis responsables de la muerte de un inocente, vosotros, esta ciudad y sus habitantes, porque realmente el Señor me ha mandado a que os anuncie todas estas cosas". 16 Los jefes y el pueblo entero dijeron a los sacerdotes y a los profetas: "Este hombre no es reo de muerte, porque nos ha hablado en nombre del Señor nuestro Dios". 24 A Jeremías lo protegió Ajicán, hijo de Safán, y por eso no lo entregaron en manos del pueblo para que lo mataran (Jer 26,11-16.24).

         Este fragmento es continuación del leído ayer, y presenta la reacción a la vigorosa advertencia pronunciada por el profeta Jeremías contra el pueblo judío, a la entrada del templo de Jerusalén.

         Las autoridades religiosas denuncian a Jeremías ante los jefes y ante el pueblo, acusándole de profetizar la destrucción del templo y de Jerusalén, ambos santos por ser morada de Dios. Anunciar su final era pronunciar, por tanto, una blasfemia merecedora de la sentencia a muerte (v.11).

         Jeremías reivindica en su defensa el mandato recibido del Señor (v.12). Con todo, precisa que el centro de su mensaje no es la destrucción de Jerusalén y de su templo, sino la conversión del pueblo. Eso es lo que desea el Señor, y a su obtención se dirige la amenaza del castigo. Si la advertencia consigue el efecto esperado, no será llevado a cabo la amenaza (v.13). Jeremías sabe que es, en verdad, profeta de Dios.

         Los jefes religiosos y políticos se abstienen de "condenar a muerte a un inocente", cuya sangre pesaría sobre su conciencia como una culpa ulterior que no quedaría sin castigo (v.14). El fragmento litúrgico concluye con el v. 24, en el que se indica que Jeremías salvó la vida gracias a la protección que le otorgó un personaje dotado de autoridad frente a los jefes del pueblo.

1 Por entonces, el tetrarca Herodes oyó hablar de Jesús, 2 y dijo a sus cortesanos: "Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él los poderes milagrosos". 3 Y es que Herodes había detenido a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo. 4 En efecto, Juan le decía: "No te es lícito tenerla por mujer". 5 Aunque quería matarlo, Herodes tuvo miedo al pueblo, que lo tenía por profeta. 6 Un día que se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en público y agradó tanto a Herodes 7 que éste juró darle lo que pidiese. 8 Ella, azuzada por su madre, le dijo: "Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista". 9 El rey se entristeció, pero por no romper el juramento que había hecho ante los comensales, mandó que se la dieran, 10 enviando emisarios a que cortaran la cabeza a Juan en la cárcel. 11 Trajeron la cabeza en una bandeja, se la dieron a la muchacha y ella se la llevó a su madre. 12 Después vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver, lo sepultaron y fueron a contárselo a Jesús (Mt 14,1-12).

         Después de contar cómo rechazaron a Jesús sus paisanos de Nazaret, inserta el evangelista el relato del martirio de Juan el Bautista, tomando como motivo la reacción de Herodes II de Judea (Herodes Antipas) al oír hablar de Jesús y de sus obras (v.l).

         Herodes, a quien los romanos le habían reconocido la jurisdicción sobre Galilea y Perea, había decretado el arresto y la posterior decapitación del Bautista, a causa de la fuerte denuncia que éste hacía del pecado del tetrarca. Herodes, en efecto, había repudiado a su consorte, tomando como mujer a la esposa de su hermano (vv.3-5).

         La intransigente llamada de Juan el Bautista, a la observancia de la ley moral, se había vuelto insoportable para la pareja adúltera.

         Si bien la voluntad homicida de Herodes estaba frenada por el temor a una sublevación popular (según Marcos, añadida a cierta estima que el tetrarca alimentaba por el Bautista; Mc 6,20), no ocurría lo mismo con Herodías. Por eso, cuando Herodes le juró a la hija de ésta darle lo que le pidiera, Herodías consiguió que le entregara la cabeza de Juan (vv.6-11).

         La muerte del Bautista, cuya noticia llevaron a Jesús los discípulos de aquél (v.12), es el último eslabón de una cadena de acontecimientos que ha llevado a cabo Juan, en su misión de precursor. Jesús comprende que está llamado a recorrer el mismo camino.

Meditatio

         En los discursos de despedida que siguieron a la Última Cena, Jesús declaró: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6). Por otra parte, Jesús es la verdad desconocida y combatida por los que se dejan instigar por aquel que es "mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8,44).

         El que sigue a éste mentiroso no llega a la vida, sino a la muerte. Sin embargo, éste sigue teniendo miles de seguidores, a los que ha hecho creer que el éxito en el mundo depende de afiliarse a él (cuando realmente sucede lo contrario, pues afiliarse a él conduce al efecto contrario).

         En esta tesitura, el Mentiroso y sus secuaces van aplastando por el camino a los testigos de la verdad, a los que intentan hacer callar o incluso los recluyen en los lager (campos de concentración) de ayer y de hoy.

         Es una constante de la historia que la verdad provoca persecuciones, allí donde hay alguien que dice de modo claro y comprensible, con su vida y con sus palabras, la verdad. La verdad es incómoda, del mismo modo que es incómodo el amor, porque implica la renuncia a nuestros propios intereses egoístas y pide la apertura al otro.

         La palabra del Señor, una vez más, nos sirve de espejo. ¿En qué rostro nos reconocemos? ¿En el de Jeremías y en el de Juan el Bautista? ¿O en el de los corruptos Herodes y Herodías? Escuchemos, hoy, la voz del Señor, que es la voz de la verdad.

Oratio

         Perdona, Señor, mi poco coraje, similar al de aquel Pedro que negó conocerte. Me falta coraje cuando temo perder la compañía de alguien, o un mal entendido, o he de realizar acciones coherentes con ese evangelio que deseo vivir. En ciertos lugares, hasta me avergüenzo de declararme cristiano.

         Concédeme tu Espíritu de fortaleza, Señor, para que yo me deje calentar el corazón y encuentre en ti una alegría más fuerte que cualquier miedo. Haz también de mí un testigo de la verdad que tú eres.

Contemplatio

         Dichosos los que han sufrido como los profetas, aquellos que vivieron con pleno celo y censuraron a los que pecaban, expuestos a ser odiados y a las insidias, perseguidos y escarnecidos a causa de la justicia. Dichosos ellos, porque tuvieron a cambio una gran recompensa en los cielos, de manos de Aquel que decidió padecer como ellos.

         Al igual que los profetas, es preciso que aquel que vive con celo la vida profética, y ha sido capaz de acoger al Espíritu que habitaba en los profetas, reciba desprecio en el mundo y entre los pecadores, a quienes resulta embarazosa la vida del justo (cf. Orígenes, Comentario de Mateo, Roma 1998, p. 141).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Sigue enviando, Señor, profetas a tu Iglesia".

Conclusio

         Para los que se han especializado en el arte de descubrir el lado bueno en cada criatura, ninguna es sólo maldad. Para los que se han especializado en el arte de descubrir el alma de verdad que hay en cada ideología, la inteligencia no es capaz de adherirse al error total.

         No has de temer a la verdad, aunque pueda parecerte dura y herirte de muerte. Sobre todo, si es auténtica. Has nacido para ella. Si intentas encontrarla, o si dialogas con ella y si la amas, no hay mejor amiga ni hermana mejor.

         ¡Hasta el fondo, no te detengas! Es una gracia divina empezar bien, pero es una gracia mayor continuar por el buen camino y mantener el ritmo. La gracia de las gracias es no perderse, resistir y no abandonar el rumbo cuando a uno lo desgarran a jirones o a pedazos. ¡Hasta el fondo! (cf. Cámara, C; El desierto es fértil, Salamanca 1986).

 Act: 01/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A