21 de Julio

Martes XVI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 21 julio 2026

Lectio

14 Pastorea a tu pueblo, Señor, con tu cayado. Pastorea al rebaño de tu heredad, que vive solitario entre malezas y matorrales silvestres. Que pazca como antaño, en Basán y en Galaad. 15 Como cuando salimos de Egipto, Señor, haznos ver tus maravillas. 18 ¿Qué Dios hay como tú, Señor, que absuelve del pecado y perdona la culpa al resto de su heredad? ¿Qué Dios hay que no apure por siempre su ira, y se complace en ser bueno? 19 Tú te compadecerás de nuevo de nosotros, sepultarás nuestras culpas y arrojarás al fondo del mar nuestros pecados. 20 Así manifestaste tu fidelidad a Jacob y tu amor a Abraham, como prometiste a nuestros antepasados desde los días de antaño (Miq 7,14-15.18-20).

         Este pasaje constituye la conclusión del libro de Miqueas, pero se remonta al período post-exílico. El pueblo vuelve a Israel desde Babilonia, por supuesto, pero lo encuentra inhóspito y muy diferente a lo anhelado por los oráculos proféticos, que habían sostenido la esperanza en un retorno glorioso de los exiliados.

         A los repatriados les han dejado las zonas menos fértiles y más inaccesibles, mientras que los pueblos vecinos ocupan lo mejor del territorio que en el pasado había pertenecido a Israel. De ahí la invitación dirigida a Yahveh para que, como pastor, conduzca al pueblo (su rebaño) a "mejores pastos", como cuando los guió desde la esclavitud de Egipto a la Tierra Prometida, y allí sí que obró signos maravillosos.

         La nueva evocación de las mirabilia Dei del Exodo conduce de nuevo al acontecimiento de la Alianza, que hizo conocer a Israel el amor del Señor y su propia identidad de pueblo de Dios. Eso es precisamente lo que los repatriados de Babilonia necesitan encontrar y experimentar de nuevo.

         El pasaje concluye alabando la misericordia de Dios, que perdona las culpas con facilidad (v.18) y se ha dado a conocer como "lento a la ira y rico en benevolencia" (Ex 34,6).

         El Dios del Exodo se había manifestado como alguien que gozaba dispensando dones a los hombres y no buscando su castigo, sino su conversión al amor. Por eso está seguro el orante Miqueas de que Dios echará las culpas al fondo del mar (v.19), del mismo modo que serán precipitados al mar los enemigos del pueblo.

         La oración se vuelve explícita, y recuerda que Dios es fiel a la alianza estipulada en los tiempos antiguos con los patriarcas, y declarada válida y eficaz para las generaciones futuras (v.20).

46 Aún estaba Jesús hablando a la gente, cuando llegaron su madre y sus hermanos. Se habían quedado fuera y trataban de hablar con él. 47 Alguien le dijo: "Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que quieren hablar contigo". 48 Respondió Jesús al que se lo decía: "¿Quién es mi madre, quiénes son mis hermanos?". 49 Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: "Éstos son mi madre y mis hermanos. 50 El que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12,46-50).

         Jesús está hablando a la gente, cuando sus familiares se presentan para hablar con él. Aprovechando este hecho, Jesús plantea la cuestión de quiénes son sus parientes, y declara los nuevos vínculos de Dios: la escucha y la puesta en práctica de su palabra, y no la carne y la sangre (Jn 1,13)

         Los fariseos y los maestros de la ley, que no creen en Jesús, siguen emperrados en la búsqueda de un signo, y no se dan cuenta de que la realidad misma es la que se impone, y es mucho mayor que cualquier signo (Mt 12,38-42).

         Los discípulos, y en general todo aquel que escuchan su palabra, se abren a la comunión más profunda posible con Jesús, según la experiencia humana. Ésta es la que mantenemos con nuestra madre y nuestros consanguíneos.

         Jesús mismo es la Palabra, y quien la recibe llega a ser hijo del Padre. Hacer la voluntad del Padre es la condición que debe cumplir el hijo auténtico. De hecho, el propio Jesús no ha venido al mundo para hacer su voluntad, sino la del Padre que le ha enviado (Jn 6,38).

         Por último Jesús pone de relieve la grandeza de su madre María, que lo engendró según la carne cuando se hizo esclava de la voluntad del Padre, al decir: "Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices" (Lc 1,38).

Meditatio

         La maravilla más grande de Dios es que nos considere a nosotros "de su casa" y parte de su familia. Tal vez estemos demasiado habituados a esta verdad y dejemos perder sus implicaciones, como un muchacho al que le parece que le son debidas las atenciones de sus padres y sólo adelanta pretensiones.

         Dios es fiel a su don de amor, y nos ofrece en todo momento el perdón y la salvación. ¿Cómo nos situamos nosotros en la relación con él? Jesús dice que "quien cumple la voluntad del Padre" entra en comunión con él. Vale la pena preguntarse cuánto nos interesa la voluntad del Padre, y cómo intentamos conocerla.

         Es preciso que estemos atentos a no confundir la voluntad de Dios con nuestro punto de vista personal o nuestro propio modo de sentir. Dios nos ha dado a conocer su voluntad, comunicándonos su palabra.

         En Jesús, Dios nos ha dicho todo lo que quería decirnos. ¿Conocemos la Sagrada Escritura? ¿Cómo hacemos para conocer cada vez mejor esta carta de Dios a los hombres? Conocer implica hacer, luego ¿cómo hacemos para crecer en coherencia? ¿Examinamos nuestra vida a la luz de la palabra del Señor?

Oratio

         Cuando rezo con las palabras que Jesús me enseñó, oh Dios, repito "hágase tu voluntad", mas ¿me doy cuenta de verdad de que tú eres amor, y obras tu voluntad para salvación para todos?

         Tu voluntad me interpela poco, Señor, y tú sigues empeñado en implicarme en tu designio de salvación, y no como a un extraño sino como a un familiar. Confieso, Dios mío, mi indiferencia, y ni siquiera me doy cuenta de que soy "de los de tu casa". Perdona esta torpeza mía, ten piedad de mi mezquindad.

         El mayor prodigio que puedes realizar tú, mayor incluso que los que llevaste a cabo en el Exodo, es continuar llamando a mi puerta. Sigue haciéndolo, Señor, hasta que brote mi intimidad contigo, esa intimidad que colma cualquier abismo interior. Entonces, Dios mío, no encontraré nada más deseable que tu voluntad, exigente pero bella. Señor, ¿qué quieres que haga?

Contemplatio

         No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más bien sencillos, humildes y puros. No debemos desear estar sobre los otros, sino ser siervos y estar sometidos a toda criatura humana por amor a Dios.

         Sobre todos aquellos que se comporten de este modo, siempre que hagan tales cosas y perseveren en ellas hasta el final, reposará el Espíritu del Señor, y en ellos establecerá su habitación y morada. Ellos serán hijos del Padre celestial, y harán sus obras como esposos, hermanos y madres de Jesucristo.

         Somos esposos cuando el alma fiel se desposa con Jesucristo mediante la acción del Espíritu Santo. Somos hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo. Somos madres cuando lo llevamos en nuestro corazón con una conciencia pura y lo engendramos ejemplarmente ante los demás.

         ¡Oh, cuán glorioso y santo, consolador, bello y admirable es tener semejante Esposo! ¡Oh, cuán santo y delicioso, agradable y humilde, pacifico y suave, amable y deseable, y por encima de cualquier otra cosa, es tener tal hermano e hijo! (cf. San Francisco de Asís, Carta a los Fieles).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12,50).

Conclusio

         Entre las duras palabras que tienen sello de autenticidad, encontramos un episodio rara vez recordado, e insoportable para nuestra mentalidad moderna, y tal vez también para los espíritus antiguos. Es el siguiente.

         Los parientes de Jesús, tras enterarse de lo que estaba pasando, llegaron para llevárselo y decían: "¡Está loco!". Poco después, sobrevinieron su madre y sus hermanos, que lo mandaron llamar. Jesús respondió: "¿Quién es mi madre, quiénes son mis hermanos?".

         Para comprender este pasaje debemos recordar que Moisés había mandado condenar a muerte a los falsos profetas, y a los magos que hacían milagros. Además, en aquellos tiempos estaba admitida la responsabilidad colectiva, de suerte que los padres eran responsables si no denunciaban a su hijo como falso profeta.

         Desde estos presupuestos podemos comprender el comportamiento de los nazarenos y de los propios parientes de Jesús, como una asunción de la responsabilidad colectiva. De ahí que los hermanos de Jesús, llevando con ellos a María, le pidan que renuncie a su locura (es decir, a su misión).

         Jesús es abandonado por sus paisanos, y las autoridades han venido hasta su tierra para desarrollar una investigación. Sobre todo, lo más duro es que sus propios parientes quieren aislarlo, hacerlo pasar por un extravagante. Jesús sufre al ver que su misión no es comprendida por aquellos que le son más próximos, y por aquellos que, durante 30 años, le han visto vivir en un pueblo donde nada quedaba oculto.

         Jesús, posando la mirada sobre aquellos que estaban a su alrededor, dijo: "Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre".

         Nunca se ha negado la dureza de estas palabras. En realidad, equivalen a aquellas otras de San Juan al comienzo de su evangelio: "Vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron. A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios" (cf.  Guitton, J; Evangelio de Vida, Brescia 1978).

 Act: 21/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A