16 de Julio
Jueves XV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá,
16 julio 2026
Lectio
7 La senda del justo es recta, Señor, y tú allanas el sendero del justo. 8 Nosotros caminamos por la senda que marcan tus leyes, hemos puesto en ti, nuestra esperanza, ansiamos tu nombre y tu recuerdo. 9 Mi alma te ansía de noche, mi espíritu en mi interior madruga por ti, pues cuando tú gobiernas la tierra aprenden justicia los habitantes del orbe. 12 Señor, tú nos concederás la paz, y todo lo que hacemos eres tú quien lo realiza. 16 Señor, en la angustia acudieron a ti, cuando los castigaste susurraban una oración. 17 Como la embarazada se retuerce y grita de dolor al acercarse el parto, así nosotros ante ti, Señor. 18 Habíamos concebido, nos retorcimos de dolor y dimos a luz, pero eso era sólo viento. No trajimos salvación a la tierra, ni de nosotros nacieron habitantes al mundo. 19 Revivirán tus muertos, los cadáveres se levantarán, se despertarán jubilosos los habitantes del polvo, pues rocío de luz es tu rocío, y los muertos resurgirán de la tierra (Is 26,7-9.12.16-19).
La plegaria de hoy de la liturgia forma parte del Apocalipsis de Isaías, en el orden cronológico posterior a la profecía del Isaías histórico. Se trata de un bloque de capítulos (24-27) formado por liturgias proféticas, anuncios apocalípticos, cantos y plegarias de lamento y de acción de gracias.
El centro de atención está constituido por la ruina de la ciudad excelsa (cuya identificación resulta problemática) y por el juicio que pronuncia Dios sobre ella y sobre toda la tierra (en el que están implicadas todas las fuerzas de la naturaleza).
Entre los trastornos cósmicos y las perspectivas de la paz definitiva, Isaías invita al pueblo a que confíe en el Señor, que mantiene su promesa y cuida de los pobres y oprimidos. Del mismo modo que Dios devasta las ciudades paganas, haciendo impracticables sus caminos, también allana la senda de quien conforma la vida a sus preceptos (vv.7-8). Dios realiza sus grandes obras entre las naciones, a fin de que todos puedan conocerle y vivir según su voluntad.
La esperanza que Isaías pone en Yahveh alimenta el deseo de estar en comunión con aquel que le concederá (está seguro de ello) la plenitud de todos los bienes, y llevará a buen puerto las iniciativas emprendidas (vv.9.12). Esto mostrará la débil fe del pueblo, cuya oración está exenta de contenido y de fuerza vital (vv.16-18).
La intervención de Dios volverá a dar energía vivificadora a un pueblo de muertos, para una nueva existencia jubilosa (v.19). La esperanza que proclama Isaías es una esperanza cierta, expresión de la fe en aquél a quien sabe pertenecer.
En aquel tiempo 28 dijo Jesús: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. 29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. 30 Mi yugo es suave y mi carga es ligera" (Mt 11,28-30).
El canto de alabanza de hoy de Jesús anuncia la salvación a quienes acogen con estupor y admiración el amor del Padre.
Jesús acaba de hablar de la imposibilidad de conocer al Padre si no es por la revelación del Hijo. Y ahora él, el Hijo, invita a todos a ir a él, a entrar en comunión de vida con él y a acoger su amor. El Padre, fuente de reposo, satisfacerá todo deseo en el goce y en la paz.
Jesús, el único y verdadero Maestro, dirige a todos la invitación a hacerse discípulos, con urgencia y alegría. Jesús, Sabiduría del Padre que se revela a los sencillos, manifiesta el misterio del reino de Dios y anuncia que el amor es la plenitud de la ley (Rm 13,10; Gál 5,14). Por ello, convierte el amor en norma y mandamiento supremo (Jn 13,34; Mt 22,36-40).
El discípulo está invitado a ponerse junto a Jesús, a tomar su mismo yugo y a llevarlo haciendo suyo el mismo estilo de vida: el de los sencillos y humildes, el de los pobres y pequeños, que han comprendido el mandamiento nuevo de obediencia a Dios y servicio a los hermanos.
El yugo sigue siendo en sí pesado, pero llevarlo con Cristo es causa de suavidad. El amor reclama la fatigosa renuncia a nuestro propio instinto egoísta, y abre de par en par los horizontes de la vida verdadera, la vida misma de Dios.
Meditatio
Dios cuida de su pueblo, y quiere el bien para cada uno de sus hijos creados, amados y custodiados por él. La última palabra de Dios es vida y no muerte, como nos mostró al resucitar a Jesús.
Nuestra experiencia terrena es con frecuencia una experiencia de fatiga, de tener que cargar con pesos bajo los cuales nos abatimos, tanto físicos como interiores. Cada uno de nosotros se reconoce con facilidad entre los "fatigados y agobiados" a quienes Jesús invita a ir con él. O bien entre quienes gritan en la prueba, como los judíos de la profecía de Isaías.
Vale la pena preguntarse cómo vivimos las situaciones difíciles que llamamos pruebas, y cómo reaccionamos frente a lo que nos parece demasiado pesado o nos desorienta. ¿Tal vez nos limitamos a enfadarnos? Se trata de una reacción comprensible, pero corremos el riesgo de que nos haga sentir los dolores, para, a continuación, dar a luz "sólo viento", usando la imagen del profeta Isaías.
Si queremos caminar con el Señor, por las sendas que él en su bondad no deja de allanar, podremos cargar con su yugo, que es ligero porque lo llevamos con él y él mismo nos enseña a llevarlo con amor.
Las pruebas, las contrariedades, los sufrimientos... nos hacen mal y continúan haciéndolo, pero tienen un significado: que si vivimos sin cesar de amar, y de dar alegría y paz a los que están junto a nosotros, venceremos el mal con el bien, como hizo Jesús. Primero, en nosotros mismos, y a continuación en nuestro entorno. Nos convertiremos en sembradores de esperanza.
Oratio
Vengo a ti, Señor, cargado con la fatiga de mi jornada y con los pesos de los sufrimientos de los que viven junto a mí. Te encuentro cargado con la cruz y con todas las cruces construidas, tanto ayer como hoy, por la mezquindad y por el egoísmo de tantos.
Mírame, Señor, y cómo, a pesar de las apariencias y de cierto perfeccionismo religioso, y aun llenándome a menudo la boca con hermosas palabras, ni siquiera soy capaz de llevar con amor mi propio peso. A la invitación que hoy me diriges ("venid a mí"), responde tu oración en la cruz: "Padre, perdónalos".
Gracias, Jesús, por atraerme a ti con tanta suavidad. A mi vez, quisiera entregar suavidad, tratando de descubrir que con el amor todo peso se vuelve ligero.
Contemplatio
La humildad es la virtud de las virtudes, y es generosa y tranquila. Os la recomiendo, porque es la que también os recomienda nuestro Señor, cuando dice que aprendamos de él, que es "manso y humilde". Eso sí, hermanos, intentad que esta doble virtud sea verdadera virtud del corazón.
Animad de continuo vuestro valor con la humildad, y vuestra miseria y deseo de ser humildes animadlos con vuestra confianza en Dios, de suerte que vuestro valor sea humilde y vuestra humildad sea animosa. Permaneced alegremente humildes ante Dios, sed alegremente humildes ante el mundo (cf. San Francisco de Sales, Cartas Espirituales, Roma 1984, p. 967).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Jesús, sencillo y humilde de corazón, concédeme un corazón semejante al tuyo" (Mt 11,29).
Conclusio
Se ha llegado a decir que Jesús habría crecido frágil, se habría vuelto delicado y a partir de ahí se habría inclinado por la vida decadente, poniéndose de parte de los pobres, de los perseguidos yde los candidatos al sufrimiento y a la miseria.
Quien piense así basta con que abra los ojos y mire bien a Jesús. También basta con que no confunda la fuerza con el ardor y los puños, y sí descubra en ella esa fortaleza superior que tal vez tiene que ver con los estratos inferiores del ser.
"Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas" (Mt 11,28-29). Se trata del mismo misterio que las bienaventuranzas: el de la conciencia de dar la vuelta a lo que tiene valor en el mundo, para edificar lo que realmente cuenta.
Jesús no viene por el gusto de añadir un nuevo elemento a la serie de experiencias humanas realizadas hasta aquí. No, sino que Jesús aporta, desde la plenitud del cielo (reservada a Dios) una realidad santa, y trae al mundo sediento una corriente de vida desde el corazón de Dios.
Para tener parte en ella es necesario que el hombre deje el apego a la vida terrena y salga al encuentro de aquel que viene de lo alto. Es preciso superar la rancia y arraigada pretensión según la cual el mundo es la única realidad que cuenta y se basta de verdad a sí misma.
Se comprende de inmediato a quién le debe resultar particularmente difícil semejante renuncia: a aquellos que están bien situados en el mundo, a los poderosos, a aquellos que tienen parte en la grandeza y en la riqueza de la tierra. Los pobres, en cambio, son felices. No porque su estado sea en sí feliz, sino porque reconocen con mayor facilidad que hay algo además del mundo e, iluminados por su miseria, aspiran de una manera más expedita a eso otro (cf. Guardini, R; El Señor, Madrid 1965).
Act:
16/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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