14 de Julio
Martes XV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 14 julio 2026
Lectio
1 Reinando en Judá Ajaz (hijo de Jotán, hijo de Ozías), subieron a atacar Jerusalén el rey de Siria (Rasín) y el rey de Israel (Pecaj, hijo de Romelías), aunque no lograron conquistarla. 2 Comunicaron al heredero de David: "Los sirios acampan en Efraín". Temblaron el rey y su pueblo, como tiemblan los árboles del bosque sacudidos por el viento. 3 El Señor dijo a Isaías: "Sal con tu hijo Sear Yasub al encuentro de Ajaz. Cuando te encuentres con él al final del canal de la piscina de arriba, junto al camino del campo del batanero, 4 dile: No tengas miedo, ni te acobardes ante estos dos tizones humeantes, ante la ira ardiente de Rasín el Sirio, y del hijo de Romelías. 5 Cierto, Siria y Efraín han tramado tu ruina, diciendo: 6 Subamos contra Judá, que se asustará ante nosotros, y nosotros la conquistaremos y pondremos por rey al hijo de Tabel. 7 Eso no pasará, ni se llevará a cabo. 8 La capital de Siria es Damasco, y a la cabeza de Damasco está Rasín. La capital de Efraín es Samaría, y a la cabeza de Samaría está el hijo de Romelías. 9 Dentro de 65 años Efraín será aniquilado, y dejará de ser pueblo. Si no creéis, no subsistiréis" (Is 7,1-9).
Sobre el fondo de la guerra siro-efraimita, que opuso a los reyes de Israel y de Siria contra el rey de Judá, se abre con el cap. 7 de Isaías, el llamado Libro del Enmanuel. Enmanuel, o "Dios con nosotros", es el nombre del hijo anunciado a Ajaz, rey de Judá, como signo que garantiza la intervención salvífica de Yahveh, a pesar de la incredulidad del soberano y de los grandes del reino.
En torno a esta figura se agrupan los oráculos de los cap. 7-11, en los que se atribuye al hijo que ha de nacer prerrogativas que superan los confines de su historia contemporánea y lo elevan a símbolo e imagen del mesías que había de venir. Dios cumplirá su promesa y asegurará el futuro de la dinastía davídica. Al rey y al pueblo les corresponde esta adhesión de fe, condición indispensable para participar de la promesa misma.
Frente a la inminente amenaza de Israel y de Siria, que no perdonan a Judá su no participación en la coalición anti-asiria, el rey Ajaz dota a Jerusalén de defensas que puedan asegurarle la supervivencia en caso de asedio, pero también intenta aliarse con el más fuerte (precisamente Asiria).
El profeta va al encuentro del rey para recordarle que lo que cuenta y marca la diferencia no es tanto la estrategia política y militar como la fe en Dios (v.9), único auténtico soberano de Judá, a quien el profeta representa. El Señor garantiza la victoria sobre los dos reyes (de Siria e Israel), cuyo poder es comparable al de "dos tizones humeantes" (v.4).
En aquel tiempo, 20 Jesús se puso a increpar a las ciudades en las que había hecho la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido. 21 Decía: "¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados en vosotras, hace tiempo que, vestidas de saco y sentadas sobre ceniza, se habrían convertido. 22 Por eso el día del juicio será más llevadero para Tiro y Sidón que para vosotras. 23 Y tú, Cafarnaum, ¿piensas escalar el cielo? ¡Hasta el abismo te hundirás! Si en Sodoma se hubieran hecho los milagros realizados en ti, hoy seguiría en pie. 24 Por eso el día del juicio será más llevadero para Sodoma que para ti" (Mt 11,20-24).
El pasaje de hoy presenta 3 invectivas de sello profético, dirigidas por Jesús a algunas ciudades de Galilea. Corozaín, Betsaida y Cafarnaún constituyeron el 1º espacio operativo de Cristo, fueron espectadoras y beneficiarias de su actividad taumatúrgica y de su 1º anuncio del Reino (vv.21-23).
Sin embargo, Jesús las cita como prototipos de la "generación que se parece a los niños en las plazas". Es decir, como una generación caprichosa. Los niños citados, en vez de participar en el juego, se quedan sentados, como dice la parábola que precede al pasaje de hoy (Mt 11,16-19).
Los milagros que realiza Jesús no son fines en sí mismos, sino signos que levantan el velo sobre la verdadera identidad de aquel que los realiza. Son como acciones pedagógicas cuyo objetivo es la acogida de Jesús y de su mensaje en la fe ("convertirse y creer en el evangelio"; Mc 1,15).
Esto supone una disponibilidad radical, que germina en la conciencia de nuestra propia necesidad de ser salvados del mal. Por eso a las ciudades paganas y pecadoras, emblema de las cuales son Tiro, Sidón y Sodoma, se las considera potencialmente más dóciles para abrirse al anuncio del evangelio y a la consiguiente conversión.
Meditatio
Estamos inmersos en la historia que vivimos, y no podemos evitar hacer lo que podamos para obtener los resultados más ventajosos para nosotros en ella. A buen seguro, no tiene sentido que esperemos ayudas de lo alto que suplan la inhibición y nuestro carácter inoperante.
No raras veces nos sentimos impelidos hacia 2 actitudes extremas: el pragmatismo (completamente escéptico o indiferente, respecto al carácter incisivo de la fe en la historia) y el espiritualismo (que invoca a Dios para que resuelva nuestros problemas prácticos). Ninguna de las dos posiciones toma en serio a Dios en su verdad de Señor del tiempo y de la historia, y en su opción de confiar al hombre la suerte de la creación (Gn 1,28; 2,15).
La fe no suprime la perspicacia del análisis de lo que acaece. Más aún, permite ver con detenimiento y captar las consecuencias últimas de los fenómenos políticos, sociales, familiares... La fe no nos impide adquirir la necesaria competencia para tratar las cuestiones contingentes, sino que la anima con la confianza de que nada se ha de perder (ni siquiera las derrotas y los fracasos), dado que Dios es el salvador de todo lo que existe.
La fe ensancha el horizonte más allá de las apariencias, y permite reconocer la obra del Espíritu Santo, que guía al hombre hacia la plena revelación del Padre en Cristo. Abrirse a este reconocimiento es abrirse a la alegría, aun en medio de las dificultades y los sufrimientos que presenta la historia. Es alegría por la seguridad de que, incluso en la adversidad, el Señor está con nosotros, con tal de que nosotros no nos cerremos a los signos que revelan su presencia.
Oratio
Perdona, Señor, mi dureza de corazón, que no es tanto la de quien elige pasar de ti, sino el polémico carácter refractario de quien te quiere distinto, más evidente y menos embarazoso.
Perdóname, Padre, por sentirme escandalizado por tu modo de revelarte en la vida de Jesús y a través de la vida de la Iglesia y de los cristianos, incluyendo la mía. Mi vida está llena de contradicciones, de incoherencias, de fragilidad y de infidelidad.
Necesito hacerme sencillo y humilde para comprender algo de tu modo de manifestarte, o por lo menos para acoger con fe y respeto los signos de tu presencia, esos que tú mismo nos has indicado (el pan, la palabra, el hermano) y los tejidos en la trama de la historia. ¡Ven, Espíritu Santo, padre de los pobres, luz de los corazones!
Contemplatio
La más alta realización de la conducta cristiana consiste en humillar el propio corazón (aunque éste sea grande en las obras, en el desprecio a la vida) y expulsar la presunción con la ayuda del temor de Dios. De este modo, gozaremos de la promesa, y no en proporción a los esfuerzos realizados sino en proporción a la fe y al amor por ella.
Dada la grandeza de los dones, no es posible encontrar esfuerzos proporcionados. Sólo una gran fe, y una gran esperanza, están en condiciones de medir la recompensa prescindiendo de los esfuerzos. El fundamento de la fe está representado por la pobreza de espíritu y por el amor desmesurado por Dios (cf. Gregorio de Nisa, Fin, Profesión y Perfección, Roma 1996, p. 45).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Señor, creo en ti" (Is 7,9).
Conclusio
Es preciso recordar con vigor que la fe no se reduce a una relación con lo divino vivida casi exclusivamente en formas emotivas y compensatorias. No se cree porque, sino que se cree porque... Resulta difícil explicarlo, pues es cuestión de enamoramiento y ¿puede explicarse el amor?
Aquí se mide la diferencia que media entre la fe pequeña y la grande. Hoy en día no falta la fe, pero ésta es muy pequeña. Falta una fe grande, y por desgracia cada uno de nosotros cultiva una fe pequeña, que nos tranquiliza, remedia algunas de nuestras insuficiencias y colma algunos vacíos.
¿Dónde está esa gran fe que habla del fuego del Espíritu, del retorno de Cristo, de la cruz y de la resurrección? ¿Dónde están los verdaderos creyentes, los inquietos que, heridos y humillados por la conciencia del pecado y de la derrota, se ponen ante Dios con el peso de su vergüenza, convierten su sufrimiento en invocación y aman el sentido de la vida más que la vida misma? (cf. Pozzoli, L; Sopla donde Quiere, Milán 1997).
Act:
14/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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