17 de Julio
Viernes XV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 17 julio 2026
Lectio
1 Por aquel tiempo, Ezequías enfermó de muerte. El profeta Isaías, hijo de Amós, acudió a él y le dijo: "Arregla los asuntos de tu casa, porque vas a morir inmediatamente". 2 Ezequías se volvió contra la pared 3 y oró al Señor así: "Acuérdate, Señor, que he caminado fielmente en tu presencia, y que te he agradado con mi conducta, actuando con rectitud". Y rompió a llorar amargamente. 4 El Señor dijo a Isaías: "Ve y di a Ezequías 5: He escuchado tu oración y he visto tus lágrimas. Dentro de 3 días subirás a mi templo. Alargaré tu vida 15 años, 6 te libraré a ti y a esta ciudad del rey de Asiria y protegeré a esta ciudad". 21 Isaías dijo: "Traed una cataplasma de higos secos y aplicádsela a la llaga. Así sanará". 22 Ezequías preguntó: "¿Cuál es la señal de que subiré al templo del Señor?". 7 Isaías respondió: "Ésta es la señal que el Señor te da como prueba de que cumplirá su palabra: 8 retroceder 10 grados las marcas del reloj, la sombra que ya ha avanzado". Y el sol retrocedió 10 grados que ya había avanzado (Is 38,1-6.21-22.7-8).
Los cap. 36-39 de Isaías son un añadido posterior llevado a cabo tras el exilio de Babilonia. Los hechos que allí se narran se remontan a los últimos años del s. VIII a.C, durante el reinado de Ezequías, y están documentados desde el punto de vista histórico tanto por el libro II de Reyes como por textos asirios.
El pasaje que examinamos se sitúa en el contexto precedente al asedio que el rey asirio Senaquerib puso a Jerusalén, unos 15 años antes de la muerte del rey Ezequías.
El relato de la gravísima enfermedad que aqueja al rey, y su curación milagrosa mediante la intervención de Isaías, pone de relieve la actitud de confianza de Ezequías con Dios y con el profeta, que es reconocido por lo que es: portavoz de Yahveh. Por otra parte, emerge el prestigio de Isaías, y se exalta el poder que le viene de su fidelidad al mandato profético.
Ezequías reacciona al anuncio de su inminente muerte con una oración que, siguiendo el estilo de los salmos de súplica, apela a la misericordia de Dios. A él le presenta el rey su propia vida, una vida vivida con rectitud, rica en buenas obras. Por consiguiente, siguiendo la doctrina de la retribución temporal, ¿cómo es posible que esta vida sea tan breve?
La bondad de la oración del rey queda demostrada por el hecho de que es escuchada. Esa escucha se le hace saber por medio del profeta, según el cual Ezequías se curará y Jerusalén será liberada.
1 En una ocasión, iba Jesús caminando por los sembrados. Era sábado. Sus discípulos sintieron hambre, y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. 2 Los fariseos, al verlo, le dijeron: "¿Te das cuenta de que tus discípulos hacen algo que no está permitido en sábado?". 3 Jesús les respondió: "¿No habéis leído lo que hizo David, cuando sintió hambre él y sus compañeros? 4 Entró en el templo de Dios y comió los panes de la ofrenda, que ni a él ni a los suyos les estaba permitido comer, sino sólo a los sacerdotes. 5 ¿Tampoco habéis leído en la ley que en día de sábado los sacerdotes del templo pueden incumplir el precepto del sábado sin incurrir en culpa? 6 Pues yo os digo que hay aquí alguien más importante que el templo. 7 Si supierais lo que significa misericordia quiero y no sacrificios, no condenaríais a los inocentes. 8 El Hijo del hombre es señor del sábado" (Mt 12,1-8).
El evangelista Mateo cuenta en este pasaje una de las numerosas controversias entre Jesús y los fariseos respecto a la observancia del precepto sabático. La ley mosaica prescribía abstenerse de todo trabajo el día del sábado, aunque fuera particularmente urgente, como las labores del campo en tiempos de aradura y de cosecha (Ex 20,8-11; 31,12-17; 34,21; Lv 23,3; Dt 5,12-15).
La antigua institución del sábado, como día de reposo dedicado a Dios, que "descansó el día séptimo de todo lo que había hecho" (Gn 2,2), había tomado una gran importancia durante el exilio de Babilonia y en el período posterior, convirtiéndose en una ley férrea en el judaísmo hasta los tiempos de Jesús.
El precepto del sábado era vivido, al principio, como día de alegría para todos (hombres y animales, libres o esclavos), en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto. También era vivido como anticipación del reposo escatológico, en el que toda criatura participará del reposo de Dios (Hb 4,9-11).
No obstante, dicho precepto del sábado se había transformado en una casuística opresora, vinculante de lo que estaba permitido y lo que estaba prohibido, en torno a la cual divergían las diferentes escuelas rabínicas.
La afirmación de Jesús ("el Hijo del hombre es señor del sábado"; v. 8) tiene un alcance desconcertante. Para empezar, afirma que él tiene una autoridad superior a la de Moisés, en virtud de su relación especial con Dios (a quien se quiere honrar observando el precepto del sábado). Él y sólo él puede establecer lo que es lícito y lo que no lo es.
Jesús, revelador del amor del Padre, vuelve a situar al hombre en el centro del verdadero culto. Por ello, rendir honor a Dios no puede ser separado del estar atentos al hombre, a quien Dios ha creado y ama. En consecuencia, no puede haber conflicto entre la ley religiosa y las exigencias del amor.
La historia de Israel, dado que el carácter sagrado de los panes de la ofrenda no impidió a David y a sus hambrientos hombres alimentarse con ellos (vv.3-4), confirma la postura de Jesús.
El Dios misericordioso busca la misericordia y no el sacrificio, como mostrará Jesús curando al hombre de la mano atrofiada (Mt 12,9-13). Si los mismos sacerdotes deben infringir las normas del sábado para ejercer su ministerio (v.5), tanto más pasarán éstas a 2º plano frente a las exigencias del amor al hombre, signo imprescindible del amor y obediencia al Dios del amor.
Meditatio
Es fácil intentar encerrar a Dios en un conjunto de reglas religiosas prácticas, que nos pongan en paz la conciencia aquí en la tierra y nos aseguren la vida eterna en el más allá. Es fácil porque da seguridad y ofrece un criterio de juicio inmediato entre lo que es justo y lo que no lo es. Facilita también, por tanto, la aproximación a los otros, que pueden ser etiquetados como justos e injustos, o como buenos y malos.
Como en tiempos de Jesús, esta operación tiene mucho éxito también hoy, en una época en la que tenemos tanta necesidad de puntos de referencia ciertos y controlables, sin estar dispuestos a formarnos una conciencia ilustrada, capaz de discernimiento, para aprender a acoger a cada persona en su inconfundible unicidad.
Jesús recuerda a los fariseos, de ayer y de hoy, que Dios es misericordia, así como todo lo que se le ha atribuido, o tiene los signos característicos de la misericordia, o se le ha atribuido en falso.
La palabra de Dios, que siempre nos interpela de una manera personal, nos incita a proceder a una verificación. ¿Es Jesús mi Señor? ¿O me construyo una religión propia, con ídolos y fetiches que tal vez tienen una apariencia devota, pero expresan el carácter pagano de mi corazón?
Si nos las damos de señores de Dios y de su gracia, y si planteamos la relación con él y con el prójimo sobre la base de la medida de la ley, terminaremos por excluir a Dios de la vida, declarándonos señores de nosotros mismos y de los otros, y nos encontraremos en la desnudez y en la necesidad de escondernos como Adán y Eva (Gn 3,8-10).
El grito lleno de confianza del rey Ezequías nos sirve de ejemplo. Dios no se deja vencer en generosidad, y su misericordia rebosa sobre aquellos que confían en él y están dispuestos a dilatar su corazón a la medida del corazón de Dios.
Oratio
Me confío a ti, Señor, Dios misericordioso y fiel. Tú me has creado libre porque deseas mi amor, no mi sometimiento pasivo. Tú ves qué difícil me resulta vivir el don que me has dado.
La libertad del amor me da miedo, y muchas veces prefiero encerrarme en los angostos espacios de una ley sin corazón, desde cuyo interior emito graves sentencias sobre mis hermanos y me siento poderoso.
Me confío a ti, Señor, Dios misericordioso y fiel. Enséñame a olvidar mi despiadada justicia para hacerme un poco más semejante a ti y ser sacramento de tu misericordia, para los hermanos y hermanas que me des.
Contemplatio
El pueblo infiel, que abandonó los preceptos divinos porque se consideraba rico con aquella ley que no era más que sombra de los bienes futuros, y que hizo un mal uso de las riquezas adquiridas, fue arrancado de la tierra de los seres vivos, desarraigado y expulsado del sagrado tabernáculo.
Israel se consideraba demasiado fuerte, puesto que confiaba en las vanidades humanas, en la gloria de su poder, en el oro del templo, en los preceptos de los hombres, según lo que había dicho el profeta: "Me veneran sin razón, enseñando doctrinas y preceptos humanos". Por eso sustituyeron la ley de Dios por una costumbre terrena, que ultrajaba a Dios (cf. San Hilario de Poitiers, Tratado del Salmo 51, Roma 1998, p. 159).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Tú quieres misericordia, oh Señor" (Mt 12,7).
Conclusio
Jesús, a causa de su amor por los hombres, está en lucha con los fariseos. ¿Qué quieren los fariseos? ¿Beneficios de todo tipo? Sí, y prodigios. Más que buenas acciones, ellos quieren obras estrepitosas, que impresionen a su inteligencia sin tender a la conversión de sus corazones.
Los fariseos intentan sustituir el amor de Jesús, que apela a sus posibilidades de generosidad y de amor, por un compromiso entre dos egoísmos. Es decir, que Jesús acepte emprender una carrera gloriosa, y que renuncie a acechar sus comodidades.
La vivacidad de las reacciones del Maestro se debe al hecho de que las malas intenciones de sus adversarios tienden a impedirle hacer el bien y a causar daño a aquellos a quienes profesa un afecto particular (los inválidos y menos favorecidos por la vida).
Cuando algunos fariseos reprochan a los discípulos que arrancan espigas en día de sábado, interviene Jesús para justificar su acción, diciendo tajantemente: "El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado", así como: "El Hijo del hombre es señor del sábado".
Al dar esta respuesta a los sofismas que le planteaban, Jesús afirma no sólo su propia soberanía (que le permite hacer el bien en sábado), sino también el significado de esta soberanía. El sábado ha sido hecho para el hombre, y puesto que el Mesías ha recibido todo poder sobre la humanidad, es señor de todo lo que ha sido puesto al servicio de los hombres, en especial del sábado.
El amor a los hombres es lo que rige todo, y a causa de este amor Jesús se enfrenta a los fariseos. Jesús quiere que el sábado, que había sido convertido en una institución importuna destinada a provocar oposiciones, sirva para testimoniar la bondad divina (cf. Galot, J; El Corazón de Cristo, Milán 1992).
Act:
17/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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