10 de Septiembre

Jueves XXIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 septiembre 2026

Lectio

1 Hermanos, el saber envanece, y sólo el amor es de veras provechoso. 2 Si alguno cree que sabe algo, es que todavía ignora cómo hay que saber. 3 En cambio, si ama a Dios, entonces Dios está unido a él. 4 En cuanto a comer carnes sacrificadas a los ídolos, sabemos que el ídolo no es nada, y que no hay más que un Dios. 5 Existen, en verdad, quienes reciben el nombre de dioses, tanto en el cielo como en la tierra. 6 Sin embargo, para nosotros no hay más que un Dios (el Padre, de quien proceden todas las cosas y para quien nosotros existimos) y un Señor (Jesucristo, por quien han sido creadas todas las cosas y por quien nosotros existimos). 7 Por supuesto, no todos tienen este conocimiento. Algunos, por estar acostumbrados a la idolatría, comen carne sacrificada a los ídolos, y su conciencia, que está poco formada, se hace culpable. 11 Otros, que se las dan de sabios, y tienen la conciencia poco formada, no perciben a ese hermano por quien Cristo murió. 12 Hermanos, ya sea pecando contra los hermanos, o haciendo daño a vuestra conciencia mal formada, pecáis contra Cristo. 13 Por mi parte, si yo al tomar un alimento pusiera a un hermano en ocasión de pecar, jamás tomaría ese alimento, para no ponerle en peligro de pecar (1Cor 8,1-7.11-13).

         La situación vital que considera Pablo en este fragmento nos permite alcanzar la centralidad del misterio pascual de Cristo a través de un excelente camino: el de la caridad cristiana.

         Por lo visto, vivían en Corinto algunos cristianos que, en virtud de su seguridad, ostentada más que arraigada en su corazón, se exponían con excesiva facilidad a provocar escándalos en otros creyentes, sobre todo en los menos firmes en la fe.

         Estos pretenciosos hacían gala de ser cristianos y comer carne sacrificada a los ídolos, cosa que para el resto de cristianos era algo muy inconveniente. De esta guisa se contraponían en aquella Iglesia los fuertes y los débiles, en un combate que, en vez de suscitar emulación por la pureza de la vida cristiana, sembraba escándalo espiritual.

         A todos, a los fuertes y a los débiles, les recuerda Pablo 2 verdades fundamentales: que "los ídolos son dioses falsos" (promocionados por envidiosos de la libertad y déspotas con los demás) y que "para nosotros no hay más que un Dios" (el Padre "de quien proceden todas las cosas y para quien nosotros existimos"; v.6).

         No nos encontramos ante un monoteísmo filosófico, fruto de una investigación puramente humana, sino ante la revelación de Dios como el Padre de nuestro Señor Jesucristo, del que nos viene no sólo el mandamiento del amor, sino también la posibilidad de cumplirlo.

         Esta verdad es, una vez más, fruto del misterio pascual de Cristo. Así, "porque tú te las das de sabio, puede perderse ese que tiene la conciencia poco formada, ese que es un hermano por quien Cristo murió" (v.11).

         Como se ve, el acontecimiento de la muerte y resurrección de Jesús aparece en pleno contraste con la actitud de quienes, fuera o dentro de la Iglesia, provocan la muerte espiritual de un hermano, tal vez sin esperanza de resurrección.

En aquel tiempo, 27 Jesús dijo a sus discípulos: "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, 28 bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. 29 Al que te hiera en una mejilla, ofrécele también la otra, y a quien te quite el manto no le niegues la túnica. 30 Da a quien te pida, y a quien te quite lo tuyo no se lo reclames. 31 Tratad a los demás como queréis que ellos os traten a vosotros. 32 Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a quienes les aman. 33 Si hacéis el bien a quien os lo hace a vosotros, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. 34 Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores se prestan entre ellos para recibir lo equivalente. 35 Vosotros, por tanto, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio. Así vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, que es bueno para los ingratos y malos. 36 Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso. 37 No juzguéis, y no seréis juzgados. No condenéis, y no seréis condenados. Perdonad, y seréis perdonados. 38 Dad, y os darán. Os verterán una medida apretada, rellena y rebosante, y con la medida con que midáis se os medirá" (Lc 6,27-38).

         Este fragmento se presenta como un eco de las bienaventuranzas evangélicas, y nos ayuda a descubrir el fundamento primero y último de toda bienaventuranza cristiana, sobre todo el más espinoso: "Amad a vuestros enemigos" (vv. 27.35). 

         El discurso no podría ser más claro, y con él destaca Jesús, como maestro y como guía, frente a todos los demás rabinos de su tiempo, que no sólo el amor se contrapone al odio, sino que exige amar a quienes odian.

         Un ideal de vida tan exigente no ha sido pedido ni lo será nunca por ningún maestro mundano. Sobre todo, porque no se trata de un amor abstracto, sino de una multitud de pequeños gestos que, día tras día, interpelan y verifican la autenticidad del mismo amor, en la persona odiada.

         Para Jesús, sería ridículo quedarse en amar sólo a los que nos aman, porque eso ya lo hace la naturaleza por sí misma, sin necesidad de intervención humana. La enseñanza de Jesús acaba con aquella famosa expresión en la que Lucas sustituye la palabra perfección (que emplea Mateo) por la palabra misericordia, cuando dice: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso" (v.36).

         En la espiritualidad evangélica no existe otra perfección que no sea la de un amor fraterno que revele la identidad filial respecto a Dios. No hay otra meta hacia la que tender más que la de un amor que sabe perdonar porque ha experimentado el don del perdón. No existe ningún otro mandamiento para observar más que el de tender a la imitación de Dios, que es amor misericordioso, por medio de actos de misericordia.

Meditatio

         "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso". Así termina el fragmento evangélico de hoy, mientras que Mateo, en el texto paralelo, escribe: "Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48). ¿Por qué esta diferencia? ¿Se trata acaso de una contradicción, o hemos de buscar en otra dirección?

         Comencemos por señalar que, probablemente, la de Lucas podría ser la redacción más próxima a las palabras exactas de Jesús, y que Mateo, como buen judío convertido, tendía a señalar las exigencias de la nueva ley, la inaugurada por Jesús.

         Según Mateo, el cristiano se sitúa en plena continuidad con la auténtica espiritualidad del AT. A Lucas le gusta recordar, por su parte, que el Dios misericordioso de Jesús ya estaba enseñado en el AT (Ex 34,6; Dt 4,31; Sal 78,38; 86,15) y constituye el mensaje central de todo el magisterio de Jesús.

         Si consideramos bien las cosas, cada palabra, cada parábola, cada gesto de Jesús, no hace otra cosa que poner de manifiesto la verdad del Dios amor, grande y misericordioso, paciente e indulgente, preveniente e incondicionado.

         Debemos señalar, por último, que la perfección y la misericordia se identifican en Dios. Lucas, como buen pedagogo, quiere que la perfección del discípulo alcance la misma meta del Maestro: amar hasta la entrega de sí mismo, sin reservas ni intereses, hasta el extremo de las propias fuerzas, sin arrepentimientos ni revanchas, a todos y siempre, sin exceptuar a nadie.

Oratio

         Oh Señor, el amor no fue para ti una discusión de salón, y mucho menos un sueño vago y abstracto. No lo consideraste una cualidad o adorno del yo de la que gloriarnos, no lo intercambiaste con el sentimentalismo romántico, no lo definiste como una realidad estática.

         Al contrario, Señor, el amor es para ti un arco iris de colores que hemos de abrazar sin barreras entre blancos y negros, judíos y gentiles, griegos y romanos, jóvenes y viejos, hombre y mujer, amigos y enemigos, buenos y malos.

         El amor es un sentimiento dinámico e indefinible porque, como la vida, es constantemente engendrador de algo nuevo, y está en la base de todas tus relaciones (Pedro, la viuda, el ladrón, Zaqueo, los pequeños, la adúltera, Lázaro y tantos otros). Oh Señor, para ti vivir significa amar. Éste es el don más grande que nos dejaste.

Contemplatio

         "Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia". Dulce es el término misericordia, hermanos, y si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no será la cosa misma? Todos los hombres la desean, mas no todos obran conforme a ella; todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla.

         Oh hombre, ¿con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe él practicarla en este mundo. Por esto, hermanos, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, y nos libre después en el futuro. Hay en el cielo una misericordia a la que se llega a través de la misericordia terrena, pues "tu misericordia llega al cielo".

         Existe, pues, una misericordia terrena, y otra misericordia celestial. ¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? La que consiste en el perdón de los pecados.

         Todo lo que da la misericordia humana, en este tiempo de peregrinación, se lo devolverá la misericordia divina en la patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en muchas personas, como dijo él mismo: "Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis". El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la tierra (cf. Cesáreo de Arles, Homilías, XXV, 1).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Pecando contra los hermanos, y haciendo daño a su conciencia mal formada, pecáis contra Cristo" (1Cor 8,12).

Conclusio

         Viendo Dios que los hombres se hacen atraer por beneficios, quiso cautivarlos para su amor por medio de los suyos, y se dijo: Quiero atraer a los hombres para que me amen con aquellos lazos con que los hombres se hacen atraer, a saber: con los vínculos del amor.

         Esos fueron precisamente los dones que Dios hizo al hombre. Después de haberlo dotado de alma (con sus potencias de memoria, intelecto y voluntad) y cuerpo (provisto de sentidos de todo tipo), Dios creó para él el cielo y la tierra, a fin de que sirvieran al hombre y éste le amara por gratitud a tantos dones.

         Es más, Dios no se contentó con darnos todas estas hermosas criaturas, sino que, para hacerse con todo nuestro amor, llegó a dársenos él mismo. El Padre eterno nos dio a su mismo y único Hijo, al ver que todos nosotros estábamos muertos y privados de su gracia a causa del pecado.

         Por un amor inmenso, el Padre pidió a su Hijo que satisficiera por nosotros aquella vida que el pecado nos había arrebatado. Al darnos a su Hijo (no perdonando a su Hijo, para perdonarnos a nosotros), junto con el Hijo nos dio todo bien: su gracia, su amor y el paraíso (cf. San Alfonso de Ligorio, Amor a Cristo, I, 1-5).

 Act: 10/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A