12 de Septiembre
Sábado XXIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 12 septiembre 2026
Lectio
14 Queridos míos, huid de la idolatría. 15 Os hablo como a personas prudentes, capaces de valorar lo que os digo. 16 El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no nos hace entrar en comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos hace entrar en comunión con el cuerpo de Cristo? 17 Pues bien, si el pan es uno solo, y todos participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo. 18 Y si no, considerad el ejemplo del pueblo israelita. Los que comen las víctimas sacrificadas, ¿no quedan vinculados al altar? 19 Con esto no pretendo deciros que la carne sacrificada a los ídolos tenga algún valor especial, o que los ídolos sean algo. 20 Lo que quiero deciros es que esas víctimas se sacrifican a los demonios y no a Dios, y yo no quiero que entréis en comunión con los demonios. 21 No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios, no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. 22 ¿Es que pretendéis provocar la ira del Señor? ¿Sois acaso más fuertes que él? (1Cor 10,14-22).
En este punto de su carta, Pablo considera la vida sacramental de Corinto, porque algunas de sus prácticas dejaban bastante que desear.
Del mismo modo que en los vv. 1-13 consideraba la práctica del bautismo, y recordaba el carácter fundamental de este sacramento, ahora reflexiona ahora sobre la celebración eucarística, a la que alude como "el cáliz de bendición que bendecimos" y como "el pan que partimos" (v.16). Pablo recuerda las notas características de la eucaristía, que enumero a continuación.
En 1º lugar, Pablo recuerda que la eucaristía es el sacrificio agradable a Dios, mediante el cual el oferente entra en comunión con Aquel que se ofrece. Pablo da una gran importancia a esta fundamental experiencia mística, sin la cual cualquier celebración sacramental se agota en pura exterioridad y crea divisiones.
En 2º lugar, Pablo recuerda que la eucaristía es el sacramento de la unidad. Por su propia naturaleza, la comunión eucarística tiende a edificar la Iglesia como cuerpo místico de Cristo. Un "solo cáliz", y un "único pan", por consiguiente, edifican una sola Iglesia.
Esta dimensión de la Iglesia como sacramento, y del sacramento como Iglesia, se encuentra en estrecha conexión con la dimensión precedente: la de Iglesia que pertenece al misterio de Dios, y la del cuerpo de Cristo que se configura en la Iglesia.
La eucaristía es para Pablo el signo distintivo de la comunidad creyente. Por ella se distinguen los cristianos de cualquier otra comunidad o congregación, y se distinguen como comunidad sui géneris. La eucaristía se convierte en el signo distintivo de los verdaderos discípulos de Cristo.
En aquel tiempo, 43 Jesús dijo a sus discípulos: "No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno. 44 Cada árbol se conoce por sus frutos, y de los espinos no se recogen higos, ni de las zarzas se vendimian racimos. 45 El hombre bueno saca el bien del buen tesoro de su corazón, y el malo saca de su mal corazón lo malo. De la abundancia del corazón habla su boca. 46 ¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo? 47 Os diré a quién es semejante todo el que viene a mí, escucha mis palabras, y las pone en práctica. 48 Es semejante a un hombre que, al edificar su casa, cavó hondo y la cimentó sobre roca. Vino una inundación, y el río se desbordó contra esa casa, pero no pudo derruirla porque estaba bien construida. 49 El que oye mis palabras y no las pone en práctica es como el que edificó su casa a ras de tierra, sin cimientos. Cuando el río se desbordó, y las aguas dieron contra ella, se derrumbó en seguida, y se convirtió en un montón de ruinas (Lc 6,43-49).
Estos versículos, como los precedentes, son otra de las consecuencias de las bienaventuranzas y de las malaventuranzas. En este caso, aluden al contraste entre el "árbol bueno" y el "árbol malo" (vv.43-44), así como al contraste entre el que construye su casa "sobre la roca" y el que la construye "sobre la arena" (vv.48-49).
La imagen del árbol nos remite a la situación de Israel, una tierra que, desde diferentes puntos de vista, ofreció a Jesús muchos motivos para sus enseñanzas y parábolas. El que ha tenido la suerte de visitar esa tierra sabe, por experiencia, cómo esta tierra da una vivacidad única a la lectura de las páginas evangélicas.
Para Jesús, cada persona es como un árbol. Si es bueno, podrá dar frutos buenos, y si es malo tan sólo podrá dar frutos malos. La orientación de Jesús va, por consiguiente, del interior al exterior (del corazón a los hechos), pero también del exterior al interior (de los hechos al corazón).
Jesús sabe bien lo que hay en el corazón de cada persona, y habla desde un conocimiento que le es absolutamente propio, como un libro abierto de par en par. Para Jesús hay, pues, un tesoro bueno y otro malo (v.45). En ambos casos, se trata del corazón de la persona humana, fuente de sus pensamientos y manantial de sus acciones.
Jesús exige a sus discípulos el compromiso de traducir la profesión de fe ("Señor, Señor"; v.46) en actos concretos de obediencia, así como el compromiso de inspirar todo acto de obediencia en la fe que han recibido.
Meditatio
Las palabras de Jesús de hoy merecen una última profundización. Volvamos a oírlas: "El hombre bueno saca el bien del buen tesoro de su corazón, y el malo de su mal corazón saca lo malo, porque de la abundancia del corazón habla la boca". Se trata, por tanto, de la motivación.
El corazón humano conoce una plenitud en cierto modo incontenible, que se desborda hacia el exterior ("lo habla la boca"). La persona humana es un ser completo y unitario, y por mucho que se esfuerce en separar sus pensamientos de sus palabras, nunca conseguirá hacerlo.
El corazón es el alma de la persona humana. En él nacen y de él brotan pensamientos buenos y pensamientos malos, proyectos buenos y proyectos malos, acciones buenas y acciones malas.
La persona que, de su propio corazón, saca el bien, es "semejante a un hombre que, al edificar su casa, cavó hondo y la cimentó sobre roca". El buen corazón, en efecto, construye con todas sus fuerzas, y ladrillo a ladrillo, la casa en la que podrá habitar con su Señor, o morada de la intimidad.
La persona que, de su propio corazón, saca el mal, es "semejante a un hombre que, al edificar su casa, la asentó sobre arena", tierra insegura y sin fundamento. El mal corazón, en efecto, se sustrae a los consejos, y edifica una casa para sus propios placeres, alejada de una posible intimidad con Dios.
Oratio
Oh Señor, presentarse disfrazado con un yo que no se tiene es un engaño, prometer un bien que no ha sido cultivado es una decepción, hablar de las propias cualidades y no de obras es vanagloria, escuchar sin poner en práctica es una pérdida de tiempo.
Oh Señor, sólo quien haya madurado su yo, en su propio corazón, estará en condiciones de presentarse original y apetecible para el bien de muchos. Sólo quien haya cultivado el silencio de su yo podrá ofrecer fuerza y valor a quien lo necesite. Sólo quien capte la realidad que rodea a su yo aprenderá a exteriorizarse con pocas y verdaderas palabras, apoyadas por hechos.
Oh Señor, sé que sólo puedo llevar conmigo lo que he recogido en la quietud. Por ello, hazme entrar en tu presencia, y transforma tú la calidad de mis acciones.
Contemplatio
No con conciencia dudosa, sino cierta, Señor, te amo yo. Tú heriste mi corazón con tu palabra, y yo te amé. El cielo y la tierra, y todo cuanto en ellos se contiene, dicen por todas partes que te ame. Sin embargo, mucho más lo haces tú mismo, que te compadeces de mí y me prestas tu misericordia con quien fueses misericordioso. De otro modo, el cielo y la tierra cantarían tus alabanzas a sordos.
¿Qué es lo que yo amo, cuando te amo? No la belleza de un cuerpo ni la hermosura del tiempo; no la blancura de la luz, tan amable a los ojos terrenos; no dulces melodías, con toda clase de cantilenas; no las fragancia de flores, llena de ungüentos y aromas; no manás ni mieles, no miembros gratos a los amplexos de la carne. Nada de esto amo cuando te amo, Señor.
Yo amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto amplexo. Pero prefiero amar esa luz, esa voz, esa fragancia, ese alimento y ese amplexo mío interior, donde resplandece lo que no se consume y se adhiere lo que no sacia. Esto es lo que yo amo, cuando amo a mi Dios (cf. San Agustín, Confesiones, X, VI, 8).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Si el pan es uno solo, y todos participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo" (1Cor 10,17).
Conclusio
La vida personal empieza con la capacidad de romper los contactos con el medio, con la capacidad de recuperarse o de volver a poseerse a sí mismo. ¿Para qué? Para dirigirse a un centro, y alcanzar la propia unidad. Sobre esta experiencia vital se fundamenta la validez del silencio y de la vida retirada, que hoy es oportuno recordar.
Las distracciones que esta civilización nos ofrece corrompen el sentido de la quietud, el gusto del tiempo que transcurre, la paciencia de la obra que madura, y hacen vanas las voces interiores que muy pronto sólo el poeta y el religioso sabrán escuchar.
Nuestro primer enemigo, dice Marcel, es el "movimiento de lo completamente natural", lo que cae por su propio peso, según el instinto o la costumbre. Sin embargo, también existe el "movimiento de la reflexión personal", no de complicación o sutilezas psicológicas, y sí el que va al centro, y va directo, y luego se compromete (cf. Conieh, J; Emmanuel Mounier, Roma 1976, p. 113).
Act:
12/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A