31 de Agosto

Lunes XXII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 31 agosto 2026

Lectio

1 Hermanos, cuando fui a vuestra ciudad para anunciaros el designio de Dios, no lo hice con alardes de elocuencia o de sabiduría, 2 y nunca entre vosotros me precié de conocer otra cosa sino a Jesucristo, y a éste crucificado. 3 Me presenté ante vosotros débil, asustado y temblando de miedo. 4 Mi palabra y mi predicación no consistieron en sabios y persuasivos discursos, sino en una demostración del poder del Espíritu, 5 para que vuestra fe no se fundara en la sabiduría humana sino en el poder de Dios (1Cor 2,1-5).

         Frente a una comunidad de Corinto que amenaza con profanar la pureza de la fe cristiana con algunos principios de la mentalidad greco-pagana, Pablo siente el deber de tener que llamar la atención sobre el acontecimiento central del cristianismo: el misterio pascual de Cristo, el Señor.

         En sustancia, son 3 pensamientos los que remacha Pablo: que "sólo Jesucristo, y éste crucificado" (v.2) constituye el acontecimiento histórico que hemos de creer para llegar a la salvación.

         La mediación histórica que hemos de acoger consiste en la predicación, y ésta se caracteriza por su debilidad humana ("me presenté ante vosotros débil, asustado y temblando de miedo"; v 3) y no por la prepotente demagogia de ciertos predicadores de otros caminos de salvación.

         Por último, es la fe, como acogida de la palabra de la cruz, la que revela el poder del Dios que salva. La vida cristiana no conoce otras características, y el apóstol interviene con todo el peso de su autoridad para reconducir a los cristianos de Corinto al camino recto, aunque esto entrañe fatiga a causa del deber de abandonar determinadas prácticas que son contrarias al carácter específico de la fe en Cristo.

         Estos 3 acontecimientos (Cristo crucificado, la predicación apostólica, la fe) mantienen entre sí un orden jerárquico. Pablo es muy consciente de ello, y lo experimentó personalmente en el camino de Damasco el día de su conversión. Desde el punto de vista histórico, el mensaje de Cristo crucificado llega a los potenciales creyentes por medio de la predicación apostólica, que se concentra y se agota en la proposición del mensaje pascual de Cristo muerto y resucitado.

         Es precisamente en este momento providencial cuando, según Pablo, se manifiesta y se vuelve eficaz la "demostración del poder del Espíritu" (v.4), que invade tanto al que evangeliza como a los que son evangelizados.

En aquel tiempo, Jesús 16 llegó a Nazaret, donde se había criado. Según su costumbre, el sábado entró en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. 17 Le entregaron el libro del profeta Isaías y, al desenrollarlo, encontró el pasaje donde está escrito: 18 "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres. Él me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, y para dar vista a los ciegos, libertar a los oprimidos 19 y proclamar un año de gracia del Señor". 20 A continuación, Jesús enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían sus ojos clavados en él, 21 y él comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar". 22 Todos asentían, se admiraban de las palabras de gracia que acababa de pronunciar, y comentaban: "¿No es éste el hijo de José?". 23 Él les dijo: "Seguramente me recordaréis el proverbio: Médico, cúrate a ti mismo, y: Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaum, hazlo también aquí, en tu pueblo". 24 Y añadió: "La verdad es que ningún profeta es bien acogido en su tierra. 25 Os aseguro que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por 3 años y 6 meses y hubo una gran hambre en todo el país. 26 Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en la región de Sidón. 27 Muchos leprosos había en Israel cuando el profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el Sirio". 28 Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de indignación, 29 se levantaron, lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que se asentaba su ciudad, con ánimo de despeñarlo. 30 Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó (Lc 4,16-30).

         La predicación de Jesús en Nazaret empieza con un rito: entra en la sinagoga, se levanta a leer, le entregan el libro y al abrirlo encuentra el pasaje (vv.l6-17). El momento es muy solemne, y Lucas lo subraya con vigor para detectar con bastante facilidad el relato. La página profética es proclamada por el mismo Jesús, que no tarda en dar la interpretación de la misma: "Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar" (v.11).

         Jesús es verdadero profeta, incluso el profeta escatológico (Lc 16,16), porque la profecía que proclama se cumple en su predicación, en sus gestos y en su persona. Por eso su tiempo es un kairós (un tiempo providencial) para cualquiera que se abra mediante la escucha a la acogida del mensaje que salva. La presencia de Jesús en persona es la que justifica el valor de este hoy (v.21).

         Lucas registra la reacción de los presentes, en parte estupefactos por las cosas que decía y por el modo como las decía ("palabras de gracia"; v.22) y en parte críticos respecto al mismo Jesús (v.28). Como siempre, la reacción a la propuesta de salvación es de signo doble y contrario.

         Encontramos, a continuación, una larga sección polémica. Jesús intuye que el ánimo de los presentes está, por lo general, indispuesto respecto a su predicación, y por eso presenta 2 proverbios (el del médico y el del profeta (vv.23.24) que dan a entender con claridad lo que Jesús quiere decir.

         Las 2 referencias bíblicas, a las viudas de los tiempos de Elías y a los leprosos del tiempo de Eliseo (vv.25-27), tienen el objetivo polémico de desmantelar las disposiciones interiores de los presentes. Nada tiene de extraño, por consiguiente, que al final Jesús sea objeto de una reticencia común y del rechazo más ciego.

Meditatio

         Tanto Pablo como Lucas tocan hoy el tema de la predicación, situado en el comienzo del camino de la fe, que por su propia naturaleza lleva a la salvación.

         Es ésta una ocasión propicia para detenernos en el valor teológico de la predicación, entendida como acto litúrgico que, en cuanto tal, participa de la economía sacramental. Esta última, en efecto, nos viene dada a través de los signos litúrgicos (y entre ellos hemos de enumerar, a buen seguro, la predicación), los cuales "realizan lo que significan".

         La predicación es un acontecimiento de gracia. Como los habitantes de Corinto, como los contemporáneos de Elías y de Eliseo, y como los contemporáneos de Jesús, también nosotros nos encontramos situados no ante un acontecimiento puramente humano (aunque en ocasiones sea digno de admiración), sino ante un gesto que, aunque sea en medio de la debilidad, es portador de un mensaje ajeno (el de Dios) y de una gracia que viene de lo alto.

         La predicación cristiana se vale de las profecías veterotestamentarias, pero se sitúa en el presente histórico, pues "hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar".

         La referencia a los tiempos pasados no es un alarde de cultura, sino más bien memoria actualizadora de algunas profecías que contienen una promesa divina. De modo similar, la referencia al presente histórico no es violencia a la libertad de los individuos, sino más bien una invitación autorizada a no prescindir, por pereza o por ligereza, de la palabra de Dios.

         Por último, la predicación apostólica se encuentra en el comienzo de un itinerario de fe que Pablo, entre otros, se encarga de trazar también en los cap. 1-2 de su Carta I a los Tesalonicenses. Quien tenga la paciencia de leerlos encontrará en ellos un esbozo bastante completo de la teología de la predicación.

         De todos modos, aconsejamos sopesar todo esto con lo que escribe Pablo: "Al recibir la palabra de Dios, la abrazasteis no como palabra de hombre sino como palabra de Dios, que sigue actuando en vosotros los creyentes" (1Ts 2,13).

Oratio

         Señor Jesús, tú hablaste a tus paisanos, pero "todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de indignación", posiblemente por su sordera a tu mensaje de salvación. Tú sigues hablando hoy para proclamar de nuevo el amor del Padre que nos libera de toda opresión, pero pocos te escuchan y te aceptan. Hablarás mañana, y tu anuncio seguirá siendo de nuevo incómodo y muchos intentarán alejarte. ¿Por qué?

         Tu palabra, Señor, sólo encuentra morada en un corazón abierto al Espíritu y a la sorprendente novedad de tu evangelio. Tu palabra, Señor, tiene siempre en sí misma el poder de sanar y de curar. Con tal de que sea acogida libremente, nos transforma por dentro y obra maravillas.

         Al que anuncia le es indispensable hacerse un corazón impregnado de verdad, libre de miedos, de objetivos personales, de presiones inútiles. Debe estar preocupado únicamente por hacer conocer al Padre y su amor ilimitado por la humanidad. Al que escucha le es indispensable tener un corazón deseoso de conocer al Señor que pasa y le invita.

Contemplatio

         ¿Os dais cuenta, hermanos, de lo peligroso que puede resultar callarse? El malvado muere, y muere con razón. Muere en su pecado y en su impiedad, pero lo ha matado la negligencia del mal pastor, pues podría haber encontrado al pastor que vive y que dice: "Por mi vida, oráculo del Señor".

         En efecto, el pastor recibió el encargo de amonestar al pecador, mas fue negligente y no lo amonestó. Por eso, el pecador morirá con razón, y con razón se condenará el pastor.

         En cambio, "si hubieras advertido al impío, él hubiera muerto en su pecado, y tú habrías salvado tu alma". Por eso, a nosotros nos toca no callarnos, y a vosotros no dejar de escuchar las palabras del Pastor en las sagradas Escrituras (cf. San Agustín, Homilías, XLVI, 20).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Un gran profeta ha surgido entre nosotros" (Lc 7,16).

Conclusio

         Cuando se habla de ciencia de la cruz, no hemos de entender la palabra ciencia en el sentido habitual, pues no se trata de una teoría, ni de un simple conjunto de proposiciones verdaderas (reales o hipotéticas), ni de una construcción ideal ensamblada por el proceso lógico del pensamiento. Se trata más bien de una verdad ya admitida (una teología de la cruz) que es una verdad viva, real, activa. 

         Esto es como sembrar en el alma un grano de trigo, que echa raíces y crece, dando al alma una impronta especial y determinante en su conducta, hasta el punto de resultar claramente discernible en el exterior.

         Éste es el sentido en el que hablamos de una "ciencia de la cruz". De este estilo y de esta fuerza (elementos vitales que actúan en lo más profundo del alma) brota también la concepción de la vida, y la imagen que cada hombre se hace de Dios y del mundo.

         Tales cosas, en definitiva, puedan encontrar su expresión en una construcción intelectual, o teoría. No obstante, sólo se llega a poseer una scientia crucis cuando experimentamos la cruz hasta el fondo. De eso estuve convencida desde el primer momento, y por eso dije de corazón: "Ave crux, spes unica" (cf. Stein, E; Ciencia de la Cruz, Milán 1960, p. 23).

 Act: 31/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A