18 de Septiembre

Viernes XXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 18 septiembre 2026

Lectio

12 Hermanos, si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿por qué algunos de vosotros andan diciendo que no hay resurrección de los muertos? 13 Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. 14 Si Cristo no ha resucitado, tanto mi anuncio como vuestra fe carecen de sentido, 15 y resulta que somos falsos testigos de Dios, y damos testimonio contra él al afirmar que ha resucitado a Jesucristo, siendo así que no lo ha resucitado. 16 Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. 17 Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de sentido, y seguís hundidos en vuestros pecados, 18 y habremos de dar por perdidos a los que han muerto en Cristo. 19 Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres. 20 Por supuesto, Cristo ha resucitado de entre los muertos, como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte (1Cor 15,12-20).

         La resurrección de Jesús constituye el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza, y por esta verdad Pablo está dispuesto a jugarse su credibilidad personal, y lo hace con las cartas descubiertas.

         En el camino de Damasco, y a lo largo de su vida apostólica, Pablo encontró a alguien que estaba vivo, a alguien que había vencido a la muerte. Es más, no tiene la menor duda de que de esa victoria sobre la muerte brota para todo creyente, como don que hace esperar más allá de toda posibilidad humana.

         Se trata de una esperanza terrena y ultraterrena. Por ello, los cristianos podemos consolar y confortar a los otros. En efecto, Cristo resucitado es "anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte" (v.20) y "primogénito entre muchos hermanos" (Rm 8,29). Tras él, y gracias a él, el acontecimiento de la resurrección es y será experimentado como alegre anuncio recibido del Salvador.

         La esperanza cristiana expresa que la muerte ha sido derrotada, que la vida nueva en Cristo ha sido inaugurada ya, y que en Cristo viviremos para siempre la plenitud de la vida, en cuerpo, alma y espíritu. No se trata, por tanto, de una esperanza equiparable a criterios humanos, sino de una esperanza-don, prenda de un bien futuro, que supera cualquier previsión humana.

En aquel tiempo, 1 Jesús caminaba por pueblos y aldeas predicando y anunciando el reino de Dios. 2 Iban con él los Doce, y algunas mujeres que había liberado de malos espíritus y de enfermedades. 3 Entre ellas estaba María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; Susana y otras muchas que le asistían con sus bienes (Lc 8,1-3).

         Al final de esta sección de su evangelio (Lc 6,20-8,3), Lucas nos informa sobre las personas que acompañan a Jesús en su ministerio público. Como el resto de evangelistas, Lucas escribe que "con Jesús estaban los Doce". A diferencia del resto, dice que también seguían a Jesús "algunas mujeres" (v.2), y aporta sus nombres.

         No hay motivo para maravillarse por estas noticias lucanas, pues sabemos que Lucas reserva siempre una gran atención a la presencia de las mujeres en la vida de Jesús. Aquí, sin embargo, no las presenta sólo como destinatarias de su palabra y de sus gestos, sino también como ayudantes y asistentes de su ministerio público.

         Esto nos interesa, muy en particular, desde el punto de vista histórico, porque constatamos que Jesús introdujo en el interior de su círculo eclesial a las mujeres, confiándoles tareas de asistencia respecto a él y respecto a los discípulos.

         Esta decisión de Jesús desencadenó, ciertamente, la crítica y la malevolencia de algunos de sus contemporáneos, reacios a la liberación de la mujer. No obstante, Jesús vino para liberar todas las realidades encadenadas, y a mostrar una nueva realidad de gran actualidad.

Meditatio

         La esperanza, tanto en la vida cristiana como en la historia de la humanidad, revela el corazón de aquel que espera y la realidad que éste espera donante. La esperanza en Dios, por tanto, revela a un Jesucristo lleno de anhelos interiores y a un Padre omnipotente y misericordioso.

         La resurrección de Jesús es el fundamento de la mayor de las esperanzas. En la liturgia, María Magdalena exclama: "Cristo, mi esperanza, ha resucitado". Lo hace dirigiéndose a los apóstoles, y en su grito podemos reconocer un corazón que se asombra por haber superado la amenaza del pecado y recibido una nueva realidad en su vida.

         La esperanza es una virtud (de gratitud) y una señal (de reconocimiento). Desde este punto de vista, esperar significa vivir en plenitud ya aquí, y esperar seguir haciéndolo en el más allá. La esperanza es la más preciosa de las virtudes, porque abre nuestro corazón a las sorpresas de Dios.

Oratio

         Gracias, Señor, porque desafiaste la mentalidad de tu tiempo y sacaste a la mujer de la tumba de la deshumanización, restableciendo su valor como persona humana. Gracias, Señor, porque superaste todos los abusos de la cultura y liberaste a la mujer de la tumba de la subordinación, valorando su presencia y su servicio responsable.

         Gracias, Señor, porque implicaste a la mujer como ayudante de tu ministerio público, y con ello la levantaste de la tumba de la discriminación, previendo su actual papel profético en el campo social, profesional, político y eclesial. Gracias, Señor, por todas esas mujeres que, siguiendo tu ejemplo, han colaborado en la obra de la redención, restituyéndole a la mujer el puesto que le había dado Dios.

Contemplatio

         El mesías tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo afirmó al calificar de hombres "cortos de entendimiento" a aquellos discípulos que ignoraban que él tenía que padecer para entrar en su gloria.

         El mesías vino para salvar a su pueblo, y esta salvación no podía obtenerse sino por medio de la pasión, como nos enseña esa Carta a los Hebreos que dice que él es el "guía de nuestra salvación, perfeccionado y consagrado con sufrimientos" (Hb 2,10).

         La gloria que poseía el Unigénito, y a la que renunció por un breve tiempo, le fue restituida a través de la cruz. En efecto, dice Juan en su evangelio que el Salvador "manaría como un torrente de las entrañas del que crea en él". Decía esto "refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él" (Jn 7,38).

         Así pues, el evangelista identifica la gloria con la muerte en cruz. Por eso el Señor, en la oración que dirige al Padre antes de su pasión, le pide que lo glorifique con "aquella gloria que tenía junto a él, antes de que el mundo existiese" (cf. San Anastasio de Antioquía, Homilías, IV, 1).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra. "Cristo ha resucitado de entre los muertos, como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte" (1Cor 15,20).

Conclusio

         La persistencia en la recitación de los salmos es óptima si va acompañada de una atención perseverante, pues es la calidad de las oraciones, y no su cantidad, lo que da vida al alma y la hace fecunda. La calidad existe cuando la salmodia y las invocaciones son hechas con el Espíritu presente en la mente. Así pues, reza quien considera el sentido contenido en las Escrituras, mientras  recita los salmos.

         Estos pensamientos divinos constituyen diversos grados espirituales, a través de los cuales el alma se ve arrebatada de la tierra, se eleva hacia el cielo y contempla los bienes preparados. Dulce es el sabor de estos bienes celestiales, tanto que hace inútil la toma de alimentos terrenales. Este es el fruto de la oración, que nace de la calidad de la salmodia en el alma orante (cf. Nicetas de Stethatos, Filocalia, Florencia 1981, p. 76).

 Act: 18/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A