22 de Octubre
Jueves XXIX Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 22 octubre 2026
Lectio
Hermanos, 14 doblo mis rodillas ante el Padre, 15 de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra, 16 para que, conforme a la riqueza de su gloria, os robustezca con la fuerza de su Espíritu, de modo que crezcáis interiormente. 17 Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que viváis arraigados y fundamentados en el amor. 18 Así podréis comprender cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad 19 del amor de Cristo, que supera todo conocimiento y os llena de la plenitud misma de Dios. 20 Dios tiene poder sobre todas las cosas, y en nosotros es capaz de hacer mucho más de lo que pedimos o pensamos. 21 A él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, por siempre y para siempre (Ef 3,14-21).
Pablo nos anunciaba ayer las maravillas del misterio del amor de Dios que, escondido durante siglos, ha sido revelado en Cristo. Hoy, del asombro que ejercía sobre él este misterio, brota una vibrante oración de amor.
El apóstol cae de rodillas ante el Padre, origen de toda familia en el cielo y en la tierra (v.15), y le pide que los cristianos de Efeso sean robustecidos en su interior por el Espíritu Santo (v.16). Pablo pide que su fe sea auténtica y vigorosa, que Cristo habite en sus corazones y que pueda crecer en ellos el elemento típico y fundador de la pertenencia a Dios: el amor.
Pablo sabe que sólo los que están "arraigados y fundamentados en el amor" (v.17) se encuentran en condiciones de "comprender la anchura, la longitud, la altura y la profundidad" del amor que supera con mucho toda medida y categoría humanas (v.18). Efectivamente, es por Dios, y con la energía de Dios, como podemos llevar a cabo nuestra estupenda vocación: la de ser colmados "de la plenitud misma de Dios" (v.19).
Con el impulso de esta profunda admiración, Pablo expresa su alabanza a un Dios que siempre obra cosas mucho más grandes de lo que pedimos o aspiramos. Vibrar con este conocimiento del misterio de Dios no es fruto del esfuerzo intelectual, sino de un amor estupefacto, profundamente interior y contemplativo.
En aquel tiempo, 49 Jesús dijo a sus discípulos: "He venido a prender fuego a la tierra, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo! 50 Tengo que pasar por la prueba de un bautismo, y ¡qué angustia hasta que se cumpla! 51 ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división. 52 De ahora en adelante, estarán divididos los cinco miembros de una familia, tres contra dos y dos contra tres. 53 Estará dividido el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra" (Lc 12,49-53).
La perícopa del evangelio de hoy está puesta adrede, para hacernos caer de toda falsa ilusión que no esté arraigada en la "plenitud misma de Dios" (como diría Pablo en la 1ª lectura) y hacernos caer en la cuenta de una realidad: que la dilatación de nuestro corazón, a las dimensiones de la vocación cristiana, no es algo que tenga lugar por un proceso espontáneo, sino tras un recio combate ascético.
Entrando ya en Jesús, éste se declaró siempre a favor de la paz, hasta el punto de convertirla en su saludo habitual y en su don cada vez que se aparece como resucitado. No obstante, hoy nos dice que "no ha venido a traer paz" (v.51). Decididamente, Jesús no ha venido a traer la paz de los pacifistas (egoísta, equívoca, cómoda, cobarde y triste), ese pacifismo falso que no cesa de manosear el término paz.
"He venido a traer división" (v.52), sigue diciendo Jesús. ¿Cómo? ¿No es el mismo Maestro y Señor el que, en su última intercesión por los suyos, oró al Padre para que estuvieran tan unidos que formaran "un solo corazón y una sola alma" (Jn 17)? No, no se trata de una contradicción, sino de una profundización destinada a obtener una mayor claridad.
Para empezar, la paz de Cristo supera todo entendimiento. Por eso, para abrir el corazón y el ambiente a dicha paz, el seguidor de Jesús debe separarse de cuanto pertenece, en mente y corazón, a ese mundo que "yace bajo el poder del Maligno" (1Jn 5,19).
Por ejemplo, dentro de dicha paz de Cristo está que "no es posible servir a Dios y al dinero" (Mt 6,24), entendiendo por dinero a ese ídolo que, hospedado en la mente y en el corazón de muchas personas, impide llevar una vida interior y radicalmente amorosa.
Meditatio
En una sociedad como la nuestra, en grave trance, llena de alboroto y superficialidad, es preciso que nos fortalezca el Espíritu en nuestra propia interioridad. El riesgo que nos amenaza constantemente es el del aplanamiento, y el de hacer oídos sordos a una llamada estupenda que hoy nos dice: Insertaos y colmaos en la plenitud de Dios.
Sin el asombro y la alegría de sabernos llamados a tan alta dignidad, sin el Espíritu pedido en perseverante oración, sin una conciencia clara de lo que queremos ser, el ámbito de nuestra vida espiritual se convierte en un ámbito de esclavos.
Para que refulja en nosotros el tesoro adquirido de Jesucristo es menester que su palabra, respirada y vivida, se haga concreta y tangible a lo largo de nuestra jornada. ¿Cómo? Con la espada de la que nos habla Jesús en el evangelio: la separación de toda mentalidad mundana.
Si la paz no es pacifismo, por ejemplo, tendré que contradecir a los hombres. Es más, allí donde se murmure de los ausentes, o se hagan proyectos torcidos, o se roben los haberes sofocando el ser, o se priven los tiempos y espacios para adorar por un instante y en silencio a Dios... nunca es más necesaria la división.
También tendremos que usar la espada dentro de nosotros, sobre todo contra el deseo de sobresalir, de ser el centro de los afectos, de dar rienda suelta a las pasiones, etc. En todo esto tendremos que sacar la espada y rajar todo lo que no sea vida verdadera, alegre contemplación y bienaventuranza eterna.
Oratio
Me arrodillo ante ti, oh Padre, de quien procede todo don en el cielo y en la tierra, y te pido que derrames en mí tu Espíritu. Derrámalo para que me despierte a una fe viva que, por la gracia del Señor Jesús, inhabitando en lo más hondo de mi corazón, me permita comprender algo de tu amor.
Concédeme cada día, oh Padre, el asombro y la veneración de este amor desmesurado. Concédeme la certeza de que tú, con el poder que ya obra en mí, recibes gloria. La recibes a través de mi pequeñez, más allá y por encima de todas mis aspiraciones, si persevero en la lucha contra mi ego y sus mezquinas exigencias, sostenido por tu Espíritu que es amor.
Contemplatio
Decía Santa Magdalena de Pazzi a sus hermanas: "¿No sabéis que mi Jesús no es otra cosa que amor; más aún, un loco de amor? Sí, un loco de amor en su entregarse en la cruz. Y siempre lo diré. Eres absolutamente amable, fuerte y alegre. Confortas, alimentas y unes. Eres pena y refrigerio; fatiga y reposo; muerte y vida al mismo tiempo. Por último, ¿qué es lo que no hay en ti? Eres sabio y alegre, grande, inmenso, admirable, impensable, incomprensible, inexpresable. ¡Oh amor, amor!".
En otra ocasión, dirigiéndose al cielo, decía: "Dame tanta voz, oh Señor mío, que, al llamarte, sea oída desde Oriente a Occidente, para que seas conocido y amado como el verdadero amor. Tú, que eres el único que penetras, traspasas y rompes, ligas, riges y gobiernas todas las cosas, tú eres cielo, tierra, fuego, aire, sangre y agua; tú, Dios y hombre" (cf. Buber, B; Confesiones Estáticas, Milán 1987, p. 74).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Aumenta mi fe, Señor: hazla operante en la caridad".
Conclusio
El poder de la fe suscitará un nuevo tipo de hombre, capaz de dominar su propio poder. Para ello hará falta la fuerza del espíritu, animado por el Espíritu Santo. Para ello será necesario crear, siguiendo la estela de la contemplación, un auténtico estilo de vida.
Un nuevo estilo de vida, compuesto de ruptura ascética y transfiguración cósmica, nos permitirá un cambio progresivo de mentalidades y una cultura que sirva de mediación entre el evangelio y la sociedad, entre el evangelio y el orden político.
Este estilo de vida no suprimirá la violencia, pero sí será capaz de canalizarla y transfigurarla, como hizo la Iglesia en el Alto Medioevo a la hora de transformar al guerrero salvaje en caballero y al jefe despótico en príncipe ideal.
Para esto serán necesarias la ascesis y la aventura, y esa "lucha interior que engendra toda comunión", como decía Dionisio el Areopagita (cf. Clement, O; Poder Crucificado, Magnano 1999, p. 55).
Act:
22/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A