24 de Octubre
Sábado XXIX Ordinario
Equipo de
Liturgia
Mercabá, 24 octubre 2026
Lectio
Hermanos, 7 a cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. 8 La Escritura dice que, "al subir a lo alto, llevó consigo cautivos, y repartió dones a los hombres". 9 Eso de subió, ¿no quiere decir que también bajó a las regiones inferiores de la tierra? 10 Es más, el que bajó es el mismo que ha subido a lo alto de los cielos, para llenarlo todo. 11 Fue también él quien constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y a otros doctores. 12 Él capacita así a los creyentes, para la tarea del ministerio y para construir el cuerpo de Cristo. 13 Lo hasta hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, hasta que seamos hombres perfectos, hasta que alcancemos en plenitud la talla de Cristo. 14 Así pues, no seamos ya niños caprichosos, que se dejan llevar por cualquier viento de doctrina o se dejan engañar por los maestros del error. 15 Por el contrario, vivamos con autenticidad el amor, y crezcamos en todo hacia aquel que es la cabeza: Jesucristo. 16 A él se debe que todo el cuerpo esté bien trabado y unido, por medio de todos los ligamentos que lo nutren y según la actividad propia de cada miembro. A él se debe que vaya creciendo y construyéndose a sí mismo en el amor (Ef 4,7-16).
Pablo acaba de hablar de la importancia que tiene sentirnos partícipes de un solo cuerpo, la Iglesia, y ha exaltado la dimensión de la unidad. Ahora, en cambio, despliega su argumentación en favor de la variedad y riqueza de los dones que, distribuidos por Cristo en su ascensión al cielo, quedan personalizados.
El apóstol pone el ejemplo de un Jesús que, después de haber sido constituido por encima de todo, para llenar todas las cosas (de vida y gracia, como es obvio) ha llamado a algunos al apostolado, y a otros ha constituido profetas, y a otros evangelistas, pastores o doctores.
Cada cristiano tiene un don relacionado con una tarea específica, y todos juntos estamos ordenados al crecimiento armónico del "cuerpo de Cristo" (v.12) que es la Iglesia. Cada uno tiene su propio carisma, y si se integra en el resto beneficia sobremanera a toda la comunidad cristiana.
En la medida en que cada uno administre su vida cristiana como es debido, obrando "con autenticidad el amor" (v.15), todos y cada uno realizarán en "plenitud la talla de Cristo" (v.13), que procede del tender constantemente a él, que "es la cabeza" (v.15).
Pablo subraya la belleza de esta talla cristiana, que procede de vivir en beneficio del crecimiento de todo el cuerpo presidido por la caridad. Lo contrario, que el apóstol denuncia y contra lo que pone en guardia, es el desordenado e infantil dejarse llevar por todas las olas y vientos de moda, arrastrados por personas extrañas a la Iglesia sin que medie pensamiento alguno, porque eso lleva al error (v.14).
En aquel tiempo, 1 llegaron unos hasta Jesús y le contaron lo de aquellos galileos a quienes Pilato había hecho matar, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. 2 Jesús les dijo: "¿Creéis que aquellos galileos murieron así por ser más pecadores que los demás? 3 Os digo que no, y que si no os convertís, también vosotros pereceréis del mismo modo. 4 Y aquellos 18 judíos que murieron al desplomarse sobre ellos la torre de Siloé, ¿creéis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? 5 Os digo que no, y que si no os convertís, todos pereceréis igualmente". 6 A continuación, Jesús les propuso esta parábola: "Un hombre plantó una higuera en su viña, y cuando fue a buscar fruto en ella no lo encontró. 7 Entonces dijo al viñador: Hace ya tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala, pues ¿por qué ha de ocupar terreno inútilmente? 8 El viñador le respondió: Señor, déjala todavía este año. Yo mismo la cavaré y le echaré abono, 9 a ver si da fruto en lo sucesivo. Si no lo da, entonces la cortarás" (Lc 13,1-9).
Jesús está muy atento a la vida y al devenir de la historia. En el caso presente, la ocasión se la brinda una doble noticia de sucesos (vv. 2.4).
La 1ª noticia es que Pilato ha hecho matar a unos galileos que ofrecían sacrificios en el Templo de Jerusalén. Es probable que la causa de tal ejecución fuera la negativa de los galileos a contribuir a los fondos del tesoro, para construir un acueducto romano. La 2ª noticia es la referente a la muerte de 18 judíos por el desplome de la Torre de Siloé.
De estas dos noticias extrae Jesús dos consideraciones importantes. En 1º lugar, Jesús dice que urge siempre, y de todos modos, convertirse (vv.3.5), pues de no ser así no habrá escapatoria y el punto de llegada será la perdición. En 2º lugar, Jesús dice que Dios no es un castigador que esté esperando un fallo nuestro para castigarnos, sino que siempre está receptible.
Sería necio por nuestra parte interpretar los hechos calamitosos de la existencia (la nuestra y la de los otros) en clave de castigo divino. El tiempo de la vida es el que es, y no sabemos cuándo acabará el nuestro. En consecuencia, siempre es tiempo de "dar fruto" de buenas obras, mientras tengamos tiempo.
La pequeña parábola que ofrece Jesús, la del hombre que busca frutos en la higuera que ha plantado en su viña, completa la enseñanza sobre la conversión, manifestando otro aspecto importantísimo: la paciencia de Dios, su inmensa misericordia y su voluntad de salvación. Ciertamente, la higuera alude a Israel, que se muestra infructuoso en su constante alejamiento de Dios (Is 5,1-7; Jer 8,13).
La prolongación del plazo para cortarla, y los amorosos cuidados ("déjala todavía este año, pues yo la cavaré y le echaré abono"; v.8), expresan la mediación salvífica llevada a cabo por Jesús y su intercesión ante el Padre (por Israel y por todos nosotros).
Meditatio
Para que un árbol dé fruto es menester que haya pasado por un proceso y haya llegado a su plena madurez. Pues bien, ésta es la conexión entre el evangelio de hoy y la 1ª lectura, en la que Pablo presenta el proceso de crecimiento y maduración ("a la talla de Cristo") y Jesús muestra los frutos de tal madurez (conocer los signos de los tiempos).
En un mundo que se ha vuelto opaco por tanto egoísmo, y está encerrado en el cálculo individualista más mezquino, es importante que yo descubra los dones que Dios me ha dado. De hacerlo, me sentiré amado y, lejos de seguir los caminos mundanos (y su "yo hago lo que quiero y me place"), actualizaré la invitación a aprovechar mis días y mi tiempo a la luz de Cristo.
¿Aprovechar el qué? Esto mismo: el misterio de Cristo, como cuerpo místico del que yo soy miembro. Es decir, viviendo "con autenticidad el amor" (v.15), en solidaridad con el resto de discípulos de Jesús, colaborando con los dones que me da el Espíritu Santo, potenciando mis dones naturales.
¿Me demoro como un niño traqueteado por cualquier lógica mundana, o percibo mi vida como un don destinado al desarrollo armónico de la totalidad del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia?
Oratio
Señor Jesús, me considero un árbol granuja, pues tardo siempre mucho en dar frutos de conversión. Me asombra la belleza de tu misterio, y me siento repleto de gratitud cuando pienso en mi vocación personal y en tus dones. Tú, no obstante, ayúdame a reconocerlos como tales, y a vivirlos en el interior de una dinámica de verdadera conversión.
Hazme respirar y obrar con autenticidad el amor, siempre, en todas partes y con todos. Hazme crecer en todo dirigido a ti, aprovechando la energía de tu Espíritu, rompiendo con las lógicas de este mundo y abriéndome de par en par a la plena colaboración en tu Reino, como levadura, sal y luz del mundo.
Contemplatio
Señor, te lo suplico, llámame a tu juicio. Que tu juicio me libere, que tu luz separe la luz de la noche, que tu espada separe la vida de la muerte, que tu palabra me diga lo que eres y lo que no eres, que tu mirada aleje de mí lo que no eres tú.
Señor, te lo suplico, libérame. Que tu fuego destruya el mal entretejido en mí, que me martiriza. Que tu fuego reduzca a cenizas el mal reprimido en mí, en la raíz y en las fibras. Que tu amor llame y suscite mi rostro en el que puedo reconocer tu vida (cf. Emmanuelle, M; Senderos de lo Invisible, Milán 1997, p. 95).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Hazme vivir, Señor, la autenticidad en la caridad".
Conclusio
El evangelio se difunde por contagio, pues uno que ha sido llamado llama a otro. Si he conocido a Jesús, y el cuidado que tiene de mi vida, intentaré vivir el Sermón de la Montaña, el espíritu de las bienaventuranzas, el perdón, la gratuidad. Lo haré, y la gente que vive a mi alrededor, antes o después, me preguntará: ¿Cómo es que vives así?
Un estilo de vida que no excluye a nadie, que no rechaza a nadie, que es camino de seguimiento de Jesús, es el primer modo de contagiar a los demás. Eso depende de mí, y de eso depende que la Iglesia sea cada vez más contagiosa en el mundo. Todo depende de nuestra forma de vivir el evangelio, de hacer nuestra vida más bella y luminosa, de gustar la paz y la calma interior.
Desde lo íntimo del corazón, el evangelio se difunde a la totalidad de nuestra vida personal, y desde nuestra vida cotidiana al resto de la sociedad. Las páginas del evangelio iluminan los acontecimientos de mi jornada, y marcan el camino a la sociedad. Los sacramentos nos hacen gustar a Jesús, y nos abren a la comunidad cristiana. De aquí nace la posibilidad de entretejer relaciones auténticas, de crecer y de ser feliz (cf. Martini, C; Padre de Todos, Bolonia 1999, p. 466).
Act:
24/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A