23 de Octubre
Viernes XXIX Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 23 octubre 2026
Lectio
Hermanos, 1 yo, el prisionero por amor al Señor, os ruego que os comportéis como corresponde a la vocación a la que habéis sido llamados. 2 Sed humildes, amables y pacientes. Soportaos los unos a los otros con amor. 3 Mostraos solícitos en conservar, mediante el vínculo de la paz, la unidad del Espíritu. 4 Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados. 5 Un solo Señor, una fe, un bautismo, 6 un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, que actúa en todos y habita en todos (Ef 4,1-6).
Si hasta ahora el tono de la Carta a los Efesios ha sido el contemplativo, desde esta perícopa en adelante prevalece el tono de la exhortación. Pablo se presenta como el "prisionero por amor al Señor" (v.1), cuya autoridad deriva no sólo de ser apóstol sino de haber "aceptado las cadenas" (Ef 6,20), obedeciendo lo que pueda exigir la vocación cristiana.
La invitación de Pablo no obedece a situaciones particulares de los destinatarios, sino que va dirigida al cristiano en cuanto tal, sin que importe la condición temporal a la que pertenezca. Responde también, por consiguiente, a nuestras condiciones y a las exigencias de nuestros días. ¿De qué invitación se trata? De ésta misma: la de dar una respuesta plena y coherente a la noble vocación cristiana.
Las cualidades de esta vida vocacional cristiana están ordenadas a la unidad. Desde ella, la humildad, la amabilidad, la paciencia, o la aceptación recíproca y cordial (v.2), son elementos absolutamente necesarios para hacer este camino, sobre todo para lograr la unificación perseguida por el Espíritu Santo (en cada uno y en la Iglesia).
El apóstol insiste en este fascinante tema del uno, y lo hace (a diferencia de los filósofos neoplatónicos) en clave trinitaria. Uno es el "cuerpo místico" (la Iglesia), una es la esperanza (horizonte de luz abierto en nosotros por la llamada), uno es el bautismo y una la fe. Uno es, a continuación, el Señor (Jesús), uno es el Espíritu Santo y uno solo el "Padre de todos", fuente de amor que obra en todos y por medio de todos.
La unidad en la Trinidad es fundamento y exigencia de la unidad visible de la Iglesia, y de la práctica a la que deben tender los cristianos bajo todos los cielos y en cualquier época.
En aquel tiempo, 54 Jesús se puso Jesús a decir a la gente: "Cuando veis levantarse una nube sobre el poniente decís en seguida: Va a llover, y así es. 55 Cuando sentís soplar el viento del sur, decís: Va a hacer calor, y así sucede. 56 ¡Hipócritas! Si sabéis discernir el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis discernir el tiempo presente? 57 ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? 58 Cuando vayas con tu adversario para comparecer ante el magistrado, procura arreglarte con él por el camino, no sea que te arrastre hasta el juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel, 59 y no salgas de allí hasta que hayas pagado el último céntimo" (Lc 12,54-59).
Jesús reprocha vigorosamente a la gente de su tiempo que sepan interpretar los signos meteorológicos (anunciadores del buen tiempo y del malo) pero anden muy lejos de comprender el signo por excelencia de su tiempo (que es él mismo, el Unigénito enviado por el Padre para la salvación de todos).
Comprender el tiempo que se está viviendo significa comprender las intenciones de Dios, que en cada tiempo (a través de la Iglesia y de sus sacramentos) hace actual el misterio de Jesús con toda su eficacia salvífica.
Ser capaces de prever, a partir de un determinado elemento meteorológico (por ejemplo, a partir del viento del sur), que hará calor o frío, comporta una atención específica e interesada. Según esa lógica, si el hombre no presta atención a la importancia del tiempo, como momento concreto y actual de la justicia y la caridad, dentro de las propias relaciones personales, corre un gran riesgo.
Jesús no invita a reconciliarnos, de inmediato y a fondo, con aquellos con los que no estamos en paz. Si nos dejamos atrapar por el remolino de los reproches, no saldremos indemnes.
Meditatio
Es importante comprender los signos de los tiempos, porque en el tiempo (y no fuera de él) es posible comprender las intenciones de Dios. Él, con su próvido amor, actúa en todo tiempo, y me llama en este tiempo que me ha sido dado, y me invita a leer los signos de salvación y de perdición, ambos típicos del hoy temporal.
El signo por excelencia del tiempo es, evidentemente, Cristo, con su misterio pascual. Leyendo los signos de los tiempos, y confrontándolos con la palabra de Jesús, podré dar fruto en mí y en mi tiempo, y permitiré al poder de Dios que obre más allá de mis expectativas.
Un gran signo de nuestro tiempo es, por ejemplo, la globalización, con el paso que ha hecho de un mundo fragmentado a ese otro al que McLuhan llamó "aldea global". Otro ejemplo son los medios de comunicación, con su gran potencial de acercamiento de personas. Ahora bien, ¿con qué condiciones se están desarrollando estos "signos de los tiempos"? ¿Unen bajo esa aldea, o más bien esclavizan? ¿Fomentan la dignidad humana, o tan sólo el individualismo?
Si mi vocación es la de dejar habitar a Cristo en mí, y hacer que también habite en el corazón de la sociedad, todos estos "signos de los tiempos" no me deberían dar igual, sino importar mucho. ¿Los medios? San Pablo nos los acaba de indicar: la humildad, la amabilidad, la paciencia, la convivencia amorosa.
Buscar todo lo que une, y prescindir de lo que divide (como repetía Juan XXIII), es la clave que tenemos al alcance de nuestra mano para entrar e ir realizando, día a día, un proyecto de unificación personal y social. De este modo mi tiempo, que también es signo de Jesús, se puede convertir en un día soleado y hasta salvífico.
Oratio
Te pido, Señor, que me ayudes a prestar atención a los signos de mi tiempo. Sobre todo a través del Espíritu Santo que, en la Santísima Trinidad, es vínculo de unión sustancial. Haz que yo viva y obre apasionándome por la causa de la unidad, como respuesta a ese signo de mi tiempo que es la humanización.
Te ruego que me concedas, Señor, un corazón leal y animoso, a fin de convertir mi ser, dividido y fragmentado con frecuencia, a la "única cosa necesaria": amarte a ti, y a todos y a cada uno en ti y por ti. Haz que prescinda de todo lo que es causa de división, y acoja y potencie todo lo que une en el signo de tu poder obrador de salvación: tu muerte y resurrección.
Contemplatio
Oh Santísima Trinidad, tú eres fuego que arde y no se consume, tú eres fuego que calientas con todo tu amor, tú eres fuego que ardes frente a toda frialdad, tú eres fuego que ilumina la verdad. Oh Santísima Trinidad, tú iluminas el intelecto, con tanta abundancia y perfección que incrementas la fe. A través de esta fe veo que mi alma tiene vida, y gracias a esta vida te recibo a ti.
Al recibirte a ti, Santísima Trinidad, adquiero la sabiduría a través de tu Hijo, y alimento mi alma con un mar de paz. Tu agua es un espejo por medio del cual quieres que yo te conozca. Mirando este espejo se ve la mano de tu amor, y también se ve que yo soy tu criatura, y las dos cosas juntas muestran la unión que tú has hecho de la naturaleza divina y la naturaleza humana (cf. Santa Catalina de Siena, Diálogo, Bolonia 1989, p. 468).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Concédeme vivir unido contigo, conmigo y con todos, con el vínculo de la paz".
Conclusio
"Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos" (Jn 13,35). En estas palabras del evangelio, cuando Jesús dice "los unos a los otros" no dice expresamente "a Dios". ¿Por qué? Porque nuestro amor a Dios sólo lo atestigua el amor fraterno, y "quien no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que no ve" (1Jn 4,20).
Los buenos sentimientos hacia Dios pueden producir ilusión, pero no así los sentimientos hacia los demás hombres, sobre todo cuando se trata de personas indigentes que encontramos en nuestro camino (Mt 25,31-46).
Si queremos reconciliarnos con Dios, es necesario que antes nos reconciliemos con los hermanos. De hacerlo, habremos obtenido la reconciliación entre Dios, ellos y nosotros, y una humanidad unida y redimida. Esta unidad interna es el resorte de toda unidad exterior, y lo que ha de anticipar toda bienaventuranza eterna en la gloria del Padre (cf. Bautz, F. W; Palabra de la Cruz, Asís 1969).
Act:
23/10/26
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E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A