26 de Agosto
Miércoles XXI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 26 agosto 2026
Lectio
6 Finalmente, hermanos, en nombre de Jesucristo, os mando que os apartéis de todo aquel que viva ociosamente y no se porte según la enseñanza que de mí recibió. 7 Conocéis perfectamente el ejemplo que os hemos dado, porque no hemos vivido ociosamente entre vosotros 8 ni hemos comido de balde el pan de nadie. Al contrario, hemos trabajado con esfuerzo y fatiga día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros. 9 Teníamos derecho a ello, pero quisimos daros un ejemplo que imitar. 10 Ya cuando estaba entre vosotros os daba esta norma: que el que no quiera trabajar, que no coma. 16 Que el Señor de la paz os conceda la paz, siempre y en todas sus formas. El Señor esté con todos vosotros. 17 El saludo es de mi puño y letra. Así firmo yo, Pablo, en todas mis cartas, ésta es mi letra. 18 La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros (2Ts 3,6-10.16-18).
La carta de Pablo a los tesalonicenses llega a su final, y por eso el apóstol realiza una última recomendación, vertida con vistas a la actitud indisciplinada de un hermano de la comunidad. Después, más adelante, hablará de la ociosidad parasitaria de algunos.
Por supuesto, en Tesalónica no hay herejías doctrinales ni casos convulsos de inmoralidad, como en el caso de Corinto (1Cor 5 y 6). Sin embargo, la intervención de Pablo es dura, y ordena "en nombre de Jesucristo" (v.6), que esas personas sean mantenidas alejadas.
La vida disoluta y la pereza son contagiosas, especialmente en un ambiente ya turbulento como el de la Iglesia de Tesalónica. La segregación debería tener, también aquí (como en Corinto) un valor medicinal, y en esto Pablo trae una vez más a colación la tradición. No como una norma fría, pero sí como testimonio creíble de vida.
Recuerda también Pablo que él ha vivido de lo que ganó con sus propias manos, trabajando duramente para no ser una carga para nadie (1Cor 9,4-6; 1Ts 2,9). Y tras el ejemplo personal, enuncia el principio de que para comer hay que trabajar. Es el testigo quien habla, no el legislador.
La carta está sellada con un post scriptum. Emplea también esta ocasión para desear la paz y la gracia, un bien que está presente desde el comienzo de la carta y es considerado como el don más grande que un hombre pueda desear a las personas amadas.
En aquel tiempo, 27 Jesús habló diciendo: "¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, por fuera muy bonitos pero por dentro llenos de huesos de muertos y podredumbre! 28 Lo mismo pasa con vosotros, que por fuera parecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y maldad. 29 ¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas, adornáis los mausoleos de los justos 30 y decís: Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros antepasados, no habríamos colaborado en la muerte de los profetas! 31 Con ello, lo que atestiguáis es que sois hijos de quienes mataron a los profetas. 32 ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros antepasados!" (Mt 23,27-32).
He aquí los últimos 2 de los 7 ayes dirigidos por Jesús a los maestros de la ley y a los fariseos, durante estos 3 días. El 1º ay acentúa de una manera drástica el tema de la contraposición exterior-interior, desarrollada en los versículos precedentes.
Jesús compara a los hipócritas con "sepulcros blanqueados" (v.27), que no por ser blanqueados (disimulados) dejan de ser sepulcros (lleno de descomposición y muerte). Ya en el Sermón de la Montaña, Jesús había puesto en guardia a sus discípulos sobre hacer el bien para ser vistos (Mt 6,1), pues lo que cuenta es lo que somos (ante Dios) y no lo que aparentamos (ante los hombres).
En el 2º ay de hoy, y último de la serie, Jesús denuncia la falsedad de los hipócritas, y no sólo respecto a Dios y a los hombres, sino también respecto a la historia (vv.29-32).
Los judíos, en efecto, habían rechazado y matado a los profetas, y ahora creen poder tranquilizar su propia conciencia honrando sus sepulcros y construyendo monumentos. Con ello, piensan que pueden purificar la memoria del pasado, olvidando o buscando justificaciones racionales y emotivas.
A través de este retorticero razonamiento, los judíos se sienten inocentes e incluso capaces de acusar a los demás, volviendo a repetir lo que ya hicieron sus padres. Se separan de sus padres, y casi se avergüenzan de ellos, pero no dudan en volver a hacer lo mismo, volviéndose por ello más culpables que sus padres.
Meditatio
Jesús habla con frecuencia en el evangelio de los profetas rechazados, perseguidos y asesinados (Mt 13,57; Lc 6,23; 11,50; 13,34). Los mismos judíos consideran a Jesús un profeta, y el propio Jesús se introduce en muchas ocasiones en la categoría de las personas enviadas por Dios para ser sus portavoces y sacudir la conciencia turbia de su pueblo.
Si esto es así, es obvio que Jesús también participará del destino de los profetas, y será rechazado por los suyos, y será asesinado. Frente a su muerte, habrá quien se lave las manos, habrá quien huya, habrá quien reniegue de él, habrá espectadores indiferentes, y unos echarán las culpas a otros. Siglos después, muchos lo lamentarán y construirán gran cantidad de edificios y monumentos en su honor.
¿Quién mató a Jesús? La Iglesia, desde sus comienzos, anuncia con valor en los Hechos de los Apóstoles: "Vosotros, valiéndoos de los impíos, lo crucificasteis y lo matasteis" (Hch 2,23). En este vosotros estaban incluidos los judíos, por supuesto, pero también los impíos de todos los tiempos, hasta llegar a nosotros.
Todos, cada uno a su modo, hemos pecado, y cada pecado contribuye al sufrimiento de Aquel que "llevaba nuestros dolores, soportaba nuestros sufrimientos, por nosotros fue castigado, herido por Dios y humillado, fue traspasado por nuestras rebeliones y triturado por nuestras culpas" (Is 53,4-5).
Oratio
Señor Jesús, te pedimos perdón porque también nosotros somos "sepulcros blanqueados", con tanta maldad por dentro que ni siquiera nosotros mismos tenemos plena conciencia de ella. También nosotros somos responsables del sufrimiento y muerte de muchos hermanos, y creemos poder saldar las cuentas construyendo tumbas y poniendo fáciles remedios.
Como hiciste con los hipócritas de tu tiempo, Señor, dirígenos también a nosotros tu palabra cortante. Sabes que tenemos necesidad de estos golpes, de estos shock que nos sacuden del torpor, la pereza, la indiferencia y la ilusión de estar en nuestro sitio, del cómodo mantenerse a distancia, del observar sin ser observados, del criticar sin implicamos.
Envía a nosotros tu Espíritu, Señor, para que "ponga de manifiesto el error del mundo en relación al pecado" (Jn 16,8) y para que cada uno pueda confesar con sinceridad en tu presencia: Yo te he matado. Todos somos dignos de condena, y hemos de comprender lo inmenso que es tu amor por nosotros.
Contemplatio
Echa hoy en cara Jesús a los fariseos su vanagloria, llamándolos "sepulcros blanqueados" e hipócritas. Esa era la causa de todos sus males, ése el motivo de su perdición. Y no los llamó simplemente eso, sino que afirmó que estaban "rebosantes de inmundicia". Al decir esto, Jesús les señalaba la causa por la que no habían creído. Es decir, porque estaban "llenos de hipocresía y de iniquidad".
En esto no hay nada de sorprendente, ni nada de nuevo, ni en lo que el Señor manda, ni en lo que acusa, ni en la imagen misma del sepulcro. De ella, en efecto, se vale el profeta, y tampoco éste los llama simplemente sepulcros, sino que dice ser su garganta como un "sepulcro abierto".
Tales son ahora quienes, bien adornados por fuera, están llenos de iniquidad. Si abriéramos la conciencia de cada uno, ¡cuántos gusanos, cuánta podredumbre, qué hedor tan indescriptible hallaríamos dentro! Hallaríamos los deseos más perversos, más asquerosos que los mismos gusanos (cf. San Juan Crisóstomo, Comentario de Mateo, LXXIII, 2).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Señor, ten compasión de mí. Señor, ven en mi ayuda" (Sal 29,11).
Conclusio
El que quiere tener éxito en los negocios difícilmente evita estimular la avidez de los clientes, incentivar su ansia de posesión y convencerles de que deben conseguir a toda costa los bienes en cuestión, si quieren ser algo en la sociedad y pertenecer a la clase superior (como ir vestidos a la moda o disponer de los hallazgos más recientes de la técnica).
La llamada se dirige, por eso, a los instintos más humanos. Por ejemplo, a la vanidad, al deseo de sobresalir, a la necesidad de conformismo o al impulso de distinguirse. En definitiva, a aspiraciones que, desde el punto de vista ético, no acostumbramos a considerar de un nivel particularmente alto.
A esto hemos de añadir el fuego constante de los anuncios a los que estamos expuestos a diario, que está adaptado para driblar los criterios de valor que tenemos en nosotros. Estos anuncios nos convencen de que nuestra felicidad y nuestro bienestar dependen de la posesión de esos bienes tan ensalzados, de los que no es posible prescindir en nuestros días.
Si queremos ser honestos, debemos admitir que la moderna economía de mercado no se muestra neutral con respecto al idealismo y al materialismo, sino que favorece una visión del mundo en la que se atribuye a las cosas una importancia muy superior a las personas.
Desde un punto de vista puramente formal, es posible pensar que los interesados tienen una total libertad de elección. Ahora bien, esta alusión olvida por completo el hecho de que las personas, en su vida cotidiana marcada por la economía, están expuestas de una manera casi exclusiva a la constante seducción de consumir cada vez más bienes del mercado para llegar a ser así felices (cf. Kung, E; Okonomie und Moral, Friburgo 1981, p. 138).
Act:
26/08/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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