13 de Octubre
Martes XXVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 13 octubre 2026
Lectio
Hermanos, 1 Cristo nos ha liberado y, por eso, somos libres. Permaneced, pues, firmes, y no os dejéis someter de nuevo al yugo de la esclavitud. 2 Soy yo, Pablo, el que os lo dice. Si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada. 3 De nuevo, os lo afirmo tajantemente: Todo aquel que se deja circuncidar queda obligado a cumplir enteramente la ley. 4 Los que tratáis de alcanzar la salvación mediante la ley os separáis de Cristo y perdéis la gracia. 5 Lo que nosotros esperamos, ardientemente, es alcanzar la salvación por medio de la fe, mediante la acción del Espíritu Santo. 6 En cuanto seguidores de Cristo, lo mismo da estar circuncidados que no estarlo, pues lo que cuenta es la fe que actúa por medio del amor (Gál 5,1-6).
El tema principal de la perícopa de hoy es la libertad ofrecida por Cristo. Pablo, animado de celo apostólico, llama a los gálatas a la realidad, poniéndoles claramente en guardia contra el peligro en que incurren quienes vuelven al pesado "yugo de la esclavitud" (v.1) de la ley.
Pablo no propone la trasgresión de la ley o su abrogación, pues Jesús afirma en el evangelio (Lc 16,17; Mt 5,17) que no abolió ni siquiera una pequeña letra de la ley. Lo que propone Pablo es no acartonarse en la observancia de las prescripciones exteriores, convirtiendo en absolutas cosas que no pasan de meros accidentes circunstanciales. Como recuerda Jesús, "la ley y los profetas llegaron hasta Juan, y desde entonces se anuncia la buena noticia del reino de Dios" (Lc 16,16).
La verdadera libertad consiste en seguir el espíritu de Cristo, y abrirse a una vida nueva no sometida ya a los ritos judíos (como si de ellos pudiera obtenerse alguna justificación), y a una vida fundamentada en la "fe que actúa por medio del amor" (Gal 5,6). Como dice Pablo, "Cristo nos ha liberado, para que seamos libres" (Gál 5,1), y sólo la fe en él nos permite permanecer firmes y perseverar en la gracia.
Volver a la circuncisión representaba para los gálatas volver de Cristo al pasado, y perder con ello su gracia y amor. El peligro para nosotros consiste en fiarnos de las prácticas exteriores, o buscar vanas seguridades. Todo eso desarraiga la esperanza, y hasta pone en peligro la fe.
37 Al terminar Jesús de hablar, un fariseo le invitó a comer. Jesús entró y se puso a la mesa. 38 El fariseo se extrañó al ver que no se había lavado antes de comer, 39 pero Jesús le dijo: "Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y maldad. 40 ¡Insensatos! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? 41 Dad limosna de vuestro interior, y todo lo tendréis limpio" (Lc 11,37-41).
Jesús deja hoy de hablar a la muchedumbre, y su discurso sobre la honestidad de pensamiento y sobre la pureza de intenciones prosigue en casa de un fariseo, en un contexto más plástico y real por la escena convival de una comida compartida. Jesús se comporta con extrema libertad, y parece provocar adrede la extrañeza del fariseo.
Sin esperar la crítica por parte del fariseo, por haber dejado de observar uno de los muchos preceptos judíos, y sin justificarse por ello, Jesús la emprende contra el formalismo y la vanidad de quien se considera justo por cumplir una serie de ritos.
De la observación sobre la limpieza de la vajilla pasa Jesús directamente al corazón del hombre. La regla de la "higiene evangélica" exige la limpieza de la avidez y del egoísmo, que engendran la rapiña y la maldad (v.39). La actitud contraria, y la auténtica "pureza del corazón", es la caridad. De la caridad viene la generosidad, que sabe dar limosna porque reconoce haberlo recibido todo gratuitamente de Dios (v.41).
En el pasaje paralelo de Marcos, los discípulos provocan una explicación sobre esta pureza del corazón, y Jesús les dice: "Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre, como los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre" (Mc 7,15.21-23).
Meditatio
Los 10 mandamientos, las leyes y las prescripciones eclesiales, tienen sentido y valor en la medida en que evitan las malas inclinaciones y los instintos perversos que se ocultan en nosotros. Sin embargo, no determinan por sí mismos el grado de pureza al que Jesús nos invita, ni tampoco la santidad de Dios.
La raíz originaria del pecado, y de la santidad, se desarrolla en lo íntimo de nuestro espíritu (en nuestro corazón), pues Dios nos ha hecho bellos por dentro y por fuera, y así es como nos quiere.
No sirve de nada, e incluso es peligroso, confiarse a la ficción de un perfeccionismo exterior. Si ponemos en movimiento "la fe que obra por medio de la caridad", y si damos limosna desde nuestro interior, quemando en la caridad todo lo que acabaría por pudrirse (si lo dejamos fermentar, en el egoísmo del corazón), entonces "todo estará limpio" y podremos esperar esa "justificación de la fe".
Oratio
Abre mi corazón a la luz de tu verdad, oh Padre, y haz que no tenga miedo de dejarla penetrar en mí para reconocer todo el bien que puedo poner a tu servicio y al del prójimo. Que la franqueza y la sinceridad marquen mi pensamiento y mi acción, a fin de que no caiga en la hipocresía (disfrazándome de justicia y de perfección) hasta creerme, yo mismo, justo.
Concédenos a mí y a toda tu Iglesia, oh Padre, tu Espíritu de verdad, a fin de que la fe produzca en nosotros obras de caridad y realice sugestivamente ante el mundo aquella libertad que Cristo nos dio "para que permanezcamos libres".
Contemplatio
Debemos vigilar nuestra conciencia desde diferentes aspectos. Es preciso vigilarla en relación con Dios, en relación con el prójimo y en relación con las cosas. En relación con Dios, para no acabar despreciando sus mandamientos en aquellas cosas que nadie ve y de las que nadie pide cuentas.
No vigilamos la conciencia en lo secreto ante Dios cuando, por ejemplo, descuidamos la oración. Tampoco nos mostramos vigilantes de la santidad de Dios cuando nos dejamos vencer por un pensamiento pasional que sube al corazón y consentimos en él, o cuando sospechamos y condenamos al prójimo sobre la base de apariencias, al oírle decir o verle hacer algo.
En suma, debemos vigilar todo lo que acontece en lo secreto y nadie ve, excepto Dios y nuestra conciencia. En esto consiste vigilar la conciencia en relación con Dios (cf. Doroteo de Gaza, Enseñanzas Espirituales).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Tu ley, Señor, es mi alegría" (de la liturgia).
Conclusio
La denuncia del mal constituye sólo el punto de partida, o "conditio sine qua non". En 1º lugar, lo que cuenta es el deseo ardiente de Dios, la confianza incondicional en él y el cambio del corazón. A propósito de esto, leemos en la Escritura: "Te busco de corazón, no dejes que me desvíe de tus mandatos" (Sal 119,10), y: "Dentro del corazón guardo tu promesa" (Sal 119,11), y: "Amo tu voluntad, Dios mío, llevo tu ley en mi corazón" (Sal 40,9).
En 2º lugar, es necesario buscar al Señor también en las atmósferas cargadas y saturadas, y hacerlo con amor y no como una observancia puramente exterior.
En 3º lugar, hemos de desarrollar una dinámica de conversión, con el mismo empeño con que hacemos todo lo anterior. En este sentido, son claras y categóricas las palabras del salmista: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, renueva dentro de mí un espíritu firme" (Sal 51,12), e: "Instrúyeme para que observe tu ley de todo corazón" (Sal 119,34), y: "Guíame por el camino de tus mandatos, que son mi delicia" (Sal 119,35), e: "Inclina mi corazón hacia tus preceptos, y apártalo del lucro" (Sal 119,36).
La ley adquiere el derecho de entrar en el espacio de conversión cuando deja esculpirse en lo íntimo del espíritu, y no en piedras exteriores. Con otras palabras, cuando es acogida por el hombre de manera libre y en un clima de incontenible alegría (cf. Pasquet, V; Mensaje Espiritual del Evangelio, 1978).
Act:
13/10/26
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ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A