14 de Octubre

Miércoles XXVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 14 octubre 2026

Lectio

Hermanos, 18 si os dejáis guiar por el Espíritu Santo, no estáis bajo el dominio de la ley. 19 En cuanto a las consecuencias de los desordenados apetitos, son bien conocidas: fornicación, impureza, desenfreno, 20 idolatría, hechicería, enemistades, discordias, rivalidad, ira, egoísmo, disensiones, cismas, 21 envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes. Los que hacen tales cosas, os lo repito una vez más, no heredarán el reino de Dios. 22 En cambio, los frutos del Espíritu Santo son: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, 23 mansedumbre y dominio de sí mismo. No hay ley frente a esto. 24 Ahora bien, los que son de Cristo Jesús han crucificado sus apetitos desordenados, junto con sus pasiones y apetencias. 25 Si vivimos gracias al Espíritu, procedamos también según el Espíritu (Gál 5,18-25).

         En el pasaje de hoy prosigue Pablo su apasionada llamada a los gálatas para que arraiguen su vida en la verdadera libertad a la que han sido llamados. Les exhorta a redescubrir su identidad de hijos, dejándose guiar por el Espíritu, caminando según sus deseos y siguiendo su camino, que está hecho de libertad y de amor.

         El Espíritu Santo es, por consiguiente, el guía seguro, y el único capaz de crear criaturas nuevas, personas regeneradas en Cristo, hombres no sometidos ya a la ley y cristianos sin "las consecuencias de esos desordenados apetitos" (vv.19-21).

         A esta libertad estamos llamados también nosotros, para "que no reine el pecado en nuestro cuerpo mortal" y "no nos sometamos a los apetitos". En efecto, no tiene por qué dominaros ya el pecado, ya que "no estamos bajo el yugo de la ley, sino bajo la acción de la gracia" (Rm 6,12.14).

         La libertad del Espíritu Santo es contraria al desenfreno de la carne, y por eso elabora Pablo una lista de "los frutos del Espíritu", que contrapone a "las consecuencias de los desordenados apetitos" de la carne. Amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo (vv.22-23) son obras del Espíritu, y el magnífico resultado de la libre adhesión del hombre a la ley de la caridad.

         También el apóstol Pedro presenta una lista semejante, y termina su exhortación con una promesa formidable: "Si lo hacéis así, no fracasaréis" (2Pe 1,10). Se trata de una promesa estimulante, que va convirtiendo los "frutos del Espíritu" de extraordinarios en ordinarios. Es decir, llevándolos al trivial vivir cotidiano.

         La Carta a los Gálatas toca a su fin. A Pablo ya no le queda más que sugerir diferentes avisos para traducir la "ley de Cristo" en servicio y caridad, "sobre todo para con los hermanos en la fe" (Gál 6,10).

En aquel tiempo, 42 Jesús dijo: "¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de las legumbres, y descuidáis la justicia y el amor de Dios! Esto es lo que hay que hacer, pero sin omitir aquello. 43 ¡Ay de vosotros, fariseos, que gustáis ocupar el primer puesto en las sinagogas y que os saluden en la plaza! 44 ¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros que no se ven, sobre los que se pisa sin saberlo!". 45 Entonces intervino uno de los doctores de la ley, y le dijo: "Maestro, hablando así nos ofendes también a nosotros". 46 Jesús replicó: "¡Ay de vosotros también, doctores de la ley, que imponéis a los hombres cargas insoportables y vosotros no las tocáis ni con un dedo!" (Lc 11,42-46).

         Los fariseos se denominaban así mismos como los mejores y más comprometidos. Por su parte, los doctores de la ley decían de sí mismos ser los encargados de enseñar y de guiar a los otros en los caminos del Señor.

         Jesús pronuncia contra ellos 2 series de ayes, censurando a cuantos quieren señales para creer y oprimen a los demás (los fariseos) y poniendo al desnudo a quienes usan sus prerrogativas de cultura y autoridad para un vano prestigio (los letrados). Son sepulcros que "no se ven" y están "llenos de muerte y podredumbre" (Mt 23,27), capaces de contaminar (según una ley farisea) a quien camina sobre ellos sin darse cuenta.

         Con fina ironía, Lucas pone una réplica resentida en boca de uno de los doctores de la ley, al decir: "Maestro, hablando así nos ofendes también a nosotros" (v.45). Jesús les viene a decir algo muy sencillo: que la defensa de su propia imagen les impide verse en su propia mezquina realidad, y les hace perder de vista lo más esencial e incluso lo más importante, "la justicia y el amor de Dios" (v.42).

Meditatio

         En las palabras de Pablo a los cristianos de Galacia aparecen sometidas a confrontación dos economías. Una es la "economía de la carne", objeto de una condena explícita e inapelable. La otra es la "economía del espíritu", apasionadamente preferida, e iluminada de una manera realista en su intransigente pureza.

         La "economía de la carne", ricamente revestida con apariencias de justicia y de rigor legal, da frutos de maldad, de deshonestidad y de opresión insoportable. La "economía del espíritu" está configurada sobre el sacrificio y amor, proviene del sacrificio oblativo de Cristo y da los frutos amorosos del Espíritu Santo.

         La tentación que sentimos nosotros, gente ordinaria, es lanzar ayes sobre los fariseos y letrados de nuestros días, blancos fáciles para juicios y recriminaciones. Esto es algo que hacemos rápidamente, pero sin darnos cuenta que dichos ayes van también dirigidos contra nosotros, deseosos de ocupar el puesto de dichos fariseos y letrados. ¿Para qué? Para ser los nuevos protagonistas y entendidos.

Oratio

         Señor Jesús, manso y humilde de corazón, tu desdén es directamente proporcional a la esperanza que habías depositado en nosotros. Te pido perdón por la decepción que te procuramos, o no haber encontrado una convencida y coherente respuesta de amor de nuestra parte. Obtennos por ello un suplemento de Espíritu Santo, que nos libere de las trabas de nuestro "soy así": 

         Danos un espíritu de amor, para que nada nos resulte trabajoso. Danos un espíritu de alegría sobreabundante contra las insinuantes satisfacciones del egoísmo y de la soberbia. Danos un espíritu de paz, de quien sabe que es amado.

         Danos un espíritu de paciencia, para saber hacer frente a las dificultades necesarias. Danos un espíritu de benevolencia y de bondad, capaz de disolver la acidez y las durezas vertidas sobre los otros. Danos un espíritu de mansedumbre, que nos configura contigo y con los hermanos.

         Danos un espíritu de fidelidad, para perseverar con valentía. Danos un espíritu de autodominio, para crucificar nuestra carne con sus pasiones y estar plenamente disponibles para la justicia y el amor a Dios.

Contemplatio

         El apóstol Pablo, al enumerar los frutos del Espíritu Santo, los considera como un solo fruto. Por supuesto, la caridad es el único fruto del Espíritu Santo. Ahora bien, puesto que este fruto posee una infinidad de cualidades excelentes, el apóstol habla de él como si se tratara de muchos frutos.

         Lo que quiere decir Pablo es que el fruto del Espíritu Santo es la caridad, la cual es alegre, pacífica, paciente, benigna, buena, longánima, dulce, fiel, modesta, continente, casta. En definitiva, que el amor divino nos proporciona alegría y consuelo interior, con una gran paz del corazón que se conserva entre las adversidades de la paciencia y nos hace disponibles y prontos para ayudar al prójimo con una cordial bondad para con él.

         Esta bondad divina no es voluble, sino animosa y perseverante, dado que nos proporciona un gran ánimo por medio del cual nos volvemos apacibles, afables y condescendientes para con todos, conservando una absoluta lealtad para con cada uno, manifestando una sencillez que va acompañada de confianza tanto en nuestras palabras como en nuestras acciones, viviendo con modestia y humildad (cf. San Francisco de Sales, Tratado del Amor de Dios, XI, 19).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Ven, Espíritu de amor, pues sin ti nada hay sin culpa" (de la liturgia).

Conclusio

         La respuesta del hombre a la gracia está representada por su sumisión a la acción del Espíritu de Dios. No hace falta martirizarnos el cerebro para saber qué privaciones imponernos. Es más, el dominio de nuestra propia persona constituye un programa suficiente por sí mismo. En vez de ir más allá de las exigencias de Dios, es mejor realizar con sencillez de corazón lo que se nos pide hoy.

         Es posible que nuestro corazón prefiera ciertas exigencias ideales a las del hoy real. Por ejemplo, mientras que se nos pide seguir pacientemente las huellas de Dios, nosotros recorrer nuestros propios caminos, y sacar lo más rápidos posible sus frutos. Sí, nosotros preferimos los remedios rápidos, y el camino del hacer visible, y desechamos los procesos lentos e internos de la gracia.

         En el camino del dominio de nosotros mismos es importante no fijar la mirada en los detalles, o en los progresos o retrocesos. De hacer esto, estaríamos meditando más sobre el hombre que sobre Dios. ¿Debemos temer acaso que la disciplina interior nos conduzca a actitudes falsas, como puede ser el deseo de santidad por sí mismos? Es preciso hacer frente a estos peligros. Es preciso hacerles frente, sin permitir que la propia vanagloria nos marque el paso. 

         El equilibrio del cristiano se puede comparar a un hombre que camina sobre el filo de una navaja. Sólo Dios puede mantener firme su marcha en este riesgo. La fe hace llegar intactos a Cristo, mientras que el formalismo propio hace sucumbir cada día cualquier disciplina espiritual (cf. Schutz, R; Vivir en el Hoy de Dios, Barcelona 1969).

 Act: 14/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A