17 de Octubre

Sábado XXVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 17 octubre 2026

Lectio

Hermanos, 15 al conocer vuestra fe en Jesús, y vuestro amor para con todos los creyentes, 16 no ceso de dar gracias a Dios por vosotros, recordándoos en mis oraciones. 17 Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda un espíritu de sabiduría y de revelación, que os permita conocerlo plenamente. 18 Que ilumine los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza a la que habéis sido llamados, cuál la inmensa gloria otorgada en herencia a su pueblo, 19 y cuál la excelsa grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, manifestada a través de su fuerza poderosa. 20 Esta es la fuerza que Dios desplegó en Cristo, al resucitarlo de entre los muertos y sentarlo a su derecha en los cielos, 21 por encima de todo principado, potestad, poder, señorío y cualquier otro título que se precie de tal no sólo en este mundo, sino también en el venidero. 22 Todo ha sido puesto bajo los pies de Cristo, cabeza suprema de la Iglesia 23 y plenitud del que llena totalmente el universo (Ef 1,15-23).

         Tras haber contemplado el gran misterio de la voluntad redentora del Padre, Pablo se alegra porque, informado de la fe de los efesios, los ve como partícipes de la magnífica herencia adquirida por Cristo, de forma visible y activa en sus iglesias.

         Para que los efesios sigan firmes en la vida nueva, Pablo pide al Padre el don del "espíritu de sabiduría y revelación", que les permita penetrar cada vez más en su misterio. El Espíritu, en efecto, "lo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios", pues "sólo el Espíritu de Dios conoce las cosas de Dios" (1Cor 2,10-11).

         El Espíritu Santo es amor, y según eso el amor engendra el conocimiento (como dirían en la teología oriental), y el conocimiento engendra el amor (como dirían en la teología occidental).

         La cima del conocimiento es saberse amado, y esta experiencia de amor hace que podamos percibir lo grandes que son los bienes que esperamos ("la esperanza a la que habéis sido llamados"; v.18a), y lo espléndida que es la dignidad que Dios nos otorga ("la inmensa gloria otorgada en herencia a su pueblo"; v.18b), y lo eficaz que es la acción salvífica de Dios (que "obra en nosotros lo que ya ha realizado en Cristo"; v.20).

         Sometida a Cristo (su cabeza), la Iglesia recibe de su Señor la vida y los bienes que, en cuanto cuerpo, y sometida a los límites de sus miembros, debe hacer crecer para "alcanzar en plenitud la talla de Cristo" (Ef 4,13).

En aquel tiempo, 8 Jesús dijo a sus discípulos: "Si uno se declara a mi favor ante los hombres, también yo me declararé a su favor ante los ángeles de Dios. 9 Si uno me niega ante los hombres, también yo lo negaré ante los ángeles de Dios. 10 Quien hable mal del Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no será perdonado. 11 Si os llevan a las sinagogas, ante los magistrados, o a las autoridades, no os preocupéis de lo que tengáis que decir, ni de cómo lo diréis. 12 El Espíritu Santo os enseñará, en ese preciso momento, lo conveniente" (Lc 12,8-12).

         El pasaje evangélico de hoy está constituido por un conjunto de dichos de Jesús con los que intenta animar a los cristianos frente a las persecuciones y desafíos del mundo, con la finalidad de proporcionarles criterios de comportamiento. Jesús recuerda que es preciso considerar el presente con una perspectiva escatológica, ya que el hoy determina la eternidad. 

         Como recuerda Lucas en otro momento, "nadie más que él puede salvarnos, pues sólo a través de él nos concede Dios la salvación" (Hch 4,12), y de ahí que Dios haga depender la salvación del reconocimiento público de Jesús.

         Por su parte, el propio Jesús comprende la dificultad que supone para muchos reconocerle a 1ª vista como el Salvador, y por eso disculpa el "hablar mal del Hijo del hombre". No obstante, no concibe el perdón para quien "blasfeme contra el Espíritu Santo", o rechace convertirse una vez experimentada, de forma completamente tangible, la gracia de Dios.

         En este último caso, la falta de reconocimiento de Jesús se convierte en una deliberada infidelidad, y motivo de condena. Si la acción del Espíritu es acogida por el creyente, éste puede estar seguro del apoyo eficaz del Espíritu en el momento en que sea llamado a dar testimonio.

Meditatio

         La Carta a los Efesios de Pablo, y el evangelio de Jesús, reclaman nuestra atención sobre el papel insustituible del Espíritu Santo. Tal vez sea el Espíritu la persona más desconocida de la Trinidad, y tal vez sea el más eficaz a la hora de actuar constantemente en la Iglesia y en el mundo.

         Por ser el amor personal con el que se aman recíprocamente el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo conoce toda la intimidad de la vida divina. Por morar en las almas que le acogen, el Espíritu Santo transmite el conocimiento amoroso que es él mismo.

         El Espíritu Santo nos instruye, y actúa en nosotros, de una forma y con una naturaleza completamente distinta a lo que estamos acostumbrados o a la común experiencia humana. De ahí que comprendamos las cosas del Espíritu, si es que las comprendemos, sólo en la medida en que estemos dispuestos a adherirnos a él.

         Cuando el Espíritu Santo encuentra un alma dispuesta a hacer lo que Dios quiere, lleva a cabo los prodigios con los que ya ha sembrado la historia de la salvación. Él es capaz, en efecto, de transformar a 12 hombres atemorizados en columnas de la Iglesia universal. Él es capaz de hacer que "no prevalecerán las puertas del infierno", y de animar el testimonio de los mártires de la fe, y de dar la vuelta a los continuos desafíos de una sociedad cada vez más descristianizada.

Oratio

         Señor, quién sabe si nuestra fe se vuelve caridad para con nuestros hermanos, y supone para alguno ocasión de una plegaria de agradecimiento. Quién sabe si nuestra fe y caridad hablan de ti a la gente de nuestro tiempo, o bien no dicen nada.

         Tal vez hayamos renegado de ti, Señor, con las palabras y los hechos. Si ha sido así, perdónanos, pues estamos enfermos de individualismo. Haz crecer en nosotros el sentido de la comunión, para que podamos descubrir la belleza de vivir nuestra fe con los otros y hacer más atrayente el rostro de tu Iglesia.

         Que tu Espíritu ilumine nuestros ojos, Señor, para que sean capaces de mirar más allá de nuestra existencia y ver en nuestra historia los signos de tu amor, en todos los cuales se manifestará tu esplendor totalizador.

Contemplatio

         Hermanos, pronto me convertiré en palabra viva de Dios, y anunciaré su gloria con mi muerte. Por tanto, no queráis impedir que yo sea inmolado a Dios. Ahora que el altar está dispuesto, formad un coro perfecto en la caridad, cantad un himno al Padre en Cristo y decid: ¡Bello es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, trasponga en Dios, a fin de que en él yo amanezca!

         Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo. Prefiero morir por Cristo que reinar sobre todo el mundo. Busco a Aquel que murió por nosotros, quiero a Aquel que por nosotros resucitó, quiero ser por completo de mi Dios.

         Pronto imitaré la pasión de nuestro Dios. Pronto ascenderé a la luz pura, y cuando llegue a ella seré hombre de verdad. Mi amor está crucificado, y no queda ya en mí fuego que busque alimentarse de materia. Lo que siento es un agua viva que murmura dentro de mí, y que desde lo íntimo me está diciendo: Ven al Padre (cf. San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Tu gloria, Señor, es el hombre vivo" (de la liturgia).

Conclusio

         Nuestra ínsita vocación a la totalidad exige un acto de fe y no tanto un mero acto de conciencia, que se exprese en todos los ámbitos de la vida. El hombre que cree es el que busca una conducta nueva, una diferente capacidad de juzgar, un estilo original de amar y una inédita forma de morir. Como dijo San Pablo, "si alguien está en Cristo, es una nueva criatura". Como digo yo, si uno sigue como antes, hay que poner en duda su fe.

         Todo esto se aplica a nivel individual y comunitario. Un grupo de creyentes debe dar principio a nuevas formas de comunidades humanas, nuevas repercusiones sociológicas y nuevos ámbitos culturales. Cada creyente, por su parte, debe ser portador de un inédito anuncio salvífico, a través de su vida.

         Toda profesión de fe cristiana ha de estar encarnada, y expresarse en algún tipo de cristiandad. El discípulo de Jesús es "sal de la tierra", y no puede vivir separado de la tierra. El discípulo es "luz del mundo", y no puede vivir separado del mundo. De hacerlo, se volverá insípido y cobarde, y acabará perdiendo la fe (cf. Biffi, G; Espíritu de Dios, Milán 1986).

 Act: 17/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A