8 de Octubre
Jueves XXVII Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 8 octubre 2026
Lectio
1 Insensatos gálatas, ¿quién os ha fascinado? ¿No os puse ante los ojos a Jesucristo clavado en una cruz? 2 Solamente quisiera saber esto de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por haber cumplido la ley, o por haber respondido con fe? 3 ¿Tan insensatos sois que, después de haber comenzado a confiar en el Espíritu, acabáis ahora confiando en vuestras propias fuerzas? 4 ¿Habrán sido baldíos tantos dones? Por lo visto, parece que sí han sido baldíos. 5 Cuando Dios os comunica el Espíritu, y realiza prodigios entre vosotros, ¿lo hace porque habéis cumplido la ley, o más bien porque habéis respondido con fe? (Gál 3,1-5).
Para comprender la invectiva de Pablo contra los gálatas es preciso recordar una cosa: que este padre y maestro de la fe vive para comunicar su convicción fundamental. ¿Cuál? Lo dice él mismo: que "Dios salva al hombre por la fe en Jesucristo", y punto final. En efecto, "por el cumplimiento de la ley ningún hombre alcanzará la salvación" (Gál 2,16).
Pablo pide a los gálatas que reflexionen sobre la siguiente insensatez: la de volver a convertirse en deudores, cuando ya han sido liberados por "Jesucristo clavado en una cruz" (v.1). Si ya estamos liberados, es posible vivir en la carne (o sea, plenamente encarnados en la realidad física, social, cultural...) y al mismo tiempo seguir "creyendo en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí" (Gál 2,20). El horizonte, por tanto, cambia por completo.
Precisamente por eso, por esta nueva realidad, el Espíritu obra maravillas (Gál 3,5) y se vuelve operativo, y se involucra para seguir creando con el cristiano un mundo nuevo.
Por supuesto, el hecho de que los gálatas crean y vivan esto no significa que deban omitir el cumplimiento de los mandamientos de la ley (no robar, no mentir, no matar, no adulterar...). Creer significa, como dice Pablo, en crucificar todo lo malo que hay en nosotros, para que también en nosotros se pueda decir: "Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gál 2,20).
En aquel tiempo, 5 Jesús dijo a sus discípulos: Imaginaos que uno de vosotros tiene un amigo, y que éste llega a media noche y 6 le dice: "Amigo, préstame tres panes, porque ha venido a mi casa un amigo que venía de viaje y no tengo nada que ofrecerle". 7 Imaginaos que el primero le responde: "No molestes, la puerta está cerrada, mis hijos y yo estamos ya acostados, no puedo levantarme a dártelos". 8 Pues bien, yo os digo que, si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará y se los dará para que no siga molestando. 9 Así pues, yo os digo: "Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y os abrirán. 10 Todo el que pide recibe, el que busca encuentra, al que llama se le abre. 11 ¿Qué padre, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? Y si le pide un pez, ¿le dará una serpiente? 12 Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? 13 Pues bien, si vosotros sois malos, y sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?" (Lc 11,5-13).
No es casualidad que Lucas inserte esta reflexión de Jesús sobre la oración inmediatamente después del Padrenuestro, la oración por excelencia del cristiano. En efecto, aquí está la actitud interior con la que hemos de dirigirnos a Dios, que es Padre y profundamente amigo del hombre.
La enseñanza está coloreada con dos pequeñas y vivas parábolas.
La 1ª parábola es la del personaje que va a media noche a casa de un amigo, para ser atendido de inmediato. El acento del relato está puesto en la insistencia del personaje, que sabe que llama al corazón (más que a la puerta) de un amigo, con la certeza confiada de obtener. El mensaje está aquí.
La 2ª parábola profundiza en la categoría de la paternidad, usando vivas imágenes de contraste (pan/piedra, pez/serpiente, huevo/escorpión). El pez y el pan son símbolos de Cristo, y la serpiente evoca al enemigo por excelencia del hombre. El huevo es símbolo de la vida, y el escorpión (que lleva el veneno en la cola) evoca la muerte.
La serie de verbos, fuertemente relacionados entre sí, que aparecen tras la 1ª parábola (pedid, recibiréis, buscad, encontraréis, llamad, abriréis) quiere demostrarnos que la oración nunca es una pérdida de tiempo, ni un desafío a un dios lejano y sordo. La oración tiene siempre una respuesta positiva. Con todo, debe ser perseverante (Lc 18,1).
La pregunta de Jesús que aparece tras la 2ª parábola supone una interpelación a nuestra sensibilidad. Sabemos que no somos buenos por naturaleza. Sin embargo, el vínculo de la paternidad es tal que un padre, por el hecho de serlo, no puede más que dar cosas buenas y positivas a su hijo.
Por supuesto, lo más positivo, y el bien por excelencia, es el don de los dones: el Espíritu Santo, que se concede siempre a quien ora. Eso es lo que dice Lucas, a diferencia de Mateo (que habla de "cosas buenas"; Mt 7,11).
Aunque la oración parezca no tener respuesta ni lógica, o sea siempre excesivamente terrena, siempre es escuchada. Esto lo dice Jesucristo, que añade que tanto ella (la oración) como él (el Espíritu Santo) son necesarios en orden a la salvación.
Meditatio
Nuestros días están marcados por un exasperado antropocentrismo, por un secularismo excluyente, por una cultura sin puntos de referencia y por ejes estructurales de acción. En esta situación, los cristianos creemos salvarnos a fuerza de hacer esto o lo otro, como ciegos seguidores de un mundo mediatizado, y no sostenidos por el Espíritu Santo y sus tiempos de oración.
Todavía es posible (y urgente) renovar esta rancia y peligrosa abdicación del auténtico evangelio, pero para hacerlo es necesario gritar a Dios, diciendo no a las perspectivas personales y diciendo sí a dedicar un tiempo preciso a la oración.
Querer ser realistas y concretos constituye precisamente lo que el mundo materialista y asfixiante quiere de nosotros. ¿Es mala la realidad y la concreción? Por supuesto que no, si eso no nos lleva a perder, dejar de relacionarnos, o cerrar las puertas, al Espíritu Santo y sus inenarrables caminos.
Solamente del cultivo de la fe procede la salvación (Gál 2,16), y eso implica "orar siempre, sin desanimarse" (Lc 18,1). Quizás por aquí empiecen a tejerse los ejes reales y concretos que el mundo necesita, desde esa novedad "siempre nueva" capaz de buscar, llamar y prever un mañana auténtico.
Oratio
Señor, te ruego que aumentes mi fe. En un mundo ebrio de éxitos científicos y tecnológicos, a la par que incierto y desesperado, concédeme fundamentar plenamente en ti mi pensamiento y mi acción.
Concédeme la lucidez de un pensamiento fuerte y verdadero, Señor, para estar sostenido por la verdad de tu Espíritu Santo. Dame también la audacia de un obrar honesto y bueno, todo él penetrado por la fuerza de la caridad, que sólo tu Espíritu puede derramar en mi corazón.
Contemplatio
Ser como un niño ante Dios es reconocer nuestra propia nada y esperarlo todo de él, como un niño que lo espera todo de su padre. Ser niño es no inquietarse por nada, ni querer ganar riquezas. Ser pequeño significa no atribuirse las virtudes, ni creerse capaz de algo. Ser niño ante Dios implica renunciar a todos los demás tesoros, para quedarse tan sólo con el tesoro del buen Dios.
Por último, no hay que desanimarse nunca por nuestras propias culpas, porque los niños caen a menudo, pero son excesivamente pequeños para hacerse demasiado mal (cf. Santa Teresa de Lisieux, Obras Completas, Vaticano 1997, p. 1060).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Señor Jesús, concédeme el Espíritu Santo".
Conclusio
Llamar a Dios Abbá (Rm 8,15; Gál 4,6) no es dar a Dios un nombre familiar. Llamar a Dios Abbá significa entrar en relación íntima con él, como hacía Jesús. Para entrar en esta relación necesitamos al Espíritu Santo, que es el que nos da Jesús y "nos hace capaces de gritar Abbá, Padre".
Llamar a Dios Padre Abbá es un grito que brota de lo más íntimo de nuestro ser, y otorga a Dios esta misma cualidad. Esta declaración no procede de una intuición inesperada, o de una convicción adquirida, sino que brota de Jesús y nos lleva a una declaración de amor hacia el Padre.
Llamar a Dios Abbá nos hace sentirnos amados por él, sabernos en intimidad con él, pertenecer por completo a él, confiar solamente en él.
El término Abbá implica un amor que nos envuelve y alimenta. Este amor incluye y trasciende infinitamente todo el amor que nos viene de nuestros padres, hermanos, maridos o amigos. Es el don del Espíritu (cf. Nouwen, H; Pan para el Viaje, Brescia 1997, p. 178).
Act:
08/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A