7 de Octubre
Miércoles XXVII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 7 octubre 2026
Lectio
1 Pasados 14 años, subí a Jerusalén junto con Bernabé y Tito, impulsado por una revelación. 2 En conversación privada con los principales dirigentes, les di cuenta del evangelio que anuncio a los paganos, no fuera que me estuviera afanando inútilmente. 7 Ellos vieron que a mí se me había confiado la evangelización de los paganos, lo mismo que a Pedro la de los judíos, 8 y que el mismo Dios que constituyó a Pedro apóstol de los judíos me constituyó a mí apóstol de los paganos. 9 Reconociendo la misión que se me había confiado, Santiago, Pedro y Juan, tenidos por columnas de la Iglesia, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de comunión, y quedaron conformes con que nosotros evangelizaríamos a los paganos, y ellos a los judíos. 10 Tan sólo nos pidieron que nos acordásemos de sus pobres, cosa que yo he procurado cumplir con gran solicitud. 11 Cuando Pedro llegó a Antioquía, tuve que enfrentarme abiertamente con él a causa de su inadecuado proceder. 12 En efecto, allí Pedro no tenía reparo en comer con los de origen pagano, mas cuando llegaron los emisarios de Santiago comenzó a retraerse y apartarse por miedo a los partidarios de la circuncisión. 13 Los demás judíos le imitaron en esta actitud, y hasta el mismo Bernabé se dejó arrastrar por ella. 14 Viendo que su proceder no se ajustaba a la verdad del evangelio, dije a Pedro en presencia de todos: "Si tú, que eres judío, vives como pagano y no como judío, ¿por qué obligas a los de origen pagano a comportarse como judíos?" (Gál 2,1-2.7-14).
La perícopa de hoy continúa con su tono autobiográfico. Pasados 14 años, Pablo se dirige a Jerusalén acompañado por un levita de Chipre llamado José, a quien los apóstoles le habían puesto el nombre de Bernabé (lit. hijo de la consolación) y había acompañado a Pablo durante el 1º período de su actividad evangelizadora. El apóstol lleva consigo también a Tito, un griego cristiano que reconcilió a Pablo con la Iglesia de Corinto (2Cor 3,13; 7,6.13) y no estaba circuncidado.
La espinosa cuestión de la circuncisión (que Pablo decía que no había que imponer a los nuevos cristianos, mientras que en Jerusalén había quien sostenía lo contrario) encuentra en Tito su expresión fundadora: la libertad en todo aquello que no forma parte de la enseñanza de Cristo. En consecuencia, Pablo expone a los jefes de Jerusalén su evangelio, porque no quiere "afanarse inútilmente" (v.6).
La Iglesia vive un momento grave, pues de lo contrario Pablo no hubiese subido a Jerusalén a establecer la comunión. El texto lo expresa con el hecho de darse la mano Pedro, Santiago y Juan, sus columnas (styloi; v.9) y tal vez gobernantes colegiados de la Iglesia madre de Jerusalén.
Existe un pleno acuerdo en el reparto de las áreas de evangelización, que se resume así: los circuncisos para las columnas, y los paganos para Pablo y sus compañeros. Si existe una recomendación, es la relacionada con mostrarse atentos con los pobres, cosa que Pablo tuvo muy en cuenta (v.10).
Viene ahora el acalorado enfado de San Pablo, cuando no ve posible aprobar que Pedro, de estancia en Antioquía, se deje dominar por el miedo a los cristianos judaizantes, y empiece a abandonar la mesa de los cristianos convertidos del paganismo, a los que se había liberado de tomar cualquier tipo de alimento.
Emergen aquí emergen 2 realidades. La 1ª es la posición de Pablo (tan franca como libre de toda simulación) y de Pedro (que cojea en cuanto a su práctica de creyente. La 2ª es la espléndida realidad del mensaje de Cristo, que es siempre libre respecto a todo formalismo, exterioridad, hipocresía o constricción.
1 Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando acabó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos". 2 Jesús les dijo: "Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, 3 danos cada día el pan que necesitamos, 4 perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación" (Lc 11,1-4).
Se habla aquí de un tiempo y de un lugar indeterminados en los que Jesús está orando. En efecto, es posible orar en todo lugar y en todo tiempo, aun cuando haya tiempos y lugares expresamente propicios para la oración. Apenas terminó, uno de los discípulos le pide que les enseñe a orar.
Lo que sorprende en comparación con el texto de Mateo es la invocación de apertura: Padre, y no "Padre nuestro". Lucas pone el acento en la palabra Padre, que en el texto original es Abbá, tiernísimo término arameo que significa papá (papi, diríamos hoy).
No es casual que este término aparezca unas 180 veces en los evangelios. Con ello, Jesús introduce un modo de relacionarse con Dios marcado por la confianza típica del niño respecto a sus padres. Dirigirse a Dios llamándole Padre es dejarse configurar con Jesús (el Hijo por excelencia), y entrar en su íntima relación de amor con el tiernísimo Abbá. Para nosotros los cristianos, esto es la oración por excelencia.
"Santificado sea tu nombre" es pedir que Dios, Creador y Padre, sea glorificado por todos y en todos, tanto por los que son inteligentes y cultos como por los que no lo son, en el mundo de los hombres y en todo el cosmos. Es recordar al hombre que, sólo buscando la gloria de Dios y no la propia, se realiza a sí mismo y entra en comunión con Dios, con los hombres y con el cosmos.
"Venga tu Reino". Toda la historia, de manera consciente o inconsciente, es aspiración a este Reino, que "no consiste en lo que se come o en lo que se bebe, sino en una fuerza salvadora, y en la paz y alegría que proceden del Espíritu Santo" (Rm 14,17).
Viene a continuación la petición del "pan que necesitamos". El pan es el elemento vital. Si permanece sólo mío, se vuelve fuente de muerte. En cambio, si, aunque haya sido ganado con el sudor de la frente (Gn 3,19; 2 Ts 3,6-13), es compartido, hace crecer. Mucho más cuando se trata del pan supersustancial que se rompe en el memorial de la asamblea eucarística (Hch 2,14), alimentando en todos nosotros la espera del retorno de Cristo.
"Perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende". El perdón de Dios se vincula a nuestra actitud de perdón, como la raíz al árbol. La raíz de nuestra capacidad de perdonar está en sabernos perdonados siempre por Dios, con una misericordia que sobrepasa todo lo que nos es posible imaginar y desear. Por otra parte, sólo nuestra actitud de perdón hacia los hermanos hace posible que la vida de Dios fluya en nosotros.
"No nos dejes caer en la tentación" es una expresión típicamente aramea. Dios es padre y no cabe imaginar que quiera cogernos en la trampa de la tentación. Nuestra petición es más bien no sucumbir cuando seamos probados y tentados, en nuestro estado de gran debilidad. Sabemos que el Padre nos escucha, y que porque "Dios no permitirá que seáis puestos a prueba por encima de vuestras fuerzas" (1Cor 10,13).
Meditatio
Lo que más me provoca en la perícopa de la Carta a los Gálatas es la libertad con respecto a todo lo que no sea el evangelio de Cristo y su enseñanza liberadora. Todo formalismo, constricción y oportunismo o tradicionalismo vacíos de alma, son quemados por su fuego.
Existe en Pablo una apasionada adhesión a Cristo y a su verdad. Nada ni nadie le ata, ni siquiera el temor a perder su prestigio en su confrontación con Pedro. Pablo ejerce sin más la corrección fraterna con el mismo Pedro, mas no para hacer triunfar su idea sino más bien para que triunfe el esplendor de la coherencia entre el evangelio y la vida.
Es urgente que nosotros instauremos en el interior de las comunidades cristianas esta parresía, esta franqueza de relaciones, esta apasionada búsqueda de la verdad de Cristo, como escucha de las urgencias del Reino y no de nuestros pequeños y mezquinos intereses.
Está claro que, sólo en espacios y tiempos precisos de oración, se consigue el coraje necesario para hacer saltar trabas, vínculos, viejas incrustaciones y confusiones que contaminan la verdad pura del evangelio y esclavizan nuestro corazón.
Si oro al Abbá, al tiernísimo Padre mío y de los hermanos, y si le pido que sea glorificado como conviene, y que su Reinovenga también por medio de mi pequeña vida, tendré la fuerza para llegar a ser cada vez más, en la parte de la Iglesia en que vivo, el que hoy estoy llamado a ser.
Esto no es un elemento de soberbia dinamitera, que sólo destruye en sí mismo y en los otros, sino una unión tan fuerte a Jesús, y tan embebida de todo su humilde amor, que no teme el posible resentimiento de quien es corregido por amor. Repetir también a menudo durante el día "venga tu Reino", la ardiente petición del Padrenuestro, es un secreto de energía espiritual para querer el Reino y buscarlo en toda actitud personal.
Oratio
Señor Jesús, tú nos dijiste que, si escuchamos y vivimos tu palabra, conoceremos la verdad y "la verdad nos hará libres" (Jn 8). Concédenos, pues, orar y vivir la ardiente petición "venga tu Reino", que es verdad y libertad tanto de Dios como del hombre.
Concédenos pedir esto con tal perseverancia, Señor, que se convierta no sólo en la respiración del corazón, sino también en el coraje de todo nuestro modo de obrar y relación con aquellos que, como nosotros, serán Iglesia en camino hacia los esplendores del Reino.
Contemplatio
Los fundamentos espirituales del futuro deben encarnarse en un nuevo estilo de vida, hecho simultáneamente de humildad y de orgullo, de ascesis y de fantasía, de verdad en medio de la caridad más incondicionada. Esto marca un estilo real, sin olvidar que ser cristiano en el mundo, tal como es y tal como será, exigirá siempre cierta locura.
Este estilo real de vida exigirá la más elevada ascesis, porque será necesaria toda la fuerza del Espíritu para que el hombre pueda dominar su propio poder. Se trata de un estilo en el que se respire el Espíritu, en el que se dance la vida, porque Cristo ha resucitado (cf. Clement, O; Fundamento Espiritual del Futuro, Roma 1997, p. 102).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Venga tu Reino" (Lc 11,2).
Conclusio
Cuando no sabemos cómo orar, nos tranquiliza saber que se puede orar con casi nada. A veces nuestros labios permanecen cerrados, nos quedamos en silencio, pero nuestra alma está abierta ante Dios, le habla, y el Espíritu Santo ora en nosotros. ¿Hay otros valores que hagan bella la vida? Está la sencillez del corazón, que lleva a la sencillez de vida.
Un día, oyó Cristo a un creyente que le decía: "Creo, pero ven en ayuda de mi incredulidad". Cristo comprende estas dudas y esta petición de ayuda, puesto que ya había dicho en el evangelio: "¿Quién de vosotros, por más que se preocupe, puede añadir una sola hora a su vida?". Así es como comprendemos que lo esencial es vivir con toda sencillez lo poco que hayamos cogido del evangelio.
Con mis hermanos, tanto los que viven aquí en Taizé como los que viven entre los más pobres en distintas partes del mundo, tengo conciencia de que nuestra vocación nos llama a ser sencillos, como pobres del evangelio.
Esto significa no imponernos, no ser maestros espirituales, ser personas que escuchan para comprender a los otros y discernir en ellos la belleza profunda del espíritu humano. Una de las afirmaciones más luminosas de nuestro tiempo ha sido pronunciada en el último Concilio del Vaticano: "Cristo está unido a todo ser humano sin excepciones, aunque éstos no tengan conciencia de ello".
Hay en la tierra multitudes de personas que ignoran que Dios nos busca incansablemente. ¿Lo sabemos bastante? Todos podemos hacer bella la vida a aquellos que están cerca o lejos de nosotros. ¿Cómo? Con nuestra acogida, con la sencillez de nuestro corazón y de nuestra vida (cf. Hermano Roger, Atelliers et Presses, Taizé 1999).
Act:
07/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A