10 de Octubre
Sábado XXVII Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 octubre 2026
Lectio
Hermanos, 22 la Escritura presenta todas las cosas bajo el dominio del pecado, para que la promesa hecha a los creyentes se cumpla por medio de la fe en Jesucristo. 23 Antes de que llegara la fe, éramos prisioneros de la ley y esperábamos encarcelados que se nos revelara la fe. 24 La ley nos sirvió de pedagogo, para conducirnos a Cristo y alcanzar así la salvación por medio de la fe. 25 Al llegar la fe, ya no necesitamos pedagogo, 26 pues todos somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. 27 Todos los que hemos sido bautizados en Cristo, de Cristo hemos sido revestidos. 28 Por ello, ya no hay distinción entre judío y no judío, entre esclavo y libre, entre varón y mujer, porque todos somos uno en Cristo Jesús. 29 Si somos de Cristo, somos también descendencia de Abraham, y herederos según la promesa (Gál 3,22-29).
En su argumentación en favor de la economía salvífica y gratuita de Dios, a la que se accede mediante la fe, Pablo intenta aclarar la función de la ley. Según el plan de Dios, la ley sirve para sumergir al hombre en la plena conciencia de su imposibilidad, por el carácter inevitable del pecado (v.23). En la Carta a los Romanos (Rm 7,7-25) prosigue Pablo esta tesis de una manera todavía más detallada.
La ley ha realizado la función del pedagogo (v.24), que en la sociedad greco-romana era el encargado de la educación de los niños. Si comprendemos bien esta imagen, estaremos en condiciones de comprender la fuerza liberadora de la fe. Pablo exalta la ley, pero lo hace con un pero para separar la vieja y la nueva economía. Literalmente, éstas son sus palabras: "Pero al llegar la fe, ya no necesitamos pedagogo" (v.25.
La belleza de este tiempo nuevo, mediante la irrupción de Dios en Cristo Jesús, que nos ha liberado en virtud del amor, está expresada con 2 conceptos vigorosos.
El 1º concepto tiene que ver con el salto cualitativo de nuestro ser, en el momento del bautismo. Se trata de un ser que, per baptismum, puede participar en la vida de Cristo, pues "todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo habéis sido revestidos" (v.27). Esto no consiste en un mero revestimiento exterior, sino en una unión profunda con Cristo, de la que habla Pablo en Rm 6,5.
El 2º concepto tiene que ver con la novedad absoluta de nuestro ser en Cristo, tras el momento del bautismo. Se trata de un nuevo ser que suprime, post baptismum, toda discriminación, pues ya somos "uno en Cristo Jesús" (v.28) a forma de cuerpo místico.
La unidad eclesial, y la unidad del hombre con Dios, no proviene sino de esto (del bautismo, y de la fe bautismal), y no de la ley ni de ningún cumplimiento de la ley (por sí misma incapaz de crear unión, ni de transformar la vida). Ésta es la verdadera herencia y descendencia de Abraham, la cual deberá ser revestida convenientemente (a través de la misericordia, bondad, humildad... (Col 3,12).
En aquel tiempo, 27 una mujer de entre la multitud dijo en voz alta a Jesús: "Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron". 28 Jesús le replicó: "Más bien, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lc 11,27-28).
Tras ofrecer el austero discurso de Jesús sobre la realidad del demonio, Lucas inserta esta breve perícopa sobre la bienaventuranza que le dirige una mujer de entre el público. Según la mujer, es una dicha ser madre de Jesús. Según Jesús, la dicha radica en los seguidores orantes y practicantes de Jesús (es decir, de la palabra de Dios).
La adversativa adverbial "más bien" parece contradecir lo que dice la mujer, y casi relega a la sombra a María, la madre de Jesús. Ahora bien, si ahondamos en esta perícopa, con la ayuda de otros pasajes del evangelio, nos percataremos de lo contrario.
Para empezar, la madre de Jesús es proclamada bienaventurada en Lc 1,42-45, por haber creído y obedecido a la palabra de Dios (Lc 1,38). Ella misma, en el Magníficat, predijo que todas las generaciones la proclamarían bienaventurada (Lc 1,48) por su servidumbre plena a Dios. En otra ocasión, Jesús había aprovechado la oportunidad para proclamar bienaventurados a "los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lc 8,19-21), en referencia a su madre y discípulos (que se hallaban allí presentes).
Meditatio
Ser dichoso y bienaventurado, o vivir apaciguado y contento en el corazón, es posible (como nos lo recuerdan los textos de hoy), pero no en la línea del papel que tenemos, ni en orden a las cosas que nos prefijamos hacer, ni en la liberación de deberes coercitivos o para alcanzar ciertas prioridades.
Ser dichoso es dejar que nuestros días, aunque discurran al son de los compromisos y actividades más dispares, estén unificados por la escucha de la palabra de Dios, por una escucha que tienda a convertirse en vida y evangelio vivido a lo largo de los días.
En otro lugar, Jesús nos recuerda que sólo la escucha transformada en vida es la que da al creyente firmeza, como una casa construida sobre roca. En cambio, el que no pone en práctica lo que escucha es como el que construye su casa sobre la arena y los vientos de las dificultades, hasta que llega la tempestad de las tentaciones y sucumbe (Lc 6,46-48).
Lo que nos consuela es el hecho de nuestro bautismo, que actúa en nuestra existencia, conforma nuestra vida con la vida de Cristo, nos reviste interiormente y permite la "mudanza de ropa" por dentro.
La ropa del hombre viejo nos lleva al egocentrismo, a preocuparnos más del parecer que del ser. Verdaderamente, la novedad del mundo cristiano pasa a través del primado de la escucha, que hace de nosotros personas revigorizadas por dentro y "revestidos de Cristo" en mentalidad y forma de amar (Gál 3,25).
Oratio
Señor, tú nos has creado para tu gloria, y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti. Ayúdame, pues, a poner tu palabra en el centro de mis jornadas. Permite a mi boca y a mi corazón el silencio necesario, para que medite y comprenda. Concédeme tu Espíritu Santo, para que transforme tu palabra en formas de vida.
Que germine en mí, Señor, esa "nueva criatura" que tú quieres que yo sea, y que a su vez promueva yo a mi alrededor esa nueva creación. Que no sea el pobre o el rico, el palestino o el indio, el hombre o la mujer, el objeto de mi interés, sino sólo esa criatura creada y amada por ti, que eres amor.
Contemplatio
Dichoso el que camina contigo, dichoso el que dice "hoy es fiesta", dichoso el que espera el día y entona alabanzas. El ánimo del justo es alegre y, entre los frutos del Espíritu, la alegría es el primero.
Digamos sí a la Palabra, escuchemos el santo himno que dice: Que toda la mente se abra a la alegría (cf. Lagopesole, C; Libro del Peregrino, Roma 1999, p. 254).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Que yo sea feliz escuchándote y viviendo tu palabra, Señor".
Conclusio
Una contemplación inicial manifiesta que todo tiene su origen en el amor eterno de un Dios que es Padre. Una contemplación rigurosa atestigua la presencia del Espíritu de Dios en todo, por todas partes y siempre. Una última contemplación revela la soberanía de Jesucristo, por quien todo fue hecho (Jn 1,3) y en el que todo subsiste (Col 1,16).
La vida de cada persona es una huella de la presencia de Dios. Su alma vive y respira en el Espíritu, del mismo modo que su cuerpo vive y respira la atmósfera que le rodea. En cada una de sus acciones, físicas o mentales, inspira y espira el Espíritu que lo llena todo, por dentro y por fuera. De él lo recibe de continuo, y lo transmite aun sin darse cuenta.
En definitiva, la vida del hombre es una continua acogida del don de Dios, una ofrenda constante de esta entrega a Dios y a los hombres (cf. Le Saux, H; Despertar a sí Mismo, Bérgamo 1996, p. 42).
Act:
10/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A