9 de Octubre
Viernes XXVII Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 9 octubre 2026
Lectio
Hermanos, 7 entended bien que los verdaderos herederos de Abraham son los que viven de la fe. 8 Es más, ya Dios predijo a Abraham que los paganos se salvarían por medio de la fe, cuando le dijo: "Por medio de ti serán bendecidas todas las naciones". 9 Así pues, los que viven de la fe reciben la bendición de Dios, junto con Abraham. 10 En cambio, los que viven pendientes del cumplimiento de la ley están sujetos a maldición, como recuerda la Escritura: "Maldito sea todo aquel que no persevere en el cumplimiento de cuanto está escrito en el libro de la ley". 11 En virtud de la ley, nadie alcanza la salvación de Dios, pues "quien alcance la salvación por la fe, ése vivirá". 12 La ley no es fruto de la fe, sino de los preceptos. 13 Por eso Cristo nos ha liberado de la maldición de la ley, haciéndose maldito por nosotros, como recuerda la Escritura: "Maldito todo el que cuelga de un madero". 14 En definitiva, la bendición de Abraham alcanza a los paganos por medio de Cristo Jesús, y nosotros recibimos el Espíritu prometido por medio de la fe (Gál 3,7-14).
Inmediatamente antes de las cosas que dice aquí, Pablo ha recordado a los gálatas que el hecho de haber creído en Dios, por parte de Abraham, "le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación" (v.6). Se trata del pasaje del Géneris (Gn 13,6), que a modo de fundamento (de la fe israelita) se recuerda tanto aquí como en Rm 4,3.
En efecto, Abraham es "padre en la fe" porque aceptó fiarse exclusivamente de Dios, a lo largo de su peregrinar por la tierra. Esto le convirtió en instrumento de Dios, y no sólo para su pueblo sino "para todas las naciones" (v.8). Está claro, por tanto, que todos aquellos que se llaman "hijos de Abraham" (v.7) deberían fundamentar sus vidas única y exclusivamente en Dios.
Con el rigor de quien conoce a fondo la Escritura, Pablo no tiene miedo de remachar que serán contados también entre los malditos aquellos que piensen salvarse por su cuenta, o de una manera voluntarista en la observancia de la ley (Dt 27,26).
La maldición de este grupo de personas no tiene lugar por haber hecho cosas positivas, sino por realizarlas de modo autónomo, como si el Señor estuviera al margen de su existencia, o como un frío espectador y juez remunerador.
Como dice Pablo en Rm 7,7, los hombres somos incapaces por nosotros mismos de realizar el bien, al advertir la profunda divergencia que media entre nuestras aspiraciones y las aspiraciones de Dios (el sumo bien, el "único bueno"). Esto es lo que decía ya el profeta Habacuc (Hab 2,4), y ahora explica Pablo (Rm 1,17). ¿El qué? Esto mismo: que "el hombre vivirá por la fe" (v.11), y que "Dios es el autor y perfeccionador de su fe" (Hb 12,2).
En los vv. 13-14 Pablo profundiza lo dicho, diciendo que Cristo nos ha liberado de la maldición que supone vivir bajo el clima opresor de una ley. Nos ha liberado, sí, tomando sobre sí la cruz y la maldición del pecado. En otro lugar dirá Pablo que Jesús "se hizo pecado por nosotros" (2Cor 5,21). Nos amó hasta ese punto, abriendo las puertas de par en par a todas las naciones y a la promesa del Espíritu.
Cuando Jesús expulsó a cierto demonio, 15 alguno dijo: "Expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios". 16 Otros, para tenderle una trampa, le pedían una señal del cielo. 17 Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: "Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina, y sus casas caen unas sobre otras. 18 Si Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Si vosotros decís que yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, 19 vuestros hijos ¿con qué poder los expulsan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. 20 Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. 21 Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, mantiene seguros sus bienes. 22 No obstante, si viene otro más fuerte que él, y lo vence, le quita las armas y se reparte sus despojos. 23 El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama. 24 Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, anda por lugares áridos buscando descanso, y al no encontrarlo se dice: Volveré a mi casa de donde salí. 25 Al llegar, la encuentra barrida y adornada. 26 Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entran y se instalan allí. De este modo, la situación final de este hombre es peor que la inicial" (Lc 11,15-26).
Lucas nos introduce hoy en el encarnizamiento contra Jesús que llevaron a cabo sus enemigos, al identificarlo con su adversario por excelencia: Satanás, llamado aquí con un término de origen siro-fenicio (Belzebú, lit. señor del monte). Por otra parte, esto sucede justo cuando Jesús ha vuelto a expulsar a otro demonio.
De modo malicioso, los enemigos insinúan que Jesús ha obtenido sus poderes del mismo jefe de los demonios. Otros, agudizando la fricción, pretenden que realice un milagro como "señal del cielo" (v.16), para confirmar su pertenencia a Dios. Se trata de la acostumbrada trampa en la que algunas personas, bastante ofuscadas, quisieran coger a Jesús: al margen de la fe auténtica.
Jesús desbarata a sus enemigos con una lógica inequívoca: ¿Cómo podría permitirle Satanás expulsar a sus propios demonios? ¿No supondría esto liberarlos de Satanás, y dejar a éste sin esclavos? ¿No llevaría esto el hundimiento del reino satánico? Además, si este poder tuviera ese origen (el satánico), también serían satánicos todos los exorcismos llevados a cabo en la religión judía.
Viene a continuación la pequeña parábola del hombre fuerte y del otro más fuerte, donde se pone de manifiesto la victoria de Cristo sobre Satanás. Quien no reconoce a Jesús, ni se pone de su lado, pasará a manos de Satanás. Así pues, no hay sitio para una posible neutralidad. O se está con uno, o se acabará estando con otro.
Aparece, por último, una llamada a la vigilancia, pues Satanás no tiene reposo, ni se da por vencido, sino que busca aquella casa que se encuentre "barrida y adornada" (v.24). Esto es, busca personas decididas a seguir a Jesús, para entrar en ellos con toda su fuerza ("buscando otros siete demonios"; v.26). ¿Por qué? Por envidia (Sb 2,24).
Meditatio
Hay una reviviscencia de lo demoníaco en nuestra realidad socio-cultural. En ciertos ambientes se habla de esto cultivando miedos inútiles, en otros se tiende a ridiculizar el tema, y también hay hasta grupos que se dedican a las prácticas satánicas.
Nuestra certeza es que con el "dedo de Dios" (Lc 11,20), o poder del Altísimo, Jesús sigue saliendo vencedor sobre el Maligno. Por consiguiente, quien de manera decidida está de su parte, y vive con él, nada tiene que temer.
Con todo, es preciso salir de toda mentalidad ambigua, porque o estás con él o contra él. Satanás es fuerte, pero Dios es mucho "más fuerte" que él, con todas las consecuencias que ello implica (Lc 11,23). Como león rugiente, Satanás "anda rondando, buscando a quién devorar" (1Pe 5,8), pero no deja de ser una criatura más, a la que el "dedo de Dios" somete y destroza como una pajuela. De ahí que sea el "mono de Dios", como le llamaban los padres antiguos.
El demonio es el desesperado por excelencia, que "anda por lugares áridos" porque no encuentra paz (Lc 11,24). Está desesperado porque quiso ser semejante a Dios (y no pudo serlo), y porque el hombre sí fue hecho "a imagen de Dios" de forma totalmente gratuita y como ser capaz de compartir su amor y alegría. Esto es lo que desespera a Satanás, y lo que le hace poner todos los medios para desanimarnos.
En virtud de la muerte y resurrección de Jesús, Satanás ha perdido la guerra total. No obstante, todavía está suelto para poder entablar batallitas al alcance de su mano, y en ellas obtener algún tipo de victoria (por muy pírrica que sea para él). En consecuencia, hemos de estar atentos a la casa de nuestro corazón. Aunque ésta esté "barrida y adornada", Satanás la asedia continuamente con sus ejércitos. Las armas para resistirle son la fe y la oración, en la que se expresa la fe.
Oratio
Señor Jesús, que mi fe en ti sea, por gracia del Espíritu Santo, un fiarme de ti en el abandono más total. Haz que te elija a ti en todos los instantes de mi jornada, a ti y al "dedo de Dios" con el que tú obras.
No permitas que me detenga en lo que no eres tú ni tu Reino. No permitas tampoco, Señor, que me quede en esas zonas de neutralidad (respecto a ti) o connivencia (respecto a las seguridades mundanas), porque eso puede ser terreno peligroso donde puede aparecer el Maligno.
Tú, Señor, me dices repetidamente: "No temas, yo estoy contigo". Pues bien, concédeme mirar a la cara las tentaciones del Maligno, especialmente cuando me sugiere que exija de ti "signos de lo alto". Concédeme creer que tú me amas, y que con eso me basta para mi paz.
Contemplatio
Ante todo, acostúmbrate a expulsar al Maligno con la fuerza de la oración, y fija en ella toda la atención de tu mente. Con la oración, mientras reposa tu cuerpo, son vencidos los furiosos principados y potestades del aire. Con ella se superan las tentaciones, y con ella se alejan los pensamientos molestos como moscas fastidiosas.
Con la oración huyen las densas tinieblas, y resplandece en la mente la luz invisible. Con ella escruta el ojo las cosas de Dios, y con ella contempla el espíritu humano al mismo Espíritu no creado y creador de todo (cf. Pedro el Venerable, Sobre la Vida Solitaria, Magnano 1999, p. 29).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Contigo, Jesús, contigo venceré al mal".
Conclusio
Vivir la vida cristiana significa vivir en el mundo sin ser del mundo. Esto requiere vivir en cierto sentido la soledad, espacio donde la libertad interior puede crecer y desarrollarse. El mismo Jesús solía marcha a un lugar solitario para orar, y ordenar allí todas las cosas.
Una vida que no conozca cierto ámbito de soledad, y que por ello esté privada de este centro de quietud, se vuelve fácilmente presa de las dinámicas más destructivas de la sociedad.
En la soledad es donde desenmascaramos la naturaleza de nuestro carácter, es donde percibimos si somos capaces o no de afrontar cualquier conquista, es donde descubrimos que ser es más importante que tener, es donde aprendemos que la vida se nos ha dado para compartir (cf. Nouwen, H; Fuerza de la Soldad, Brescia 1998, pp. 19-21).
Act:
09/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A