1 de Octubre
Jueves XXVI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 1 octubre 2026
Lectio
21 Job dijo: "Tened piedad de mí, amigos, que es la mano de Dios la que me ha herido. 22 ¿Por qué me acosáis como me acosa Dios, y no os cansáis de atormentarme? 23 ¡Ojalá se escribieran mis palabras! ¡Ojalá se grabaran en el bronce! 24 ¡Ojalá con punzón de hierro y plomo se esculpieran para siempre en la roca! 25 Yo sé que mi defensor está vivo y que él, al final, se alzará sobre el polvo, 26 y cuando mi piel se haya consumido, con mi propia carne veré a Dios. 27 Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño, y en mi interior suspirarán mis entrañas" (Job 19,21-27).
Job tomó la palabra y dijo: "¿Hasta cuándo me afligiréis y me acribillaréis con vuestras palabras?". Llegamos así, en el cap. 19, a la cima de los diálogos entre Job y sus 3 amigos. Estos últimos no hacen más que repetir la tesis, ya esgrimida en otras ocasiones, de que las pruebas son el signo de que Job es culpable ante Dios. A su vez, Job sigue confesando su inocencia.
Para Job, no hay mayor tormento que el tener que resistir a sus amigos. El diálogo, prolongado durante diversos días, ha extenuado verdaderamente a Job. El sufrimiento más fuerte con que se enfrenta es no conseguir proclamar su inocencia, pues no puede probarla ni ante Dios ni ante sus amigos. Como él mismo dice, "grito ¡violencia! y nadie me responde, pido auxilio y nadie me defiende" (v.7).
Entonces es cuando planea Job dejar por escrito su defensa, para que, un día, tal vez nosotros mismos que leemos hoy sus palabras, le hagamos justicia. "¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en el bronce, ojalá se esculpieran para siempre en la roca, con punzón de hierro y plomo!" (vv.23-24).
Con todo, esta solución no convence a Job, que planea entonces apelar a un defensor supremo, para que le haga justicia. "Yo sé que mi defensor (goel) está vivo" (v.25), dice Job. Este goel, según la ley judía, es el único testigo que puede ser oído como defensa. Después de haber apelado a Dios, ahora le llama defensor y redentor.
1 Jesús designó a otros setenta y dos, y los envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares que él pensaba visitar. 2 Les dio estas instrucciones: "La mies es abundante, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies, que envíe obreros a su mies. 3 ¡En marcha! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. 4 No llevéis bolsa, ni alforjas ni sandalias, ni saludéis a nadie por el camino. 5 Cuando entréis en una casa, decid: Paz a esta casa. 6 Si hay allí gente de paz, vuestra paz recaerá sobre ellos. Y si no, volverá a vosotros. 7 Quedaos en esa casa, y comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis cambiando de casa en casa. 8 Si al entrar en un pueblo os reciben bien, comed lo que os pongan, 9 curad a los enfermos que haya y decidles: Está llegando a vosotros el reino de Dios. 10 Si entráis en un pueblo y no os reciben bien, salid a la plaza y 11 decid: Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, lo sacudimos y os lo dejamos. De todas formas, sabed que está llegando el reino de Dios. 12 Os digo que el día del juicio será más tolerable para Sodoma que para ese pueblo" (Lc 10,1-12).
Hace poco veíamos que Jesús encargaba a los discípulos hacer lo mismo que él había hecho: expulsar a los demonios y curar a los enfermos (Lc 8,25-56). La Iglesia, en efecto, no tiene otra misión que continuar la obra de Aquel que la envió. El sí total del corazón a Cristo, por parte de quien sigue al Maestro, irradia y se convierte en la fuerza de la misión evangélica.
Los 12 apóstoles son el fundamento de la misión de la Iglesia. Ahora bien, junto con ellos, Jesús eligió a otros muchos, como los 72 discípulos que hoy son enviados por Jesús a anunciar el mensaje del Reino (vv.1-12).
El número 12 recuerda a las 12 tribus de Israel. El número 72 remite a los 72 pueblos de la Tierra, enumerados en el Génesis (Gn 10). La misión de los discípulos tiene por ello un aspecto universal, y se extiende a toda la tierra. Estos 72 discípulos constituyen el signo del Reino. No se trata, por tanto, de una empresa humana, sino de la misión de un reino de Dios que ha de extenderse por toda la Tierra.
Los obreros de los que habla el evangelio no son obreros del Reino, sino obreros de Jesús. Cristo es quien envía, quien toma la palabra, quien actúa. Por tanto, la tarea de los obreros es dejar hacer a Jesús, y no tanto hacer ellos mismos. Lo importante es representar a Jesús, adoptar su estilo, asemejarse lo más posible a él, con su acontecer y sus frutos, con su alegría y cómo él quiere. Es decir, obreros en marcha, como corderos y entre lobos (v.3).
Jesús no quiere que nos lamentarnos de las dificultades de la misión. Más aún, las dificultades constituyen el signo del Reino, y el medio por el que éste se impone. Jesús no quiere que nos lamentemos de las dificultades de los tiempos, pues "el Espíritu Santo os enseñará en ese mismo momento" (Lc 12,11-12). El Maestro no quiere ansiedades ni planes preconcebidos, sino alegría y la sabiduría del Espíritu.
Meditatio
En la 1ª lectura de hoy nos sorprende Job con su actitud. Después de haber maldecido el día de su nacimiento (Job 3,1-10), ahora proclama su esperanza, pues "yo mismo lo veré" (v.27). Primero vino la lamentación y el llanto, y ahora aparece el grito de la victoria.
¿Cómo llegó Job a este acto de fe profunda y de esperanza en el Señor? ¿Cómo pasó de la angustia y del anhelo de la muerte a esta confianza en Dios? Basta con reflexionar atentamente.
En 1º lugar, Job no ha cesado nunca de luchar en la oración (adoración, petición, súplica), y este diálogo ininterrumpido con Dios, incluso en la angustia más profunda, no ha disminuido una y otra vez, de día y de noche.
En 2º lugar, Job ha sabido luchar en la noche, contra todo escarnio y despojo, y no ha dejado de hacerlo hasta que se ha hecho de día. Sólo a través de esta lucha inhumana, por tanto, se hace posible llegar a Dios. Job nos hace ver que atravesar la nada es algo verdaderamente espantoso.
Para entrar en el misterio de la luz infinita, es necesario sumergirse en la noche. El Salmo 22, por ejemplo, comienza con un grito desesperado ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?") y termina con un grito de esperanza ("yo viviré para el Señor"). Para llegar a la resurrección, hay que atravesar Getsemaní.
Oratio
"No te ruego sólo por ellos, sino también por los que crean en mí por medio de ellos. Que todos sean uno, y estén unidos a nosotros, para que el mundo crea" (Jn 17,20-21).
Señor Jesús, te damos gracias porque has rogado por nosotros, los que hemos creído en ti por la palabra de tus apóstoles. Haz que permanezcamos unidos a ti, a través de la oración. Cuando ésta falta, no estamos unidos a ti, ni podemos darte gracias, ni alabarte, ni darte a conocer a los demás.
Concédenos ahora, Señor, poder mostrar a todos que tú no nos abandonas, que tú luchas con nosotros más que nosotros mismos, y que nos bendices. Gracias por esta oración, y dejarnos adorarte.
Contemplatio
Tú eres el Señor, el Dios único, el que haces maravillas. Tú eres el fuerte y el grande, tú eres el Altísimo, el omnipotente, el rey del cielo y de la tierra. Tú eres el Trino y Uno, el Señor de dioses. Tú eres el sumo bien, el Dios vivo y verdadero.
Tú eres el amor y la caridad, tú eres la sabiduría y la humildad, tú eres la paciencia y la hermosura, tú eres la mansedumbre y la seguridad, tú eres la quietud y el gozo, tú eres nuestra esperanza y la justicia, tú eres la templanza y nuestra riqueza.
Tú eres la hermosura, la mansedumbre, el protector, nuestro custodio y defensor. Tú eres la fortaleza y el refrigerio. Tú eres nuestra esperanza y nuestra dulzura, tú eres la vida eterna. Grande y admirable eres tú, Señor, omnipotente Dios, misericordioso Salvador (cf. San Francisco de Asís, Alabanzas al Dios Altísimo).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Se ha acercado a nosotros el reino de Dios" (Lc 10,9).
Conclusio
Entre todos los seres deformes e infortunados del mundo, sobre todo se apartaba Francisco de los leprosos. Un día que paseaba a caballo por las cercanías de Asís, uno le salió al paso. Pues bien, a pesar de la repugnancia y horror, Francisco saltó del caballo y corrió a besarlo. Al extenderle el leproso la mano, en ademán de recibir algo, Francisco le dio dinero.
Lleno de admiración y de gozo por lo acaecido, pocos días después trató de repetir la misma acción. Fue al lugar donde moraban los leprosos y, según iba dando dinero a cada uno, le besaba la mano y la frente. Así tomaba lo amargo por dulce, y se preparaba para lo que le esperaba en el futuro (cf. Tomás de Celano, Vida de Francisco).
Act:
01/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A