24 de Septiembre
Jueves XXV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 24 septiembre 2026
Lectio
2 Vanidad de vanidades, dice Qohelet, todo es vanidad. 3 ¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol? 4 Una generación pasa, otra generación viene, y la tierra permanece siempre. 5 Sale el sol, se pone el sol y corre hacia el lugar de donde volverá a salir. 6 Sopla al sur, sopla al norte y, gira que te gira, el viento reanuda su carrera. 7 Todos los ríos van al mar, pero el mar nunca se llena y los ríos van siempre al mismo lugar. 8 Todas las cosas cansan, y nadie es capaz de explicarlo. Ni el ojo se sacia de ver, ni el oído de oír. 9 Lo que fue, eso será. Lo que se hizo, se hará. Nada hay nuevo bajo el sol. 10 Si de algo se dice "esto es nuevo", eso ya existió en los siglos que nos precedieron. 11 No queda recuerdo de los antepasados, y de los que vendrán detrás tampoco quedará recuerdo (Ecl 1,2-11).
"Todo es vanidad" (v.2), responde el libro del Eclesiastés al preguntarse por el sentido de la vida. Vanidad, en hebreo hevel, es una palabra que puede significar muchas cosas, pero todas relacionadas con la imagen del soplo, de la niebla, del humo y de algo, en suma, inconsistente. De lejos, tal vez encanta, pero cuando se tiene entre las manos decepciona.
Así es la vida del hombre, una realidad engañosa, caduca y absurda. Por eso, Qohelet se muestra verdaderamente drástico y provocador. ¿Cuáles son las razones de una afirmación tan negativa? Por ejemplo, el estridente contraste entre la precariedad del hombre y el permanecer de la naturaleza, pues "una generación pasa, otra generación viene, y la tierra permanece siempre" (v.4).
Todos dicen que el hombre es más importante que las cosas. Sin embargo, el hombre desaparece, mientras que las cosas permanecen. Además, si miras más allá de las apariencias, te das cuenta de que el hombre está dentro de un círculo impotente, el cual ignora y no comprende. Todo se mueve, pero para el hombre todo sigue igual. Todo vuelve al punto de partida, como el movimiento del sol, del viento y del agua de los ríos.
El afán del hombre se resume a esto: que "todos sus días son sufrimiento, disgusto sus fatigas, y ni de noche descansa" (Ecl 1,23). Es decir, se ve reducido a un dar vueltas sobre sí mismo, a un hacer y deshacer, sin llegar nunca a nada definitivo. El mundo nuevo que el hombre se esfuerza en construir huye continuamente de sus manos, y por eso cada generación comienza desde el principio.
Quizás Qohelet esté pensando en una esperanza mesiánica, que rompa la frustración humana con algo realmente nuevo. En dicho caso, ¿se podrá hablar de novedad? No lo sabe, pues siempre estará el límite de la muerte, y siempre se le escapará al hombre el sentido del conjunto. Así pues, ¿todo es vanidad? El NT nos brindará una precisión esencial: que todo es vanidad, pero no el amor.
7 El tetrarca Herodes oyó todo lo que estaba sucediendo y no sabía qué pensar sobre Jesús, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos, 8 otros que Elías había aparecido, otros que uno de los antiguos profetas había resucitado. 9 Herodes dijo: "Yo mandé decapitar a Juan. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo decir tales cosas?". Y buscaba una ocasión para conocerlo (Lc 9,7-9).
Herodes está perplejo, y se pregunta: ¿Quién es ese Jesús de quien tanto se habla? En la corte se hacen diferentes conjeturas, y le responden que es Juan (que ha resucitado) o Elías (es decir, un profeta). Como podemos ver, la gente capta algo de Jesús, pero su error fundamental es comparar a Jesús con figuras del pasado, o algo ya conocidas. Jesús es una novedad radical y, para comprenderlo, es preciso mirarle a él mismo, no a otro.
Herodes es un hombre práctico, y por eso quiere reunirse con Jesús, para informarse personalmente de quién es. Pero ¿de qué le serviría? De hecho, se reunirá con él más tarde (durante la pasión), pero no conseguirá comprender nada de Jesús, e intentará ocultar su propia torpeza recurriendo a un humor vulgar. La fe no nace de semejantes verificaciones, ni está hecha para hombres como Herodes.
Meditatio
La amarga página del libro del Eclesiastés depende mucho del momento en el que la leas. Si te encuentras en la plenitud de tus fuerzas, o estás comprometido con tareas absorbentes, te parecerá muy amarga e incluso inoportuna. Si te encuentras desconsolado, o en un momento de hacer balance de tu vida, te parecerá una luz solar y despiadadamente verdadera.
Por encima de los estados de ánimo, las páginas del Eclesiastés son realistas y necesarias. Lo son porque fotografían la situación del hombre en el mundo, destinado a pasar, desaparecer y no dejar huella. Es una página que tanto poetas como pensadores han retomado de continuo, y representado con acentos conmovedores y a menudo desesperados.
Esto, para el cristiano, es sólo un 1º paso, al que no debe dejar de seguir un 2º paso: la seguridad de que, a partir de esta nada, se puede construir el todo, si éste se orienta a Jesucristo y camina por el camino trazado por Dios, tanto para la creación como para el hombre.
Estamos, pues, ante una doble meditación, sobre la nada y sobre el todo, sobre cómo no dejarse absorber por la nada (ni deshacerse en humo), y sobre cómo dar consistencia a estas apariencias tan frágiles. En esta doble meditación están comprometidos el realismo de la razón y el realismo de la fe, en el que un realismo presupone al otro y lo completa.
El libro del Eclesiastés es un libro necesario para la formación de la conciencia cristiana, con tal de que no sea el único. El misterio pascual empareja muerte y resurrección, denota fracaso y victoria, reconoce la perennidad de quien permanece fiel a Dios.
Oratio
Sé bien, oh Señor, que no me dejas pasar por alto las ocasiones para que reflexione sobre la infinita vanidad del todo. Quieres que no me aferre a nada, porque el todo de este mundo es nada cuando está separado de ti, una nada que se arrastra en la nada. Te doy gracias por recordármelo hoy, con las vigorosas palabras de Qohelet.
Señor, tú no quieres que me detenga aquí, porque la vida así sería demasiado desconsolada. Me haces entrever que "todo es vanidad", excepto amarte a ti. Tu amor da consistencia a las cosas, las sustrae de la nada, las redime de la vanidad y las coloca en tu Reino.
Concédeme tu amor, mi amantísimo Señor, para que no me detenga en las cosas que pasan, y mantenga fija la mirada en ti, origen y fin de todas las cosas. Concédeme tu amor para que pueda rescatar las cosas que toco por su vanidad. Concédeme ese gran amor tuyo que me proyecta hacia ti cuando el sentido de la nada, de la vanidad, de la oscuridad, quiere encerrarme en un pesimismo sin esperanza.
Sé muy bien, querido Señor mío, que tú cavas en mí un vacío para llenarlo de ti, que tú remueves lo que pasa para atraerme hacia el Reino de las realidades perennes. Ayúdame a mantener viva en mí esta certeza, para ascender cada día más cerca de ti.
Contemplatio
¿Qué te aprovecha disputar altas cosas de la Trinidad, si careces de humildad y con ello desagradas a la Trinidad? Por cierto, las palabras subidas no hacen santo ni justo, mas la virtuosa vida hace al hombre amable a Dios. Más deseo sentir la contrición que saber definirla.
Si supieses toda la Biblia a la letra, y los dichos de todos los filósofos, ¿qué te aprovecharía, sin la gracia de Dios? "Todo es vanidad" (Ecl 1,2), excepto amar y servir a Dios. Suma sabiduría es, por el desprecio del mundo, ir a los reinos celestiales.
Vanidad es buscar riquezas perecederas, y esperar en ellas. También es vanidad desear honras, y ensalzarse vanamente. Vanidad es seguir el apetito de la carne, y desear aquello por donde después te sea necesario ser castigado gravemente. Vanidad es desear larga vida, y no cuidar que sea buena. Vanidad es mirar solamente a esta presente vida, y no prever lo venidero. Vanidad es amar lo que tan presto se pasa, y no buscar con solicitud el gozo perdurable.
Acuérdate frecuentemente de ese dicho de la Escritura: "No se harta la vista de ver ni el oído de oír" (Ecl 1,8). Procura, pues, desviar tu corazón de lo visible y traspasarlo a lo invisible, porque los que siguen su sensualidad manchan su conciencia y pierden la gracia de Dios (cf. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, I, 2).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Concédeme, oh Dios, la sabiduría del corazón" (de la liturgia).
Conclusio
La existencia humana está sostenida, en sus dimensiones esenciales, por una desconocida tensión humana que tiende hacia valores que se nos escapan. Esto es lo que los antiguos filósofos definieron como "extensio animi ad magna", y nosotros quisiéramos llamar "esperanza primordial".
La conciencia del hombre está hecha para el futuro, y por eso el momento presente está sumergido en la oscuridad. Lo que vivimos ahora es, por lo general, decepcionante. El hombre sigue creándose siempre nuevos deseos, sus expectativas no se aplacan nunca, sus impulsos se proyectan hacia el "todavía no". Efectivamente, el hombre quiere tener un buen fin.
Esta esperanza en un futuro mejor tiene sus raíces en el deseo de ser feliz, propio de la naturaleza humana. Éste es el motor de todo pensamiento y actividad, de todo sueño y de toda aspiración del hombre. En consecuencia, el nacimiento del hombre está continuamente en devenir, hasta que encuentre una esperanza que está situada, quizás, más allá de la muerte, o esperanza del cielo.
El hombre se ha sentido atraído siempre por una realidad más bella y digna de la que aquí experimenta. Esta realidad última, hacia la cual tendemos, es la patria verdadera. Ésta es, según la expresión de Abelardo, "aquella comunión en la que el deseo no previene a la cosa, ni el cumplimiento se revela inferior a la expectativa" (cf. Boros, L; Vivir de Esperanza, Brescia 1972, p. 95).
Act:
24/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A