25 de Septiembre

Viernes XXV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 25 septiembre 2026

Lectio

1 Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo. 2 Hay tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de arrancar y tiempo de plantar, 3 tiempo de matar y tiempo de curar, tiempo de destruir y tiempo de construir, 4 tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de hacer duelo y tiempo de bailar, 5 tiempo de tirar piedras y de recogerlas, tiempo de abrazarse y de separarse, 6 tiempo de buscar y tiempo de perder, tiempo de guardar y tiempo de tirar, 7 tiempo de rasgar y tiempo de coser, tiempo de callar y tiempo de hablar, 8 tiempo de amar y tiempo de odiar, tiempo de guerra y tiempo de paz. 9 ¿Qué provecho saca el que se afana de sus fatigas? 10 He observado la tarea que Dios impone a los hombres, para que se ocupen de ella. 11 Todo lo hizo hermoso a su tiempo, e hizo reflexionar al hombre sobre la eternidad, pero el hombre no llegará a desentrañar totalmente la obra de Dios (Ecl 3,1-11).

         El sabio Qohelet está particularmente impresionado por el misterio del tiempo, y percibe que cada cosa tiene su duración y su momento, que todo sucede en el tiempo fijado y que para cada cosa hay un momento oportuno. No obstante, ¿cómo conocer estos tiempos oportunos, y cómo garantizarlos? Parece ser que el hombre no puede intervenir en el engranaje del tiempo, y que éste tiene sus propios ritmos.

         En el fondo, la vida es sencilla, y está hecha de unas cuantas actitudes básicas que continuamente se repiten: nacer y morir, amar y odiar, sufrir y gozar, unirse y separarse, callar y hablar, salvar y destruir, y otras así. El hombre, con todos sus afanes y sus deseos, está encerrado dentro de estos elementos, combinados de diferentes modos. La vida humana está como dentro de un círculo que el hombre no consigue romper.

         Ciertamente, para todo esto tiene que haber un sentido ("todo lo hizo hermoso"), pero el hombre no lo comprende. Dios ha puesto en el hombre la evidente existencia del conjunto, y la necesidad de interrogarse sobre cada cosa particular.

         Sin embargo, todo esto (la evidencia del conjunto, y las dudas de lo particular) es algo que deja al hombre insatisfecho, a veces perplejo y en alguna ocasión en contradicción. El presente no siempre corresponde al pasado, pues a un pasado glorioso le sigue un futuro de fracaso, y viceversa.

         El hombre trata de anticipar el futuro, soñándolo y trazándolo, pero éste le rehuye y al hombre no le salen las cuentas. ¿La conclusión? No nos queda más que el temor de Dios (según Qohelet), aunque también es prudente no perder el presente, que es lo único que el hombre posee.

18 Un día que estaba Jesús orando a solas, y sus discípulos se le acercaron. Jesús les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy yo?". 19 Ellos respondieron: "Según unos, Juan el Bautista. Según otros, Elías. Según otros, uno de los antiguos profetas, que ha resucitado". 20 Él les dijo: "Y vosotros ¿quién decís que soy yo?". Pedro respondió: "Tú eres el mesías de Dios". 21 Jesús les prohibió terminantemente que se lo dijeran a nadie, 22 y añadió: "Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, jefes de los sacerdotes y maestros de la ley, que lo maten y que resucite al tercer día" (Lc 9,18-22).

         Lucas vuelve hoy al tema del evangelio de ayer. Así, la pregunta que hace hoy Jesús es la misma que había hecho ayer Herodes. Herodes la había lanzado sobre sus consejeros, y Jesús sobre sus discípulos. ¿Quién es Jesús?

         La respuesta de la gente es múltiple, y en en dichas respuestas se manifiesta la conciencia de un cierto misterio, que no va más allá de los esquemas religiosos comunes.

         La respuesta de los discípulos no es completa, puede ser entendida mal, y por eso Jesús "les prohibió terminantemente que se lo dijeran a nadie" (v.21). No basta, en efecto, con reconocer que Jesús es el mesías, pues ¿qué mesías se está reconociendo? ¿El caudillo nacional? ¿Otro líder espiritual?

         La cruz es la que suprime todos los malos entendidos, y apunta a un mesías crucificado. El "es necesario" del texto es muy significativo, e indica que la cruz no es un incidente aislado sino algo necesario, que forma parte del plan de Dios.

         Esta es la novedad inesperada del mesías, escandalosa para muchos. La presencia de Dios se manifiesta en el camino de la cruz, en la entrega de sí mismo, en el rechazo de toda imposición, en el amor que acepta ser contradicho y aparentemente derrotado.

         A buen seguro, si la cruz siguiera siendo inútil y quedara derrotada, no podría ser en modo alguno el signo de Dios. No obstante, sí es signo de Dios, y el único camino que conduce a la resurrección. Es precisamente en la entrega de sí mismo (o cruz), que no se echa atrás ni siquiera frente a la muerte, donde está encerrada la victoria de Dios.

Meditatio

         El sabio Qohelet prosigue su reflexión sobre la vanidad de las cosas, aplicándola hoy a la vanidad del hacer. Con la suerte de los hombres pasa como con los columpios, que unas veces están arriba y otras abajo. Es decir, que un día se encuentra en la prosperidad y al siguiente en la desventura, hoy uno es exaltado y mañana olvidado.

         Las pantallas de televisión son el gran escenario de este tipo de vanidad, y están llenas personajes aplaudidos que son echados al fango el olvido de un momento a otro. Los rostros aparecen y desaparecen. Los nuevos rostros hacen olvidar, y olvidan de buena gana, a los rostros viejos que les han preparado el camino. De vez en cuando se oye que ha muerto algún personaje, y tras 1 ó 2 minutos de conmovida conmemoración, prosigue el espectáculo.

         El circo de los medios de comunicación necesita mitos para exaltar y para olvidar, personajes siempre nuevos que respondan a los gustos del momento, y necesita cambiarlos cuando los gustos cambian (cada 2 ó 3 años).

         La movilidad del sentir marca también la movilidad de la fortuna, del que acaricia este sentir. Al volver al pasado, caemos en la cuenta de que nos ha faltado el de sentido del ridículo, por los absurdas cosas que en él hicimos. Efectivamente, es bueno reflexionar sobre la fragilidad y fugacidad de las vicisitudes humanas, para aproximarnos un poco a la sabiduría del corazón.

Oratio

         ¿Vale la pena vivir, Señor, si al final todo se resuelve en una pompa de jabón? Es ésta una pregunta que aflora, sobre todo cuando queremos arrancar a esta breve vida lo poco que puede dar. Tú me respondes que me asiente sobre una roca firme, sobre esa piedra angular que es Cristo, en medio de las oleadas del tiempo, de las modas, de los pensamientos o de la variedad de las vicisitudes.

         La suerte y la fortuna de la vida pueden cambiar, pero Jesucristo sigue siendo siempre el mismo, y él nos dice que vale la pena vivir. Él es el espejo, por tanto, en que mirarnos, como esa eternidad plantada en el tiempo.

         Imprime en mi corazón, Señor, la misma profesión de fe de Pedro, a fin de vencer mis ansias y mis miedos. Haz atento mi oído al amor que susurra continuamente, y hace que no me deje envolver en el inexorable fluir y transcurrir de las cosas.

Contemplatio

         Noble cosa es el amor, sobremanera grande en lo pequeño, ligera en lo pesado e igualitaria en todo lo desigual. Él lleva la carga sin carga, y hace dulce y sabroso todo lo amargo.

         El amor noble nos impulsa a hacer grandes cosas, y nos mueve a desear siempre lo más perfecto. El amor quiere estar siempre arriba y no ser detenido por nada de abajo. El amor quiere ser libre y ajeno a toda afición mundana, que no se impida su vida interior, que no se le embarace en ocupaciones temporales y que no se le haga caer por ningún daño.

         Nada más sano que el amor, nada más fuerte, nada más alto, nada más alegre, nada más cabal en el cielo y en la tierra. El amor nació de Dios, y no puede aquietarse con todo lo creado, sino sólo con Dios.

         El que ama, vuela, corre y se alegra, es libre y no es detenido. Todo lo da y todo lo tiene, porque descansa en un sumo bien sobre todas las cosas, del cual mana y procede todo bien. No mira los dones, sino que vuelve su vista al Dador.

         El amor no guarda modales, no siente la carga, desea más de lo que puede, no se queja de lo imposible, cree que todo le conviene. Para todo sirve, muchas cosas pone por obra y nunca desfallece.

         El amor nunca duerme, nunca se cansa, nunca se espanta, sino que sube a lo alto como viva llama y ardiente antorcha, con total seguridad (cf. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, 5).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Te bendigo, Señor, por el tiempo de tu gracia" (de la liturgia).

Conclusio

         Señor, a cada uno de nosotros puede pasarle que no vea con claridad, o que deje de sentir la seguridad de la referencia que tenía delante. Así, si un día todo me parece insensato, y ya no sé dónde echar la cabeza, dame la fuerza de dirigirme a ti como por un instinto visceral.

         A mi alrededor todo es misterio, y yo mismo lo soy. Tu misterio, Señor, también es grande, pero por lo menos satisface en todas sus dimensiones. Lo que tú ofreces supera lo que los hombres puedan ofrecer. Además, creer no supone comprenderlo todo, sino tan sólo tu amor, tu perdón, tu mensaje, tu pasión y tu vida.

         Todo puede desaparecer, mas basta con que tú permanezcas. Sólo tú das sentido a todo, y hasta a mí mismo. Sólo tú tienes palabras de vida eterna, porque yo lo he visto (cf. Latourelle, R; La Iglesia del 2000, Bolonia 1999, p. 37).

 Act: 25/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A