3 de Noviembre
Martes XXXI Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 3 noviembre 2026
Lectio
Hermanos, 5 tened los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús. 6 Él, siendo de condición divina, no consideró codiciable el ser igual a Dios, 7 sino que se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. En su condición de hombre, 8 él se humilló a sí mismo, y se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. 9 Por eso, Dios lo exaltó y le dio el nombre sobre todo nombre, 10 para que ante el nombre de Jesús doble la rodilla todo lo que hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, 11 y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre (Flp 2,5-11).
La liturgia nos presenta hoy una de las páginas más intensas y bellas de todo el NT. Pudiera ser que Pablo se hiciera aquí eco de una tradición apostólica anterior a él, o bien pudiera ser que él mismo acuñara este himno cristológico de importancia fundamental.
El himno está introducido por una exhortación introductoria, que nos invita a hacer nuestros los sentimientos que "corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús" (v.5). No se trata de una vaga recomendación, sino de una indicación autorizada para caminar siguiendo el ejemplo de Jesús. Es decir, a vivir como él vivió.
A continuación viene el corpus central del himno cristológico, que la liturgia pone de relieve con mucha frecuencia. El carácter ejemplar de Cristo se fundamenta aquí en "su misterio", y éste, a su vez, ilumina la vida de cada cristiano.
Los vv. 6-8 describen la katabasi o abajamiento de Jesús, que de Dios se hizo hombre, "tomó la condición de esclavo" y se humilló "hasta la muerte, y una muerte de cruz".
Los vv. 9-11 describen la anábasi o elevación de Jesús por obra de Dios Padre, que lo resucitó y "le dio el nombre que está por encima de todo nombre", adorable en el cielo y en la tierra y siempre proclamado a todo el mundo: "Jesucristo es Señor" (v.11).
El misterio de Cristo está sintetizado de una manera lineal y completa. La fe de cada cristiano encuentra aquí su centro y su síntesis gracias a la mediación de Pablo, que se hizo no sólo evangelizador, sino también (e incluso antes) discípulo y testigo de este misterio.
En aquel tiempo, 15 uno de los convidados le dijo a Jesús: "Dichoso el que pueda participar en el banquete del reino de Dios". 16 Jesús le respondió: "Un hombre daba una gran cena, e invitó a muchos. 17 A la hora de la cena, envió a su criado a decir a los invitados: "Venid, que ya está todo preparado". 18 Pero todos, uno tras otro, comenzaron a excusarse. Uno le dijo: "He comprado un campo y necesito ir a verlo, así que te ruego que me excuses". 19 Otro le dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas, así que te ruego que me excuses". 20 Otro le dijo: "Acabo de casarme y, por tanto, no puedo ir". 21 El criado regresó y refirió lo sucedido a su señor. Entonces el señor se irritó y dijo a su criado: "Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad, y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos". 22 El criado dijo: "Señor, se ha hecho como mandaste, y todavía hay sitio". 23 El señor le dijo: "Sal por los caminos y las veredas, y convence a la gente para que entre, hasta que se llene mi casa, 24 pues ninguno de aquellos que habían sido invitados probará mi cena" (Lc 14,15-24).
El paso de una comida común a la imagen del banquete mesiánico es bastante lógico y espontáneo para Lucas, y por eso hoy establece un nexo entre la parábola precedente (leída ayer) y la parábola de hoy, insertando entre ambas la expresión de Jesús: "Dichoso el que pueda participar en el banquete del reino de Dios" (v.15).
Esta exclamación tiene por objeto la participación en la comunión con Dios, en el tiempo de la "resurrección de los justos". La dimensión escatológica de nuestra fe, y de nuestra experiencia religiosa, es más que evidente.
La parábola de Jesús contempla diferentes invitaciones y otros tantos rechazos por parte de aquellos que, por no haber percibido la novedad de la presencia de Jesús, no sienten ninguna necesidad de salvación y se sustraen al beneficio de un don maravilloso.
Es interesante destacar, como hacen algunos exegetas, que en esta parábola está esbozada la historia de la salvación. Casi podría decirse que cada invitación y cada rechazo corresponden a otras tantas estaciones de una historia visitada por Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo.
La cima de la parábola está en la expresión de Jesús, puesta en boca del Padre: "Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad, y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos" (v.21). Esto es como decir que en el banquete mesiánico participarán los excluidos, y que serán excluidos los que tenían derecho.
La ley que caracteriza a la Nueva Alianza aparece confirmada aquí, por tanto, una vez más. Jesús afirma de nuevo la complacencia del Padre. La finalidad primera y central de la enseñanza de Jesús encuentra aquí una afirmación renovada.
Meditatio
La parábola que nos presenta el evangelio de hoy pertenece a una de esas que los estudiosos llaman "parábolas de la invitación divina". Por un lado, sobresale la figura de aquel que invita: el Padre. Por otro lado, sobresale la figura del mediador de dicha invitación: el Hijo. En ambos casos, cada tiempo y cada lugar presencian su insistente voluntad salvífica.
Jesucristo, enviado de Dios Padre, se hizo evangelio por nosotros. Es más, él no sólo hablaba en nombre de Dios, sino que era la "palabra de Dios hecha carne", viviente en medio de nosotros.
Junto a la figura de Dios Padre y de Jesucristo, aparece también en la parábola la figura de los invitados. Esto es, de nosotros y de todos aquellos que, en distintos tiempos y lugares, han entrado en contacto con la buena nueva de Jesús.
Aquí es donde se capta el carácter dramático del relato, que deja ya de ser parábola para convertirse en una historia viva, punzante y siempre actual. En ella, cada uno de nosotros está llamado a decidirse, sobre si se juega la vida por la invitación del Padre, o prefiere no hacerlo. De jugársela, habrá de dejar de lado numerosas opciones.
De la parábola manan dos anuncios claro: lo que complace a Dios, y por lo que vino Jesús al mundo. Dios ama a todos, pero al final adopta como hijos suyos a aquellos a quienes la sociedad margina y considera indeseados o inútiles.
La invitación del Padre va dirigida a todos y cada uno de nosotros. Lo único que pide es decidirse con radicalidad, en el sentido evangélico del término. Es decir, tener un corazón consciente de la propia realidad, y deseoso de encontrar al Médico celestial.
Oratio
Libérame, Señor, de los obstáculos que intentan atarme a un pasado glorioso, cargado de injusticias y resentimiento. Libérame de un presente mezquino o cautivador, y hazme libre de seguirte por los caminos del evangelio y de la historia, anunciando y difundiendo la verdadera libertad.
Dame la fuerza necesaria, Señor, para salir de una muchedumbre acomodadiza que, presa de sus propios fines y metas, se vuelve sorda e insensible a tus invitaciones, y las rechaza presentando como apremiantes sus necesidades. Hazme sensible y dispuesto a tus llamadas. Hazlo en todas las estaciones de mi vida, para que anuncie y deje aparecer tu voluntad.
Señor, ayúdame a seguir honesta y constantemente mi misión, por pequeña o grande que sea. A veces es trabajosa y para nada popular, pero yo deseo seguirte sólo a ti, que eres el único camino verdadero. Hazme fiel sin volverme nunca hacia atrás, cueste lo que cueste, para anunciar y servir tu proyecto de salvación.
Contemplatio
La compunción cristiana es una íntima experiencia del alma, que percibe la entidad y la gravedad de su pecado en relación con la inmensidad de la majestad de Dios y de su amor absolutamente gratuito, tal como se revela en sus padecimientos de Crucificado y en su señorío de Resucitado.
La compunción es una transfixión del corazón, que hace salir el veneno del mal, atenúa y vence su dureza, infunde medicina al dolor y siente haber encontrado por fin al Médico omnipotente.
La compunción es un sentimiento de humilde y reposado reconocimiento. Por un lado, de nuestra indignidad. Por otro lado, del inexpresable amor divino, que nos acoge en el perdón y en la paz de Cristo, el Crucificado y Resucitado.
El don de la compunción se injerta en el bautismo en nombre de Jesús, y en toda reactualización de nuestro bautismo, con todas sus energías sanadoras y elevadoras, a través del don renovado del Espíritu Santo.
Tal es el inicio de la compunción cristiana, a lo que habría que añadir sus posibilidades de crecimiento y desarrollo infinito. El cristiano es, en efecto, un hombre compungido, y no tanto un hombre aislado. Sin la compunción, cualquier estadio de la vida espiritual no es veraz, ni real ni encaminado hacia Dios.
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Jesucristo es Señor" (Flp 2,11).
Conclusio
Mi yo está hecho de opiniones de personas indiferentes, de condecoraciones insignificantes, de intervenciones protocolarias, y apresado por esa camisa de fuerza de lo inmediato. Salir de todo esto sería salir de lo irreal, y volver a la desnuda realidad. Sería salir a la luz, inundarme de la luz, convertirme en luz.
¿Por qué privarme de ello, si no hace mal a nadie y a mí me hace bien? ¿Por qué no tomar ya la decisión, si no está en contradicción con la más pura realidad? ¿Qué supondría traicionarme, lo uno o lo otro? ¿Dónde estaría la debilidad humillante, en una o en otra opción?
Todo en el presente, nada para el presente. Éste es el lema del mundo actual, que no deja nada para el futuro que tenga que ver con anonimato o desasosiego. Si esto es así, buscaré otras metas que no me engañen, y me alegraré cuando otros la alcancen.
Act:
03/11/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A